II

Y vino la guerra. Uno de sus primeros efectos fué dilatar los ojos de la

nueva señora Delfour con una expresión de asombro. ¡Pero era posible

esta calamidad!... ¡Ahora que la gente se divertía más que nunca!...

La suegra pareció crecerse, saliendo de su tímido encogimiento. Su

mirada se posó sobre personas y cosas con grave lentitud, como si las

reconociese de nuevo. Había visto mucho. Sus primeras palabras de amor

con el fabricante Delfour se cruzaron en 1870, durante el sitio de

París. Luego, de recién casada, había presenciado la tragedia de la

_Commune_.

El hijo se fué cuando su mujer empezaba á admirarle como un hombre

nuevo, viendo realzadas sus gracias varoniles por las ventajas del

uniforme. Quiso entrar en la aviación, pero la aviación marchaba mal al

principio de la guerra, y para ser de una utilidad inmediata, permaneció

en la artillería.

También Odette quiso ser útil á su patria. Todas sus amigas frecuentaban

los hospitales. Y se lanzó á ser enfermera, admirando el uniforme blanco

con su capa azul y su alba toca: algo sencillo y nuevo que sentaba

perfectamente á su belleza. Su afán por lucir esta última moda le hacía

abandonar muchas veces á los enfermos, paseando en automóvil por el

Bosque de Bolonia la blanca túnica con cruces rojas en las mangas y en

el pecho. Mientras tanto, la viuda Delfour, sin abandonar su eterno

traje negro de burguesa, pasaba días y noches en un hospital.

La guerra ofrece sus satisfacciones y deleites. ¡Los tés entre mujeres,

sin la presencia de hombres molestos que agobian con sus galanteos;

vestidas todas ellas de blanco, como criadas de balneario, recibiendo

las ojeadas envidiosas de las que no llevan uniforme, y fabricando

géneros de punto para los soldados con la torpe suficiencia de una labor

enseñada recientemente por la doncella!...

--Mi marido combate en Alsacia.... ¿Y el señor Delfour, dónde está?...

El señor Delfour andaba del lado de Bélgica; y su esposa, lanzando en

torno una mirada de orgullo, hacía el relato de sus glorias. Dos

citaciones en la orden del día: cruz, segundo galón. Pero llovían

héroes, y Odette experimentaba cierto despecho al oir que todas las

otras casi decían lo mismo de sus hombres.

¡No poder distinguirse!...

Un día el hotel del parque Monceau se conmovió con una terrible crisis

de nervios y de lágrimas, acompañada de choque de puertas, llegada de

automóviles, desfile de médicos. El teniente Delfour estaba herido de

gravedad por la explosión de una granada. Odette quiso marchar al lado

de su esposa inmediatamente.... ¡Imposible!

Luego quiso morir, mientras la madre permanecía erguida, silenciosa,

pálida, con los ojos parpadeantes y secos, mordiéndose los labios.

Al volver Odette á las reuniones íntimas, experimentó cierta

satisfacción. Ninguna amiga osaba ya compararse con ella.

--Mauricio está herido...gravemente herido.

Y todas se apiadaban del esposo seductor maltratado por la guerra.

La general admiración hizo que acabase por familiarizarse con las

misteriosas heridas. ¿Cómo serían éstas?... Se imaginó á su marido

cojeando, con una mana en un bastón y la otra apoyada en su brazo.

Formarían una pareja interesante. El porvenir les reservaba aún largas

horas de felicidad. Ella le protegería y le alegraría con ternuras de

madre y caricias de amante.

Una tarde, en la _rue Royale_, vió á un subteniente de pocos años, casi

un niño, que marchaba al lado de su novia con una manga vacía. Mauricio

también había perdido un brazo; estaba segura de ello. Por eso sus

cartas breves, de una alegría penosa, eran siempre dictadas.... ¡No

importa! Ella sería el apoyo de su esposo; su brazo sustituiría al brazo

ausente. Lo interesante era volver á contemplar su rostro, mirarse en

sus ojos claros, acariciadores y graciosamente irónicos. ¡Ay, cómo le

amaba!...

