IV

Algunos de los allegados á Castillejo se mostraban terribles en sus

ofrecimientos.

--General, ya que le estorba tanto ese ingenierillo, no tiene mas que

darnos una orden. Es lo más fácil librarse de él.

¡Como si el general necesitase de tales consejos! Eran muchos los que

habían desaparecido misteriosamente de la existencia diaria, y los

calumniadores pretendían que únicamente Castillejo podía saber dónde

estaban. Todos debajo del suelo.

--¡Qué disparate!--protestaba el general--. Los candidatos militares

atribuirían al gobierno la muerte de Taboada; la gente que ahora se ríe

de él lo veneraría como un mártir. No; dejemos de pensar en ese hombre.

Y yo adivinaba que seguía pensando en él, con su gesto reconcentrado é

inquietante que hacía decir á las gentes: «Castillejo, muy malo como

enemigo.»

Uno de los amigotes que le acompañaban en sus francachelas nocturnas me

reveló el secreto.

--Lo que sufre el general son unos celos que le tienen loco, lo mismo

que un dolor de muelas. Ahora, Olga del Monte adora al ingeniero.

Esta Olga del Monte era la Aspasia de la revolución mejicana. Hija de

una familia distinguida de la capital, sus excesos imaginativos y reales

habían acabado por arrastrarla á una vida que era la vergüenza de su

parentela. Iba teñida de rojo escandalosamente, en un país donde las más

de las mujeres son morenas. Había pasado una temporada en París á

expensas de varios protectores, lo que imponía un irresistible respeto á

los jóvenes centauros de la revolución, ignorantes de toda tierra que no

fuese la suya. Además, tocaba el piano y el arpa, suspiraba romanzas

mejicanas y fabricaba versos.... Tenía de sobra para traer como locos á

todos los generales mozos. Algunos de ellos, á pesar de sus

declamaciones contra el derecho de propiedad y contra las desigualdades

de clase, lo que más apreciaban en Olga era su origen. Les producía

confusión y orgullo á la vez pensar que eran amigos y protectores de una

hija de gran familia de la capital, cuando hacía pocos años figuraban

aún como jornaleros del campo ó vagabundos en lejanas provincias.

Regalos cuantiosos llovían sobre ella. Los vencedores mostraban la misma

generosidad de los bandidos después del reparto de un botín fácilmente

conquistado. Olga se tomaba á veces el trabajo de desfigurar las joyas

robadas. En otras ocasiones lucía los ricos despojos tal como se los

habían dado, y las gentes señalaban sus brillantes, sus esmeraldas y sus

perlas, nombrando á las verdaderas dueñas de estas alhajas. Eran señoras

del régimen anterior derrumbado por la revolución, que andaban ahora

fugitivas por el extranjero.

Mi general, que tenía un alma puerilmente romántica, se mostraba

orgulloso de haber vencido á varios compañeros de profesión. Él era

ahora el único que podía considerarse dueño de esta poética criatura. La

abrumaba con sus presentes; había trasladado de su casa á la de la

hermosa todo lo recogido cuando entró en la ciudad de Méjico al frente

de su división del Oeste, ¡y bien sabe Dios que Castillejo no era tonto

ni perezoso para esta clase de trabajos!

Pero la vaporosa criatura, harta sin duda de las magnificencias del

saqueo, quería mostrarse ahora desinteresada, prefiriendo á los hombres

pobres y perseguidos, sin duda porque todos los que la rodeaban eran

ricos, fanfarrones é insolentes. Y por esta necesidad de cambio y de

contraste, abandonó á nuestro general, enamorándose de Taboada.

El ingeniero era débil de cuerpo, dulce de maneras, odiaba á los

soldadotes, hablaba de la regeneración de los caídos y del advenimiento

de los pobres al poder. Además, los triunfadores se reían de él y tal

vez lo matasen el día menos esperado. ¿Qué héroe más interesante podía

encontrar una mujer de sentimientos sublimes y «mal comprendidos», como

se creía esta muchacha?...

