Un cuarto de hora después tropezaba en la muralla, frente al Carmen, con
lord Gray, el cual, deteniendo la velocidad de su paso, me habló así:
--¡Oh, Sr. de Araceli... gracias a Dios que viene alguien a hacerme
compañía!... He dado siete vueltas a Cádiz corriendo todo lo largo de la
muralla... ¡Aburrimiento y desesperación!... Mi destino es dar
vueltas... dar vueltas a la noria.
--¿Está usted triste?
--Mi alma está negra... más negra que la noche--repuso con
alucinación--. Camino sin cesar buscando la claridad, y no hago más que
dar vueltas recorriendo un círculo fatal. Cádiz es una cárcel redonda,
cuya pared circular gira alrededor de nuestro cerebro... Me muero aquí.
--¡Tan feliz ayer y tan desgraciado hoy!--le dije--. ¡Cuán limitada es la
creación que está a nuestro alcance! ¡Cuán pobre es el universo!... El
Omnipotente se ha reservado para sí lo mejor, dejándonos la escoria...
No podemos salir de este maldito círculo... no hay escape por la
tangente... El ansia de lo infinito quema nuestra alma, y no es posible
dar un paso en busca de alivio... Vueltas y más vueltas... ¡Mula de
noria... arre!... Otro circulito y otro y otro...
--Lord Gray, Dios le ha dado a usted todo y usted malgasta y arroja las
riquezas de su alma haciéndose infortunado sin deber serlo.
--Amigo--me dijo apretándome la mano tan fuertemente que creí me la
deshacía--soy muy desgraciado. Tenga usted lástima de mí.
--Si eso es desgracia, ¿qué nombre daremos a la horrenda agonía de una
criatura, a quien usted acaba de precipitar en la mayor deshonra y
vergüenza?
--¿Usted la ha visto?... ¡Infeliz muchacha!... Le he rogado que vaya
conmigo a Malta y no quiere.
--Y hace bien.
--¡Pobre santita! Cuando la vi, más que su hermosura que es mucha, más
que su talento que es grande, me cautivó su piedad... Todos decían que
era perfecta, todos decían que merecía ser venerada en los altares...
Esto me inflamaba más. Penetrar los misterios de aquella arca santa; ver
lo que existía dentro de aquel venerable estuche de recogimiento, de
piedad, de silencio, de modestia, de santa unción; acercarme y coger con
mis manos aquella imagen celestial de mujer canonizable; alzarle el velo
y mirar si había algo de humano tras los celajes místicos que la
envolvían; coger para mí lo que no estaba destinado a ningún hombre y
apropiarme lo que todos habían convenido en que fuese para Dios... ¡Qué
inefable delicia, qué sublime encanto!... ¡Ay!, fingí, engañé, burlé...
Maldita familia... Luchar con ella es luchar con toda una nación... Para
atacarla toda la inteligencia y la astucia toda no bastan... Mil veces
sea condenada la historia que crea estas fortalezas inexpugnables.
--La audacia y la despreocupación de un hombre son más fuertes que la
historia.
--Pero cómo se desvanece todo... Aquello que ayer aún valía, hoy no vale
nada y su encanto desaparece como el humo, como la nave, como la
sombra... El hermoso misterio se disipó... La realidad todo lo mata...
¡Ay! Yo buscaba algo extraordinario, profundamente grandioso y sublime
en aquella encarnación del principio religioso que caía en mis brazos;
yo esperaba un tesoro de ideales delicias para mi alma, abrasada en sed
inextinguible; yo esperaba recibir una impresión celeste que
transportara mi alma a la esfera de las más altas concepciones; pero
¡maldita Naturaleza!, la criatura seráfica que yo soñaba rodeada de
nubes y de angelitos en sobrenatural beatitud, se deshizo, se disipó, se
descompuso, como una imagen de máquina óptica cuya luz sopla el bárbaro
titiritero diciendo: «buenas noches...». Todo desapareció... Las alas de
ángel agitándose zumbaban en mi oído, pero yo me desencajaba los ojos
mirando y no veía nada, absolutamente nada más que una mujer... una
mujer como otra cualquiera, como la de ayer, como la de anteayer...
--Hay que conformarse con lo que Dios nos ha dado y no aspirar a más. En
resumen: usted sacó a Asunción de su casa, jurándole que abrazaría el
catolicismo y se casaría con ella.
--Es verdad.
