Algunos de los allegados á Castillejo se mostraban terribles en sus
ofrecimientos.
--General, ya que le estorba tanto ese ingenierillo, no tiene mas que
darnos una orden. Es lo más fácil librarse de él.
¡Como si el general necesitase de tales consejos! Eran muchos los que
habían desaparecido misteriosamente de la existencia diaria, y los
calumniadores pretendían que únicamente Castillejo podía saber dónde
estaban. Todos debajo del suelo.
--¡Qué disparate!--protestaba el general--. Los candidatos militares
atribuirían al gobierno la muerte de Taboada; la gente que ahora se ríe
de él lo veneraría como un mártir. No; dejemos de pensar en ese hombre.
Y yo adivinaba que seguía pensando en él, con su gesto reconcentrado é
inquietante que hacía decir á las gentes: «Castillejo, muy malo como
enemigo.»
Uno de los amigotes que le acompañaban en sus francachelas nocturnas me
reveló el secreto.
--Lo que sufre el general son unos celos que le tienen loco, lo mismo
que un dolor de muelas. Ahora, Olga del Monte adora al ingeniero.
Esta Olga del Monte era la Aspasia de la revolución mejicana. Hija de
una familia distinguida de la capital, sus excesos imaginativos y reales
habían acabado por arrastrarla á una vida que era la vergüenza de su
parentela. Iba teñida de rojo escandalosamente, en un país donde las más
de las mujeres son morenas. Había pasado una temporada en París á
expensas de varios protectores, lo que imponía un irresistible respeto á
los jóvenes centauros de la revolución, ignorantes de toda tierra que no
fuese la suya. Además, tocaba el piano y el arpa, suspiraba romanzas
mejicanas y fabricaba versos.... Tenía de sobra para traer como locos á
todos los generales mozos. Algunos de ellos, á pesar de sus
declamaciones contra el derecho de propiedad y contra las desigualdades
de clase, lo que más apreciaban en Olga era su origen. Les producía
confusión y orgullo á la vez pensar que eran amigos y protectores de una
hija de gran familia de la capital, cuando hacía pocos años figuraban
aún como jornaleros del campo ó vagabundos en lejanas provincias.
Regalos cuantiosos llovían sobre ella. Los vencedores mostraban la misma
generosidad de los bandidos después del reparto de un botín fácilmente
conquistado. Olga se tomaba á veces el trabajo de desfigurar las joyas
robadas. En otras ocasiones lucía los ricos despojos tal como se los
habían dado, y las gentes señalaban sus brillantes, sus esmeraldas y sus
perlas, nombrando á las verdaderas dueñas de estas alhajas. Eran señoras
del régimen anterior derrumbado por la revolución, que andaban ahora
fugitivas por el extranjero.
Mi general, que tenía un alma puerilmente romántica, se mostraba
orgulloso de haber vencido á varios compañeros de profesión. Él era
ahora el único que podía considerarse dueño de esta poética criatura. La
abrumaba con sus presentes; había trasladado de su casa á la de la
hermosa todo lo recogido cuando entró en la ciudad de Méjico al frente
de su división del Oeste, ¡y bien sabe Dios que Castillejo no era tonto
ni perezoso para esta clase de trabajos!
Pero la vaporosa criatura, harta sin duda de las magnificencias del
saqueo, quería mostrarse ahora desinteresada, prefiriendo á los hombres
pobres y perseguidos, sin duda porque todos los que la rodeaban eran
ricos, fanfarrones é insolentes. Y por esta necesidad de cambio y de
contraste, abandonó á nuestro general, enamorándose de Taboada.
El ingeniero era débil de cuerpo, dulce de maneras, odiaba á los
soldadotes, hablaba de la regeneración de los caídos y del advenimiento
de los pobres al poder. Además, los triunfadores se reían de él y tal
vez lo matasen el día menos esperado. ¿Qué héroe más interesante podía
encontrar una mujer de sentimientos sublimes y «mal comprendidos», como
se creía esta muchacha?...
