III

De todos los personajes que conocí en el período de la guerra, el que

demostró mayor interés por mi persona y me protegió más eficazmente fué

el general Castillejo.

En sus momentos de efusión amistosa, que eran muy raros, me llamaba

Maltranita, y eso que yo podía ser casi su padre, ó cuando menos un

hermano muy mayor. Este general (uno de los consejeros más íntimos y

escuchados del presidente) sólo tenía veintisiete años. Es cierto que

los otros generales y ministros no eran, ordinariamente, de mayor edad.

Cuando el viejo Carranza reunía los primeros funcionarios y héroes de la

República, parecía un director de colegio pasando examen á sus

discípulos.

Castillejo es pequeño de cuerpo, nervioso y ágil, con un color moreno

ardiente que se aproxima al tono del chocolate con leche. Lo más notable

en él son los ojos, brillantes y autoritarios cuando quiere mirar de

frente, lo que ocurre pocas veces. Su vista parece siempre fugitiva,

como si la distrajera algún mal pensamiento. Sus cejas oblicuas y su

cutis obscuro se armonizan poco con su ángulo facial, abierto y europeo.

Es, como muchos de nuestra América, el resultado de tres orígenes:

indio, africano y español.

Sus amigos le tenían en alto concepto, hablando de él con admiración y

miedo.

--¡Un hombre de cuidado!... No conviene tenerlo de enemigo. ¡Sabe

mucho!...

Además, quitaba y ponía ministros, daba mandos en el ejército á los

compañeros que le seguían ciegamente, y obligaba á salir del país á sus

adversarios ó los enviaba á ciertas provincias de la costa del golfo de

Méjico, donde la gente de las altas mesetas puede contraer enfermedades

de muerte.

Sus enemigos recordaban la facilidad con que había fusilado durante la

guerra á los prisioneros. Pero ¿quién puede hacer el balance de los

fusilamientos ordenados allá por unos y por otros? ¡He visto tantos!...

¡Cuesta tan poco dar una orden que suprime á un hombre!...

Nunca tuve con él motivos de queja. ¡Excelente muchacho! Hasta creo que

me admiraba un poquito á causa de mi pluma, y eso que era incapaz de

admirar á nadie, convencido como estaba de que la presidencia de la

República le correspondía de derecho. Pero aún no creía llegado el

momento de ocuparla.

Nuestra intimidad dató de un libro que escribí para él después de la

guerra: _Historia de la división del Oeste_. Esta división era la horda

á caballo que había mandado mi general Castillejo. Inútil es decir que

la tal división lo había hecho todo, y á ella se debía únicamente el

triunfo revolucionario.

Lo malo es que yo mismo, con esta mano pecadora, había escrito también

la _Historia de la división del Este_, y la del Norte, y la del Sur, y

la del Centro, y cada una de estas divisiones era la mejor entre todas y

lo había hecho todo, y los demás generales no habían servido mas que de

estorbo.

Pero como estos libros iban firmados por sus respectivos héroes, y cada

uno callaba mi nombre, Castillejo apreció su historia como la mejor de

todas, paladeando las hermosuras de mi estilo lo mismo que si le

perteneciesen.

Andaba muy ocupado en la elección del nuevo presidente. El gobierno

surgido de la revolución deseaba dos cosas á la vez: hacer unas

elecciones que pareciesen legales y sacar triunfante de ellas al

candidato que tenía escogido, y á nadie más. Varios generales se

presentaban también como candidatos, amenazando con hacer una revolución

si no salían triunfantes. Todos hablaban de legalidad y de respeto á la

ley, al mismo tiempo que se llevaban una mano al costado para

convencerse de que tenían el revólver listo. Y el país, fatigado de diez

años de revolución, les dejaba hablar, deseando en el fondo de su ánimo

que se matasen entre ellos, pero dispuesto á votar por el gobierno ó por

el general que derribase al gobierno. La única manera de vivir seguro en

aquella tierra es irse con el que manda.

Mi general era el hombre de confianza del presidente y el sostenedor de

la candidatura patrocinada por éste. Como los otros aspirantes á la

presidencia pertenecían al ejército, la candidatura gubernamental usaba

el título de «antimilitarista». Castillejo y otros compañeros de

generalato, que habían fusilado centenares de hombres, quemado

estaciones y pueblos, y vivían en plena paz con la misma violencia que

cuando hacían la guerra, pronunciaban discursos sobre discursos,

cantando las excelencias de ser gobernados por un «civil» y la necesidad

de terminar con el militarismo.

