Las Filipinas, si han de continuar bajo el dominio de España, tienen
por fuerza que tranformarse en sentido político, por exigirlo así la
marcha de su historia y las necesidades de sus habitantes. Esto lo
demostramos en el artículo anterior.
Esta transformación, dijimos también, ha de ser violenta y fatal, si
parte de las esferas del pueblo; pacífica y fecunda en resultados, si
de las clases superiores.
Algunos gobernantes han adivinado esta verdad, y llevados de su
patriotismo, tratan de plantear reformas que necesitamos para prevenir
los acontecimientos. Hasta el presente, no obstante cuantas se han
dictado, han producido escasos resultados, tanto para el Gobierno como
para el país, llegando á dañar en algunas ocasiones hasta aquellas que
sólo prometían un éxito feliz. Y es que se edifica sobre terreno sin
consistencia.
Dijimos, y lo repetiremos una vez más, y lo repetiremos siempre: todas
las reformas que tienen un carácter _paliativo_ son, no solamente
inútiles, sino hasta perjudiciales, cuando el Gobierno se encuentra
enfrente de males que hay que remediar _radicalmente_. Y si nosotros
no estuviéramos convencidos de la honradez y rectitud de ciertos
gobernantes, estaríamos tentados de decir que todas esas reformas
parciales eran sólo emplastos y pomadas de un médico que, no sabiendo
curar un cáncer, ó no atreviéndose á hacer la extirpación, quiere de
esa manera distraer los padecimientos del enfermo, ó contemporizar con
la pusilanimidad de los timidos é ignorantes.
Todas las reformas de nuestros ministros liberales fueron, eran, son y
serán buenas ... si se llevasen á cabo.
Cuando pensamos en ellas, se nos viene á la memoria el régimen
dietético de Sancho Panza en la _Ínsula Barataria_. Sentábase ante una
suntuosa y bien servida mesa «llena de frutas y mucha diversidad de
platos de diversos manjares»; pero entre la boca del infeliz y cada
plato interponía su varilla el médico Pedro Rezio, diciendo: _absit!_,
y retiraban el manjar, dejándole á Sancho más hambriento que nunca.
Verdad es que el despótico Pedro Rezio daba razones que no parece sino
que Cervantes las escribió para los Gobiernos de Ultramar:--«No se ha
de comer, señor Gobernador, sino como es uso y costumbre en las otras
ínsulas donde hay gobernadores», etcétera--encontrando inconvenientes
en todos los platos, unos por calientes, otros por húmedos, etcétera,
enteramente como nuestros Pedros Rezios de allende y aquende los
mares. ¡Maldito el bien que le hacía á Sancho el arte de su cocinero!
En el caso de nuestro país, las reformas hacen el papel de los
manjares; Filipinas el de Sancho, y el del médico charlatán lo
desempeñan muchas personas, interesadas en que no se toque á los
platos, para aprovecharse de ellos tal vez.
Resulta que el pacienzudo Sancho, ó Filipinas, echa de menos su
libertad, renegando de todos los gobiernos, y acaba por rebelarse
contra su pretendido médico.
De igual manera, mientras Filipinas no tenga prensa libre, no tenga
voz en las Cámaras para hacer saber al Gobierno y á la Nación si se
cumplen ó no debidamente sus decretos, si aprovechan ó no al país,
todas las habilidades del ministro de Ultramar tendrán la suerte de
los platos de la Ínsula Barataria.
El ministro, pues, que quiera que sus reformas sean reformas, debe
principiar por declarar la prensa libre en Filipinas, y por crear
diputados filipinos.
La prensa libre en Filipinas, porque las quejas de allá raras veces
llegan á la Península, rarísimas veces, y si llegan, tan encubiertas,
tan misteriosas, que no hay periódico que se atreva á reproducirlas; y
si se reproducen, se reproducen tarde y mal.
