El único que hablaba bien el francés de todos ellos replicó con alegre
protesta:
--Nosotros somos más ricos que usted. Nosotros cobramos en dólares.
Ella miró el puñado de monedas de cobre que tenía en una mano. Céntimos,
nada más; pero ¿qué importaba?...
--Estáis en mi casa, y os invito. Si me decís que no, soy capaz de
llorar.
Entraron en un café, y durante media hora los robustos soldados del
sombrero puntiagudo bebieron, riendo á carcajadas de las palabras y los
gestos de la alegre vieja.
Luego se vió bebiendo con hombres de otros países que vestían distintos
uniformes, y hasta con soldados franceses, que, á pesar de la locura
general, conservaban un gesto sombrío, como hombres que aún no hubiesen
acabado de despertar de una pesadilla horrorosa prolongada durante años
y años.
Al anochecer, la vieja se sintió fatigada. Parecía que toda aquella
muchedumbre hubiese marchado sobre ella; creía haber recibido millones
de golpes.
El instinto la llevó hacia su barrio, caminando con lentitud,
arrastrando casi los pies. Pero á pesar de esta fatiga, juntó su voz á
las aclamaciones de todos los grupos que encontraba al paso.
La necesidad de descansar y la costumbre la hicieron meterse en la
taberna.
Allí estaba Crainqueville, solitario y silencioso, sentado ante un vaso
vacío, cuyo fondo contemplaba tristemente.
--También te convido á ti--dijo la vieja--. Hoy es un gran día. ¡La paz!
¿Qué dices tú de la paz?
Crainqueville levantó los hombros. Luego, animado por la vista del nuevo
vaso que le ofrecía su amiga, se dignó hablar.
--Tal vez la humanidad procure ser mejor después de esta prueba
terrible; tal vez se regenere y aprenda á vivir por primera vez con un
poco de lógica.
Luego sonrió irónicamente, como su maestro. Se sentía invadido por la
eterna duda, y continuó:
--Aunque nadie puede afirmar si esta pobre humanidad merece la pena de
ser regenerada y que alguien se ocupe de su porvenir....
Mucho más tarde, la vieja sintió la atracción de un nuevo deseo. Se
acordó con delicia de la obscura sala del cinema y de sus vistas, que
ella consideraba como algo celestial. ¡Qué felicidad estar allá dos
horas, en un asiento cómodo, conversando mentalmente con su nieto! El
pobre Alberto no debía conocer aún la gran noticia que conmovía á París
y al mundo entero. Ella iba á comunicársela.
--Adiós, Crainqueville; mi nieto me espera. Para el pobre no hay
fiestas. Esta noche trabajará como todas.
El filósofo ambulante, que había terminado por aceptar la vida ilusoria
de su compañera, creyó del caso darle algunos consejos.
--Te estás matando. Apenas comes; bebes demasiado. Gastas tu dinero
exageradamente; vas á perder tu capital. Ayer tuviste que tomar la mitad
de tu género al fiado.... Además, en una semana parece que hayas vivido
varios años.
Pero después de la cuerda reprimenda, volvió á sonreir con su eterna
sonrisa de duda.
--En fin, ¡si eso te divierte!... ¡Si encuentras en ello tu
felicidad!...
La vieja marchó apresuradamente hacia el cinema, á pesar de sus piernas
entumecidas que casi se negaban á sostenerla. Allá, en la sala
agradable, descansaría cómodamente.
Las calles estaban obscuras aún, como en las noches de la guerra
preñadas de amenazas aéreas. Pero la muchedumbre formaba grupos. Sonaban
instrumentos de música y se improvisaban bailes en las encrucijadas.
Al penetrar en el atrio del cinema, el empleado que guardaba la puerta
salió á su encuentro alegremente.
--¡Viva la paz, abuela!
Luego añadió, como si recordase algo de escasa importancia:
--Esta noche ya no «trabaja» su nieto.... ¡Se acabó! Todo es nuevo. Pero
la representación vale la pena.
-¿Qué?...
La vieja había apoyado la espalda en el muro, intensamente pálida, con
los ojos desmesuradamente abiertos. El empleado fué dando explicaciones
para contestar á su exclamación angustiosa.
--Han transcurrido siete días. ¡Cambio completo de programa! El público
estaba fatigado ya de la historia de la muchacha de Alsacia y del
alemán. Ahora, con la paz, habrá que dar otras cosas. ¡Nada de
guerra!... Hay que olvidar, hay que alegrarse.... Entre.... Tenemos esta
noche una película americana que hace rugir de risa.