Yo combatía con la pluma, siguiendo las órdenes de mi jefe. En Méjico es

más fácil este trabajo que en otras partes. Cuenta uno con el argumento

precioso de «la intervención norteamericana». El periodista que defiende

al gobierno puede describir á los hombres de la oposición como «malos

patriotas, que con sus insurrecciones provocan la anarquía y hacen

inevitable una invasión de los norteamericanos para el restablecimiento

del orden». Y á su vez, los escritores de la oposición, al atacar al

gobierno, afirman que éste comete tales atrocidades, que, «al final, los

Estados Unidos tendrán que intervenir para derrocar su tiranía». Sin el

fantasma de la intervención norteamericana, ¿quién podría escribir en

Méjico?...

Además, hay otro recurso de éxito seguro. Cuando no se sabe qué decir de

un enemigo político, ó cuando se recibe el encargo de insultar á alguien

que ha pintado el país tal como es, se emplea siempre la misma injuria:

«Vendido al pérfido oro yanqui.» ¡Y qué inagotable resulta el tal oro!

Todos los días hay alguien que se vende á él por enormes cantidades. Si

se suman los millones, tal vez no quepan en la Tesorería Federal.

Y lo más gracioso es que los que escriben esto piensan al mismo tiempo:

«¿Dónde demonios estará la puerta de la oficina en la que se hacen tales

compras?... ¿Quién será el encargado de recibir á los que desean

venderse?...»

Yo mismo, queridos amigos, quisiera saber si ustedes, por ser más viejos

en la tierra yanqui, están enterados de á qué personaje hay que

dirigirse en Wáshington para dicho asunto. ¡Me gustaría tanto estar

enterado!...

Pero ¿callan ustedes?... ¿No saben qué decir?... Sigamos con nuestro

general.

Siempre que leía uno de mis artículos contra los enemigos de la

candidatura del gobierno, celebraba con entusiasmo los insultos más

atroces.

--¡Qué pluma la suya, Maltranita!... ¿Cómo pagarle sus servicios á la

buena causa?

Muy fácilmente; yo no podía aspirar á una legación diplomática ni á un

ministerio cuando triunfase nuestra candidatura; eso quedaba para los

mejicanos. Mis aspiraciones eran más modestas.

--Me contento, mi general, con que me envíe usted á Nueva York cuando

vaya allá una comisión á hacer compras para el gobierno. Lo mismo da que

compren autocamiones, máquinas de escribir, zapatos ó papel para las

oficinas. Sólo pido ser el agente comprador de la comisión. Me doy por

satisfecho con el diez por ciento. ¿Que adquieren por un millón?... Cien

mil dólares para mí. ¿Que compran por valor de dos?... Pues doscientos

mil. Con eso me retiro á España y dejo de escribir, aunque lloren de

pena las nueve Musas.

Castillejo juzgaba mediocres mis pretensiones. Ahora trabajaba por hacer

presidente á un amigo. Luego le tocaría á él. Sólo tenía que esperar yo

cuatro años, y entonces me daría lo que desease.

¡Esperar en un país donde mueren de una manera trágica cuatro

presidentes en sólo diez años!... No; prefería que me diesen

inmediatamente el modesto cargo de comprador en Nueva York.

Pero Castillejo no estaba para fijarse en mi escepticismo; cada día se

mostraba más preocupado por el éxito de su campaña electoral. ¡Cosa

rara! No le inquietaban los generales candidatos que parecían próximos á

sublevarse contra el gobierno. El objeto de sus preocupaciones era un

joven, casi de su edad, el ingeniero Taboada, que se había educado en

los Estados Unidos y tenía la pretensión de exigir que se implantase de

golpe en Méjico todo el sistema democrático, con su respeto á la ley y á

las opiniones ajenas, que había conocido en la vecina República.

Sin más apoyo que unos cuantos amigos tan ilusos como él, presentaba su

candidatura á la presidencia, afirmando que era la «única candidatura

civil».

--¡Pero si ese muchacho es un loco!--decía yo, extrañado de la

preocupación de Castillejo--. ¡Si no puede juntar más allá de un

centenar de votos!... Ya que usted le hace el honor de tenerle en

cuenta, voy á demolerlo con un artículo. Diré que está vendido á los

Estados Unidos y por eso pretende implantar entre nosotros las

costumbres y sistemas de allá. Voy á demostrar que ha recibido tres

millones de Wáshington para su candidatura.... Si le parecen poco,

escribiré cinco millones. Da lo mismo. ¡Con decir que yo he visto con

mis ojos cómo los recibía!...

Y escribí esto, y otras cosas. Necesitaba no quedarme á la zaga de los

periodistas del país, que me vencían muchas veces en la invención de

estupendas mentiras.

Pero noto que se impacientan ustedes. ¡Calma! Ahora sí que llegamos de

veras al automóvil del general.

El préstamo de la difunta · 第 33 / 50 题