IV

Era un chileno viejo llamado señor Juanito; pero las gentes del país,

siempre predispuestas á cortar las palabras, sólo dejaban dos letras del

tratamiento respetuoso á que su edad le daba derecho, llamándole _ño_

Juanito.

Siempre que abría su boca dejaba sumido á Ovejero en una resignada

humildad. Su admiración por el viejo era tan grande, que consideró

detalle de poca importancia el hecho de que no hubiese atravesado nunca

la Puna de Atacama, ni conociera el lugar donde estaba el sepulcro de la

difunta Correa. Un hombre de sus méritos sólo necesitaba unas cuantas

explicaciones para hacer lo que le encargasen, aunque fuera en el otro

extremo del planeta.

Había vivido en la perpetua manía ambulatoria de algunos «rotos»

chilenos, que llevan de la infancia á la muerte una existencia

vagabunda. Deleitaba á Rosalindo contándole sus andanzas en el Japón, su

vida de marinero á bordo de la flota turca y sus expediciones siendo

niño á la California, en compañía de su padre, cuando la fiebre del oro

arrastraba allá á gentes de todos los países. ¡Lo que podía importarle á

un hombre de su temple lanzarse por la Puna de Atacama, hasta dar con la

tumba de la difunta Correa!... Cosas más difíciles tenía en su historia,

y no iba á ser la primera ni la décima vez que atravesase los Andes,

pues lo había hecho hasta en pleno invierno, cuando los senderos quedan

borrados por la nieve y ni los animales se atreven á salvar la inmensa

barrera cubierta de blanco.

Escuchaba con impaciencia los detalles facilitados por Rosalindo, al que

llamaba siempre «el cuyano», apodo que los chilenos dan á los

argentinos.

--No añadas más--decía--. Desde aquí veo con los ojitos cerrados el

rumbo que hay que seguir y la sepultura de la difunta, como si no

hubiese visto otra cosa en mi vida.... Pero hablemos de cosas más

interesantes, «cuyano».... ¿Cuánto piensas enviar á esa pobre señora?

El gaucho, teniendo en cuenta lo que iba á costarle el mensajero,

insistía en repetir un envío de treinta pesos. Pero _ño_ Juanito

protestaba de la cifra, juzgándola mezquina.

--Piensa que la difunta te está aguardando hace muchos meses. ¡A saber

lo que llevará penado en el Purgatorio por no haber recibido tu dinero á

tiempo! Tal vez le faltaban unas misas nada más para irse á la gloria, y

tú se las has retardado.... Creo, «cuyano», que deberías rajarte hasta

cincuenta pesos.

Rosalindo acabó por aceptar la cifra, ya que este desembolso iba á

librarle de nuevos encuentros con la difunta.

Más difícil fué llegar á un acuerdo con _ño_ Juanito sobre sus gastos de

viaje.

Por menos de cien pesos no se movía de su tierra natal. El era muy

patriota, y como estaba viejo, sólo por una suma decente podía correr

el riesgo de que lo enterrasen fuera de Chile. Además, era justo que «el

cuyano» lo indemnizara por los grandes perjuicios profesionales que iba

á sufrir. Y enumeró todas las tabernas, llamadas «pulperías», y todas

las casas «de remolienda» donde por la noche tocaba la guitarra cantando

_cuecas_ y relatando cuentos verdes.

--Tú mismo puedes ver cómo buscan en todas partes á _ño_ Juanito, y eso

te permitirá apreciar el dinero que pierdo por servirte.... Pero lo hago

con gusto porque me eres simpático, «cuyano».

Y el gaucho, convencido de que no debía insistir, se dedicó á juntar la

cantidad acordada, para que el viaje se realizase cuanto antes.

Al fin entregó un día los ciento cincuenta pesos á _ño_ Juanito.

--Mañana mismo--dijo el viejo--salgo para la Puna, y recto, recto, me

planto no más en la tumba de esa señora. No añadas explicaciones;

conozco la travesía. Antes de un mes me tienes aquí con el recibo.

Y se marchó.

Ovejero pasó unos días en plácida tranquilidad. Seguía bebiendo, pero

esto no le impedía trabajar briosamente, pues le era necesario reunir

nuevas economías después de permitirse el lujo de enviar un emisario

especial al desierto de Atacama. Aunque volvió muchas noches á su

casucha tambaleándose ó apoyado en el brazo de un compañero, jamás le

salía al encuentro la mujer del manto negro llevando el niño de una

mano. Tampoco despertaba á sus camaradas durante la noche con los

monólogos de un ensueño violento.

Transcurrió un mes sin que regresase el viejo. Rosalindo no se alarmó

por esta tardanza. El tal _ño_ Juanito era un aventurero aficionado á

cambiar de tierras, y tal vez había encontrado la de Salta muy á su

gusto y andaba por las casas «de alegría» de la ciudad tañendo su

guitarra y haciendo bailar la _chilenita_ á las mestizas hermosotas.

Pero al transcurrir el segundo mes sin que llegase carta, Ovejero se

mostró inquieto.

Precisamente así que perdió su tranquilidad, la mujer del manto con el

niño al lado volvió á aparecérsele. Tenía los ojos más redondos y más

ardientes que antes. Su cara era más enjuta y cobriza, como si estuviese

tostada por las llamas del Purgatorio. Y el niño.... ¡ay, el niño! El

gaucho no podía mirarle sin un estremecimiento de terror.

