La guerra vino á aumentar considerablemente la gloria de Simoulin.
En un mes, su actividad muscular y su actividad mental funcionaron con
más apresuramiento que durante varios años. Se le vió en todas partes:
en la estación del ferrocarril despidiendo á los hombres que iban á
incorporarse á sus regimientos; en el paseo principal, donde, al caer la
tarde, entonaban las músicas himnos patrióticos coreados por la
muchedumbre. La gente interrumpía sus cantos al ver las blancas melenas
del poeta. «¡Que hable el señor Simoulin!», gritaban mil voces. Y al
poco rato lloraban las mujeres, rugían de entusiasmo los hombres que aún
no habían ido al ejército, y hasta las banderas tricolores parecían
aletear con más fuerza, como azotadas por el vendaval patriótico del
lírico orador.
Cruzaba los brazos lo mismo que Napoleón después de una victoria; otras
veces manoteaba y rugía igual á Dantón al declarar la patria en peligro.
Los más grandes personajes históricos pasaban por él, y de tal modo se
identificaba con sus evocaciones, que Simoulin era el primer engañado.
Prometía el triunfo con la certidumbre de un gran estratega capaz de
derrotar á los enemigos cuando se lo propusiese; hacía llorar á su
público con una sugestión irresistible, pero él era el primero en verter
lágrimas, conmovido por su propia elocuencia al describir la injusta
agresión que sufría la patria.
Esta vida imaginativa y elocuente duró sólo unas semanas. Simoulin se
mostraba insensible á las malas noticias. Eran, según él, invenciones de
los enemigos. Pero ¡ay! la realidad se encargó de despertarle un día,
con rudo manotazo. Los alemanes se habían extendido por Bélgica é iban á
pasar de un momento á otro la vecina frontera, entrando en Francia.
Muchos vecinos de la ciudad huían. Algunos burgueses prudentes
insinuaron al poeta la conveniencia de retirarse á París, por creer que
el gobierno necesitaría la colaboración de un hombre tan célebre.
--¡Que vengan los enemigos!--contestó con sencillez--. Aquí los aguardo.
Sus hijos estaban en el ejército; las mujeres de la familia se habían
ido á una ciudad del interior con todos los nietos. Simoulin,
completamente solo, se consideraba preparado para toda clase de
heroísmos.
--Yo también--le había dicho Pierrefonds.
El comandante consideraba una felonía abandonar la ciudad. Al declararse
la guerra, había sufrido una amarga decepción viendo que no lo
aceptaban para combatir en el frente, á causa de sus enfermedades de
antiguo soldado colonial. Al fin, para que no insistiese en sus quejas,
lo hicieron director de un modesto servicio de administración militar en
la misma ciudad.
--Mientras el ministro de la Guerra no me ordene otra cosa, aquí estaré.
Y como el ministro de la Guerra, preocupado por el avituallamiento y la
suerte de los ejércitos en retirada hacia el Marne, no se acordó de que
exista en el mundo un comandante Pierrefonds encargado de unos cuantos
centenares de capotes viejos, el belicoso numismático pudo ver desde una
ventana de su casa cómo llegaban á la ciudad los primeros pelotones de
hulanos.
El ama de gobierno tuvo que arrodillarse ante él, abrazando sus piernas
y recordándole las dulces intimidades de otros tiempos ya olvidados.
Sólo así consiguió arrancar de sus manos el viejo revólver con el que
pretendía recibir á tiros á los invasores. Por su culpa podían morir
fusilados muchos vecinos de la ciudad, según afirmaba su vetusta
compañera. Además, se acordó de los consejos del maestro:
--Pierrefonds, cuando vengan (si es que vienen), mostrémonos grandes y
altivos en la desgracia. Un heroísmo que se sacrifica es muchas veces
más poderoso que el heroísmo que vence.
El ilustre Simoulin tuvo numerosas ocasiones de conocer este sacrificio
predicado por él. Cuando intentó presentarse á los generales invasores
para formular una elocuente protesta contra los atropellos cometidos por
sus tropas, sólo pudo ver á un oficial, que le contestó sarcásticamente,
acabando por amenazarle con el fusilamiento. Nadie hacía caso de su
nombre; aquellos guerreros vestidos de gris verdoso parecían oirlo por
primera vez. Los hijos del país que meses antes rodeaban al poeta con
su cariñoso entusiasmo no podían servirle ahora de consuelo. Unos
estaban en la guerra; otros habían huído; los demás sufrían en la ciudad
toda clase de vejaciones, y para evitarlas, se mantenían ocultos en sus
casas.
El poeta sufrió el tormento del hambre y el suplicio aún más intolerable
de la humillación. ¡Quién hubiese podido reconocer á los pocos meses de
tiranía alemana al ilustre director de la Biblioteca!... Parecía haber
vivido diez años en unas cuantas semanas. Estaba triste. «La loca de la
casa» había abandonado indudablemente aquel desván de su cuerpo en el
que tantas cabriolas llevaba hechas.
