IV

La noticia empezó á circular después de mediodía, vaga é indecisa.

«¡La paz! ¡Acaba de ajustarse la paz!»

Pero tantas veces se había dicho esto mismo, sin verlo realizado luego,

que la vieja no creyó la noticia.

A media tarde todos se convencieron de que era verdad. El gobierno

anunciaba un armisticio, solicitado por los enemigos.

La verdulera se encontró de pronto envuelta y arrastrada por una

avalancha de gente que parecía rodar hacia el centro de París. Se

mostraba frenética de alegría como todos; gritaba como todos.

Hasta la llegada de la noche vivió una existencia de ensueño; creyó

seguir las inverosímiles aventuras de una pesadilla. Pero esta pesadilla

era agradable y sus delirios no los inspiraba el terror, sino el

entusiasmo.

Se vió en la plaza de la Concordia. La muchedumbre, rugiendo cantos

patrióticos, hacía rodar los cañones cogidos á los alemanes que estaban

expuestos en la gran plaza.

Un grupo de mozalbetes hizo montar á la vieja sobre uno de estos

cañones, como si fuese un carro triunfal, arrastrando la pieza de

artillería por las calles inmediatas.

Ella, con los blancos cabellos en desorden, elevaba los brazos cantando

la _Marsellesa_. La muchedumbre la saludaba con aplausos. Nadie sabía

quién era, pero su paso iba despertando la veneración instintiva que

infunde la ancianidad. Algunos creían contemplar la vieja gloria de la

Revolución, que despertaba triunfante después de un siglo de letargo.

De pronto se vió á pie y sola. Había desaparecido el cañón y los jóvenes

que tiraban de él. Ahora estaban en la _rue Royale_, frente á los

restoranes más elegantes. Los parroquianos de Maxim--gentes ricas que

podían permitirse este lujo--regalaban botellas de champaña á la

muchedumbre para solemnizar el suceso.

Sin saber cómo, se encontró hablando con un grupo de soldados

americanos. Ella adoraba á los americanos. Los reconocía únicamente por

su sombrero de fieltro con cuatro hoyos simétricos y terminado en punta.

¡Hermosos muchachos, sanos, fuertes y con aire de buenos! A algunos les

encontraba cierto parecido con Alberto.

--¡Vivan los Estados Unidos!

Se entendía con estos soldados por medio de gestos y de guiños, más que

por palabras. Pero esto importaba poco.... ¡Cuando hay simpatía y buena

voluntad!...

Y ellos, regocijados por la alegría de la vieja, reían como niños

grandes, con una carcajada sonora que marcaba bajo la piel la fuerte

osamenta de las mandíbulas y dejaba al descubierto el luminoso marfil

de unas dentaduras envidiables.

La vieja se levantó la falda para rebuscar en una bolsa de lienzo

pendiente sobre las enaguas, donde guardaba el capital de su comercio.

Estaba en fondos y podía convidar á sus nuevos amigos.

El préstamo de la difunta · 第 29 / 50 题