IV.

La historia no registra en sus anales ninguna dominación duradera

ejercida por un pueblo sobre otro, de razas diferentes, de usos y

costumbres extrañas, y de ideales opuestos ó divergentes.

Uno de los dos ha tenido que ceder y sucumbir; ó el extranjero fué

arrojado como les sucedió á los cartagineses, los árabes y los

franceses en España, ó el pueblo indígena tuvo que sucumbir, ó

retirarse como fué el caso de los habitantes del nuevo Continente, de

Australia, Nueva Zelanda, etc.

Una de las más largas dominaciones fué la de los árabes en España, que

duró siete siglos. Pero, á pesar de vivir el pueblo conquistador en

medio del país conquistado; á pesar del fraccionamiento de los

pequeños estados de la Península que surgían poco á poco, como

pequeñas islas en medio de la gran inundación sarracena; á pesar del

espíritu caballeresco, de la bizarría y de la tolerancia religiosa de

los califas, fueron echados al fin tras de sangrientas y tenaces

luchas que formaron la Patria española y crearon la España de los

siglos XV y XVI.

Es contra todas las leyes naturales y morales la existencia de un

cuerpo extraño dentro de otro dotado de fuerza y actividad. La ciencia

nos enseña, ó que se asimila, destruye el organismo, se elimina ó se

enquista.

El enquistamiento de un pueblo conquistador es imposible, toda vez que

significa aislamiento completo, inercia absoluta, adinamia del

elemento vencedor. El enquistamiento significa aquí la tumba del

invasor extranjero.

Pues bien: aplicando estas consideraciones á Filipinas, tenemos por

fuerza que concluir, como deducción de todo lo que venimos diciendo,

que si no se asimila su población á la patria española, si los

dominadores no se apropian el espíritu de sus habitantes, si leyes

equitativas y reformas francas y liberales no les hacen olvidar á los

unos y á los otros de que son de razas diferentes, ó si ambos pueblos

no se funden para constituir una masa social y políticamente homogénea

que no esté trabajada por opuestas tendencias y antagónicos

pensamientos é intereses, las Filipinas se han de declarar un día

fatal é infaliblemente independientes. Contra esta ley del destino no

podrán oponerse ni el patriotismo español, ni el clamoreo de todos los

tiranuelos de Ultramar, ni el amor á España de todos los filipinos, ni

el dudoso porvenir de la desmembración y las luchas intestinas de las

islas entre sí. La necesidad es la divinidad más fuerte que el mundo

conoce, y la necesidad es el resultado de las leyes físicas puestas en

movimiento por las fuerzas morales.

Dijimos, y la estadística lo prueba, que es imposible destruir la raza

filipina. Y aun cuando fuese posible, ¿qué interés tendría España en

la destrucción de los habitantes de un suelo que ella no puede poblar

ni cultivar, cuyo clima le es hasta cierto punto funesto? ¿De qué le

servirían las Filipinas sin los filipinos? Sí, precisamente, dado su

sistema de colonización y el carácter transitorio de los peninsulares

que pasan á Ultramar, una colonia le es tanto más útil y productiva

cuanto más habitantes y riquezas posee. Además, que para destruir á

los seis millones de malayos, aun suponiéndoles que están en la

infancia y que nunca han de aprender á luchar y defenderse, se

necesita cuando menos que España sacrifique una cuarta parte de su

población. Esto se lo recordamos á los partidarios de la explotación

colonial. Pero nada de esto puede suceder. Lo inminente es que, si la

instrucción y las libertades necesarias á la vida humana España se las

niega á los filipinos, éstos buscarán su instrucción en el extranjero,

á espaldas de la Madre patria, y se procurarán de un modo ó de otro

ciertas comodidades en su país. Resultado: que la resistencia de los

políticos miopes y raquíticos no sólo es inútil, sino perjudicial,

pues lo que pudo ser motivo de gratitud y amor, se convierte en

resentimiento y odio.

