La historia no registra en sus anales ninguna dominación duradera
ejercida por un pueblo sobre otro, de razas diferentes, de usos y
costumbres extrañas, y de ideales opuestos ó divergentes.
Uno de los dos ha tenido que ceder y sucumbir; ó el extranjero fué
arrojado como les sucedió á los cartagineses, los árabes y los
franceses en España, ó el pueblo indígena tuvo que sucumbir, ó
retirarse como fué el caso de los habitantes del nuevo Continente, de
Australia, Nueva Zelanda, etc.
Una de las más largas dominaciones fué la de los árabes en España, que
duró siete siglos. Pero, á pesar de vivir el pueblo conquistador en
medio del país conquistado; á pesar del fraccionamiento de los
pequeños estados de la Península que surgían poco á poco, como
pequeñas islas en medio de la gran inundación sarracena; á pesar del
espíritu caballeresco, de la bizarría y de la tolerancia religiosa de
los califas, fueron echados al fin tras de sangrientas y tenaces
luchas que formaron la Patria española y crearon la España de los
siglos XV y XVI.
Es contra todas las leyes naturales y morales la existencia de un
cuerpo extraño dentro de otro dotado de fuerza y actividad. La ciencia
nos enseña, ó que se asimila, destruye el organismo, se elimina ó se
enquista.
El enquistamiento de un pueblo conquistador es imposible, toda vez que
significa aislamiento completo, inercia absoluta, adinamia del
elemento vencedor. El enquistamiento significa aquí la tumba del
invasor extranjero.
Pues bien: aplicando estas consideraciones á Filipinas, tenemos por
fuerza que concluir, como deducción de todo lo que venimos diciendo,
que si no se asimila su población á la patria española, si los
dominadores no se apropian el espíritu de sus habitantes, si leyes
equitativas y reformas francas y liberales no les hacen olvidar á los
unos y á los otros de que son de razas diferentes, ó si ambos pueblos
no se funden para constituir una masa social y políticamente homogénea
que no esté trabajada por opuestas tendencias y antagónicos
pensamientos é intereses, las Filipinas se han de declarar un día
fatal é infaliblemente independientes. Contra esta ley del destino no
podrán oponerse ni el patriotismo español, ni el clamoreo de todos los
tiranuelos de Ultramar, ni el amor á España de todos los filipinos, ni
el dudoso porvenir de la desmembración y las luchas intestinas de las
islas entre sí. La necesidad es la divinidad más fuerte que el mundo
conoce, y la necesidad es el resultado de las leyes físicas puestas en
movimiento por las fuerzas morales.
Dijimos, y la estadística lo prueba, que es imposible destruir la raza
filipina. Y aun cuando fuese posible, ¿qué interés tendría España en
la destrucción de los habitantes de un suelo que ella no puede poblar
ni cultivar, cuyo clima le es hasta cierto punto funesto? ¿De qué le
servirían las Filipinas sin los filipinos? Sí, precisamente, dado su
sistema de colonización y el carácter transitorio de los peninsulares
que pasan á Ultramar, una colonia le es tanto más útil y productiva
cuanto más habitantes y riquezas posee. Además, que para destruir á
los seis millones de malayos, aun suponiéndoles que están en la
infancia y que nunca han de aprender á luchar y defenderse, se
necesita cuando menos que España sacrifique una cuarta parte de su
población. Esto se lo recordamos á los partidarios de la explotación
colonial. Pero nada de esto puede suceder. Lo inminente es que, si la
instrucción y las libertades necesarias á la vida humana España se las
niega á los filipinos, éstos buscarán su instrucción en el extranjero,
á espaldas de la Madre patria, y se procurarán de un modo ó de otro
ciertas comodidades en su país. Resultado: que la resistencia de los
políticos miopes y raquíticos no sólo es inútil, sino perjudicial,
pues lo que pudo ser motivo de gratitud y amor, se convierte en
resentimiento y odio.
