_17 de Diciembre._
Pues decía que este Calderón te encaja las papas más gordas que da la
fantasía humana, y se queda tan fresco. Lo mejor es que no miente á
sabiendas, porque se cree á pie juntillas cuanto dice. Yo me río con él
lo que no puedes figurarte. El otro día me porfiaba que un misterioso
industrial de Madrid ha establecido, bajo el patrocinio secreto de
altos personajes, el más extraño negocio que se puede imaginar. ¿Á
que no lo aciertas? Pues el negocio consiste en hacer el matute en
gran escala por medio de los carros fúnebres, de unos cuantos hombres
vestidos de cura, y de unas mujeronas disfrazadas de hermanas de la
Caridad. Daba tales pormenores, que parecía estar en el ajo y ser de
la partida. Te advierto que en todas las extravagancias que te cuenta
Calderón, hay siempre alto personaje: esto no puede faltar.
Tía de este tipo y también de Augusta, por parte de madre, es doña
Serafina Calderón, señora respetable, muy querida de toda la familia, y
especialmente del matrimonio Orozco. De noche nunca la ví en la casa, y
hace un mes que no va tampoco de día, porque padece gravísima afección
al pecho, y dicen que se morirá pronto. Desde que Augusta ha dado en
pasar las tardes junto á su tía enferma, me siento muy solo en el
Retiro y Castellana, y elevo una humilde oración al Altísimo para que
la señora se ponga buena, ó al menos se alivie. Pero el Altísimo no me
hace maldito caso, y mi prima no pasea.
Ya comprenderás que, fuera de las rabietas que paso como enamorado y
no correspondido, lo paso regularmente en casa de Orozco. Allí tenemos
billar, tresillo, _bezigue_, y algunas noches música, con grandísimo
júbilo mío. Augusta toca el piano muy bien, y sería consumada profesora
si estudiase algo más. Te aseguro que cuando la oigo, me transporto
al séptimo cielo. Los devorantes del famoso bando capitaneado por
mi padrino, aunque fingen humanizarse con el trato de Beethoven,
Listz y Chopin, no dejan en paz á sus víctimas. Allí se desmenuzan
las cuestiones que van saliendo, traídas por la prensa, ó por ese
otro periodismo hablado _sotto voce_ que no se atreve á expresarse
en letras de molde. Hay noches benignas en que las hachas sólo
despuntan las ramas; pero otras, querido Equis, caen con estruendo
y furia los troncos más robustos. Creerías que están todos poseídos
de un vértigo ecualitario, de un furor terrorista y guillotinante,
ansiosos de establecer para los casos de moral el nivel del suelo raso.
Durante varias noches se trató del crimen misterioso de la calle del
Baño (habrás leído algo de esto en la prensa), y excuso decirte que
prevaleció, con gran lujo de fundamentos lógicos, la popular especie de
que influencias altísimas aseguraron la impunidad de los asesinos. Vino
después la cuestión del escandaloso desfalco de la Deuda. Quedó probada
la inocencia de los infelices que están presos, y la culpabilidad de
Fulano y Zutano (personas muy conocidas). También oirás allí que en un
círculo social muy señalado se cotizan las credenciales de Cuba como si
fueran títulos del 4 amortizable.
Esto de la inmoralidad ultramarina, ¡María Santísima! es la correa
más larga de todas. Algo se cuenta que indudablemente es exacto; pero
añaden tales horrores, que me resisto á creerles. En la crítica de
los negocios coloniales lleva la voz cantante aquel Aguado de quien
antes te hablé, el cual estuvo allá tres años y se trajo, según dicen,
media isla. Pues las cosas que éste desembucha, más son para oídas y
calladas que para referidas. Ya comprenderás que allí, tratándose de
la situación, es cosa corriente lo de _esto se va, esto no dura tres
meses, esto se cae de pura corrupción_, etc. Y á lo mejor se hacen
preguntas muy chuscas. «Oye, tú (dirigiéndose á mí), ¿qué hay de ese
ministro que se quiere marchar porque el Consejo no le aprueba el
nombramiento de director en favor de X?...» Pon aquí un nombre muy
desacreditado. Rara es la noche en que alguno de la partida no lleva
noticias de este jaez: «En el Consejo de hoy se han tirado los trastos
á la cabeza... Dicen que andan á tiros en tal ó cual parte... Los
revolucionarios, contentísimos.»