--Y lo cumplirá usted.
--No pienso casarme.
--Entonces...
--Ya le he dicho que venga conmigo a Malta.
--Ella no irá.
--Pues yo sí.
--Milord--dije dando a mis palabras toda la serenidad posible--usted
debajo de ese humor melancólico, debajo de los oropeles de su
imaginación tan brillante como loca, guarda sin duda un profundo sentido
y un corazón de legítimo oro, no de vil metal sobredorado como sus
acciones.
--¿Qué quiere usted decirme?
--Que una persona honrada como usted sabrá reparar la más reciente y la
más grave de sus faltas.
--Araceli--me dijo con mucha sequedad--es usted impertinente. ¿Acaso es
usted hermano, esposo o cortejo de la persona ofendida?
--Lo mismo que si lo fuera--repuse, obligándole a detenerse en su marcha
febril.
--¿Qué sentimiento le impulsa a usted a meterse en lo que no le importa?
Quijotismo, puro quijotismo.
--Un sentimiento que no sé definir y que me mueve a dar este paso con
fuerza extraordinaria--repuse--. Un sentimiento que creo encierra algo
de amor a la sociedad en que vivo y amor a la justicia que adoro... No
le puedo contener ni sofocar. Quizás me equivoque; pero creo que usted
es una peligrosa, aunque hermosa bestia, a quien es preciso perseguir y
castigar.
--¿Es usted doña María?--me dijo con los ojos extraviados y la faz
descompuesta--¿es usted doña María que toma forma varonil para ponérseme
delante? Sólo a ella debo dar cuentas de mis acciones.
--Yo soy quien soy. Por lo demás, si parte de la responsabilidad
corresponde a la madre de la víctima, eso no aminora la culpa de
usted... Pero no es una sola víctima; las víctimas somos varias. La
salvaje pasión de una furia loca y desenfrenada para quien no hay en el
mundo ni ley, ni sentimiento, ni costumbre respetables, alcanza en sus
estragos a cuanto la rodea. Por la acción de usted personas inocentes
están expuestas a ser mortificadas y perseguidas, y yo mismo aparezco
responsable de faltas que no he cometido.
--En fin, Araceli, ¿en qué viene a parar toda esa música?--dijo con tono
y modales que me recordaban el día de la borrachera en casa de Poenco.
--Esto viene a parar--repuse con vehemencia--en que usted se me ha hecho
profundamente aborrecible, en que me mortifica verle a usted delante de
mí, en que le odio a usted, lord Gray, y no necesito decir más.
Yo sentía inusitado fuego circulando por mis venas. No me explicaba
aquello. Deseaba sofocar aquel sentimiento exterminador y sanguinario;
pero el recuerdo de la infeliz muchacha a quien poco antes había visto,
me hacía crispar los nervios, apretar los puños, y el corazón se me
quería saltar del pecho. No había cálculo en mí. Todo lo que determinaba
mi existencia en aquel momento era pasión pura.
--Araceli--añadió respirando con fuerza--, esta noche no estoy para
bromas. ¿Crees que soy Currito Báez?
--Lord Gray--repuse--tampoco yo estoy para bromas.
--Todavía--dijo con amargo desdén--no he gustado el placer de matar a un
deshacedor de agravios propios y amparador de doncellas ajenas.
--Maldito sea yo, si no es noble y nuevo lo que inflama mi espíritu en
este instante.
--¡Araceli!--exclamó con súbita furia--¿quieres que te mate? Deseo acabar
con alguien.
--Estoy dispuesto a darle a usted ese gusto.
--¿Cuándo?
--Ahora mismo.
--¡Ah!--dijo riendo a carcajadas--. Tiene la preferencia el Sr. D.
Quijote de la Mancha. España, me despido de ti luchando con tu héroe.
--No importa. Después de las burlas pueden venir las veras.
--Nos batiremos... ¿Quiere usted antes recibir las últimas lecciones de
esgrima?
--Gracias, ya sé lo bastante.
--¡Pobre niño!... ¡Le mataré a usted!... Pero son las diez y media...
mis amigos me esperan...
--A la Caleta.
--¿Nombramos padrinos?
--No nos faltarán amigos para elegir.
--Vamos pronto.
--Ahora mismo.
--Creí--dijo con espontánea fruición--, que no había en Cádiz más
Quijote que D. Pedro del Congosto... ¡Oh, España! ¡Delicioso país!