La noche era oscura y serena. Al acercarnos a la puerta de la Caleta
vimos de lejos la iluminación que había en la plazuela de las
Barquillas, junto al teatro y en las barracas. Inmensa multitud se
apiñaba en aquellos improvisados sitios de recreo, y oíanse los gritos y
vivas con que se celebraba el gran suceso de la Albuera.
Aguardamos largo rato. Los amigos de lord Gray y D. Pedro esperaban en
la muralla en dos grupos distintos.
--¿Se han traído los garrotes?--preguntó sigilosamente uno de los de lord
Gray.
--Sí... son vergajos de cuero para que pueda ser vapuleado sin recibir
golpes mortales...
--¿Y las hachas de viento?
--¿Y los cohetes?
--Todo está--dijo uno sin poder disimular su gozo--. El figurón vestido
de todas armas a la antigua que ha de presentarse en lugar de lord Gray
aguarda en aquella casa. Mamarracho igual no le ha visto Cádiz.
--Pero D. Pedro no parece...
--Allá viene... sus amigos los cruzados le rodean.
--Todo ha de hacerse como lo he dispuesto yo...--indicó lord Gray--quiero
despedirme de Cádiz con buen bromazo.
--Lástima que esto no pudiera hacerse en el escenario del teatro.
--Señores, se acerca la hora. ¿Baja usted... Araceli?
--Al instante voy.
Bajaron todos, y me detuve deseando aislarme por breve rato para recoger
mi espíritu y dar alas a mi pensamiento. Habíame paseado un poco entre
la puerta y la plataforma de Capuchinos, cuando vi en la muralla una
persona, un bulto negro, cuya forma y figura no podía distinguirse bien,
y que se volvía hacia la playa, siguiendo con la vista a los
espectadores y héroes del burlesco desafío. Picábame la curiosidad por
saber quién era; mas teniendo prisa, no me detuve y bajé al instante.
Dos grandes grupos se formaron en la playa, y los de uno y otro bando,
excepto algunos bobalicones que vestían el traje de cruzados, estaban en
el ajo. Entre los de lord Gray, vi un figurón armado de pies a cabeza,
con peto y espaldar de latón, celada de encaje, rodela y con tantas
plumas en la cabeza que más que guerrero parecía salvaje de América.
Dábanle instrucciones los demás y él decía:
--Ya sé lo que tengo que hacer. Triste cosa es dejarse matar, manque sea
de mentirijiyas... Yo le diré que me pongo en guardia, luego hablaré
inglés así: «Pliquis miquis...», y después daré un berrido, cétera,
cétera...
--Haz todo lo posible por imitar mis modales y mi voz--le dijo lord
Gray.
--Descuide miloro.
Uno de los presentes acercose al otro grupo y dijo en voz alta:
--Su excelencia lord Gray, duque de Gray, está dispuesto. Vamos a partir
el sol; pero como no hay sol, se partirán las estrellas... Hagamos una
raya en la arena.
--Por mi parte, pronto estoy--dijo D. Pedro, viendo avanzar hacia el
ruedo la espantable figura del caballero armado--. Me parece que tiembla
usted, lord Gray.
Y en efecto, el supuesto lord temblaba.
--Dios venga en mi ayuda--exclamó huecamente Congosto--y que este brazo,
pronto a defender la justicia y a vengar un vergonzoso ultraje, sea más
fuerte que el del Cid... ¿Lord Gray, reconoce usted su error y se
dispone a reparar la afrenta que ha causado?
El Sr. Poenco (pues no era otro) creyó prudente contestar en inglés de
esta manera:
--Pliquis miquis... ¡ay!, ¡ooo!... Esperpentis Congosto... ¡Nooo!
--¡Pues sea!--dijo D Pedro sacando la espada--y a quien Dios se la dé...