La vieja vaciló sobre las piernas, á pesar de que se había desvanecido
instantáneamente la dulce turbación de su mansa embriaguez.
--¡No verle más!... ¡no verle más!--gemía.
Luego resumió su desesperación en una frase:
--Me lo han matado por segunda vez.
El público que iba á entrar en el cinema se agolpó en torno de esta
mujer desfalleciente, próxima á caer al suelo. El empleado, por
conmiseración y por evitar aglomeraciones en la puerta, intentó alegrar
á la vieja.
--¡Ánimo, abuela!... No va usted á morirse hoy, un día de tanta
felicidad, porque hemos cambiado el programa.... Además...además....
Había pedido á la mujer de la taquilla un periódico, y empezó á
examinarlo con precipitación, empinándose sobre la punta de los pies
para recibir mejor la luz de una lámpara pendiente del techo. Al mismo
tiempo hablaba entre dientes.
--Veamos.... Esta estúpida historia de la alsaciana deben darla en
alguna parte. Un mal _film_ de ocasión, hecho de recortes. Estará,
seguramente, en los cinemas de quinta clase.... Eso es; helo aquí.
Y dirigiéndose á la vieja, le dió el nombre de una calle y el título de
un cinematógrafo.
--Un poco lejos, abuela; en Grenelle, al otro lado de París; ¡pero
tomando el Metro!... Allí encontrará á su nieto durante una semana.
No se acordó más de ella, para seguir ocupándose del público que entraba
y entraba, atraído por el programa nuevo.
La vieja se vió otra vez en la calle. No tenía mas que una idea.
«¡Me lo han matado!--pensaba--. En este día en que todos ríen, me lo han
matado por segunda vez.»
Reapareció su enérgica voluntad de luchadora obscura y humilde. Se lo
habían matado allí; pero iba á resucitar en otra parte. Debía ir á su
encuentro.
Buscó bajo su falda aquella bolsa de tela que contenía sus capitales. Su
diestra sólo encontró el vacío. Después de tenaces exploraciones,
salieron á luz unas cuantas monedas de cobre sosteniéndose entre sus
dedos. Cincuenta céntimos en total.
Sólo disponía de lo preciso para comprar una entrada en aquel cinema
desconocido de Grenelle.
No le quedaba dinero para tomar un billete del Metro. Todo lo había
gastado en sus ruidosas aventuras de la tarde. Tendría que ir á pie; y
era tan lejos.... ¡tan lejos!
Un mal pensamiento contrajo su frente.
--¡Si pidiese limosna!... Hoy es un día de regocijo general. Se
apiadarán de mí al verme tan vieja, tan cansada....
Pero á pesar de su cansancio se irguió, con un gesto de altivez
ofendida. No había mendigado nunca, y á los setenta años era tarde para
empezar.
--Debo verle...necesito verle.
La fatiga le hizo caer en un banco entre dos árboles del bulevar.
Brillaban en la penumbra las puertas de cafés y tabernas como bocas de
horno. Se confundían en alegre discordancia las diversas músicas.
Pasaban parejas amorosas, perdiéndose en la obscuridad; guerreros de
remotos países que abarcaban con un brazo el talle de una mujer.
--¡Tan lejos!... ¡tan lejos!--seguía suspirando la vieja.
Vió de pronto un soldado que le sonreía, un soldado todo blanco desde el
casco de trinchera hasta los gruesos zapatos. A través de su cuerpo se
veían los árboles, el banco cercano, las gentes que pasaban. Parecía de
cristal, de humo sutil, de espuma impalpable.
La hizo señas para que la siguiese, y echó á andar al ver que la vieja
le obedecía.
--¡Ay, mis piernas!... No podré seguir. Son varios kilómetros. ¡No
llegaré nunca!...
Se dejó caer en otro banco y el soldado transparente se detuvo,
volviendo hacia ella un rostro sombrío, desesperadamente sombrío.
--No te pongas triste. ¡Si supieras cuán cansada estoy! Pero tu abuela
no te abandonará nunca.... Alberto, espérame. ¡Allá voy, pequeño mío!
Y haciendo un esfuerzo supremo, se levantó y siguió marchando en pos del
fantasma por las calles interminables, negras, heladas....
Como marchamos todos á través de las asperezas de la vida, guiados por
nuestros recuerdos, al encuentro de la Ilusión.