Un Gobierno que _desde muy lejos administra un país_, es el que más
necesidad tiene de una prensa libre, más aun que el que Gobierna en la
Metrópoli, si es que quiere hacerlo recta y decentemente. El Gobierno
que _gobierna en el país_, puede todavía prescindir de la prensa (si
es que puede), porque está en el terreno, porque tiene ojos y oídos, y
porque observa de cerca lo que rige y administra. Pero el Gobierno que
_gobierna desde lejos_, necesita absolutamente que la verdad y los
hechos lleguen á su conocimiento por todas las vías posibles, para que
pueda juzgarlos y apreciarlos mejor, y esta necesidad sube de punto
cuando se trata de un país como Filipinas, cuyos habitantes hablan y
se quejan en un idioma desconocido para las autoridades. Gobernar de
otra manera se llamará también gobernar, puesto que es menester darle
un nombre, pero es gobernar mal. Es juzgar oyendo sólo á una de las
partes; es dirigir un buque sin tener en cuenta las condiciones de
éste, el estado del mar, los escollos, los bajos, el curso del viento,
las corrientes, etc. Es administrar una casa pensando sólo en darse
lustre y pisto, sin ver lo que hay en la caja, sin pensar en los
servidores y en la familia.
Pero la rutina es una pendiente por donde andan muchos Gobiernos, y la
rutina dice que la libertad de la prensa es un peligro. Veamos qué
dice la Historia. Las sublevaciones y las revoluciones han tenido
siempre lugar en los países tiranizados, en aquellos donde al
pensamiento y al corazón humano se les ha obligado á callar.
Si el gran Napoleón no hubiese tiranizado la prensa, acaso ella le
hubiera advertido del peligro en que se precipitaba, y le hubiera dado
á comprender que los pueblos estaban cansados y la tierra necesitaba
paz; acaso su genio, en vez de gastarse en el engrandecimiento
exterior, replegándose sobre sí mismo, hubiera trabajado por su
consolidación y se hubiese consolidado. La misma España registra en su
historia más revoluciones cuando la prensa estuvo amordazada. ¿Qué
colonia se ha hecho independiente teniendo prensa libre, gozando de
libertades? ¿Es preferible gobernar á tientas, ó gobernar con
conocimiento de causa?
Nos contestará alguno, alegando de que en las colonias con la prensa
libre peligrara mucho el PRESTIGIO de los gobernantes, esa columna de
los gobiernos falsos. Le contestaremos de que es preferible el
prestigio de la Nación al de varios individuos. Una nación se
conquista respeto no sosteniendo ni encubriendo abusos, sino
castigándolos y reprobándolos. Además, le sucede á ese prestigio lo
que decía Napoleón de los grandes hombres y sus ayudas de cámara.
Nosotros, que sufrimos y sabemos todos los infundios y vejaciones de
esos pretendidos dioses, no necesitamos la prensa libre para
conocerlos; hace tiempo que están desprestigiados. La prensa libre la
necesita el Gobierno, el Gobierno, que todavía sueña en el prestigio,
que edifica sobre terreno minado.
Lo mismo decimos respecto de los diputados filipinos.
¿Qué peligros ve en ellos el Gobierno? Una de tres cosas: ó salen
revoltosos, pasteleros, ó salen como deben ser.
Suponiendo que cayésemos en el pesimismo más absurdo y admitiésemos el
insulto, grande para Filipinas, pero mayor aún para España, de que
todos los diputados fuesen separatistas, y de que en todas sus
proposiciones mantuviesen ideas filibusteras, ¿no está allí la
mayoría, española y patriota, no está allí la claravidencia de los
gobernantes para oponerse á sus fines y combatirlos? ¿Y no valdría
esto más que el descontento que fermenta y cunde en el secreto del
hogar, en las cabañas y en los campos? Cierto que el pueblo español no
escatima nunca su sangre cuando de patriotismo se trata; pero ¿no
sería más preferible la lucha de los principios en el Parlamento, que
el cambio de balas en terrenos pantanosos, á 3.000 leguas de la
patria, entre bosques impenetrables, bajo un ardiente sol ó entre
lluvias torrenciales? Esas luchas pacíficas de las ideas, además de
ser un termómetro para el Gobierno, tienen la ventaja de ser más
baratas y gloriosas, porque el Parlamento español abunda precisamente
en paladines de la palabra, invencibles en el terreno de los
discursos. Además, dicen que los filipinos son indolentes y pacatos;
¿qué, pues, puede temer el Gobierno? ¿No influye en las elecciones?
Francamente; es hacerles mucho honor á los filibusteros tenerles miedo
en medio de las Cortes de la Nación.
Si salen pasteleros, como es de esperar y probablemente han de ser,
tanto mejor para el Gobierno, y tanto peor para sus electores. Son
unos votos más á favor, y el Gobierno podrá reirse á sus anchas de los
filibusteros, si los hay.
