La noticia empezó á circular después de mediodía, vaga é indecisa.
«¡La paz! ¡Acaba de ajustarse la paz!»
Pero tantas veces se había dicho esto mismo, sin verlo realizado luego,
que la vieja no creyó la noticia.
A media tarde todos se convencieron de que era verdad. El gobierno
anunciaba un armisticio, solicitado por los enemigos.
La verdulera se encontró de pronto envuelta y arrastrada por una
avalancha de gente que parecía rodar hacia el centro de París. Se
mostraba frenética de alegría como todos; gritaba como todos.
Hasta la llegada de la noche vivió una existencia de ensueño; creyó
seguir las inverosímiles aventuras de una pesadilla. Pero esta pesadilla
era agradable y sus delirios no los inspiraba el terror, sino el
entusiasmo.
Se vió en la plaza de la Concordia. La muchedumbre, rugiendo cantos
patrióticos, hacía rodar los cañones cogidos á los alemanes que estaban
expuestos en la gran plaza.
Un grupo de mozalbetes hizo montar á la vieja sobre uno de estos
cañones, como si fuese un carro triunfal, arrastrando la pieza de
artillería por las calles inmediatas.
Ella, con los blancos cabellos en desorden, elevaba los brazos cantando
la _Marsellesa_. La muchedumbre la saludaba con aplausos. Nadie sabía
quién era, pero su paso iba despertando la veneración instintiva que
infunde la ancianidad. Algunos creían contemplar la vieja gloria de la
Revolución, que despertaba triunfante después de un siglo de letargo.
De pronto se vió á pie y sola. Había desaparecido el cañón y los jóvenes
que tiraban de él. Ahora estaban en la _rue Royale_, frente á los
restoranes más elegantes. Los parroquianos de Maxim--gentes ricas que
podían permitirse este lujo--regalaban botellas de champaña á la
muchedumbre para solemnizar el suceso.
Sin saber cómo, se encontró hablando con un grupo de soldados
americanos. Ella adoraba á los americanos. Los reconocía únicamente por
su sombrero de fieltro con cuatro hoyos simétricos y terminado en punta.
¡Hermosos muchachos, sanos, fuertes y con aire de buenos! A algunos les
encontraba cierto parecido con Alberto.
--¡Vivan los Estados Unidos!
Se entendía con estos soldados por medio de gestos y de guiños, más que
por palabras. Pero esto importaba poco.... ¡Cuando hay simpatía y buena
voluntad!...
Y ellos, regocijados por la alegría de la vieja, reían como niños
grandes, con una carcajada sonora que marcaba bajo la piel la fuerte
osamenta de las mandíbulas y dejaba al descubierto el luminoso marfil
de unas dentaduras envidiables.
La vieja se levantó la falda para rebuscar en una bolsa de lienzo
pendiente sobre las enaguas, donde guardaba el capital de su comercio.
Estaba en fondos y podía convidar á sus nuevos amigos.