En vano Castillejo apeló á las seducciones del gobernante para vencer su
desvío. Él haría que el presidente la enviase á Nueva York y luego á
París, con un cargamento de grandes sombreros mejicanos, trajes
vistosos y cien mil pesos al año, para que cantase y bailase á estilo
del país en los principales teatros. Iba á ser casi un personaje
oficial; haría propaganda mejicana por el mundo. ¡Quién sabe si la
historia patria hablaría alguna vez de ella con agradecimiento!... Pero
Olga contestó negativamente. Prefería á su ingeniero. É igualmente fué
rehusando otras proposiciones no menos productivas y honoríficas.
Los consejeros de Castillejo seguían, mientras tanto, insinuándole su
remedio dulcemente.
--¡Si usted quisiera, mi general!... Una palabrita nada más, diga una
palabrita, y no volverá á estorbarle ese mozo.
Pero Castillejo protestaba con una bondad que metía miedo. La alarma de
su recta conciencia era para espeluznar á cualquiera.
--¡Que nadie toque á ese hombre!--decía--. Ninguna mano humana debe
ofenderle. Supondría, en caso de agresión, que yo ó el gobierno habíamos
dado la orden. ¡Lo declaro sagrado!...
Y escuchándole, pensaba que, si mi protector quería declararme «sagrado»
con la misma voz y poniendo los mismos ojos, consideraría oportuno tomar
el primer tren que saliese para la frontera de los Estados Unidos.
Los incidentes de la campaña electoral hicieron que Castillejo olvidase
á Olga. Pero no podía olvidar igualmente al ingeniero.
Seguido de sus apóstoles (dos docenas de inocentes, poseedores de una
audacia loca), Taboada iba pronunciando discursos contra el gobierno,
que pretendía imponer á la fuerza su candidato, y contra los otros
candidatos, generales que no valían más que su contrincante. Él era el
«único político civil» capaz de implantar el régimen democrático. Pero
nadie le escuchaba, y si la muchedumbre, en calzoncillos y cubierta con
enormes sombreros, le oía alguna vez, era para interrumpir sus discursos
llamándole «yanqui», «mal mejicano», «traidor» y otras cosas por el
estilo.
Ahora, amigos míos, sí que van á conocer ustedes de veras el automóvil
del general. Ya entra en escena. ¡Atención!
V
Lo había traído Castillejo de los Estados Unidos para las necesidades de
la campaña electoral. Poseía muchos. ¿Qué caudillo mejicano carece de
automóvil?... Los más de ellos hasta tienen un coche-salón para viajar
por las vías férreas. ¡Lo que puede importarles media docena de
automóviles, cuando, al principio de la revolución, sólo necesitaban
entrar, pistola en mano, en un _garage_ para llevarse lo mejor de él!...
Castillejo no podía sufrir que lo comparasen con sus rústicos camaradas
de generalato. Es un hombre de progreso, casi un sabio. Admira á los
Estados Unidos por las armas de fuego y los automóviles que se fabrican
aquí. Esto no es mucho, pero es algo. Para ser general mejicano no
resulta indispensable conocer la existencia de Edgardo Poe y de Emerson.
--Pero ¿ha visto usted--me decía--qué joyas tan bellas producen esos
_gringos_?
La joya bella era el automóvil recién llegado: una máquina esbelta,
ligera, incansable, como un corcel de ensueño. No quiero decir la marca.
Creerían ustedes que estoy pagado por la casa constructora. Baste decir
que era un gran automóvil, el mejor de los Estados Unidos, y no añado
más. Yo lo admiraba tanto como mi general.
Muchas noches, antes de dejarme en la redacción de su periódico para que
escribiese el artículo, Castillejo me paseaba por las principales calles
de Méjico, mejor dicho, por la única avenida que, con diversos nombres y
variable anchura, se extiende varios kilómetros, desde la vieja plaza
donde está el palacio del gobierno hasta el Parque de Chapultepec.
Ustedes saben cómo son de noche las calles de Méjico: no hay ciudad en
el mundo mejor alumbrada y con menos gente.