Odio y resentimiento por una parte, suspicacia é ira por otra,
acabarán por fin en un choque violento y terrible; máxime cuando hay
elementos interesados en que se perturbe el orden para pescar algo en
turbio, para demostrar su valioso poder, para lanzar lamentaciones,
recriminar ó activar medidas violentas, etc. De esperar es que el
Gobierno salga triunfante, y generalmente (y es la costumbre) se
extrema en el castigo, ya sea para dar un terrible escarmiento para
hacer alarde de severidad, ó también para vengar en el vencido los
momentos de terror y zozobra que el peligro le hizo pasar. Inevitable
accesorio de estas catástrofes es el cúmulo de injusticias que se
cometen en inocentes ó pacíficos habitantes. Las venganzas privadas,
las delaciones, las acusaciones infames, los resentimientos, la
codicia del bien ajeno, el momento oportuno para una calumnia, la
prisa y los procedimientos expeditivos de los tribunales militares, el
pretexto de la integridad de la Patria y de la razón de Estado que
todo lo cubre y abona, aun para las conciencias escrupulosas, que son
ya por desgracia raras, y sobre todo el temor cerval, la cobardía que
se ceba en el vencido, todas estas cosas aumentan los rigores y el
número de las víctimas. Resulta que un arroyo de sangre se interpone
ahora entre los dos pueblos; que los heridos y resentidos, en vez de
disminuirse se aumentan, pues á las familias y amigos de los
culpables, que siempre creen excesivo el castigo é injusto el juez,
hay que agregar las familias y amigos de los inocentes que no ven
ninguna ventaja en vivir y obrar sumisa y pacíficamente. Considérese
además que si las medidas de rigor son ya peligrosas en medio de una
nación constituída por una población homogénea, el peligro se
centuplica cuando el Gobierno forma raza diferente de la de los
gobernados. En la primera, una injusticia todavía se puede atribuir á
un solo hombre, al gobernante movido por pasiones privadas, y muerto
el tirano, el ofendido se reconcilia con el Gobierno de su nación.
Pero en países dominados por una raza extranjera, el acto de severidad
más justo se interpreta por injusticia y opresión, por aquello de que
lo dicta una persona extraña que no tiene simpatías ó que es enemigo
del país; y la ofensa no sólo ofende al ofendido, sino á toda su raza,
porque no se suele considerar personal, y el resentimiento,
naturalmente, se extiende á toda la raza gobernante y no muere con el
ofensor.
De aquí la inmensa prudencia y exquisito tacto que deben adornar á los
países colonizadores; y el hecho de considerar el Gobierno de las
colonias en general, y nuestro Ministerio de Ultramar en particular,
como escuelas de aprendizaje, contribuye notablemente á que se cumpla
la gran ley de que las colonias se declaran independientes más ó menos
tarde.
Así, por esa pendiente, se despeñan los pueblos; á medida que se bañan
en sangre y se empapan en hiel y lágrimas, la colonia, si tiene
vitalidad, aprende á luchar y á perfeccionarse en el combate, mientras
que la Madre patria, cuya vida en la colonia depende de la paz y de la
sumisión de los súbditos, se debilita cada vez, y aunque haga
heroicos esfuerzos, al fin, como su número es menor, y sólo tiene una
vida ficticia, acaba por morir. Es como un rico sibarita que,
acostumbrado á ser servido por numerosos criados, que trabajan y
siembran para él, el día en que sus esclavos le nieguen la obediencia,
como no vive de por sí, tiene que morir.
Las venganzas, las injusticias y la suspicacia de un lado, y por otro
el sentimiento de la patria y de la libertad que se despertará en
estas luchas continuas, insurrecciones y levantamientos, acabarán de
generalizar el movimiento y uno de los dos pueblos tiene que sucumbir.
La laxitud será corta, puesto que equivaldrá á una esclavitud mucho
más cruel que la muerte para el pueblo, y á un desprestigio deshonroso
para el dominador. Uno de los pueblos tiene que sucumbir.
España, por el número de sus habitantes, por el estado de su ejército
y marina, por la distancia á que se encuentran las islas, por los
pocos conocimientos que de ellas tiene, y por luchar contra una
población cuyo amor y voluntad se ha enajenado, tendrá por fuerza que
ceder, si es que no quiere arriesgar, no sólo sus otras posesiones y
su porvenir en África, sino también su misma independencia en Europa.
Todo esto á costa de mucha sangre, muchos crímenes, después de
mortales luchas, asesinatos, incendios, fusilamientos, hambres,
miseria, etc., etc. El español es bravo y patriota, y lo sacrifica
todo, en favorables momentos, al bien de la Patria: tiene el arrojo y
la decisión de su toro; el filipino no ama menos la suya, y aunque es
más tranquilo, pacífico y difícilmente se le excita, una vez que se
lanza, no se detiene, y para él toda lucha significa la muerte de uno
de dos combatientes; conserva toda la mansedumbre y toda la tenacidad
y la furia de su karabaw. El clima influye de igual manera en los
animales bípedos que en los cuadrúpedos.
