EL PELIGRO DE LOS MONITORES Y LAS NOTICIAS DE A BORDO

A la altura de los bancos de Terranova nos sorprende, por unas horas de

la tarde, la niebla. El buque, cabeceando y crujiendo sobre la corriente

tumultuosa, va como dentro de una nube cargada de lluvia. Todas las

cosas han tomado un color plomizo: las toldillas, la vela, las jarcias,

el casco. Cuanto veo parece falto de relieve y matiz; está en

claro-obscuro. Me causa el efecto de un dibujo al lápiz. Muy pocos

pasajeros se han atrevido a quedarse sobre cubierta, y esos,

entrapajados y mudos, no caminan; se han apoltronado en bancas y sillas,

y, por largo tiempo, como si temiesen moverse, conservan sus encogidas

posturas. Algunas señoras, con el velo enredado a la cabeza y las manos

metidas en los bolsillos de los abrigos, han formado corro sedente

alrededor de un locuaz cincuentón que charla en voz alta. Varios

caballeros de gorra encasquetada y enguantadas manos han formado también

tertulia, y prolongan un parsimonioso palique. Con las capuchas del

hábito, echadas sobre los cerquillos, tres frailes franciscanos,

arrellanados en una banca, parecen dormitar. El tiempo corre con

lentitud y monotonía. Dos marineros, para evitarnos las molestias del

aire húmedo y frío, empiezan a echar la cortina de lona sobre la

barandilla de cubierta. Son las cinco. Acaban de sonar los campanillazos

anunciadores de la primera mesa. Se oyen carreras, voces y risas de

chiquitines, que se apresuran, desde los pasillos interiores, a llegar

hasta el comedor.

Mientras, la niebla va amarilleándose como si cambiara su plomo

ennegrecido en oro pálido. La luz del sol comienza a diafanizar la nube.

Y, de repente, allá, ábrese un boquete por donde salta un chorro de

claridad tibia. Y rápidamente la niebla queda deshecha en un fino y

rubio vaho que, en torno del buque, se aleja hacia los horizontes. El

mar, hace un instante negro y pesado, vuelve a mecerse en lentas olas de

cristalino y obscuro azul. Nadie, sin embargo, se preocupa de todos

estos pequeños incidentes del color y de la forma. Noto que el mar, en

una larga travesía, produce aburrimiento en los viajeros. Al salir el

buque del puerto, se ve el agua con admiración y simpatía; días más

tarde con indiferencia; y ya en plena alta mar, cuando nos asalta el

vago concepto de infinito, se ve con cierta secreta e inconfesada

repugnancia, mezcla de hastío y rencor.

Anhélase ver tierra, y, ya se distinga alguna vez, remotísima, o ya la

finja un celaje lejano, hay, en el pasaje, una emoción que se revela en

sonrisas y miradas alegres. Y si tierra no, al menos otro buque, otra

embarcación que rompa la, para el montón, insufrible igualdad del «padre

Océano». En un largo viaje marítimo puede uno convencerse de que hay muy

pocos espíritus, no ya contemplativos, sino observadores, curiosos de la

realidad siquiera. El cansancio viene pronto y es preciso curarse de él,

aplicándose grandes dosis de frivolidad. Entonces no se escucha el rumor

del mar, sino el de las conversaciones. La murmuración es más

divertida, indudablemente.

Y, no obstante esta frivolidad, este deseo de matar y olvidar el tiempo,

se adivina en todos que sí existe una preocupación... dos, que no son,

por cierto, estéticas ni filosóficas; nos preocupamos, como es natural,

de nosotros, primero; en seguida, de los demás.

Desde Nueva York nos dimos cuenta de que el buque cargaba materiales de

guerra. El muelle de la Trasatlántica Española estaba repleto de cajas

que, según se dijo, contenían municiones y armas. Noche y día

funcionaban las grúas para meter, en las bodegas devoradoras, aquel

peligroso cargamento.

No dejaba de alarmar a los timoratos esta circunstancia. Los razonables

pensaban que, si una nación, hasta ahora neutral, como España, necesita

transportar pertrechos para sus soldados, no podía ni debía temerse un

atropello de la vigilancia marítima de las naciones beligerantes. Todo

ello estaría, de fijo, bien arreglado, para no exponernos a trágicos

percances. Pero como es invencible el temor a lo imprevisto, y las

diarias noticias acerca de hundimiento de barcos no son nada

halagadoras, y la fantasía, además, hace novelas en colaboración con el

miedo, había en el ambiente del trasatlántico una difusa sensación de

malestar que se atemperaba con la idea general e imprecisa de lo

irremediable. Ibamos, como dijo el clásico, «Ut fata trahun». Sentíamos

una onda del misterio de la fatalidad antigua. ¡Quién sabe! A las

perfidias de las ondas podían sumarse las de la guerra. Mas las pueriles

observaciones terminaban y caían en la punta de pararrayos de un

optimismo contagioso. El hombre, cuando se encuentra frente a lo

desconocido, es optimista. No sabe lo que hay detrás de la sombra; pero

algo bueno ha de ser. Y una orgullosa y terca esperanza lo desatemoriza

y alienta. Alguien hubo que, para afirmar su confianza, se dirigió al

capitán del barco y le hizo en voz baja una tímida pregunta, que los

demás no escucharon, pero adivinaron.