Los focos eléctricos brillan formando racimos, para iluminar una soledad
de desierto. Cree uno deslizarse por una de esas ciudades de _Las mil y
una noches_, donde todo ha quedado inmóvil y dormido por obra de
encantamiento.
En los primeros años de la revolución este silencio era amenizado de vez
en cuando con agradables diversiones. Los oficiales corrían las calles
en automóviles de alquiler, disparando sus revólveres. Se tiroteaban de
unos carruajes á otros. ¡Asunto de divertirse un poco!...
Ahora, con los preparativos electorales, no había tiros; pero la gente
se metía en sus casas más pronto que nunca, presintiendo que iba á
surgir una revolución.
Los escasos transeúntes veían pasar, de Chapultepec á la gran plaza y de
la gran plaza á Chapultepec, el carruaje del general partiendo el aire
lo mismo que una flecha, como si en realidad tuviese prisa en llegar á
alguna parte. «¡Ahí va Castillejo!», se decían con respeto y miedo. Y si
se atrevían á insultar á alguien con su pensamiento, era al extranjero,
al miserable _gachupín_ Maltrana, sentado en el sitio de honor.
Castillejo prefería siempre la parte delantera. Unas veces empuñaba el
volante, otras se mantenía al lado de su chófer, un indiazo de ojos
feroces y sonrisa boba que manejaba el vehículo con una autoridad
natural, como si el automovilismo datase de los tiempos de Moctezuma.
Nunca he creído tanto en la fidelidad de los presentimientos como cierta
noche que intenté negarme á acompañar al general en su paseo nocturno.
Es verdad que Castillejo no parecía el mismo. Iba con gorra de viaje y
un grueso gabán, cuyo cuello le tapaba media cara. Tenía en los ojos un
brillo agresivo. Su aliento olía á alcohol, circunstancia
extraordinaria, pues el general es sobrio.
No pude excusarme con mi trabajo. Eran las once, y Castillejo había
esperado á que terminase mi artículo.
--Suba--me ordenó con aspereza, lo mismo que si mandase á su
horda-división.
Y subí para verme solo en el fondo del automóvil, pues él continuó al
lado de su chófer.
Aún siento orgullo y angustia al recordar cómo fuí presintiendo
confusamente lo que iba á ocurrir.
Me arrepentí de inspirar tanto interés á Castillejo. Este bárbaro iba á
hacer algo terrible y quería que yo lo presenciase. Necesitaba mi
emoción como un aplauso.
Empecé á pensar en el ingeniero, luego en Olga, y fuí adivinando todos
los actos de mi protector con algunos minutos de antelación. Casi fué un
deporte agradable para mí ver cómo la realidad se iba plegando á mis
inducciones.
El automóvil abandonó las calles iluminadas, como yo había previsto.
Luego, atravesando vías silenciosas y obscuras, entró en una barriada de
edificios nuevos. Íbamos hacia la casa de Olga del Monte. Pero ¿qué
interés tenía el general de mezclarme en sus rencores amorosos?...
Se detuvo el vehículo en una avenida bordeada de copudos fresnos y
anchas aceras. Los reverberos no eran tan numerosos como en el centro de
la capital. La frondosidad de los árboles extendía una doble masa de
sombra á lo largo de la calle, dejando tres fajas de luz crepuscular:
una en medio, y las otras dos junto á las casas. El carruaje, al quedar
inmóvil, apagó sus faros, lo mismo que un buque que ancla y desea
permanecer inadvertido.
Dos hombres con grandes sombreros de palma se acercaron al carruaje: dos
mocetones de cara aviesa, que nunca había yo visto. Pero también los
adiviné. Eran de los que esperaban del general «una palabrita nada más».
Iban á suprimir, indudablemente, al ingeniero.
El pobre Taboada estaría, sin duda, en aquellos momentos hablando á Olga
de sus ilusiones y sus esperanzas, sin sospechar que la muerte le
aguardaba en la calle.
--Debéis mirarlo como persona sagrada--oí que decía el general en voz
baja--. ¡Únicamente en caso de que escapase!...
