LA LOCA DE LA CASA

I

Todos los viajeros, antes de abandonar la vieja ciudad de la Flandes

francesa, oían la misma pregunta:

--¿Ha visto usted al señor Simoulin?...

No importaba que hubiesen invertido varias horas en la visita de la

catedral, cuyas sombrías capillas están llenas de cuadros antiguos.

Tampoco era bastante para conocer la ciudad haber recorrido sus iglesias

y conventos de la época de la dominación española, así como las hermosas

viviendas de los burgueses de otros siglos. El conocimiento quedaba

incompleto si los curiosos prescindían de visitar el Museo-Biblioteca, y

en él á su famoso director, que unos llamaban simplemente «el señor

Simoulin», como si no fuese necesario añadir nada para que el mundo

entero se inclinase respetuosamente, y otros designaban con mayor

simplicidad aún, diciendo «nuestro poeta».

De todas las curiosidades de la urbe flamenca, la más notable, la que

indudablemente le envidiaban las demás ciudades de la tierra, era

Simoulin, «nuestro poeta». En esto se mostraban acordes todos los

vecinos y los tres periódicos de la población, completamente

antagónicos é irreconciliables en las demás cuestiones referentes á la

política municipal.

Sin embargo, nadie podía enseñar la casa natalicia de esta gloria de la

localidad. El gran Simoulin era del Sur de Francia, un meridional del

país de los olivos y las cigarras, que había llegado siendo muy joven á

la ciudad, para encargarse del Museo-Biblioteca en formación. Pero en

ella había contraído matrimonio, en ella habían nacido sus hijos y sus

nietos, y la gente acabó por olvidar su origen, viendo en él á un

compatriota que era motivo de orgullo para la provincia.

Un sentimiento de gratitud se unía á la general admiración. Gracias á

Simoulin, el Museo se había llenado de objetos que acreditaban las

pasadas glorias del país; gracias á «nuestro poeta», los fabricantes de

cerveza y de paños, gentes ricas y de pocas letras, que constituían la

aristocracia de la ciudad, podían hablar, sin miedo á equivocarse, de

los obispos, guerreros y burgomaestres de otros siglos que

indudablemente eran sus ascendientes.

Además, el personaje imponía admiración con su aspecto. Los que le

contemplaban por primera vez sonreían satisfechos. «Así se habían

imaginado al grande hombre; no podía ser de otro modo.» Y parecían

venerar con sus ojos las luengas barbas blancas, las dos crenchas de su

cabellera, onduladas y brillantes como las vertientes de una montaña

cubierta de nieve. De pie, perdía gran parte de su majestad, por ser

pequeño de estatura y mostrarse agitado continuamente á causa de su

inquietud nerviosa. Sentado en su Museo, recordaba al Padre Eterno, á

pesar de las arrugas de su rostro y el mal color de su tez, impregnada

del polvo de los libros y de las piezas arqueológicas.

Cuando hablaba--y el gran Simoulin era incapaz de callar así que tenía

un oyente--, su palabra parecía difundir en torno de él una aureola de

prestigio histórico. Todas las celebridades de la segunda mitad del

pasado siglo las había conocido el grande hombre. Recordaba como amigos

de ayer á Víctor Hugo y á Gambetta. Con este último había tenido,

indudablemente, cierto trato, cuando el futuro gobernante de la

República andaba echando sus discursos de tribuno republicano por los

cafés del Barrio Latino. Al grandioso poeta lo había visto una vez nada

más, confundido en una comisión de estudiantes que fué á saludarle á la

vuelta de su destierro en Guernesey. Pero esto sólo representaba á los

ojos de los admiradores de Simoulin un detalle histórico insignificante,

y todos repetían, con la firmeza del que dice la verdad:

--Víctor Hugo, que fué íntimo amigo de nuestro Simoulin.

De otras amistades hablaba el grande hombre con más exactitud. En el

Barrio Latino había tenido por camaradas á Zola, á Daudet y á otros

escritores de su generación. Esto era indiscutible. Podía enseñar cartas

de todos ellos, cartas breves, de un afecto forzoso, pero en las que

vibraba la nostalgia de la juventud, ya lejana; cartas que los hombres

célebres contestan por deber á los camaradas de los primeros pasos que

cayeron rendidos en la mitad del camino. Y los admiradores del director

del Museo-Biblioteca repetían lo que tantas veces habían leído en los

periódicos locales:

--Hubiese sido el primer poeta del mundo, de querer seguir en París.

Para él era la gloria que ahora disfrutan muchos con menos talento. Pero

prefirió vivir entre nosotros....

¡Cómo no adorar á un hombre que había hecho tal sacrificio en honor de

la antigua y adormecida ciudad!...

Todos en ella se esforzaban por corresponder á tal abnegación,

haciéndole grata la existencia. El Consejo municipal atendía sus

indicaciones con tanto respeto como el Colegio de cardenales escucha la

voz del Papa. Aunque la ciudad no tuviese dinero, lo encontraba siempre

para las mejoras de su Museo-Biblioteca. Los subprefectos enviados de

París visitaban inmediatamente al grande hombre. Un presidente de la

República, al pronunciar su discurso durante una permanencia de breves

horas en la ciudad, había saludado á Simoulin como la más alta gloria de

la región. Los industriales del país, que sólo aceptaban alianzas con

gente de dinero, habían admitido como yernos á los hijos del poeta.