Las terribles lecciones y las duras enseñanzas que estas luchas hayan
dado á los filipinos, habrán servido para mejorar su moral y
robustecerlos. La España del siglo XV no era la del siglo VIII. Con la
severa experiencia, en vez de entrar en luchas intestinas de unas
islas con otras, como generalmente se teme, se tenderán mutuamente los
brazos, como los náufragos cuando arriban á una isla después de una
espantosa noche de tormenta. No vayan á decir que nos ha de pasar lo
que á las pequeñas repúblicas americanas. Estas se conquistaron
fácilmente su independencia, y sus habitantes están animados de un
espíritu diferente del de los filipinos. Además, el peligro de caer
otra vez en otras manos, de ingleses ó alemanes, por ejemplo, les
obligará á ser sensatos y prudentes. La no gran preponderancia de
ninguna raza sobre las otras apartará de la imaginación toda ambición
loca de dominar, y como la tendencia de los países tiranizados, una
vez que sacuden el yugo, es adoptar el Gobierno más libre, como un
chico que sale del colegio, como la oscilación del péndulo, por una
ley de la reacción las Islas se declararán probablemente en República
federal....
Si las Filipinas consiguen su independencia al cabo de luchas heroicas
y tenaces, pueden estar seguras de que ni Inglaterra, ni Alemania, ni
Francia, y menos Holanda, se atreverán á recoger lo que España no ha
podido conservar. El África, dentro de algunos años, absorberá por
completo la atención de los europeos, y no hay nación sensata que por
ganar un puñado de islas aguerridas y pobres, descuide los inmensos
territorios que le brinda el Continente Negro, vírgenes, no explotados
y poco defendidos. Inglaterra tiene ya bastantes colonias en el
Oriente y no se va á exponer á perder el equilibrio; no va á
sacrificar su imperio de la India por el pobre Archipiélago filipino;
si abrigase esta intención, no habría devuelto Manila en 1763; habría
conservado un punto cualquiera de Filipinas para irse desde allí
extendiendo poco á poco. Además, ¿para qué necesita el comerciante
John Bull matarse por Filipinas cuando ésta ya no es la señora del
Oriente, cuando allí están Singapore, Hong-Kong, Shanghai, etc.?
Probablemente, Inglaterra mirará con buenos ojos la independencia de
Filipinas, que le abrirá sus puertos y dará más franquicias á su
comercio. Además, en el Reino Unido hay tendencias y opiniones que
creen que ya tienen demasiado número de colonias, que éstas son
perjudiciales, y que debilitan mucho á la Metrópoli.
Por las mismas razones Alemania no querrá aventurarse, y porque un
desequilibrio de sus fuerzas y una guerra en países lejanos hacen
peligrar su existencia en el continente; así vemos que su
actitud, tanto en el Pacífico como en África, se limita á conquistar
fáciles _territorios que no pertenecen á nadie_. Alemania rehuye toda
complicación exterior.
Francia tiene más que hacer y ve más porvenir en Tonkin y en la China,
además de que el espíritu francés no brilla por su afán colonizador;
Francia ama la gloria, pero la gloria y los laureles que crecen en los
campos de batalla de Europa: el eco de los campos de batalla del
Extremo Oriente no satisface mucho su sed de renombre, porque llega
muy amortiguado. Encuéntrase, además, con otras obligaciones, tanto en
el interior como en el Continente.
Holanda es sensata y se contentará con conservar las Molucas y Java;
Sumata le brinda más porvenir que Filipinas, cuyos mares y costas son
de mal agüero para las expediciones holandesas. Holanda va con mucha
cautela en Sumatra y Borneo, por temor de perderlo todo.
La China se considerará bastante feliz si consigue mantenerse unida y
no se desmembra, ó se la reparten las potencias europeas que colonizan
en el Continente asiático.
Lo mismo le pasa al Japón. Tiene al Norte la Rusia, que lo codicia y
espía; al Sur la Inglaterra, que se le entra hasta en el idioma
oficial. Encuéntrase además bajo una diplomática presión europea tal,
que no podrá pensar en el exterior hasta librarse de ella, y no lo
consentirá fácilmente. Verdad es que tiene exceso de población, pero
la Corea le atrae más que Filipinas, y es además más fácil de tomar.
_Acaso la gran República Americana, cuyos intereses se encuentran en
el Pacífico y que no tiene participación en los despojos del África,
piense un día en posesiones ultramarinas._ No es imposible, pues el
ejemplo es contagioso, la codicia y la ambición son vicios de los
fuertes, y Harrison se manifestó algo en este sentido cuando la
cuestión de Samoa; pero ni el Canal de Panamá está abierto, ni los
territorios de los Estados tienen plétora de habitantes, y caso de que
lo intentara abiertamente, no le dejarían paso libre las potencias
europeas, que saben muy bien que el apetito se excitó con los primeros
bocados. La América del Norte sería una rival demasiado molesta, si
una vez practica el oficio. Es además contra sus tradiciones.