Si salen como deben ser, dignos, honrados y fieles á sus misiones,
molestarán sin duda con sus preguntas al ministro ignorante ó incapaz,
pero le ayudarán á gobernar y serán algunas personas honradas más
entre los representantes de la Nación.
Ahora bien; si el verdadero inconveniente de los diputados filipinos
consiste en el _olor á igorrotes_ que le ponía tan inquieto en pleno
Senado, al aguerrido general Sr. Salamanca, el Sr. D. Sinibaldo de
Mas, que ha visto de cerca á los igorrotes y ha querido vivir con
ellos, puede afirmar de que olerán, cuando peor, como la pólvora, y el
Sr. Salamanca, sin duda, no tiene miedo á ese olor. Y si no fuese más
que esto, los filipinos, que allá en su país tienen la costumbre de
bañarse todos los días, una vez que sean diputados, podrán dejar tan
sucia costumbre, al menos durante el período legislativo, para no
molestar con el olor del baño los delicados olfatos de los Salamancas.
Inútil de refutar ciertos inconvenientes de algunos lindos
escritores, sobre las pieles más ó menos morenas, y los rostros más ó
menos narigudos. En cuestión de estética, cada raza tiene la suya la
China, por ejemplo, que tiene 414 millones de habitantes y cuenta con
una civilización muy antigua, encuentra feos á todos los europeos á
quienes llama Fan-Kwai, ó sea diablos rojos. Su estética tiene 100
millones más de partidarios que la estética europea. Además, si de eso
se ha de tratar, tendríamos que aceptar la inferioridad de los
latinos, en especial la de los españoles, respecto de los sajones que
son mucho más blancos.
Y mientras no se diga que la Cámara española es una reunión de
Adónises, Antínoos, _boys_ y otros _angelos_ parecidos; mientras se
vaya allí para legislar y no para socratizar ó errar por hemisferios
imaginarios, creemos que el Gobierno no se debe detener ante esos
inconvenientes. El Derecho no tiene piel, ni la razón narices.
No vemos, pues, ninguna causa seria para que Filipinas no tenga
diputados. Con su creación se acallan muchos descontentos, y en vez de
achacar el país sus males al Gobierno, como sucede ahora, los
sobrellevará mejor, porque al menos puede quejarse, y porque, teniendo
sus hijos entre sus legisladores, se hace en cierto modo solidario de
sus actos.
No sabemos si servimos bien los verdaderos intereses de nuestra
patria pidiendo diputados. Sabemos que la falta de ilustración, el
apocamiento, el egoísmo de muchos de nuestros compatriotas, y la
audacia, la astucia y los poderosos medios de los que quieren allá el
oscurantismo, pueden convertir la reforma en un nocivo instrumento.
Pero queremos ser leales al Gobierno y le indicamos el camino que
mejor nos parece para que sus esfuerzos no se malogren, para que
desaparezcan los descontentos. Si después de planteada tan justa como
necesaria medida, el pueblo filipino es tan necio y pusilánime, que
haga traición á sus verdaderos intereses, entonces que recaigan sobre
él las responsabilidades, que sufra todas las consecuencias. Cada país
tiene la suerte que se merece, y el Gobierno podrá decir que ha
cumplido con su deber.
Estas son las dos reformas fundamentales que, bien interpretadas y
aplicadas, podrán disipar todas las nubes, afirmar el cariño á España
y hacer fructificar todas las posteriores. Estas son las reformas
_sine quibus non_.
Es pueril el temor de que por ellas venga la independencia: la prensa
libre le hará conocer al Gobierno los latidos de la opinión, y los
diputados, si son los mejores de entre los hijos de Filipinas, como
deben ser, serán sus rehenes. No habiendo motivo de descontento, ¿con
qué se tratará de excitar las masas del pueblo?