En vano Castillejo apeló á las seducciones del gobernante para vencer su

desvío. Él haría que el presidente la enviase á Nueva York y luego á

París, con un cargamento de grandes sombreros mejicanos, trajes

vistosos y cien mil pesos al año, para que cantase y bailase á estilo

del país en los principales teatros. Iba á ser casi un personaje

oficial; haría propaganda mejicana por el mundo. ¡Quién sabe si la

historia patria hablaría alguna vez de ella con agradecimiento!... Pero

Olga contestó negativamente. Prefería á su ingeniero. É igualmente fué

rehusando otras proposiciones no menos productivas y honoríficas.

Los consejeros de Castillejo seguían, mientras tanto, insinuándole su

remedio dulcemente.

--¡Si usted quisiera, mi general!... Una palabrita nada más, diga una

palabrita, y no volverá á estorbarle ese mozo.

Pero Castillejo protestaba con una bondad que metía miedo. La alarma de

su recta conciencia era para espeluznar á cualquiera.

--¡Que nadie toque á ese hombre!--decía--. Ninguna mano humana debe

ofenderle. Supondría, en caso de agresión, que yo ó el gobierno habíamos

dado la orden. ¡Lo declaro sagrado!...

Y escuchándole, pensaba que, si mi protector quería declararme «sagrado»

con la misma voz y poniendo los mismos ojos, consideraría oportuno tomar

el primer tren que saliese para la frontera de los Estados Unidos.

Los incidentes de la campaña electoral hicieron que Castillejo olvidase

á Olga. Pero no podía olvidar igualmente al ingeniero.

Seguido de sus apóstoles (dos docenas de inocentes, poseedores de una

audacia loca), Taboada iba pronunciando discursos contra el gobierno,

que pretendía imponer á la fuerza su candidato, y contra los otros

candidatos, generales que no valían más que su contrincante. Él era el

«único político civil» capaz de implantar el régimen democrático. Pero

nadie le escuchaba, y si la muchedumbre, en calzoncillos y cubierta con

enormes sombreros, le oía alguna vez, era para interrumpir sus discursos

llamándole «yanqui», «mal mejicano», «traidor» y otras cosas por el

estilo.

Ahora, amigos míos, sí que van á conocer ustedes de veras el automóvil

del general. Ya entra en escena. ¡Atención!

V

Lo había traído Castillejo de los Estados Unidos para las necesidades de

la campaña electoral. Poseía muchos. ¿Qué caudillo mejicano carece de

automóvil?... Los más de ellos hasta tienen un coche-salón para viajar

por las vías férreas. ¡Lo que puede importarles media docena de

automóviles, cuando, al principio de la revolución, sólo necesitaban

entrar, pistola en mano, en un _garage_ para llevarse lo mejor de él!...

Castillejo no podía sufrir que lo comparasen con sus rústicos camaradas

de generalato. Es un hombre de progreso, casi un sabio. Admira á los

Estados Unidos por las armas de fuego y los automóviles que se fabrican

aquí. Esto no es mucho, pero es algo. Para ser general mejicano no

resulta indispensable conocer la existencia de Edgardo Poe y de Emerson.

--Pero ¿ha visto usted--me decía--qué joyas tan bellas producen esos

_gringos_?

La joya bella era el automóvil recién llegado: una máquina esbelta,

ligera, incansable, como un corcel de ensueño. No quiero decir la marca.

Creerían ustedes que estoy pagado por la casa constructora. Baste decir

que era un gran automóvil, el mejor de los Estados Unidos, y no añado

más. Yo lo admiraba tanto como mi general.

Muchas noches, antes de dejarme en la redacción de su periódico para que

escribiese el artículo, Castillejo me paseaba por las principales calles

de Méjico, mejor dicho, por la única avenida que, con diversos nombres y

variable anchura, se extiende varios kilómetros, desde la vieja plaza

donde está el palacio del gobierno hasta el Parque de Chapultepec.

Ustedes saben cómo son de noche las calles de Méjico: no hay ciudad en

el mundo mejor alumbrada y con menos gente.

