_20 de Diciembre._
La opinión que en tu carta me indicas respecto á mi prima no me
parece ajustada á la verdad. ¿Se funda acaso en informes míos dados
con ligereza y cuando no había hecho las convenientes observaciones?
Pues me retracto, querido Equis; me trago todo lo escrito, y ahora,
conociendo mejor cosas y personas, quiero quitarte de la cabeza esos
juicios malévolos. Créelo: Agustina es buena; ama con firmísima ternura
á su marido. Sus aspiraciones afectivas están colmadas, y nada revela
en ella que padezca inquietudes del alma, ni curiosidades de esas
comparables á las de los geógrafos navegantes que buscan mundos mejores
que los conocidos. Noto en ella la tranquilidad del que está contento
en su mundo y no indaga con ansiosa mirada lo que habrá más allá del
horizonte. Ya estoy oyéndote decir: «Este tonto se viene cada día con
una cantinela distinta... y lo peor es que pretende se le admitan
todas estas ideas, variado fruto de su fecunda impresionabilidad.»
Reconozco, señor maestro, que varío la tocata con demasiada frecuencia.
Es que yo no me aferro á las opiniones, ni tengo la estúpida vanidad
de la consecuencia de juicio. Observo lealmente, rectifico cuando
hay que rectificar, quito y pongo lo que me manda quitar y poner la
realidad, descubriéndose por grados, y persigo la verdad objetiva,
sacrificándole la subjetiva, que suele ser un falso ídolo fabricado por
nuestro pensamiento para adorarse en efigie. Ríete de mí; pero acepta
la versión que hoy te mando, que es la oficial, la verdadera. Que es
honrada te digo, y si me lo niegas, hombre de poca fe, nos veremos las
caras.
Y, sin embargo, Equis de mil demonios, heme aquí empecatado, heme aquí
sin poder vencer la diabólica intención que en mí ha nacido, y que tras
largas vacilaciones se manifiesta positivamente. Mira si estoy dominado
por la infernal influencia, que creyendo no es ella terreno dispuesto
para el mal, me inclino á seguir tu consejo satánico. Es que los
obstáculos nos infunden temeridad, y los peligros nos ilusionan más que
la confianza. No, no hay allí, como tú sostienes, una fácil victoria;
pero contando con la resistencia, solicitado quizás por la resistencia
misma, romperé pronto el fuego.
Somos muy pillos los descendientes del señor de Adán. Llevamos el mal
en nuestra naturaleza, y la cultura nos ha dado una filosofía pérfida
y farisáica para cohonestarlo. La sociedad, con diarios y persuasivos
ejemplos, nos incita á cursar esta filosofía, y si no lo crees, ahí
tienes á mi padrino, el castizo Cisneros, que me repite á cada instante
su famosa prescripción, resultado de un profundo saber sociológico:
«Manolo, no seas burro. Haz el amor sin reparo alguno á las mujeres de
todos tus amigos.»
El afecto del honrado y leal Orozco me da algunos malos ratos todavía
en esta campaña infernal, que aún no ha salido de la esfera nebulosa
de mi intención. ¡Ah! en la voluntad mía, ya he ultrajado al hombre
sin par, modelo de nobleza y rectitud. Pero, como te dije antes, el
siglo fecundo en que vivimos nos da una filosofía muy cómoda para
acudir al remedio de estos desastres de la conciencia. ¡Hay tantos
casos semejantes! ¡Si fuera yo el primero que alterara la ley moral!
¡Si introdujera yo esta moda de los esposos de mérito, burlados y
escarnecidos! No mil veces. Yo no he puesto la sociedad tal y como se
halla hoy; yo no he reformado el Decálogo, rebajando los pecados gordos
á la categoría de veniales; yo no he aceptado las enmiendas á la ley
fundamental, que la convierten en papel mojado. Yo llego y me encuentro
las cosas como las dejaron otros, y no he de hacer el reformador ni el
protestante.
Me dices una cosa que me lanza más al disparadero. Dices que llame y me
responderán. Llamaré, hijo mío, aun dudando mucho de que me respondan.
Soy como aquél que sin saber palabra de la asignatura iba á examen,
diciendo: «me expongo á que me aprueben.» Eso digo yo: «llamaré: me
expongo á que me abran la puerta.» ¿Y si no me la abren?
Por ahora no te diré nada sobre el particular. Me reservo para cuando
tenga que comunicarte el éxito ó el fiasco.