Es de igual modo inaceptable el inconveniente que alegan otros acerca
de la defectuosa cultura de la mayoría de los habitantes. Además de
que no es tan defectuosa como se pretende, no hay razón ninguna
plausible para que al ignorante y al desvalido (por culpa propia ó
ajena), se le niegue su representante que vele por él para que no le
atropellen. Es quien precisamente más lo necesita. Nadie deja de ser
hombre, nadie pierde sus derechos á la civilización sólo por ser más ó
menos inculto, y puesto que se le considera al filipino como ciudadano
capaz cuando se le pide su contribución y su sangre para defender la
patria, ¿por qué se le ha de negar esa capacidad cuando de concederle
un derecho se trata? Además, ¿por qué ha de ser responsable de su
ignorancia, si está confesado por todos, amigos y enemigos, de que su
afán de aprender es tan grande, que ya antes de que llegasen los
españoles todos sabían leer y escribir, y que como vemos ahora, las
más modestas familias hacen enormes sacrificios para que sus hijos
puedan ilustrarse un poco, llegando el caso de servir como criados
siquiera para aprender el castellano? ¿Cómo se ha de esperar que el
país se ilustre en el estado actual, si vemos que cuantos decretos
lanza el Gobierno en favor de la instrucción, se encuentran con Pedros
Rezios que impiden su cumplimiento, porque tienen en sus manos lo que
llaman enseñanza? Si el filipino, pues, es bastante inteligente para
que contribuya, debe serlo también para elegir y tener quien vele por
él y por sus intereses, con el producto de los cuales sirve al
Gobierno de su Nación. Raciocinar de otra manera, es raciocinar como
un embudo.
Vigiladas las leyes y los actos de las autoridades, la palabra
Justicia puede comenzar á dejar de ser una ironía colonial. Lo que más
hace respetables á los ingleses en sus posesiones, es su estricta y
expeditiva justicia, de tal manera, que los habitantes depositan en
los jueces toda su confianza. La Justicia es la virtud primera de las
razas civilizadoras. Ella somete las naciones más bárbaras; la
injusticia subleva á las más débiles.
Los puestos y los cargos debían darse por oposición, publicándose los
trabajos y los juicios á fin de que haya estímulo y no surjan
descontentos. Así si el Indio no sacude su _indolencia_, no podrá
murmurar si todos los cargos los ve desempeñados por _castilas_.
Suponemos de que no serán los Españoles los que teman entrar en esta
lid: así podrán probar su superioridad por la superioridad de su
inteligencia. Y aunque esto no se acostumbra en la Metrópoli, debe
practicarse en las colonias, por cuanto hay que buscar el verdadero
prestigio por medio de las dotes morales, porque los colonizadores
deben ser ó parecer, cuando menos, justos, inteligentes é íntegros,
como el hombre aparenta virtudes cuando está en contacto con personas
extrañas. Los puestos y cargos así ganados rechazan naturalmente la
arbitraria cesantía y crean empleados y gobernantes aptos y
conocedores de sus deberes. Los puestos que desempeñen los Indios, en
vez de poner en peligro la dominación española, sólo servirían para
afianzarla; pues ¿qué interés tendrían en cambiar lo seguro y estable
contra lo incierto y problemático? El indio, además, es muy amante de
la quietud y prefiere un modesto presente á un brillante porvenir.
Díganlo esos varios funcionarios filipinos que se encuentran aún en
las oficinas: son los más inertes conservadores.
Otras reformas de detalle podríamos añadir tocantes al comercio, á la
agricultura, á la seguridad del individuo, de la propiedad, á la
enseñanza, etc.; pero estas son cuestiones que trataremos por separado
en otros artículos. Por ahora nos contentamos con los esquemas, no
vaya alguno á decir que pedimos demasiado.
No faltarán espíritus que nos tachen de utópicos: mas ¿qué es la
utopia? Utopia era un país que imaginó Thomas More, en donde había
sufragio universal, tolerancia religiosa, abolición, casi completa, de
la pena de muerte, etc. Cuando la novelita se publicó, consideráronse
estas cosas como ensueños, imposibles, esto es, _utópicos_. Y, sin
embargo, la civilización ha dejado muy atrás el país de la Utopia: la
voluntad y la conciencia humana han realizado más milagros, han
suprimido los esclavos, y la pena de muerte para el adulterio ¡cosas
imposibles aun para la misma Utopia!
Las colonias francesas tienen sus representantes; en las Cámaras
inglesas se ha tratado también de dar representación á las colonias de
la Corona _(Crown colonies)_, pues las otras ya gozan de una cierta
autonomía; la prensa, allí, es también libre; sólo en España, que en
el siglo XVI fué la nación modelo en la colonización, se queda muy
postergada. Cuba y Puerto Rico, cuyos habitantes no llegan á la
tercera parte de los de Filipinas, y que no han hecho por España los
sacrificios que ésta, cuentan con numerosos diputados. Filipinas tuvo
desde sus primeros días los suyos, que trataban con los Reyes y el
Papa de las necesidades del país; los tuvo en los momentos críticos de
España, cuando ésta gemía bajo el yugo napoleónico, y no se
aprovecharon de la desgracia de la Metrópoli como otras colonias,
sino que estrecharon más los vínculos que las unían á la Nación, dando
pruebas de su lealtad; continuaron hasta muchos años después ... ¿Qué
crimen han cometido las Islas para que así se las prive de sus derechos.
