D. Pedro fijó sus ojos en doña Flora.

--Por Dios, querida condesa--dijo esta--usted con sus imprudencias es la

que ha echado a perder a este muchacho, enseñándole cosas que aún no

está en edad de saber. Por mi parte la conciencia no me acusa palabra ni

acción que haya dado motivo a que un joven apasionado se extralimitase

alguna vez. La juventud, Sr. D. Pedro, tiene arrebatos; pero son

disculpables, porque la juventud...

--En una palabra, amiga mía--dijo Amaranta dirigiéndose a doña Flora--.

Ante una persona tan de confianza como el Sr. D. Pedro, puede usted

dejar a un lado el disimulo, confesando que las ternuras y patéticas

declaraciones de este joven no le causan desagrado.

--Jesús, amiga mía--exclamó mudando de color la dueña de la casa--, ¿qué

está usted diciendo?

--La verdad. ¿A qué andar con tapujos? ¿No es verdad, señor de Congosto,

que hago bien en poner las cosas en su verdadero lugar? Si nuestra amiga

siente una amorosa inclinación hacia alguien, ¿por qué ocultarlo? ¿Es

acaso algún pecado? ¿Es acaso un crimen que dos personas se amen? Yo

tengo derecho a permitirme estas libertades por la amistad que les tengo

a los dos, y porque ha tiempo que les vengo aconsejando se decidan a

dejar a un lado los misterios, secreticos y trampantojos que a nada

conducen, sí señor, y que por lo general suelen redundar en desdoro de

la persona. En cuanto a mi amiga, harto la he exhortado, condenando su

insistente celibato, y se me figura que al fin mis prédicas no serán

inútiles. No lo niegue usted. Su voluntad está vacilante, y en aquello

de si caigo o no caigo; de modo que si una persona tan respetable como

el Sr. D. Pedro uniera sus amonestaciones a las mías...

D. Pedro estaba verde, amarillo, jaspeado. Yo, sin decir nada, procuraba

al mismo tiempo que contenía la risa, corroborar con mis actitudes y

miradas lo que la condesa decía. Doña Flora, confundida entre la

turbación y la ira, miraba a Amaranta y al esperpento, y como viera a

este con el color mudado y los ojos chispeantes de enojo, turbose más y

dijo:

--Qué bromas tiene la condesa, Sr. D. Pedro ¿quiere usted tomar un

dulcecito?

--Señora--repuso con iracunda voz el estafermo--, los hombres como yo se

endulzan con acíbar la lengua, y el corazón con desengaños.

Doña Flora quiso reír, pero no pudo.

--Con desengaños, sí señora--añadió D. Pedro--, y con agravios recibidos

de quien menos debían esperarse. Cada uno es dueño de dirigir sus

impulsos amorosos al punto que más le conviene. Yo en edad temprana los

dirigí a una ingrata persona, que al fin... mas no quiero afear su

conducta, ni pregonar su deslealtad, y guardareme para mí solo las penas

como me guardé las alegrías. Y no se diga para disculpar esta

ingratitud, que yo falté una sola vez en veinticinco años al respeto, a

la circunspección, a la severidad que la cultura y dignidad de entrambos

me imponía, pues ni palabra incitativa pronunciaron mis labios, ni gesto

indecoroso hicieron mis manos, ni idea impúdica turbó la pureza de mi

pensamiento, ni nombré la palabra matrimonio, a la cual se asocian

imágenes contrarias al pudor, ni miré de mal modo, ni fijé los ojos en

las partes que la moda francesa tenía mal cubiertas, ni hice nada, en

fin, que pudiera ofender, rebajar o menoscabar el santo objeto de mi

culto. Pero ¡ay!, en estos tiempos corrompidos no hay flor que no se

aje, ni pureza que no se manche, ni resplandor que no se oscurezca con

alguna nubecilla. Está dicho todo, y con esto, señoras, pido a ustedes

licencia para retirarme.

