Poco después entró en la sala el memorable D. Diego, conde de Rumblar y
de Peña Horadada, y con gran sorpresa mía, ni saludó a la condesa, ni
esta tuvo a bien dirigirle mirada alguna. Reconociéndome al punto,
llegose a mí, y con la mayor afabilidad me saludó y felicitó por mi
rápido adelantamiento en la carrera de las armas, de que ya tenía
noticias. No nos habíamos visto desde mi aventura famosa en el palacio
del Pardo. Yo le encontré bastante desfigurado, sin duda por recientes
enfermedades y molestias.
--Aquí serás mi amigo, lo mismo que en Madrid--me dijo entrando juntos
en la sala de juego--. Si estás en la Isla, te visitaré. Quiero que
vengas a las tertulias de mi casa. Dime, cuando vienes a Cádiz, ¿paras
aquí en casa de la condesa?
--Suelo venir aquí.
--¿Sabes que mi parienta aprecia la lealtad de los que fueron sus
pajes?... Ya sabrás que de esta me caso.
--La condesa me lo ha dicho.
--La condesa ya no priva. Hay divorcio absoluto entre ella y los demás
de la familia... ¡oh!, ahora me acuerdo de cuando te encontramos en el
Pardo... Cuando le preguntaron a Amaranta que qué hacías allí, no supo
contestar. Lo que hacías, tú lo podrás decir... ¿Juegas, o no?
--Jugaremos.
--Aquí al menos se respira, chico. Vengo huyendo de las tertulias de mi
casa, que más que tertulias son un cónclave de clérigos, frailucos y
enemigos de la libertad. Allí no se va más que a hablar mal de los
periodistas y de los que quieren Constitución. No se juega, Gabriel, ni
se baila, ni se refresca, ni se hablan más que sosadas y boberías... De
todos modos, es preciso que vengas a mi casa. Mis hermanas me han dicho
que quieren conocerte; sí, me lo han dicho. Las pobres están muy
aburridas. Si no fuese porque lord Gray distrae un poco a las tres
muchachas... Vendrás a casa. Pero cuidado con echártela de liberal y de
jacobino. No abras la boca sino para decir mil pestes de las futuras
Cortes, de la libertad de la imprenta, de la revolución francesa, y ten
cuidado de hacer una reverencia cuando se nombre al rey, y de decir algo
en latín al modo de conjuro siempre que citen a Bonaparte, a Robespierre
o a otro monstruo cualquiera. Si así no lo haces, mi mamá te echará al
punto a la calle, y mis hermanas no podrán rogarte que vuelvas.
--Muy bien; tendré cuidado de cumplir el programa. ¿En dónde nos
veremos?
--Yo iré a la Isla o nos veremos aquí, aunque la verdad... Tal vez no
vuelva. Mi mamá me tiene prohibido poner los pies en esta casa. Vete a
la mía, y pregunta por tu amigo don Diego, el que ganó la batalla de
Bailén. Yo le he hecho creer a mi mamá que entre tú y yo ganamos aquella
célebre batalla.
--¿Y Santorcaz?
--En Madrid sigue de comisario de policía. Nadie le puede ver; pero él
se ríe de todos y cumple con su obligación. Con que juguemos. Yo voy al
caballo.
El juego, antes frío y mal sostenido por personas sin entusiasmo, se
animó con la presencia de Amaranta, que fue a poner su dinero en la
balanza de la suerte. Para que todo marchase a pedir de boca, llegó en
aquel crítico punto lord Gray, de quien dije había desaparecido al
comienzo de la tertulia. Como de costumbre, el espléndido inglés reclamó
para sí las preeminencias de banquero, y tallando él con serenidad,
apuntando nosotros con zozobra y emoción, le desvalijamos a toda prisa.
Sobre todo Amaranta y yo tuvimos una suerte loca. Doña Flora, por el
contrario, veía mermados con rapidez sus exiguos capitales y D. Diego se
mantuvo en tabla con vaivenes de desgracia y fortuna.