Cruzáronse los terribles aceros; daba don Pedro unos mandobles que
habrían hendido en dos mitades al Sr. Poenco, si este con prudencia suma
no se retirara dando saltos hacia atrás. Los presentes aguantaban con
gran trabajo la risa, porque el desafío era una especie de baile, en el
cual veíase a don Pedro saltando de aquí para allí para atrapar bajo el
filo de su espada al supuesto lord Gray. Por fin, después de repetidas
vueltas y revueltas, este exhaló un rugido y cayó en tierra, diciendo:
--Muerto soy.
Al punto D. Pedro viose rodeado por un lado y otro. Multitud de vergajos
cayeron sobre sus lomos, y con loco estrépito repetían los
circunstantes:
--¡Viva el gran D. Pedro del Congosto, el más valiente caballero de
España!
Las hachas de viento se encendieron y comenzó una especie de escena
infernal. Este le empujaba de un lado, aquel del otro, querían llevarle
en vilo; pero fue preciso arrastrarle, y en tanto llovían los palos
sobre el infeliz caballero y los dos o tres cruzados que salieron en su
defensa.
--¡Viva el valiente, el invencible D. Pedro del Congosto, que ha matado
a lord Gray!
--¡Atrás canalla!--gritaba defendiéndose el estafermo--. Si le maté a él,
haré lo mismo con vosotros, gentuza vengativa y desvergonzada.
Y apaleado, pinchado, empujado, arrastrado, fue conducido hacia la
puerta como en grotesco triunfo, hasta que condolidos de tanta crueldad,
le cargaron a cuestas, llevándole procesionalmente a la ciudad. Unos
tocaban cuernos, otros golpeaban sartenes y cacharros, otros sonaban
cencerros y esquilas, y con el ruido de tales instrumentos y el fulgor
de las hachas, aquel cuadro parecía escena de brujas o fantástica
asonada del tiempo en que había encantadores en el mundo. Ya en lo alto
de la muralla, dejaron de mortificar al héroe, y llevado en hombros, su
paseo por delante de las barracas fue un verdadero triunfo. La espada de
D. Pedro quedó abandonada en el suelo. Era según antes he dicho, la
espada de Francisco Pizarro. A tal estado habían venido a parar las
grandezas heroicas de España.
Lord Gray y yo con otros dos, nos habíamos quedado en la playa.
--¿Una segunda broma?--preguntó Figueroa, que era uno de los padrinos,
sobre el terreno nombrados.
--Acabemos de una vez--dijo lord Gray con impaciencia--. Tengo que
arreglar mi viaje.
--Dense explicaciones--dijo el otro--y se evitará un lance desagradable.
--Araceli es quien tiene que darlas, no yo--afirmó el inglés.
--A lord Gray corresponde hablar, sincerándose de su vil conducta.
--En guardia--exclamó él con frenesí--. Me despido de Cádiz matando a un
amigo.
--En guardia--exclamé yo sacando la espada.
Los preliminares duraron poco y los dos aceros culebrearon con luz de
plata en la oscuridad de la noche.
De pronto uno de los padrinos dijo:
--Alto, alguien nos ve... Por allí avanza una persona.
--Un bulto negro... Maldito sea el curioso.
--Si será Villavicencio, que ha tenido noticia de la broma y creyendo
venir a impedirla, sorprende las veras...
--Parece una mujer.
--Más bien parece un hombre. Se detiene allí... nos observa.
--Adelante--dijo lord Gray--. Que venga el mundo entero a observarnos.
--Adelante.
Volvieron a cruzarse los aceros. Yo me sentía fuerte en la segunda
embestida; lord Gray era habilísimo tirador; pero estaba agitado,
mientras que yo conservaba bastante serenidad. De pronto mi mano avanzó
con rápido empuje; sintiose el chirrido de un acero al resbalar contra
el otro, y lord Gray articulando una exclamación, cayó en tierra.
--Muero--dijo, llevándose la mano al pecho--. Araceli... buen
discípulo... honra a su maestro.