Se trastornó todo el edificio de suposiciones elevado por mi inducción.
Si Taboada debía ser sagrado para aquellos hombres, ¿qué podían hacer
con él?
Miré repetidas veces hacia el lugar donde sabía que estaba la casa de
Olga, pero no alcancé á verla, pues me la ocultaban los árboles.
El general abandonó el volante, cambiando de sitio con su chófer. La
habilidad de éste le inspiraba, sin duda, más confianza que su propia
habilidad. Hablaron en voz baja, al mismo tiempo que el indio
acariciaba las llaves y palancas de la máquina con gruñidos de
satisfacción.
Yo no entiendo de automóviles; pero adivinaba en aquel carruaje un
organismo maravilloso que iba á obedecer fielmente al espíritu maligno
de sus conductores. Parecía muerto, sin el menor latido que denunciase
su vida interior; pero bastaba un ligero movimiento de mano para que se
estremeciese instantáneamente todo él, como un caballo que desea
lanzarse á una carrera loca.
--Prepárese á conocer algo primoroso, Maltranita--dijo Castillejo en voz
queda, sin volver la cabeza--. Presenciará usted una caza nunca vista.
Pero ¿qué necesidad tenía este demonio de general de hacerme ver cosas
«primorosas»?...
Pasaron cinco minutos, ó una hora, no lo sé bien. En tales casos no
existe el tiempo.
De pronto oí un ruido de voces broncas, una disputa de ebrios. Los dos
hombres del sombrerón se querellaban bajo los árboles.
Otro hombre pequeño surgió, un poco más allá, de la sombra proyectada
por los fresnos, como si pretendiese atravesar la avenida, pasando á la
acera opuesta.
Mi agudeza adivinatoria volvió á romper el misterio con luminosas
cuchilladas. Vi (sin verla en la realidad) la puerta de la casa de Olga
abriéndose para dar salida al ingeniero. Éste titubeaba un poco al
sentir que la puerta se había cerrado detrás de él, al mismo tiempo que,
algunos pasos más allá, dos hombres, dos «pelados», empezaban á discutir
de un modo amenazador, como si fueran á pelearse. ¡Mal encuentro!
Taboada se llevaba una mano atrás, buscando el revólver, inseparable
compañero de toda vida mejicana. Luego, deseoso de evitar el peligro,
en vez de seguir á lo largo de la acera, atravesaba la avenida para
continuar su camino por el lado opuesto....
No pude pensar más. Me sentí sacudido violentamente de los pies á la
cabeza por el brutal arranque del automóvil; me creí arrojado á lo alto,
como si el carruaje, después de rodar sobre la tierra unos momentos, se
elevase á través de la atmósfera.
Perdí desde este momento la normalidad de mis sentidos, para no
recobrarla hasta el día siguiente. Todo me pareció indeterminado é
irreal, lo mismo que los episodios de un ensueño.
Vi cómo el hombre intentaba retroceder, esquivando el automóvil salido
repentinamente de la sombra. Pero el vehículo se oblicuó para alcanzarle
en su retirada. Entonces pretendió avanzar lo mismo que antes, y la
máquina perseguidora cambió otra vez de dirección, marchando rectamente
á su encuentro.
Todo esto fué rapidísimo, casi instantáneo, sucediéndose las imágenes
con una velocidad que las fundía unas en otras. Sólo recuerdo el salto
grotesco y horrible, un salto de fusilado, que dió la víctima al
desaparecer bajo el automóvil con los brazos abiertos.
El vehículo se levantó como una lancha sobre una pequeña ola. Pero esta
ola era sólida, y su dureza pareció crujir.
Miré detrás de mí instintivamente. Una sombra negra, una especie de
larva, quedaba tendida sobre el pavimento. Se retorcía con dolorosas
contracciones, lo mismo que un reptil partido en dos. Salían gemidos é
insultos de este paquete humano que intentaba elevarse sobre sus brazos,
arrastrando las piernas rotas.
--¡Brutos!... ¡Me han matado!