Se entabla allí cada polémica que Dios tirita. Villalonga, echándoselas
de hombre de orden y de ministerial, aunque parezca mentira, defiende
al Gobierno algunas veces; pero Aguado, furioso porque no me le echan
para _allá_ otra vez, sale espada en mano al combate. Su lengua es
horrorosamente mortífera. «El Presidente del Consejo no dice más que
embustes, y á todo el que coge le engaña como á un chino.» Otro día
asegura (le consta de buena tinta) que dos ministros han reñido por
cuestión de faldas; que están de uñas los tales con los cuales...
Cisneros se baña en agua rosada, y aunque siempre trata estas
materias de una manera espiritual, y se chunguea del ministerialismo
acomodaticio de Villalonga, así como de la furibunda y ciega oposición
de Aguado, no por eso es menos cáustico en sus conclusiones.
Cuando se deja caer por allí, Augusta suele defender al Gobierno
por enzarzarles, y también pincha al _Catón ultramarino_ para verle
hecho un basilisco, soltando veneno por lengua y ojos. En cuanto al
ex-ministro, aparenta tomarlo á broma; pero mete su cuarto á espadas,
lanzando puntaditas, pues está esquinado con la situación, aunque
lo disimula. Dice que va al grupo para saber noticias. Á veces las
desmiente con tibieza, á veces con un calor que viene á reforzarlas.
Volviendo á mi prima, te contaré algo que te hará reir. Tiene un gran
talento natural, no bien cultivado. Ya sabes que se educó en Francia,
que perdió á su madre siendo muy niña, y que la casaron muy joven. Su
inteligencia se ha cultivado sola; hace gala, como ya te he dicho, de
altiva y temeraria independencia en sus juicios, y nada le desagrada
tanto como encontrarse con una opinión que los demás aceptan. Hace
pocas noches aseguraba que no puede soportar la literatura española,
desde Moratín inclusive para atrás, y nos dijo que, fuera del
_Quijote_, no ha podido nunca leer tres páginas seguidas de ningún
autor en prosa ni en verso, místico ni profano; que el teatro de capa
y espada le es atrozmente antipático, leído y visto representar; que
los tan ponderados místicos, sin excluir Santa Teresa, no valen más que
para narcóticos en caso de insomnio rebelde; que varias veces intentó
leer la historia de Mariana, y que siempre le ha producido jaqueca;
que los romances y poemas de fabla antigua le recuerdan demasiado á su
desapacible y adusta tierra de Campos, pues son la misma cosa puesta en
letras, el clima helado y seco y la tierra estéril... En fin, que en
literatura es también iconoclasta rabiosa, y que á ella no le den más
que lo moderno español, y más aún lo francés. En lo francés, le gusta
todo lo del siglo pasado; pero no pasa más allá, y hasta los padrotes
Molière y Racine le resultan de una insipidez intolerable.
De esta radical opinión surgió una disputa muy viva entre ella y
Federico Viera. Ya conoces el carácter de Federico; su ingenio, que
sería fecundísimo si lo cultivara; sabes que jamás se queda en los
términos medios; que en sus simpatías y aborrecimientos va hasta el
furor, y que su desmedido orgullo suple en él, como en otros muchos,
las energías de la convicción para sostener cualquier idea. Te añadiré
que de los amigos de Orozco, sin contar á Calderón y á mí, Federico
es el que tiene más confianza en la casa, pues su amistad con Tomás
data de larga fecha. Augusta se pelea con él, siempre que hay ocasión,
contradiciéndole con cierto énfasis, buscándole las vueltas, y
zahiriendo sin piedad sus quijotismos. Él toma en serio los furores
iconoclastas de su amiga, y ella los exagera para exaltarle. No sé
el tiempo que duró aquella discusión deliciosa, en que mi prima se
permitió decirle: «¡Pero qué tonto es usted...! Quiere hacernos creer
que ha leído el poema del Cid. No tendría usted tan buen color.» Y
él: «Sí: eso lo dice usted por afán de originalidad, y no niego que
está usted monísima sosteniendo tales disparates...» Simpatizo cada
día más con este pobre Viera; y si no me agradase tanto por bueno y
leal, habría de gustarme por desgraciado. Á propósito de él, tengo que
contarte algo que te ha de interesar.
Abur, gaznápiro. Dios te libre de caer en el bando de los devorantes ó
manteadores.