Los focos eléctricos brillan formando racimos, para iluminar una soledad

de desierto. Cree uno deslizarse por una de esas ciudades de _Las mil y

una noches_, donde todo ha quedado inmóvil y dormido por obra de

encantamiento.

En los primeros años de la revolución este silencio era amenizado de vez

en cuando con agradables diversiones. Los oficiales corrían las calles

en automóviles de alquiler, disparando sus revólveres. Se tiroteaban de

unos carruajes á otros. ¡Asunto de divertirse un poco!...

Ahora, con los preparativos electorales, no había tiros; pero la gente

se metía en sus casas más pronto que nunca, presintiendo que iba á

surgir una revolución.

Los escasos transeúntes veían pasar, de Chapultepec á la gran plaza y de

la gran plaza á Chapultepec, el carruaje del general partiendo el aire

lo mismo que una flecha, como si en realidad tuviese prisa en llegar á

alguna parte. «¡Ahí va Castillejo!», se decían con respeto y miedo. Y si

se atrevían á insultar á alguien con su pensamiento, era al extranjero,

al miserable _gachupín_ Maltrana, sentado en el sitio de honor.

Castillejo prefería siempre la parte delantera. Unas veces empuñaba el

volante, otras se mantenía al lado de su chófer, un indiazo de ojos

feroces y sonrisa boba que manejaba el vehículo con una autoridad

natural, como si el automovilismo datase de los tiempos de Moctezuma.

Nunca he creído tanto en la fidelidad de los presentimientos como cierta

noche que intenté negarme á acompañar al general en su paseo nocturno.

Es verdad que Castillejo no parecía el mismo. Iba con gorra de viaje y

un grueso gabán, cuyo cuello le tapaba media cara. Tenía en los ojos un

brillo agresivo. Su aliento olía á alcohol, circunstancia

extraordinaria, pues el general es sobrio.

No pude excusarme con mi trabajo. Eran las once, y Castillejo había

esperado á que terminase mi artículo.

--Suba--me ordenó con aspereza, lo mismo que si mandase á su

horda-división.

Y subí para verme solo en el fondo del automóvil, pues él continuó al

lado de su chófer.

Aún siento orgullo y angustia al recordar cómo fuí presintiendo

confusamente lo que iba á ocurrir.

Me arrepentí de inspirar tanto interés á Castillejo. Este bárbaro iba á

hacer algo terrible y quería que yo lo presenciase. Necesitaba mi

emoción como un aplauso.

Empecé á pensar en el ingeniero, luego en Olga, y fuí adivinando todos

los actos de mi protector con algunos minutos de antelación. Casi fué un

deporte agradable para mí ver cómo la realidad se iba plegando á mis

inducciones.

El automóvil abandonó las calles iluminadas, como yo había previsto.

Luego, atravesando vías silenciosas y obscuras, entró en una barriada de

edificios nuevos. Íbamos hacia la casa de Olga del Monte. Pero ¿qué

interés tenía el general de mezclarme en sus rencores amorosos?...

Se detuvo el vehículo en una avenida bordeada de copudos fresnos y

anchas aceras. Los reverberos no eran tan numerosos como en el centro de

la capital. La frondosidad de los árboles extendía una doble masa de

sombra á lo largo de la calle, dejando tres fajas de luz crepuscular:

una en medio, y las otras dos junto á las casas. El carruaje, al quedar

inmóvil, apagó sus faros, lo mismo que un buque que ancla y desea

permanecer inadvertido.

Dos hombres con grandes sombreros de palma se acercaron al carruaje: dos

mocetones de cara aviesa, que nunca había yo visto. Pero también los

adiviné. Eran de los que esperaban del general «una palabrita nada más».

Iban á suprimir, indudablemente, al ingeniero.

El pobre Taboada estaría, sin duda, en aquellos momentos hablando á Olga

de sus ilusiones y sus esperanzas, sin sospechar que la muerte le

aguardaba en la calle.

--Debéis mirarlo como persona sagrada--oí que decía el general en voz

baja--. ¡Únicamente en caso de que escapase!...

