EL REY DE LAS PRADERAS

I

Durante su último año en la Universidad de mujeres donde hacía sus

estudios, la impetuosa Mina Graven expresó siempre el mismo deseo.

Sus compañeras las _senior_, instaladas en el mismo cuerpo de edificio

que ella, hablaban de la nueva vida que iban á encontrar al salir del

colegio; y las _junior_, que empezaban sus estudios, las oían en un

silencio respetuoso de seres inferiores.

Una de las amigas de Mina pensaba casarse apenas volviese á su casa; era

asunto convenido por las familias de los dos novios. Y este matrimonio

de estudianta apenas emancipada de la vida escolar daba motivo para que

todas las otras soñasen despiertas, á la hora del té, describiendo cada

una de ellas la posición social y el aspecto físico del futuro esposo

que aún se mantenía oculto en el misterio del porvenir.

--Yo quiero casarme con un millonario que me pague los mayores lujos.

--Yo, con un hombre que me quiera mucho y me obedezca en todo.... ¿Y tú,

Mina?

La intrépida señorita Graven daba siempre la misma respuesta:

--Yo me casaré con un hombre célebre.

Ella no necesitaba soñar con un millonario. Todas sabían que allá, en el

Oeste, existen minas de oro y pozos de petróleo cuyo valor figura en

forma de pedazos de papel, y que muchas de tales acciones estaban á su

nombre en los libros del millonario James Foster (padre), su tutor.

El viejo Craven había empezado su caza del dólar, como simple peón de

mina, en California. La fortuna pareció divertirse siguiendo los pasos

de este hombre que apenas sabía leer ni escribir. Un espíritu diabólico

salido de las entrañas de la tierra le hablaba al oído, guiando sus

manos.

Allá donde él cavaba surgía oro, plata, ó, cuando menos, cobre.

Perforaba un pozo para que los mineros de su campamento no muriesen de

sed, y, en vez de encontrar agua, saltaba petróleo de su fondo. Detrás

de su avance victorioso iban constituyéndose sociedades anónimas y

sindicatos de capitalistas. En el Wall Street, los grandes capitanes del

dinero recibían al viejo Craven como á un igual cuando se le ocurría

perder una semana en el ferrocarril yendo de San Francisco á Nueva York.

Podía haber dejado á su hija una fortuna inmensa; pero el minero era

hombre de acción más que de administración, y se gozaba en emprender

cada año un nuevo negocio, abandonando los mejores provechos de los

anteriores á los consocios fríos y marrulleros que quedaban á sus

espaldas. Él necesitaba ir siempre adelante, olvidando la buena suerte

de ayer para soñar con la nueva fortuna de mañana.

El señor Foster (padre), su compañero de miseria cuando ambos eran

simples jornaleros, poseía una fortuna mayor que la suya, por

haberse limitado á seguirle en las explotaciones segaras, dejándole

avanzar solo en las que consideraba aventuradas. Pero, aun así, el día

en que Graven murió, aplastado por la caída del andamiaje de un pozo de

petróleo, su desconsolado camarada Foster, que era su albacea

testamentario, se encontró, al hacer el balance, con que la única hija

de su amigo representaba para el que se casase con ella unos sesenta

millones de dólares.

Por esto Mina, al oír hablar á sus amigas de un marido rico, sonreía con

cierto desprecio. Ella no necesitaba dinero, y podía casarse con quien

le placiese. Con no menos indiferencia acogía la imagen del atleta,

hábil en todos los deportes, que evocaban otras. A la señorita Craven le

bastaba con su propio atletismo. Su padre la había enviado á la famosa

Universidad cuando era una pequeña salvaje de trece años, acostumbrada á

galopar días enteros en las llanuras de Arizona sobre caballos domados

por ella misma. Su madre, una mujer sencilla, había muerto como abrumada

por la avalancha de millones que iba derrumbándose sobre su hogar; y

Craven, preocupado por esta hija algo indómita que no le dejaba

dedicarse con tranquilidad á sus negocios, la había metido en un colegio

célebre para que fuese una gran señora como las que él había visto de

lejos en las ciudades. La fama de este centro de enseñanza, establecido

en un bosque de varias leguas, con lagos, montañas y palacios, había

llegado confusamente hasta sus oídos. Le bastaba con saber que vivían en

él varias hijas y sobrinas de antiguos presidentes. Y allá, envió á

Mina, poco antes de su muerte.