Y vamos á las informaciones que tantas veces me has pedido acerca del
pobre Federico Viera. Me volvió á decir ayer que te había escrito,
y ahora sí creo que lo ha hecho. No le tengas mala voluntad por su
tardanza en contestar á tus cartas, la cual no significa que te
olvide, sino que anda medio trastornado con las mil cosas que le
rebullen en la cabeza. El problema de la vida es en él, por la pícara
suerte y por los obstáculos permanentes de su carácter, de muy difícil
solución. Yo creo que llegará á la vejez dando vueltas al tal problema
sin resolverlo nunca. Conozco algunos así, y les tengo por los seres
más dignos de lástima. Federico Viera es uno de los hombres de más
entendimiento que creo existen en España. Quizás por tenerlo tan grande
y algo incompleto, así como por la acentuación quijotesca de algunas
prendas morales y por carecer de otras, ha de fracasar constantemente.
¡Qué lástima! Pocos hombres conozco aquí más simpáticos y de trato
tan seductor. De mí sé decirte que le estimo de veras, y que trato de
mejorar su adversa suerte. Pero me parece que no haremos carrera de
él. Quéjase de la fatalidad, ¡el comodín de todos los que equivocan el
camino de la vida! pero yo voy creyendo que en este caso la fatalidad
existe, y que Federico no adelanta porque se lo estorba alguna
fuerza interior incontrastable, y también circunstancias externas
independientes de su voluntad.
Ha pasado de los treinta años, y se encuentra sin carrera, sin medios
de fortuna, incapacitado para desempeñar un destino, pues carece de
condiciones legales para obtenerlo, y no es cosa de que empiece por
oficial quinto. Aborrece la política, sin considerar que es la única
puerta practicable que ante él se abre. Sobre esto hemos tenido vivas
disputas. «La política, le digo, será todo lo inmoral que quieras.
Ella tendrá sus máculas como todas las cosas; pero es un medio, y
hay que aceptarlo como tal cuando no se tienen otros. Es una especie
de proteccionismo, un sistema de beneficencia que el país ejerce para
dar colocación á los que se han quedado sin casillero en el reparto
de puestos sociales. Viene á ser como una sucursal de la Providencia;
y si no existiera, los desastres que habrían de ocasionarse serían
mucho mayores que los tan cacareados y evidentes daños que ahora se le
atribuyen.» Al fin me pareció que le convencí; pero la dificultad está
en meterle en la política. Si lo lográramos, figúrate cuánto brillaría.
No conozco á nadie con más facultades oratorias. Sus contados ensayos
periodísticos revelan también aptitud extraordinaria para el caso.
Posee como nadie ese golpe de vista rápido, esa preciosa facultad de
ver el lado conveniente y oportuno de las cuestiones, abandonando los
demás. Pues nada de esto le sirve mientras no tenga la afición, el
prurito ambicioso que á otros, faltos de aptitud, les sobra.
Por mi parte, trato de empujarle, y he bebido los vientos estos días
para conseguirle un acta en cualquier elección parcial; pero no me ha
sido posible. Á nuestro amigo le perjudica el nombre de su padre, que
es la mayor de sus desdichas. Lo mismo es decir Viera, que surge la
imagen de ese solemnísimo bribón, cuya triste fama permanece en Madrid,
viviendo él fuera de España. Esta es la fatalidad de Federico, el sino
perverso que le hará miserable y desgraciado toda su vida; pues aun
cuando llegara á vencer los inconvenientes del deshonrado nombre que
lleva, no se quitará nunca de encima la mala sombra que su padre ha
echado sobre él con la perversa educación que le dió. Este muchacho se
ha malogrado, porque su padre no supo serlo nunca, ni tuvo autoridad
sobre él para encarrilarle y hacerle hombre. La niñez y juventud
de Federico coincidieron con la época en que Joaquín Viera gastaba
lo suyo y lo ajeno, sin cuidarse para nada de su hijo. Crióse para
aristócrata; adquirió necesidades, de esas con las cuales se identifica
el sér, y que vienen á formar parte del sér mismo; se hizo al regalo,
á la disipación, al lujo, á la generosidad, y á los vicios que cría
la esplendidez y que no pueden separarse de ella. Aunque su despierta
imaginación no desdeñó la lectura, jamás estudió nada formalmente, ni
se aplicó á carrera alguna científica ni literaria. Vino el desastre,
y el que se había criado caballero, encontróse peón. Era tarde para
atajar las consecuencias de este abandono. Aún se forjaba ilusiones
el pobre chico durante algún tiempo, aspirando á plantear no sé qué
empresas industriales. Humo y tontería. Lo que han pasado él y su pobre
hermana, no es para dicho brevemente.
Harto sabes tú que soporta su desgracia con estoicismo admirable, y
que encubre su miseria con arte exquisito. Nadie que le vea y le trate
sospechará las procesiones que andan por dentro. Viste bien y con esa
fácil elegancia que es una cualidad antes que una costumbre. Frecuenta,
por hábito y necesidad espiritual, lo que llamamos bárbaramente _el
gran mundo_, y sabe distinguirse en él, siendo bien recibido en todas
partes y muy echado de menos en sus ausencias.