Se trastornó todo el edificio de suposiciones elevado por mi inducción.

Si Taboada debía ser sagrado para aquellos hombres, ¿qué podían hacer

con él?

Miré repetidas veces hacia el lugar donde sabía que estaba la casa de

Olga, pero no alcancé á verla, pues me la ocultaban los árboles.

El general abandonó el volante, cambiando de sitio con su chófer. La

habilidad de éste le inspiraba, sin duda, más confianza que su propia

habilidad. Hablaron en voz baja, al mismo tiempo que el indio

acariciaba las llaves y palancas de la máquina con gruñidos de

satisfacción.

Yo no entiendo de automóviles; pero adivinaba en aquel carruaje un

organismo maravilloso que iba á obedecer fielmente al espíritu maligno

de sus conductores. Parecía muerto, sin el menor latido que denunciase

su vida interior; pero bastaba un ligero movimiento de mano para que se

estremeciese instantáneamente todo él, como un caballo que desea

lanzarse á una carrera loca.

--Prepárese á conocer algo primoroso, Maltranita--dijo Castillejo en voz

queda, sin volver la cabeza--. Presenciará usted una caza nunca vista.

Pero ¿qué necesidad tenía este demonio de general de hacerme ver cosas

«primorosas»?...

Pasaron cinco minutos, ó una hora, no lo sé bien. En tales casos no

existe el tiempo.

De pronto oí un ruido de voces broncas, una disputa de ebrios. Los dos

hombres del sombrerón se querellaban bajo los árboles.

Otro hombre pequeño surgió, un poco más allá, de la sombra proyectada

por los fresnos, como si pretendiese atravesar la avenida, pasando á la

acera opuesta.

Mi agudeza adivinatoria volvió á romper el misterio con luminosas

cuchilladas. Vi (sin verla en la realidad) la puerta de la casa de Olga

abriéndose para dar salida al ingeniero. Éste titubeaba un poco al

sentir que la puerta se había cerrado detrás de él, al mismo tiempo que,

algunos pasos más allá, dos hombres, dos «pelados», empezaban á discutir

de un modo amenazador, como si fueran á pelearse. ¡Mal encuentro!

Taboada se llevaba una mano atrás, buscando el revólver, inseparable

compañero de toda vida mejicana. Luego, deseoso de evitar el peligro,

en vez de seguir á lo largo de la acera, atravesaba la avenida para

continuar su camino por el lado opuesto....

No pude pensar más. Me sentí sacudido violentamente de los pies á la

cabeza por el brutal arranque del automóvil; me creí arrojado á lo alto,

como si el carruaje, después de rodar sobre la tierra unos momentos, se

elevase á través de la atmósfera.

Perdí desde este momento la normalidad de mis sentidos, para no

recobrarla hasta el día siguiente. Todo me pareció indeterminado é

irreal, lo mismo que los episodios de un ensueño.

Vi cómo el hombre intentaba retroceder, esquivando el automóvil salido

repentinamente de la sombra. Pero el vehículo se oblicuó para alcanzarle

en su retirada. Entonces pretendió avanzar lo mismo que antes, y la

máquina perseguidora cambió otra vez de dirección, marchando rectamente

á su encuentro.

Todo esto fué rapidísimo, casi instantáneo, sucediéndose las imágenes

con una velocidad que las fundía unas en otras. Sólo recuerdo el salto

grotesco y horrible, un salto de fusilado, que dió la víctima al

desaparecer bajo el automóvil con los brazos abiertos.

El vehículo se levantó como una lancha sobre una pequeña ola. Pero esta

ola era sólida, y su dureza pareció crujir.

Miré detrás de mí instintivamente. Una sombra negra, una especie de

larva, quedaba tendida sobre el pavimento. Se retorcía con dolorosas

contracciones, lo mismo que un reptil partido en dos. Salían gemidos é

insultos de este paquete humano que intentaba elevarse sobre sus brazos,

arrastrando las piernas rotas.

--¡Brutos!... ¡Me han matado!