Odio y resentimiento por una parte, suspicacia é ira por otra,

acabarán por fin en un choque violento y terrible; máxime cuando hay

elementos interesados en que se perturbe el orden para pescar algo en

turbio, para demostrar su valioso poder, para lanzar lamentaciones,

recriminar ó activar medidas violentas, etc. De esperar es que el

Gobierno salga triunfante, y generalmente (y es la costumbre) se

extrema en el castigo, ya sea para dar un terrible escarmiento para

hacer alarde de severidad, ó también para vengar en el vencido los

momentos de terror y zozobra que el peligro le hizo pasar. Inevitable

accesorio de estas catástrofes es el cúmulo de injusticias que se

cometen en inocentes ó pacíficos habitantes. Las venganzas privadas,

las delaciones, las acusaciones infames, los resentimientos, la

codicia del bien ajeno, el momento oportuno para una calumnia, la

prisa y los procedimientos expeditivos de los tribunales militares, el

pretexto de la integridad de la Patria y de la razón de Estado que

todo lo cubre y abona, aun para las conciencias escrupulosas, que son

ya por desgracia raras, y sobre todo el temor cerval, la cobardía que

se ceba en el vencido, todas estas cosas aumentan los rigores y el

número de las víctimas. Resulta que un arroyo de sangre se interpone

ahora entre los dos pueblos; que los heridos y resentidos, en vez de

disminuirse se aumentan, pues á las familias y amigos de los

culpables, que siempre creen excesivo el castigo é injusto el juez,

hay que agregar las familias y amigos de los inocentes que no ven

ninguna ventaja en vivir y obrar sumisa y pacíficamente. Considérese

además que si las medidas de rigor son ya peligrosas en medio de una

nación constituída por una población homogénea, el peligro se

centuplica cuando el Gobierno forma raza diferente de la de los

gobernados. En la primera, una injusticia todavía se puede atribuir á

un solo hombre, al gobernante movido por pasiones privadas, y muerto

el tirano, el ofendido se reconcilia con el Gobierno de su nación.

Pero en países dominados por una raza extranjera, el acto de severidad

más justo se interpreta por injusticia y opresión, por aquello de que

lo dicta una persona extraña que no tiene simpatías ó que es enemigo

del país; y la ofensa no sólo ofende al ofendido, sino á toda su raza,

porque no se suele considerar personal, y el resentimiento,

naturalmente, se extiende á toda la raza gobernante y no muere con el

ofensor.

De aquí la inmensa prudencia y exquisito tacto que deben adornar á los

países colonizadores; y el hecho de considerar el Gobierno de las

colonias en general, y nuestro Ministerio de Ultramar en particular,

como escuelas de aprendizaje, contribuye notablemente á que se cumpla

la gran ley de que las colonias se declaran independientes más ó menos

tarde.

Así, por esa pendiente, se despeñan los pueblos; á medida que se bañan

en sangre y se empapan en hiel y lágrimas, la colonia, si tiene

vitalidad, aprende á luchar y á perfeccionarse en el combate, mientras

que la Madre patria, cuya vida en la colonia depende de la paz y de la

sumisión de los súbditos, se debilita cada vez, y aunque haga

heroicos esfuerzos, al fin, como su número es menor, y sólo tiene una

vida ficticia, acaba por morir. Es como un rico sibarita que,

acostumbrado á ser servido por numerosos criados, que trabajan y

siembran para él, el día en que sus esclavos le nieguen la obediencia,

como no vive de por sí, tiene que morir.

Las venganzas, las injusticias y la suspicacia de un lado, y por otro

el sentimiento de la patria y de la libertad que se despertará en

estas luchas continuas, insurrecciones y levantamientos, acabarán de

generalizar el movimiento y uno de los dos pueblos tiene que sucumbir.

La laxitud será corta, puesto que equivaldrá á una esclavitud mucho

más cruel que la muerte para el pueblo, y á un desprestigio deshonroso

para el dominador. Uno de los pueblos tiene que sucumbir.

España, por el número de sus habitantes, por el estado de su ejército

y marina, por la distancia á que se encuentran las islas, por los

pocos conocimientos que de ellas tiene, y por luchar contra una

población cuyo amor y voluntad se ha enajenado, tendrá por fuerza que

ceder, si es que no quiere arriesgar, no sólo sus otras posesiones y

su porvenir en África, sino también su misma independencia en Europa.

Todo esto á costa de mucha sangre, muchos crímenes, después de

mortales luchas, asesinatos, incendios, fusilamientos, hambres,

miseria, etc., etc. El español es bravo y patriota, y lo sacrifica

todo, en favorables momentos, al bien de la Patria: tiene el arrojo y

la decisión de su toro; el filipino no ama menos la suya, y aunque es

más tranquilo, pacífico y difícilmente se le excita, una vez que se

lanza, no se detiene, y para él toda lucha significa la muerte de uno

de dos combatientes; conserva toda la mansedumbre y toda la tenacidad

y la furia de su karabaw. El clima influye de igual manera en los

animales bípedos que en los cuadrúpedos.