El capitán, fuerte y rudo viejo, habituado al peligro y a la franqueza,

sonrió con cierto irónico desprecio, y contestó con esta grosería, que

atenuaba la burla:

--¡No sea usted tonto!...

Hasta el término del viaje, ninguno se atrevió ya a interrogarle de

nuevo sobre el asunto.

La preocupación para los demás se manifestaba colectivamente en la

noche, después de la comida, cuando la cubierta era como la calzada de

un paseo por la que iban y venían, en ejercicio higiénico, los

pasajeros. Con frecuencia en esta conversación, y en esotra, y en

aquélla, se deslizaba el tema universal: la guerra. Había aliadófilos y

germanófilos, como es de rigor. Y unos y otros discutían y defendían sus

preferencias. Pero en un buque, que obliga al hombre por algún tiempo a

una forzada comunidad de juicio, las opiniones se expresan con menos

violencia, se sostienen con más prudente brío. Los más exaltados

refrenan sus ímpetus y fingen una moderación verdaderamente ejemplar. De

modo es que aquel combate de opiniones contrarias, no se encendía en

disputa bravía como en tierra sucede, sino que era el caballeresco

asalto a florete, con peto y careta, en una sala de armas.

Mas por la noche, a la entrada del salón, un marinero clavaba la tabla

de noticias. Los polluelos que andan sueltos por el corral, acuden con

prisa menor al llamado de la gallina madre que ha encontrado unos

granitos de arroz y se los picotea, que la que mostraba los dos pasajes,

el de primera y el de segunda, por acercarse a leer el pliego de los

marconigramas. Apelotonábanse las gentes, y su avidez era tan ansiosa

como la de los callejeros muchachos que rodean a los padrinos después de

un bautizo a la salida de la parroquia. Los que no alcanzaban los

primeros lugares, contentábanse con preguntar a los que podían leer de

cerca:

--¿Qué hay?

Nada había, casi nada: incidentes estratégicos en Verdun; algún pequeño

barco echado a pique; ataques parciales en el frente italiano;

movimientos rusos sin importancia.

Era la desilusión de cada veinticuatro horas. Se deseaba, en aquella

existencia aburridora de la travesía, sentir un choque brutal, una honda

conmoción que sacudiese el espíritu. Y en aquel grupo de fastidiados se

comprendía, de modo concreto y preciso, el deseo creciente de que

concluya cuanto antes esta horrible angustia que parece interminable y

que se ha vuelto desesperante. A veces se leían, en alta voz, las

noticias redactadas muy lacónicamente, y vertidas del inglés, en un

castellano indescifrable como una inscripción cuneiforme. Y después de

la lectura y el comentario, quedaban la inquietud, la tristeza,

que--a un relámpago de pasión, que pasaba, de repente, por la

conciencia--transformábase en fe por la causa, en seguridad de triunfo,

en exposición de razonamientos, en proyectos de proposiciones

pacifistas, en cuento y recuento de ejércitos, en fabuloso cálculo de

gastos, en nimios e infantiles juegos de imaginación, que, como las

espirales hechas con el humo de un pitillo, se deshacen en el aire,

apenas esbozados.

El laconismo de las noticias parece traer aparejado otro elemento: la

atenuación. Son breves, y, al mismo tiempo, suaves. Despojadas en la

forma periodística, sin «cabezas» llamativas, sin amplificaciones

circunstanciales, están, al mismo tiempo, escritas en forma irresoluta y

vacilante: «Al Oeste o al Este del Mosa se está efectuando un ataque

alemán, que «quizá» termine por ser rechazado...--«se asegura» que, en

la frontera italiana, se contuvo la ofensiva austriaca--. «Es probable»

que los rusos hayan avanzado... Nada fijo, nada imperativo ni

afirmativo; una duda agridulce, una condicional precaución, prestan

vaguedad a los radiogramas.» No quedan conformes los lectores nerviosos.

Se dirigen a la oficina:

--¿Está ahí el primer «Marconi»?

--No.

--Pues el segundo...

--¿Qué desean ustedes?

Y da principio la conquista de la verdad. Circunloquios, sugestiones,

ruegos para saber cuál es la noticia cierta o entera. Porque las de la

tabla estarán mutiladas o alteradas, ¿quién lo ignora?

El segundo «Marconi», imperturbable, recibe el chaparrón verbal, y

cuando se alarga, lo detiene en seco.

--¡Bah, hombre! Esas son las que recibimos. No hay otras. No se figure

que las estoy inventando.

Los que no conformes, se retiran; protestan entre dientes, y luego se

desbandan para seguir el paseo de la digestión.

Entretanto, la noche ha cerrado. El mar tiene una inquietud amenazadora.

El buque se balancea rítmicamente. Brillan por todas partes, en las

aguas, estrías luminosas. Algunas blancas estrellas parpadean en el

horizonte, como ojos cansados. Hace frío y tristeza.

En el salón canta, al piano, una tiple de zarzuela que va contentísima

de regresar a España:

Canta vagabundo

tus pesares por el mundo,

que tu canción quizá

el aire llevará...

Sentados en una banca, los frailes franciscanos han abierto sendos

breviarios, y a la luz de un farol de la toldilla, calladamente leen...

Estampas de viaje: España en los días de la guerra · 第 11 / 45 题