Indiferente a su ruina el inglés, más sacaba cuanto más perdía, y todo
lo que de sus bolsillos se trasegó al montón, venía después del montón a
visitar los míos, que se asombraban de una abundancia jamás por ellos
conocida. La función no concluyó sino cuando lord Gray no dio más de sí,
acabándose la tertulia. Los políticos, sin embargo, continuaban
disputando en la sala vecina, aun después de retirada la última moneda
de la mesa de juego.
Cuando salimos para continuar el monte en casa de lord Gray, D. Diego me
dijo:
--Mi mamá cree a estas horas que duermo como un talego. En casa nos
retiramos a las diez. Mi mamá, después de cenar, nos echa la bendición,
rezamos varias oraciones y nos manda a la cama. Yo me retiro a la
alcoba, fingiendo tener mucho sueño, apago la luz y cuando todo está en
silencio, escápome bonitamente a la calle. Muy de madrugada vuelvo, abro
mis puertas con llaves a propósito, y me meto en el lecho. Sólo mis
hermanitas están en el secreto y favorecen la evasión.
Lord Gray nos obsequió en su casa con una espléndida cena; sacamos luego
el libro de las cuarenta hojas y con sus textos pasamos febrilmente
entretenidos la noche. D. Diego en tabla, el inglés perdiendo las
entrañas, y yo ganando hasta que cansados los tres y siempre invariable
y terca la fortuna, dimos por terminada la partida. ¡Oh!, en los
gloriosos años de 1810, 1811 y 1812 se jugaba mucho, pero mucho.
Desde aquella noche no pude volver a Cádiz hasta la tarde del 28 de
Mayo, formando parte de las fuerzas que se enviaron para hacer los
honores a la Regencia, que al día siguiente debía instalarse en el
palacio de la Aduana. Esta ceremonia de la instalación fue muy divertida
y animada tanto el día 29 como el 30, por ser en este los de nuestro
señor rey D. Fernando VII. Cuando estábamos en la Aduana, haciendo
guardia de honor a la Regencia, reunida dentro en sesión solemne, oímos
decir que en aquel mismo día se presentarían en Cádiz al pie de cien
coraceros a la antigua que querían ofrecer sus respetos al poder
central. Al punto que tal oí, acordeme del insigne D. Pedro, y no dudé
que él fuese autor de la diversión que se nos preparaba.
Las doce serían, cuando una gran turba de chicos desembocando por las
calles de Pedro Conde y de la Manzana, anunció que algo muy
extraordinario y divertido se aproximaba; y con efecto, tras el infantil
escuadrón, que de mil diversos modos y con variedad de chillidos
manifestaba su regocijo, vierais allí aparecer una falange de cien a
caballo vestidos todos con el mismo traje amarillo y rojo que yo había
visto en las secas carnes del gran D. Pedro. Este venía delante con faja
de capitán general sobre el arlequinado traje, y tan estirado,
satisfecho y orgulloso, que no se cambiara por Godofredo de Bouillón
entrando triunfante en Jerusalén.
Ni él ni los demás llevaban corazas, pero sí cruces en el pecho; y en
cuanto a armas, cuál llevaba sable, cuál espadín de etiqueta. Como
diversión de Carnestolendas, aquello podía tolerarse; pero como <i>Cruzada
del obispado de Cádiz</i> para acabar con los franceses, era de lo más
grotesco que en los anales de la historia se puede en ningún tiempo
encontrar.
La multitud les victoreaba, por la sencilla razón de que se divertía;
ellos, con los aplausos, se creían no menos dignos de admiración que las
huestes de César o Aníbal; y por fortuna nuestra, desde el Puerto de
Santa María, donde estaban los franceses, no podía verse ni con
telescopio semejante fiesta, que si la vieran, de buena gana habrían
hecho más ruido las risas que los cañones.