Las terribles lecciones y las duras enseñanzas que estas luchas hayan

dado á los filipinos, habrán servido para mejorar su moral y

robustecerlos. La España del siglo XV no era la del siglo VIII. Con la

severa experiencia, en vez de entrar en luchas intestinas de unas

islas con otras, como generalmente se teme, se tenderán mutuamente los

brazos, como los náufragos cuando arriban á una isla después de una

espantosa noche de tormenta. No vayan á decir que nos ha de pasar lo

que á las pequeñas repúblicas americanas. Estas se conquistaron

fácilmente su independencia, y sus habitantes están animados de un

espíritu diferente del de los filipinos. Además, el peligro de caer

otra vez en otras manos, de ingleses ó alemanes, por ejemplo, les

obligará á ser sensatos y prudentes. La no gran preponderancia de

ninguna raza sobre las otras apartará de la imaginación toda ambición

loca de dominar, y como la tendencia de los países tiranizados, una

vez que sacuden el yugo, es adoptar el Gobierno más libre, como un

chico que sale del colegio, como la oscilación del péndulo, por una

ley de la reacción las Islas se declararán probablemente en República

federal....

Si las Filipinas consiguen su independencia al cabo de luchas heroicas

y tenaces, pueden estar seguras de que ni Inglaterra, ni Alemania, ni

Francia, y menos Holanda, se atreverán á recoger lo que España no ha

podido conservar. El África, dentro de algunos años, absorberá por

completo la atención de los europeos, y no hay nación sensata que por

ganar un puñado de islas aguerridas y pobres, descuide los inmensos

territorios que le brinda el Continente Negro, vírgenes, no explotados

y poco defendidos. Inglaterra tiene ya bastantes colonias en el

Oriente y no se va á exponer á perder el equilibrio; no va á

sacrificar su imperio de la India por el pobre Archipiélago filipino;

si abrigase esta intención, no habría devuelto Manila en 1763; habría

conservado un punto cualquiera de Filipinas para irse desde allí

extendiendo poco á poco. Además, ¿para qué necesita el comerciante

John Bull matarse por Filipinas cuando ésta ya no es la señora del

Oriente, cuando allí están Singapore, Hong-Kong, Shanghai, etc.?

Probablemente, Inglaterra mirará con buenos ojos la independencia de

Filipinas, que le abrirá sus puertos y dará más franquicias á su

comercio. Además, en el Reino Unido hay tendencias y opiniones que

creen que ya tienen demasiado número de colonias, que éstas son

perjudiciales, y que debilitan mucho á la Metrópoli.

Por las mismas razones Alemania no querrá aventurarse, y porque un

desequilibrio de sus fuerzas y una guerra en países lejanos hacen

peligrar su existencia en el continente; así vemos que su

actitud, tanto en el Pacífico como en África, se limita á conquistar

fáciles _territorios que no pertenecen á nadie_. Alemania rehuye toda

complicación exterior.

Francia tiene más que hacer y ve más porvenir en Tonkin y en la China,

además de que el espíritu francés no brilla por su afán colonizador;

Francia ama la gloria, pero la gloria y los laureles que crecen en los

campos de batalla de Europa: el eco de los campos de batalla del

Extremo Oriente no satisface mucho su sed de renombre, porque llega

muy amortiguado. Encuéntrase, además, con otras obligaciones, tanto en

el interior como en el Continente.

Holanda es sensata y se contentará con conservar las Molucas y Java;

Sumata le brinda más porvenir que Filipinas, cuyos mares y costas son

de mal agüero para las expediciones holandesas. Holanda va con mucha

cautela en Sumatra y Borneo, por temor de perderlo todo.

La China se considerará bastante feliz si consigue mantenerse unida y

no se desmembra, ó se la reparten las potencias europeas que colonizan

en el Continente asiático.

Lo mismo le pasa al Japón. Tiene al Norte la Rusia, que lo codicia y

espía; al Sur la Inglaterra, que se le entra hasta en el idioma

oficial. Encuéntrase además bajo una diplomática presión europea tal,

que no podrá pensar en el exterior hasta librarse de ella, y no lo

consentirá fácilmente. Verdad es que tiene exceso de población, pero

la Corea le atrae más que Filipinas, y es además más fácil de tomar.

_Acaso la gran República Americana, cuyos intereses se encuentran en

el Pacífico y que no tiene participación en los despojos del África,

piense un día en posesiones ultramarinas._ No es imposible, pues el

ejemplo es contagioso, la codicia y la ambición son vicios de los

fuertes, y Harrison se manifestó algo en este sentido cuando la

cuestión de Samoa; pero ni el Canal de Panamá está abierto, ni los

territorios de los Estados tienen plétora de habitantes, y caso de que

lo intentara abiertamente, no le dejarían paso libre las potencias

europeas, que saben muy bien que el apetito se excitó con los primeros

bocados. La América del Norte sería una rival demasiado molesta, si

una vez practica el oficio. Es además contra sus tradiciones.