En suma: las Filipinas continuarán siendo españolas, si entran en la
vía de la vida legal y civilizada, si se respetan los derechos de sus
habitantes, si se les conceden los otros que se les deben, si la
política liberal de los Gobiernos se lleva á cabo sin trabas ni
mezquindades, sin subterfugios ni falsas interpretaciones.
De otra manera, si se quiere ver en las Islas un filón por explotar,
un recurso para contentar ambiciones, para librar de impuestos la
Metrópoli, apurando la gallina de los huevos de oro y cerrando los
oídos á todos los gritos de la razón, entonces, por grande que sea la
fidelidad de los filipinos, no podrán impedir que se cumplan las leyes
fatales de la Historia. _Las colonias fundadas para servir la política
ó el comercio de una metrópoli, concluyen_ todas _por hacerse
independientes_, decía Bachelet; antes que Bachelet lo dijera, ya lo
habían dicho todas las colonias fenicias, cartaginesas, griegas,
romanas, inglesas, portuguesas y españolas.
Estrechos sin duda alguna son los vínculos que nos unen á España; no
viven dos pueblos tres siglos en continuo contacto, participando de
una misma suerte, vertiendo su sangre en los mismos campos, creyendo
las mismas creencias, adorando al mismo Dios, comunicándose los mismos
pensamientos, sin que nazcan entre ellos lazos más fuertes que los que
imponen las armas ó el temor: sacrificios y beneficios por parte de
uno y otro han hecho nacer afecciones; Machiavelo, el gran conocedor
del corazón humano, decía: _la natura degli huomini, é cosí obligarsi
per li beneficii che essi fanno, come per quelli che essi ricevono_
(condición humana es ligarse tanto por los beneficios que se hacen
como por los que se reciben); todo esto y aun más es cierto; pero es
sentimentalismo puro, y en el amargo campo de la política la dura
necesidad y los intereses se imponen. Por mucho que los filipinos
deban á España, no se les puede exigir que renuncien á su redención,
que los liberales é ilustrados vaguen como desterrados del patrio
suelo, que se ahoguen en su atmósfera las aspiraciones más groseras,
que el pacífico habitante viva en continua zozobra, dependiendo la
suerte de los pueblos de los caprichos de un solo hombre; la España no
puede pretender, ni en el nombre del mismo Dios, que seis millones de
hombres se embrutezcan, se les explote y oprima, se les niegue la luz,
los derechos innatos en el ser humano, y después se les colme de
desprecio é insultos; no, no hay gratitud que pueda excusar, no hay
pólvora suficiente en el mundo que pueda justificar los atentados
contra la libertad del individuo, contra el sagrado del hogar, contra
las leyes, contra la paz y el honor; atentados que allá se cometen
cada día; no hay Divinidad que pueda proclamar el sacrificio de
nuestras más caras afecciones, el de la familia, los sacrilegios y
violaciones que se cometen por los que tienen el nombre de Dios en los
labios; nadie puede exigir del pueblo filipino un imposible; el noble
pueblo español, tan amante de sus libertades y derechos, no puede
decirle que renuncie á los suyos; el pueblo que se complace en las
glorias de su pasado no puede pedir de otro, educado por él, acepte la
abyección y deshonre su nombre!
Los que hoy luchamos en el terreno legal y pacífico de las
discusiones, lo comprendemos así, y con la mirada fija en nuestros
ideales, no cesaremos de abogar por nuestra causa, sin salir de los
límites de lo legal; pero si antes la violencia nos hace callar ó
tenemos la desgracia de caer (lo cual es posible, pues no somos
inmortales), entonces no sabemos qué camino tomarán los retoños
numerosos y de mejor savia que se precipitarán para ocupar los puestos
que dejemos vacíos.
Si lo que deseamos no se realiza....
Ante la eventualidad desgraciada, menester es que el horror no nos
arredre, que en vez de cerrar los ojos, miremos cara á cara lo que
pueda traer el porvenir. Y á ese fin, después de arrojar el puñado de
tierra que se tributa á los Cancerberos, entremos francamente en el
abismo para sondear sus terribles misterios.
_la Solidaridad_; núm. 21: Madrid, 15 diciembre 1889.