Llegaron a la Aduana, pidió permiso el que los mandaba para entrar a
saludar a la Regencia, se lo negamos, creyendo que los de la Junta no
habrían perdido el juicio; insistió D. Pedro, golpeando el suelo con el
sable y profiriendo amenazas y bravatas; entramos a notificar a los
señores qué clase de estantiguas querían colarse en el palacio del
gobierno, y este al fin consintió en ser felicitado por los caballeros a
la antigua, temiendo despopularizarse si no lo hacía. ¡Debilidad propia
de autoridades españolas!
Entró, pues, Congosto, seguido de cinco de los suyos, escogidos entre
los más granados, atravesó el salón de corte, y al encarar con los de la
Regencia hizo una profunda cortesía, irguiose después, paseó su
orgullosa vista de un confín a otro de la sala, metió la mano en el
bolsillo de los gregüescos y con gran sorpresa de todos los que le
veíamos, sacó unos anteojos de gruesa armadura, que se caló sobre la
martilluda nariz. Tal facha y vestido con anteojos era de lo más
ridículo que puede imaginarse. Los de la Regencia fluctuaban entre el
enojo y la risa, y los extraños que presenciaban aquello, no disimulaban
su contento por disfrutar de escena tan chusca.
Luego que se ensartó los espejuelos y los acomodó bien, enganchados en
las orejas y apoyados en la nariz, metió la otra mano en el otro
bolsillo y saco un papel, ¡pero qué papel! Lo menos tenía una vara.
Todos creímos que sería un discurso; pero no, señores, eran unos versos.
Entonces, para hablar al Rey o al público o a las autoridades, privaban
los malos versos sobre la mala prosa. Desdobló, pues, el luengo papel,
tosió limpiando el gaznate, se atusó los largos bigotes, y con voz
cavernosa y retumbante dio principio a la lectura de una sarta de
endecasílabos cojos, mancos y lisiados, tan rematadamente malos como
obra que eran del mismo personaje que los leía. Siento no poder dar a
mis amigos una muestra de aquella literatura, porque ni se imprimieron
ni puedo recordarlos; pero si no la forma, tengo presente el sentido,
que se reducía a encomiar la necesidad de que todo el mundo se vistiera
a la antigua, único modo de resucitar el ya muerto y enterrado heroísmo
de los antiguos tiempos.
Durante la lectura había sacado D. Pedro la espada, y todas las frases
fuertes las acompañaba de tajos, mandobles y cuchilladas en el aire,
volteando el arma por encima de su cabeza, lo cual remató el grotesco
papel que estaba haciendo. Luego que acabara de leer los malhadados
versos, guardó el cartapacio, descolgó de la nariz los anteojos, y
envainando la espada, hizo otra profunda reverencia y salió del salón
seguido de los suyos.
¡Señores, que es verdad lo que digo! Me ofenden esas muestras de
incredulidad de los que me escuchan. Ábrase la historia, no las que
andan en manos de todos, sino otras algo íntimas, y que testigos
presenciales dictaron. Pues qué, ¿se ha olvidado ya la condición
sainetesca y un tanto arlequinada de nuestros partidos políticos en el
período de su incubación? Verdad purísima, santa verdad es lo que he
referido, aunque parece inverosímil, y aún me callo otras cositas por no
ofender el decoro nacional.
Después, la graciosa procesión recorrió las calles de Cádiz con grande
alegría de todo el pueblo, que se regocijaba con tal motivo
extraordinariamente, sin decidirse por eso a vestir a la antigua... ¡Tan
grande era su buen sentido! Los balcones y miradores se poblaban de
damas, y en la calle la multitud seguía a los cruzados. Sobre todo los
chicos tuvieron un día felicísimo. No faltó más para que aquello se
pareciese a la entrada de D. Quijote en Barcelona, sino que los
muchachos aplicaran a ciertas partes del caballo que montaba don Pedro
las célebres aliagas, y aun creo que algo de esto aconteció al fin del
triunfal paseo y cuando se volvían a la Isla.