Levantábase para partir, cuando doña Flora le detuvo diciendo:

--¿Qué es eso, Sr. D. Pedro? ¿Qué arrebato le ha dado? ¿Hace usted caso

de las bromas de Amaranta? Es una calumnia, sí señor, una calumnia.

--¿Pero qué es esto?--dijo Amaranta fingiendo la mayor estupefacción--.

¿Mis palabras han podido causar el disgusto del Sr. D. Pedro? Jesús,

ahora caigo en que he cometido una gran imprudencia. Dios mío, ¡qué daño

he causado! Sr. D. Pedro, yo no sabía nada, yo ignoraba... Desunir por

una palabra indiscreta dos voluntades... Este mozalbete tiene la culpa.

Ahora recuerdo que mi amiga le está recomendando siempre que le imite a

usted en las formas respetuosas para manifestar su amor.

--Y le reprendo sus atrevimientos--dijo doña Flora...

--Y le tira de las orejas cuando se extralimita de palabra u obra, y le

pellizca en el brazo cuando salen juntos a paseo.

--Señoras, perdónenme ustedes--dijo don Pedro--pero me retiro.

--¿Tan pronto?

--Amaranta con sus majaderías le ha amoscado a usted.

--Tengo que ir a casa de la señora condesa de Rumblar.

--Eso es un desaire, Sr. D. Pedro. Dejar mi casa por la de otra.

--La condesa es una persona respetabilísima que tiene alta idea del

decoro.

--Pero no hace vestidos para los <i>Cruzados</i>.

--La de Rumblar tiene el buen gusto de no admitir en su casa a los

politiquillos y diaristas que infestan a Cádiz.

--Ya.

--Allí no se juega tampoco. Allí no van Quintana el fatuo, ni Martínez

de la Rosa el pedante, ni Gallego el clerizonte ateo, ni Gallardo el

demonio filosófico, ni Arriaza el relamido, ni Capmany el loco, ni

Argüelles el jacobino, sino multitud de personas deferentes con la

religión y con el rey.

Y dicho esto, el estafermo hizo una reverencia que medio le descoyuntó,

marchándose después con paso reposado y ademán orgulloso.

--Amiga mía--dijo doña Flora--, ¡qué imprudente es usted! ¿No es verdad,

Gabriel, que ha sido muy imprudente?

--¡Ya lo creo; contarlo todo en sus propias barbas!

--Yo temblaba por ti, niñito, temiendo que te ensartara con el

chafarote.

--La condesa nos ha comprometido--afirmé con afectado enojo.

--Es un diablillo.

--Amiga mía--dijo Amaranta--, lo hice con la mayor inocencia. Después de

lo que he descubierto, me pongo de parte del desairado don Pedro. La

verdad, señora doña Flora; es una gran picardía lo que ha hecho usted.

Trocarle, después de veinticinco años, por este mozuelo sin

respetabilidad...

--Calle usted, calle usted, picaruela--repuso la dueña--. Por mi parte

ni a uno ni a otro. Si usted no hubiera incitado a este joven con sus

provocaciones...

--De aquí en adelante--dije yo--seré respetuoso, comedido y

circunspecto, como don Pedro.

Doña Flora me ofreció un dulce, pero viose obligada a poner punto en la

cuestión, porque otras damas, que como ella pertenecían a la clase de

plazas desmanteladas y con artillería antigua, intervinieron

inoportunamente en nuestro diálogo.

He referido la anterior burlesca escena, que parece insignificante y

sólo digna de momentánea atención, porque con ser pura broma, influyó

mucho en acontecimientos que luego contaré, proporcionándome sinsabores

y contrariedades. De este modo los más frívolos sucesos, que no parecen

tener fuerza bastante para alterar con su débil paso la serenidad de la

vida, la conmueven hondamente de súbito y cuando menos se espera.

Cádiz · 第 8 / 40 题