Su gloria se extendía por toda la provincia como algo irresistible,

reflejándose en las provincias limítrofes. En toda ceremonia oficial,

los periódicos se cuidaban, ante todo, de anunciar: «Hablará el ilustre

Simoulin.» Unas veces era un discurso patriótico; otras, una oda de

circunstancias. Los organizadores de banquetes contaban con un medio

seguro para evitar el fracaso: «A los postres, pronunciará un brindis

nuestro poeta.» Y en pocas horas no quedaba un asiento disponible.

Todos los que en la ciudad se sentían tentados por el demonio de la

literatura acudían á la Biblioteca para pedir consejo al ilustre

maestro. Los recibía como amigos antiguos, y, arrastrado por su

vehemencia verbal, dejaba pronto de ocuparse de ellos para hablar de su

propia persona.

--Un día, el abuelo Hugo me dijo que....

Por las tardes se reunían en su casa los admiradores de su ciencia

histórica: varios señores retirados de la magistratura, del comercio ó

de las armas, que en vez de entretenerse coleccionando sellos, se habían

dedicado á la arqueología provincial.

El discípulo preferido era el comandante Pierrefonds, un hombre corto de

estatura, fornido, parco en palabras, de mal carácter, que gruñía á la

menor contradicción bajo su recio bigote rojo y blanco. Tenía el gesto

reconcentrado y amenazante de un perro feroz y mudo. Sólo el maestro

Simoulin se atrevía á bromear con él. Vivía solitario, en una casa de

las afueras, con una vieja ama de llaves y una colección de monedas

antiguas, á la que pensaba dedicar el resto de su existencia de célibe.

Se había retirado del ejército con verdadero placer al llegar á la edad

reglamentaria, después de una serie de campañas coloniales penosas y sin

gloria, que habían quebrantado su salud y agriado su carácter. Sólo le

interesaba actualmente la numismática, y no reconocía otra grandeza

humana que la de su eminente amigo y maestro. Su ambición era ser el

primero de los «simoulinistas», y los que envidiaban su privanza,

viéndole acompañar al grande hombre á todas partes, lo habían apodado

«el dogo del poeta».

Esta veneración no cegaba al rudo comandante hasta el punto de hacerle

desconocer los defectos de su maestro. Pierrefonds era capaz de dejarse

matar si le exigían una mentira á cambio de la existencia; nunca

recordaba haber faltado á la verdad voluntariamente; ¡y, en cambio, su

admirado maestro!...

Dudaba el militar antes de definir la verdadera personalidad moral del

ilustre Simoulin.... Lo mismo les ocurría á muchos de los discípulos. En

la misma incertidumbre estaban sus hijos, su vieja esposa, todos los que

le trataban de cerca.

¿El poeta era un embustero?...

No; no lo era. El que miente lo hace con un fin interesado, por orgullo

ó por perjudicar á otro. Y el ilustre maestro no mentía; lo que hacía,

simplemente, era ignorar la verdad, huir de ella cuando la encontraba al

paso.... Y si le obligaban á mirarla de frente, la veía con unos ojos

distintos á los ojos de los demás.

Las cosas nunca eran para él como para los otros; siempre las

contemplaba como quería que fuesen y no de acuerdo con la realidad.

Además, carecía por completo del sentimiento de la medida, inclinándose

á la exageración para aumentar ó disminuir las cosas. Unas veces hablaba

de su ciudad como de una urbe igual á Londres ó Nueva York. Otras veces

la compadecía cual si fuese una aldea. Las personas pasaban á ser en su

apreciación semidioses ó monstruos; nada guardaba para él sus

proporciones regulares: ni seres ni objetos.

Uno de sus admiradores, antiguo juez aficionado á las disquisiciones

filosóficas, había hecho su diagnóstico.

--Tiene la enfermedad de muchos grandes hombres. Su peor enemigo es «la

loca de la casa».

Este era el apodo que el filósofo Malebranche había dado á la

imaginación. Había días en que «la loca» dormía detrás de la frente, en

el piso más alto de aquel edificio humano, y el poeta se mostraba tan

razonable y justo en sus apreciaciones como un fabricante de paños de la

localidad. Otras veces, la inquilina del cráneo se despertaba impetuosa,

haciendo toda clase de cabriolas y extravagancias, y el ilustre maestro

pasaba de golpe á vivir en un mundo quimérico, mientras su cuerpo se

movía en este mundo terrenal. Sus ojos miraban, para ver lo que no veían

los otros, sus manos poseían un tacto sobrenatural, mientras su boca iba

emitiendo, con acento de sinceridad, errores y exageraciones

equivalentes á grandes mentiras.

El rudo Pierrefonds lamentaba estos excesos de «la loca de la casa»,

pero no por ello compadecía á su maestro.

--Todos los genios fueron así.

Recordaba á Balzac y á otros escritores imaginativos, que poblaron su

vida práctica de absurdas concepciones, aceptándolas como realidades.

Además, ¡quién sabe si era «la loca de la casa» la que había hecho que

este hombre del país de los olivos y las cigarras conquistase con tanta

rapidez la vieja ciudad dormida y sin ensueños!...

El préstamo de la difunta · 第 36 / 50 题