Muy probablemente las Filipinas defenderán con un ardor indecible la

libertad comprada á costa de tanta sangre y sacrificios. Con los

hombres nuevos que broten de su seno y con el recuerdo de su pasado,

se dedicarán tal vez á entrar abiertamente en la ancha vía del

progreso, y todos trabajarán de consuno á fortalecer su patria, así en

el interior como en el exterior, con el mismo entusiasmo con que un

joven vuelve á labrar el campo de sus padres, tanto tiempo devastado y

abandonado gracias á la incuria de los que le enajenaron. Entonces

volverá á desenterrar de las minas el oro para remediar la miseria, el

hierro para armarse, el cobre, el plomo, el carbón, etc.; acaso el

país resucite á la vida marítima y mercantil á que están llamados los

isleños por la Naturaleza, sus aptitudes y sus instintos, y libre otra

vez, como el ave que deja la jaula, como la flor que vuelve al aire

libre, volverá á recobrar las antiguas buenas cualidades que poco á

poco va perdiendo, y será otra vez amante de la paz, jovial, alegre,

sonriente, hospitalario y audaz.

Esto y otras cosas más pueden suceder dentro de cien años más ó menos.

Pero el más lógico augurio, la profecía basada en mejores

probabilidades pueden fallar por causas insignificantes y remotas. Un

pulpo que se agarró á la nave de Marco Antonio cambió la faz del

mundo; una cruz en el Calvario y un justo clavado en ella, cambió la

moral de media humanidad, y, sin embargo, antes de Cristo, ¡cuántos

justos no han perecido inicuamente y cuántas cruces no se plantaron

en aquella colina! La muerte del Justo santificó su obra é hizo su

doctrina incontrovertible. Un barranco en la batalla de Waterlóo

sepultó todas las glorias de dos décadas luminosas, todo el mundo

napoleónico, y libertó á la Europa. ¿De qué accidentes fortuitos

dependerán los destinos de Filipinas?

Sin embargo, no es bueno fiarse en lo eventual; hay una lógica

imperceptible é incomprensible á veces en las obras de la Historia.

Bueno es que tanto los pueblos como los gobiernos se ajusten á ella.

Y por eso nosotros repetimos y repetiremos siempre, mientras sea

tiempo, que vale más adelantarse á los deseos de un pueblo, que ceder:

lo primero capta simpatías y amor; lo segundo, desprecio é ira. Puesto

que es necesario dar á seis millones de filipinos sus derechos para

que sean de hecho españoles, que se los dé el Gobierno libre y

espontáneamente, sin reservas injuriosas, sin suspicacias irritantes.

No nos cansaremos de repetirlo mientras nos quede un destello de

esperanza: preferimos esta desagradable tarea á tener un día que decir

á la Madre Patria: «España, hemos empleado nuestra juventud á servir

tus intereses en los intereses de nuestro país; nos hemos dirigido á

ti, hemos gastado toda la luz de nuestras inteligencias, todo el ardor

y el entusiasmo de nuestro corazón para trabajar por el bien de lo que

era tuyo, para recabar de ti una mirada de amor, una política liberal

que nos asegure la paz de nuestra patria y tu dominio sobre unas

adictas pero desgraciadas islas! España, te has mantenido sorda, y,

envuelta en tu orgullo, has proseguido tu funesto camino y nos has

acusado de traidores, sólo porque amamos á nuestro país, porque te

decimos la verdad, y odiamos toda clase de injusticias. ¿Qué quieres

que digamos á nuestra miserable patria, cuando nos pregunte acerca del

éxito de nuestros esfuerzos? ¿Le habremos de decir que, puesto que por

ella hemos perdido todo, juventud, porvenir, ilusiones, tranquilidad,

familia; puesto que en su servicio hemos agotado todos los recursos de

la esperanza, todos los desengaños del anhelo, que reciba también el

resto que no nos sirve, la sangre de nuestras venas y la vitalidad que

queda en nuestros brazos? ¡España!, ¿le habremos de decir un día á

Filipinas que no tienes oídos para sus males, y que si desea salvarse

que se redima ella sola?»

_La Solidaridad_; núm. 24: Madrid, 31 enero 1890.

Filipinas Dentro De Cien Años (Estudio Politico-Social) · 第 8 / 8 题