Muy probablemente las Filipinas defenderán con un ardor indecible la
libertad comprada á costa de tanta sangre y sacrificios. Con los
hombres nuevos que broten de su seno y con el recuerdo de su pasado,
se dedicarán tal vez á entrar abiertamente en la ancha vía del
progreso, y todos trabajarán de consuno á fortalecer su patria, así en
el interior como en el exterior, con el mismo entusiasmo con que un
joven vuelve á labrar el campo de sus padres, tanto tiempo devastado y
abandonado gracias á la incuria de los que le enajenaron. Entonces
volverá á desenterrar de las minas el oro para remediar la miseria, el
hierro para armarse, el cobre, el plomo, el carbón, etc.; acaso el
país resucite á la vida marítima y mercantil á que están llamados los
isleños por la Naturaleza, sus aptitudes y sus instintos, y libre otra
vez, como el ave que deja la jaula, como la flor que vuelve al aire
libre, volverá á recobrar las antiguas buenas cualidades que poco á
poco va perdiendo, y será otra vez amante de la paz, jovial, alegre,
sonriente, hospitalario y audaz.
Esto y otras cosas más pueden suceder dentro de cien años más ó menos.
Pero el más lógico augurio, la profecía basada en mejores
probabilidades pueden fallar por causas insignificantes y remotas. Un
pulpo que se agarró á la nave de Marco Antonio cambió la faz del
mundo; una cruz en el Calvario y un justo clavado en ella, cambió la
moral de media humanidad, y, sin embargo, antes de Cristo, ¡cuántos
justos no han perecido inicuamente y cuántas cruces no se plantaron
en aquella colina! La muerte del Justo santificó su obra é hizo su
doctrina incontrovertible. Un barranco en la batalla de Waterlóo
sepultó todas las glorias de dos décadas luminosas, todo el mundo
napoleónico, y libertó á la Europa. ¿De qué accidentes fortuitos
dependerán los destinos de Filipinas?
Sin embargo, no es bueno fiarse en lo eventual; hay una lógica
imperceptible é incomprensible á veces en las obras de la Historia.
Bueno es que tanto los pueblos como los gobiernos se ajusten á ella.
Y por eso nosotros repetimos y repetiremos siempre, mientras sea
tiempo, que vale más adelantarse á los deseos de un pueblo, que ceder:
lo primero capta simpatías y amor; lo segundo, desprecio é ira. Puesto
que es necesario dar á seis millones de filipinos sus derechos para
que sean de hecho españoles, que se los dé el Gobierno libre y
espontáneamente, sin reservas injuriosas, sin suspicacias irritantes.
No nos cansaremos de repetirlo mientras nos quede un destello de
esperanza: preferimos esta desagradable tarea á tener un día que decir
á la Madre Patria: «España, hemos empleado nuestra juventud á servir
tus intereses en los intereses de nuestro país; nos hemos dirigido á
ti, hemos gastado toda la luz de nuestras inteligencias, todo el ardor
y el entusiasmo de nuestro corazón para trabajar por el bien de lo que
era tuyo, para recabar de ti una mirada de amor, una política liberal
que nos asegure la paz de nuestra patria y tu dominio sobre unas
adictas pero desgraciadas islas! España, te has mantenido sorda, y,
envuelta en tu orgullo, has proseguido tu funesto camino y nos has
acusado de traidores, sólo porque amamos á nuestro país, porque te
decimos la verdad, y odiamos toda clase de injusticias. ¿Qué quieres
que digamos á nuestra miserable patria, cuando nos pregunte acerca del
éxito de nuestros esfuerzos? ¿Le habremos de decir que, puesto que por
ella hemos perdido todo, juventud, porvenir, ilusiones, tranquilidad,
familia; puesto que en su servicio hemos agotado todos los recursos de
la esperanza, todos los desengaños del anhelo, que reciba también el
resto que no nos sirve, la sangre de nuestras venas y la vitalidad que
queda en nuestros brazos? ¡España!, ¿le habremos de decir un día á
Filipinas que no tienes oídos para sus males, y que si desea salvarse
que se redima ella sola?»
_La Solidaridad_; núm. 24: Madrid, 31 enero 1890.