Las amigas la acogían siempre con la misma pregunta: «¿Cómo signe el

herido?...» Y ella contestaba con seguridad: «Mejor. Pronto vendrá á

París.»

Y pasaron meses; y llegaron cartas y más cartas de letra extraña,

dictadas por él. La madre, inquieta, interrogaba á, los antiguos amigos

de la familia, graves varones que indudablemente ocultaban algo.

--Las heridas son muchas; pero ya está fuera de peligro. ¡Valor! Lo

importante es que viva.

Una mañana Odette saltó de su lecho, súbitamente despertada por algo

extraordinario que conmovía el hotel. Al levantar la cortina de una

ventana, vió al otro lado de la verja un automóvil cerrado, con cruces

rojas. La marquesina de cristales de la escalinata apenas le dejó

distinguir á un grupo de hombres que subían cuidadosamente algo

envuelto, como un mueble frágil. Su corazón dió un salto. ¡Mauricio!...

Cuando, mal vestida, se deslizó por la escalera, corriendo á un salón

del piso bajo, los domésticos, azorados y trémulos, pretendieron

detenerla.

Entró, reconociendo inmediatamente la dolorosa cabeza que descansaba

sobre las almohadas de un diván. Era él, atrozmente desfigurado, con las

mejillas surcadas por el lívido arabesco de las cicatrices...pero era

él.

De sus ojos sólo quedaba uno. La falta del otro estaba oculta por una

venda negra que moldeaba la cuenca vacía. Luego vió su pecho cubierto

por el paño azul de una blusa vieja de oficial.

Pero al llegar aquí, la mujer vaciló sobre sus pies, como si la sorpresa

le asestase un puñetazo demoledor. Lanzó un grito.... El herido _no

continuaba_. Le faltaban los brazos, le faltaban las piernas, era un

tronco nada más, conservado por los prodigios de la cirugía; un harapo

rematado por una cabeza viviente.

--¡Odette!... ¡Odette!--murmuró la boca negruzca humildemente, como si

pidiese perdón por su desgracia.

Pero Odette había huído, atropellando á los criados que se agolpaban en

la puerta. Corrió por los pisos superiores sin saber lo que hacía, dando

alaridos como una mujer de la tragedia griega, chocando con muebles y

paredes, mesándose los sueltos cabellos, loca de sorpresa, de miedo, de

repugnancia.... ¡Y aquel monstruo era su marido!... ¡Y habría de

permanecer junto á él toda su existencia!...

--¡Odette!... ¡Odette!--seguía gimiendo abajo la voz humilde y dolorosa.

El ojo único se fué cubriendo de lágrimas. Todos huían. Hasta los

criados le contemplaban á distancia, buscando ocultarse cada uno detrás

del compañero, queriendo escapar y avanzando la cabeza al mismo tiempo,

con una expresión doble de curiosidad y repugnancia.

Evitaban el tocarle, como si fuese algo gelatinoso y repelente: un pulpo

con las extremidades rotas; una mucosidad informe de la guerra. Él, que

tenía millones y tanto amaba la vida, quedaba al margen de la vida para

siempre.

Su miseria había creado el vacío. Hasta su perro favorito gemía á corta

distancia, avanzando y retrocediendo en violentas alternativas de

lealtad y de espanto.

Y así sería siempre.... ¡Ay, morir! ¡Morir cuanto antes!

De pronto, el grupo de domésticos se deshizo. Alguien había entrado con

violencia. El monstruo vió un peinado blanco que venía hacia él; sintió

en sus cortadas mejillas el contacto de una boca que acababa por

acariciar frenética el vendaje de su órbita hueca. Un rocío tibio mojó

su cuello; unos brazos nerviosos de pasión abarcaron su tronco informe,

como si fuesen á mecerle....

--¡Mamá!... ¡Oh, mamá!

--¡Hijo mío! ¡hijo mío!

El préstamo de la difunta · 第 11 / 50 题