Ésta, aburrida y furiosa al verse encerrada en el enorme parque, que á

ella le parecía pequeño, ideó varios planes terribles, que,

afortunadamente, no puso nunca en práctica. Pensó incendiar el palacio

en que estaba el gabinete de Física con sus instrumentos, creados

únicamente para aburrir á las pobres muchachas; pensó igualmente,

durante los primeros meses, en matar á tiros de revólver á cierto vejete

que explicaba matemáticas y se había reído sarcásticamente de su

ignorancia. Luego abandonó tales proyectos, y, con la ambición de

demostrar que no era una salvaje, se entregó al cultivo de todas las

artes que estaban de acuerdo con sus facultades.

Llegó á ser la primera en el gimnasio. Saltó horas y horas el caballo de

madera, con un volteo incansable, riendo de este ejercicio pueril con la

superioridad de una amazona acostumbrada á ponerse de pie sobre caballos

en pelo, apeándose y volviendo á subir en el animal sin que éste

detuviese su carrera. Fué capitana de _polo-water_, atravesando como una

náyade el profundo cristal de la piscina del gimnasio. En la clase de

esgrima cansaba al profesor con su florete impetuoso y sus piernas de

acero. La directora de la Universidad empezó á inspirarle cierta

antipatía por haberle prohibido que tirase al revólver en un rincón del

parque, lo mismo que tiraba de pequeña en algunos de los campamentos de

Craven, ante los viejos mineros.

La gloria estaba para ella en los ejercicios físicos, dejando á sus

compañeras los laureles de las ciencias y de las letras. De todo el

profesorado, amaba á la maestra de francés, porque podía hablar con ella

de París y las artistas célebres como de un mundo lejano entrevisto en

los periódicos de modas. También amaba á la maestra de español, que le

describía cómo eran las corridas de toros y le enseñaba á ponerse la

mantilla lo mismo que una andaluza.

No necesitó de estudios penosos y áridos para sobrepasar á todas. La

admiraban por su hermosura física de bello animal sano, vigoroso y de

líneas correctas. Cada vez que en el _polo-water_ se arrojaba en la

piscina de cabeza, sin más vestido que un ligero mallón de muchacho, el

público lanzaba un murmullo aprobador, á pesar de la identidad de sexo.

Los viejos profesores del establecimiento y los visitantes, que eran

siempre personas graves, se sentían inquietos ante su cabellera de un

rubio subido, igual á la llama de una antorcha, y la fijeza algo

insolente y dominadora de sus ojos claros. Los hombres se ruborizaban

sin saber por qué, apartando la mirada, como si no pudieran resistir el

encuentro de sus pupilas.

Ni millonarios, ni hombres de _sports_. Ella tomaría á quien quisiera

escoger. Los hombres iban á ofrecerse á Mina Craven formando legión,

satisfechos y felices si se dignaba hacerlos sus esclavos. Estaba segura

de ello.... Y pasaba por su memoria la imagen de James Foster (hijo), un

muchacho de orejas demasiado separadas del cráneo, fuerte mandíbula y

ojos de perro bueno, que tenía un año más que ella.

Inmediatamente, como un síntoma de cariño fraternal, sus dientes

castañeteaban de cólera y se le cerraban los puños. ¡Qué deseos tan

vehementes tenía de aporrear á este compañero de juegos infantiles!...

Todos los veranos, al vivir juntos durante las vacaciones en la casa del

tutor, Mina daba de puñetazos á su amigo, el cual, perdida la paciencia,

acababa por devolverle los golpes.

Y la señorita Graven, que había aprendido recientemente á batirse á la

japonesa, deseaba, al abandonar el colegio, medirse con James

definitivamente. Quería hacerlo caer á sus pies, como un adversario

aborrecido y apreciado al mismo tiempo.

El préstamo de la difunta · 第 12 / 50 题