Pero instantáneamente dejé de verle. Apareció ante mis ojos el extremo
opuesto de la avenida. El automóvil acababa de virar, con tanta
facilidad, que caí sobre uno de sus costados, vencido por la brusca
rotación.
Se deslizaba de nuevo en busca del caído, y éste, al verle venir, ya no
gritó. Tal vez el miedo le hizo callar; tal vez se imaginaba el infeliz
que los del vehículo regresaban para darle auxilio, y enmudecía,
arrepentido de sus exclamaciones anteriores.
Ahora la ola fué más dura, más violenta. El automóvil se levantó como si
fuera á volcarse, y hubo un chasquido de tonel que se rompe, estallando
á la vez duelas y aros. Todavía viró el vehículo varias veces, con la
horrible facilidad de su ágil mecanismo, pasando siempre por el mismo
lugar. ¿Cuántas fueron las vueltas?... No lo sé. El obstáculo que
encontraban las ruedas era cada vez más blando, menos violento; ya no
lanzaba crujidos de leña seca.
Al día siguiente todos los periódicos hablaron de la muerte casual del
pobre Taboada cuando se dirigía á su domicilio. El suceso dió tema para
declamaciones contra la barbarie de los automovilistas que marchan á
toda velocidad por las calles, matando al pacífico transeúnte.
El periódico nuestro hasta hizo el elogio fúnebre del ingeniero,
declarando que «había que reconocer noblemente en este enemigo político
á un hombre de talento, á un gran patriota lamentablemente
desorientado».
Y nada más.... A los pocos días nadie se acordó del infeliz.
Otros sucesos preocupaban á la nación. Se sublevaron los generales
candidatos, al convencerse de que no triunfarían legalmente. Muchos
creyeron necesario traicionar al gobierno, para seguir una vez más las
costumbres del país. El presidente fué asesinado, y yo, como primera
providencia, me escapé á los Estados Unidos. Tiempo tendría de volver,
cuando se aclarase la tormenta, para servir á los nuevos amos.
Castillejo cayó prisionero, y aún está en la cárcel. Sus dignos
camaradas de generalato le siguen no sé cuántos procesos de carácter
político; pero lo peor es que, recientemente, han empezado a acusarle
por el asesinato del ingeniero.
Nadie cree ya en el accidente del automóvil. Parece que fueron muchos
los que presenciaron lo ocurrido desde sus ventanas prudentemente
entornadas. Tal vez lo vió uno nada más, y los otros hablan por agradar
á los vencedores. ¡La soledad nocturna de las calles de Méjico!...
Detrás de cada persiana hay ojos que sólo ven cuando les conviene; bocas
mudas que sólo hablan cuando llega el momento oportuno.
Ustedes creen, tal vez, que yo podría volver allá, sin ningún
peligro.... En realidad, nada malo hice en dicho asunto, y aún me
estremezco al recordar el susto que me dió el maldito general.
Pero no volveré; pueden estar seguros de ello. Conozco á mis antiguos
amigos. Castillejo es mejicano y sus acusadores también. Yo no soy mas
que un extranjero, un español, un _gachupín_, y todos acabarían por
ponerse de acuerdo para afirmar que fué Maltrana el que guiaba el
automóvil.
Noto también que les causa á ustedes cierta satisfacción el espíritu de
justicia que demuestran los nuevos gobernantes al perseguir á Castillejo
por su delito.
Me asombro de su inocencia. ¡Pero si cualquiera de aquellos generales ha
ordenado docenas de crímenes igualmente atroces!...
No es justicia, es venganza; y más aún que esto, es envidia, amargura
ante la superioridad ajena.
Detestan á Castillejo porque les inspira admiración. Hablan de él como
los pintores de una nueva manera de expresar la luz, como los escritores
de las imágenes originales encontradas por un colega.
Lo que más les irrita es que ya no podrán emplear sin escándalo el
procedimiento del automóvil. Ha perdido toda novedad. ¡Y á cada uno de
ellos le hubiese gustado tanto ser el primero!...