Después del acontecimiento referido, ciertos sucesos tristísimos
determinan un paréntesis no corto en esta parte de la historia de mi
vida que voy refiriendo. El 1º de Junio sentíame enfermo y caí con la
fiebre amarilla, cual otros tantos que en aquella temporada fueron
víctimas del terrible tifus, con menos suerte que un servidor de
ustedes, el cual escapó de las garras de la muerte, después de verse en
estado tal que vislumbraba los horizontes del otro mundo.
Mi mal (ya me había atacado en la niñez con distinto carácter) no fue
muy largo. Yo estaba en la Isla. Asistiéronme mis amigos cariñosamente;
visitábame lord Gray todos los días, y Amaranta y doña Flora hicieron
largas guardias y vigilias en la cabecera de mi lecho. Cuando me vieron
fuera de peligro las dos lloraban de alegría.
Durante la convalecencia, D. Diego fue a visitarme, y me dijo:
--Mañana mismo vendrás a mi casa. Mis hermanas y mi novia me preguntan
por ti todos los días. ¡Qué susto se han llevado!
--Iré mañana--le respondí.
Pero yo estaba muy lejos de esperar la orden militar e inapelable que
por algún tiempo me desterrara de mi ciudad querida. Es el caso que D.
Mariano Renovales, aquel soldado atrevido que tan heroicas hazañas
realizó en Zaragoza, fue destinado a mandar una expedición que debía
salir de Cádiz para desembarcar en el Norte. Renovales era un hombre muy
bravo; pero con esta bravura salvaje de nuestros grandes hombres de
guerra: valor desnudo de conocimientos militares y de todos los demás
talentos que enaltecen al buen general. Había publicado el guerrillero
una proclama extravagantísima, en cuya cabeza se veía un grabado
representando a Pepe Botellas cayéndose de borracho y con un jarro de
vino en la mano, y el estilo del tal documento correspondía a lo innoble
y ridículo de la estampa. Sin embargo, por esto mismo le elogiaron mucho
y le dieron un mando. ¡Achaques de España! Estos majaderos suelen hacer
fortuna.
Pues señor, como decía, diose a Renovales un pequeño cuerpo de ejército,
y en este cuerpo de ejército me incluyeron a mí, obligándome, casi
enfermo todavía, a seguir al loco guerrillero en su más loca expedición.
Obedecí y embarqueme con él, despidiéndome de mis amigos. ¡Oh, qué
aventura tan penosa, tan desairada, tan funesta, tan estéril! Fiad
empresas delicadas a hombres ignorantes y populacheros que no tienen más
cualidad que un valor ciego y frenético.
No quiero contar los repetidos desastres de la expedición. Sufrimos
tempestades, aguantamos todo género de desdichas, y para colmo de
desgracia, lejos de hacer cosa alguna de provecho, parte de las tropas
desembarcadas en Asturias cayeron en poder de los franceses. Gracias
dimos a Dios los pocos que después de tres meses y medio de angustiosas
penas, pudimos regresar a Cádiz, avergonzados por el infausto éxito de
la aventura. Yo comparé a mis compañeros de entonces con los individuos
de la <i>Cruzada</i> en la falta de sentido común.
Regresamos a Cádiz. Algunos fueron a recibirnos con júbilo creyendo que
volvíamos cubiertos de gloria, y en breves palabras contamos lo
ocurrido. La gente entusiasta y patriotera no quería creer que el
valiente Renovales fuese un majadero. Por desgracia, de esta clase de
héroes hemos tenido muchos.
Luego que descansamos un poco, después de poner el pie en tierra, fuimos
a presentarnos a las autoridades de la Isla. Era el 24 de Setiembre.