Pero instantáneamente dejé de verle. Apareció ante mis ojos el extremo

opuesto de la avenida. El automóvil acababa de virar, con tanta

facilidad, que caí sobre uno de sus costados, vencido por la brusca

rotación.

Se deslizaba de nuevo en busca del caído, y éste, al verle venir, ya no

gritó. Tal vez el miedo le hizo callar; tal vez se imaginaba el infeliz

que los del vehículo regresaban para darle auxilio, y enmudecía,

arrepentido de sus exclamaciones anteriores.

Ahora la ola fué más dura, más violenta. El automóvil se levantó como si

fuera á volcarse, y hubo un chasquido de tonel que se rompe, estallando

á la vez duelas y aros. Todavía viró el vehículo varias veces, con la

horrible facilidad de su ágil mecanismo, pasando siempre por el mismo

lugar. ¿Cuántas fueron las vueltas?... No lo sé. El obstáculo que

encontraban las ruedas era cada vez más blando, menos violento; ya no

lanzaba crujidos de leña seca.

Al día siguiente todos los periódicos hablaron de la muerte casual del

pobre Taboada cuando se dirigía á su domicilio. El suceso dió tema para

declamaciones contra la barbarie de los automovilistas que marchan á

toda velocidad por las calles, matando al pacífico transeúnte.

El periódico nuestro hasta hizo el elogio fúnebre del ingeniero,

declarando que «había que reconocer noblemente en este enemigo político

á un hombre de talento, á un gran patriota lamentablemente

desorientado».

Y nada más.... A los pocos días nadie se acordó del infeliz.

Otros sucesos preocupaban á la nación. Se sublevaron los generales

candidatos, al convencerse de que no triunfarían legalmente. Muchos

creyeron necesario traicionar al gobierno, para seguir una vez más las

costumbres del país. El presidente fué asesinado, y yo, como primera

providencia, me escapé á los Estados Unidos. Tiempo tendría de volver,

cuando se aclarase la tormenta, para servir á los nuevos amos.

Castillejo cayó prisionero, y aún está en la cárcel. Sus dignos

camaradas de generalato le siguen no sé cuántos procesos de carácter

político; pero lo peor es que, recientemente, han empezado a acusarle

por el asesinato del ingeniero.

Nadie cree ya en el accidente del automóvil. Parece que fueron muchos

los que presenciaron lo ocurrido desde sus ventanas prudentemente

entornadas. Tal vez lo vió uno nada más, y los otros hablan por agradar

á los vencedores. ¡La soledad nocturna de las calles de Méjico!...

Detrás de cada persiana hay ojos que sólo ven cuando les conviene; bocas

mudas que sólo hablan cuando llega el momento oportuno.

Ustedes creen, tal vez, que yo podría volver allá, sin ningún

peligro.... En realidad, nada malo hice en dicho asunto, y aún me

estremezco al recordar el susto que me dió el maldito general.

Pero no volveré; pueden estar seguros de ello. Conozco á mis antiguos

amigos. Castillejo es mejicano y sus acusadores también. Yo no soy mas

que un extranjero, un español, un _gachupín_, y todos acabarían por

ponerse de acuerdo para afirmar que fué Maltrana el que guiaba el

automóvil.

Noto también que les causa á ustedes cierta satisfacción el espíritu de

justicia que demuestran los nuevos gobernantes al perseguir á Castillejo

por su delito.

Me asombro de su inocencia. ¡Pero si cualquiera de aquellos generales ha

ordenado docenas de crímenes igualmente atroces!...

No es justicia, es venganza; y más aún que esto, es envidia, amargura

ante la superioridad ajena.

Detestan á Castillejo porque les inspira admiración. Hablan de él como

los pintores de una nueva manera de expresar la luz, como los escritores

de las imágenes originales encontradas por un colega.

Lo que más les irrita es que ya no podrán emplear sin escándalo el

procedimiento del automóvil. Ha perdido toda novedad. ¡Y á cada uno de

ellos le hubiese gustado tanto ser el primero!...

El préstamo de la difunta · 第 34 / 50 题