Al encontrarse con algún grupo de míseros compatriotas, intentaba
reanimarlos lo mismo que cuando hablaba en la plaza pública bajo el
aleteo de las banderas, coreado por trompetas y tambores.
--Esto pasará pronto. He recibido magníficas noticias, que no puedo
decir.... ¡Los nuestros se aproximan!
Pero su voz tenía el sonido de una moneda falsa. Necesitaba engañarse á
sí mismo para hablar con el entusiasmo de otros tiempos, y «la loca de
la casa» ¡ay! parecía haber muerto.
Un día, los alemanes, aburridos sin duda de repetir monótonamente los
mismos procedimientos de intimidación--quema de edificios,
fusilamientos, trabajos forzados--, pusieron en práctica un nuevo
suplicio. La esclavitud del vencido, castigo de las guerras antiguas,
fué resucitada por los invasores. Una parte del vecindario se vió
deportada al interior de Alemania para trabajar las tierras del
vencedor.
Viejos, mujeres y adolescentes formaron una masa de desesperación y
miseria, encuadrada por los caballos y las lanzas de los jinetes
alemanes. Al frente de este rebaño de esclavos figuraban, para mayor
escarnio, los dos vecinos más respetables que habían quedado en la
ciudad: Simoulin y su discípulo Pierrefonds.
--Comandante--dijo el poeta una vez más--, piense que el heroísmo que se
sacrifica es más grande, etc....
Le daba miedo el aspecto del veterano. Tenía los ojos inyectados de
sangre; bufaba de cólera, haciendo temblar su bigote. Parecía no oír á
su maestro. Pensaba por primera vez que había sido una gran torpeza no
moverse de la ciudad. Envidiaba á los que podían morir en el frente.
«¡El comandante Pierrefonds llevado en cuadrilla, como un esclavo
negro!... ¡Ira de Dios!»
Había pasado los días oculto en su casa, para no ver á los invasores. Su
ama de llaves le evitaba toda salida, temiendo que hiciese un disparate.
Pero ahora los tenía ante sus ojos; podía verlos de cerca....
No eran muchos: un destacamento de infantería y unas cuantas parejas de
hulanos iban á escoltar á los deportados hasta otra estación algo
lejana.
Un jefe único vigilaba desde lo alto de su caballo los preparativos de
marcha de este rebaño dolorido: un militar pálido y de una delgadez
ascética. Simoulin creyó ver en él una expresión de cansancio y de
remordimiento. Tal vez exageraba su rigidez militar para hacer menos
visible la vergüenza que le producía esta vil función de guardador de
esclavos.
Pierrefonds, en cambio, le miraba fijamente, por ser el jefe. Al iniciar
el grupo su marcha, pasando ante el caballo del alemán, estalló la
cólera del comandante, muda y reconcentrada hasta entonces. Quiso morir
fusilado antes que dar un paso más.
--¡Abajo Guillermo! ¡Mueran los verdugos!--gritó con una voz ronca.
El hombre á caballo parpadeó vivamente bajo la visera de su gorra, hizo
un movimiento de sorpresa y de cólera; quedó indeciso contemplando al
prisionero. Los ojos agresivos de éste parecieron devolverle la calma, y
miró á otra parte, levantando los hombros levemente.
«¡Suicida!» Y esta palabra, que pareció proferir el enemigo con su
indiferencia afectada, irritó aún más al comandante. También le irritó
el automatismo de aquellos soldados, que indudablemente le habían
entendido; pero eran incapaces de oír mientras no oyese su jefe.
Quiso lanzar por segunda vez el insulto, pero no pudo. Alguien le tiraba
del brazo; una cara se pegaba á la suya, hundiendo en sus ojos una
mirada de espanto.
--¡Pierrefonds! ¡Amigo mío! ¿Está usted loco? ¡Por Dios, cállese! Va
usted á conseguir que nos fusilen á todos.
Y Simoulin dijo esto con tal expresión de angustia, que el comandante
desistió de continuar.
Pero el miedo sufrido hizo rencoroso al poeta.
--¡Qué disparate!--continuó diciendo--. ¡Pero eso es una niñada sin
objeto, impropia de su edad!...
Y transcurrieron muchos días sin que el grande hombre le perdonase el
susto pasado.
A pesar de los sufrimientos de su esclavitud, cada día mayores, Simoulin
decía de pronto, mirándole con ojos severos:
--Pero ¿dónde tenía usted la cabeza?... ¿Qué se propuso usted al lanzar
aquellos gritos absurdos?... ¿Quería usted mi muerte y la de tantos
infelices?