Me parece que á la hora presente, á pesar de que le has tratado
bastante, no le conoces tan bien como yo. Contigo era siempre
reservado; conmigo tiene espontaneidades que nadie le ha merecido
todavía. De la amistad hemos llegado poco á poco á la familiaridad, y
me cuenta algunos pormenores de su vida pasada, y aun de la presente,
por demás interesantes. Recuerdo haberte oído decir que jamás entraste
en su casa; yo sí, y conozco á su hermana. Sobre esto hay mucho que
hablar: iremos despacio para no confundirnos.
Si he merecido de Viera confianzas y revelaciones inapreciables,
todavía hay en su existencia repliegues que no he podido desdoblar.
Es hombre que no se abre nunca por entero. Respeto sus secretillos,
y no juzgo prudente ni delicado forzar el arca de discreción en que
los guarda. No es misterio para nadie su afición al juego, ni que
este vicio es en él el único arbitrio practicable para ir conllevando
la vida... ¡vida sumamente azarosa, figúrate!... Pero te advierto
que no es posible andar con más dignidad en tratos tan ruínes. Sus
degradaciones no están á la vista de los que públicamente le tratamos.
Él se las arregla allá con su vicio y saca lo que puede, sin que se
trasluzca nada en la vida ordinaria. Yo me he permitido hablarle
de esto, incitándole á arreglarse de otro modo, y me responde con
amarga tristeza que no puede ser, que está ya hecho á ese angustioso
sistema, y que no halla manera de abandonarlo. He procurado sondear el
abismo de su situación económica, llegando hasta proponerle un medio
decoroso de regularizar su presupuesto; pero no quiere aceptarlo. Me
ha confesado que sus deudas son enormes, y que sólo con un _golpe de
suerte_, con una de esas ventoleras favorables que en breves momentos
amontonan un capital, podría ponerse á flote. Y no hay quien le quite
de la cabeza esta idea fija y monomaniaca. Es tan delicado, que fuera
de los antros más ó menos decentes, donde pulsa la fortuna, nada verás
en él que signifique rebajamiento moral. Nadie, absolutamente nadie,
entre nuestros muchos amigos, puede jactarse de que Viera le ha dado
sablazo grande ni chico. Antes reventará que pedir. Yo no sé cómo se
las compone, ni qué casta de garduña usurera le suministra lo que
necesita cuando viene la mala. Te aseguro que me inspira compasión este
hombre, y á veces me pongo á discurrir qué haría yo para favorecerle
sin lastimarle. Debe de haber por ahí, en manos negras y rapaces, mucho
papel suyo, que seguramente se ha de cotizar en baja constante; pero
por más que le hurgo para que me informo de esto, no obtengo de él más
que vaguedades y evasivas.
Es amigo de Cisneros, que le aprecia mucho, y á menudo le invita á
comer para tenerle por oyente y admirador; amigo también de Orozco,
que le protegería (me consta) si él se dejara proteger, y discurre,
como yo, procedimientos delicados é indirectos de favorecerle. El padre
de Federico fué, en sus tiempos de prosperidad, compinche del padre
de Orozco, y ambos armaron, según dice la gente, aquella trampa de
_La Humanitaria_ que arrambló con los ahorros de una generación. Don
José Orozco ya no existe; Joaquín Viera anda huído por el extranjero,
ocupado en obscuros negocios; y si alguna vez se descuelga por aquí,
viene sable en mano contra los amigos de su hijo. Considera, alma
cristiana, esta anomalía de las razas, y mira por dónde de padres
perversos han nacido hijos tan apreciables, cada uno por su estilo.
He de añadir que Orozco, sea por tradiciones de amistad, sea por otra
causa que no se me alcanza, tiene para ese tuno de Viera, padre,
increíbles deferencias; y no sólo se ha dejado herir más de una vez por
el tremendo chafarote del gran petardista, sino que en cierta ocasión
le libró de un bochornoso proceso. Federico se muestra muy agradecido
á Orozco, y le tiene en tanta estimación como el más entusiasta, como
tú, por ejemplo. Y en reciprocidad de estos sentimientos, Augusta y su
marido le consideran y agasajan, aunque no pierden ripio (ella sobre
todo) para censurar con benevolencia su incorrecta manera de vivir. Más
de una vez me han dicho que arbitre un medio de mejorar la situación
de Viera y su hermana, negociando diplomáticamente con él, sin herir
su susceptibilidad vidriosa. Hemos discutido los medios sin encontrar
solución práctica. Ambos han deplorado ingenuamente que un hombre de
tan buen fondo, tan caballero, tan bien cortado para la vida digna
y honrosa, se envilezca buscando un infame jornal en las _salas del
crimen_. Yo también lo lamento, nos afligimos todos; pero no veo manera
de evitarlo. Y basta por hoy. De _aquello_, buenas impresiones. Ya te
las contaré otro día.