En vano habló á gritos para que le entendiese esta mujer que parecía

sorda y muda, concentrando toda su vida en la mirada.

--¿Qué ocurre, señora?... Yo he enviado el dinero. ¿No ha visto usted á

_ño_ Juanito?

Pero un estallido de maldiciones le cortó la palabra, haciendo huir á la

visión.

--¡Cállate, «cuyano» del demonio!--le gritaban los compañeros de

alojamiento--. Ya estás hablando otra vez de la difunta y de la

plata.... ¿Es que mataste alguna mujer allá en tu tierra, antes de

venirte aquí?

Al día siguiente, Rosalindo estaba tan preocupado que no acudió al

trabajo.

--Algo pasa que yo no sé--se decía--. ¿Habrán matado a _ño_ Juanito, lo

mismo que mataron al otro?...

Como necesitaba adquirir noticias del ausente, se fué al puerto de

Antofagasta, donde el viejo chileno tenía numerosos amigos.

Le bastó hablar con uno de ellos para convencerse de que _ño_ Juanito no

había muerto y estaba á estas horas en pleno goce de su salud y su

alegría vagabundas. La misma persona empezó á reir cuando «el cuyano» le

habló de la marcha audaz del viejo á través de la Puna de Atacama. Ya

no tenía piernas _ño_ Juanito para tales aventuras terrestres, y por eso

sin duda había preferido embarcarse con dirección al Sur en uno de los

vapores chilenos que hacen las escalas del Pacífico. Según las últimas

noticias, él y su guitarra vagaban por Valparaíso, para mayor delicia de

los marineros que frecuentan las casas alegres.

Rosalindo lamentó que Valparaíso no estuviese más cerca, para

interrumpir las _cuecas_ cantadas por el viejo con una puñalada igual á

la que le había hecho huir de Salta.... El sacrificio de los ciento

cincuenta pesos resultaba inútil, y la difunta vendría á turbar de nuevo

sus noches con aquella presencia muda que parecía absorber su fuerza

vital, dejándole al día siguiente anonadado por una dolencia

inexplicable.

Acudió fielmente la muerta á esta cita que él mismo la había dado en su

imaginación.

Todas las noches le esperó en el camino, entre el café y su alojamiento,

deslizándose luego en éste, á pesar de que el gaucho se apresuraba á

cerrar la puerta, dándose con ella en los talones. ¡Imposible librarse

de su presencia y de la de aquel niño, cuya cara de muerto seguía

espantándole á través de sus párpados cerrados!...

--Tendré que ir yo mismo--se dijo con desesperación--. Debo hacer ese

viaje, aunque me siento enfermo y sin fuerzas. Es preciso.... es

preciso.

Pero retardaba el momento de la partida, por flojedad física y por la

atracción de un país en el que ganaba desahogadamente el dinero y no se

sentía perseguido por los hombres.

Acabó por familiarizarse con la terrible visión que le esperaba todas

las noches. Cuando por casualidad estaba menos ebrio y la mujer del

manto y su niño tardaban en presentarse, el gaucho experimentaba cierta

decepción.

Una noche, con gran sorpresa suya, no vió á la difunta y á su pequeño.

Permaneció despierto en su cama hasta el amanecer, aguardando en vano la

terrible visita.

«Va á venir», pensaba, encontrando incomprensible esta ausencia,

mientras en torno de él roncaban los compañeros exhalando un vaho

alcohólico.

La tranquilidad de la noche acabó por infundirle un nuevo miedo, más

intenso que todos los que llevaba sufridos.

Adivinó que iba á pasar algo extraordinario, algo inconcebible, cuyo

misterio aumentaba su pavor.

Y así fué.

A la noche siguiente, una mujer le esperaba en el mismo lugar donde

otras veces había salido á su encuentro la difunta Correa. Pero esta

mujer no estaba envuelta en un manto negro ni la acompañaba un niño.

Avanzó sola hacia él, y al estar cerca, sacó un brazo que llevaba oculto

en la espalda, mostrando pendiente de la mano una luz.

Rosalindo la reconoció, aunque no la había visto nunca. Era la «Viuda

del farolito» y al mismo tiempo era también la difunta Correa.

El brazo seco y verdoso, que parecía interminable, se extendió ante él,

sirviendo de sostén á un farol rojizo que empezó á balancearse.... Y

sintiendo el empujón de una fuerza irresistible, el gancho marchó hacia

su alojamiento, iluminado por la linterna danzante, que esparcía en

torno un remolino de manchas sangrientas y fúnebres harapos.

Entró en la casa, y la luz tras de él. Se tendió en la cama, y el farol

quedó inmóvil ante sus ojos. Más allá de su resplandor columbró en la

penumbra el rostro de la «viuda», que era el mismo de la difunta, pero

no inmóvil y severo, sino maligno, con una risa devoradora.

Al fin, el hombre empezó á gritar, tembloroso de miedo:

--¡Yo pagaré! ¡Es la falta de los otros!... Pero ¡por Dios, apague el

farol; que yo no vea esa luz!

Y como en las noches anteriores, los durmientes se despertaron lanzando

juramentos; mas á pesar de sus protestas, Rosalindo siguió viendo á la

«Viuda del farolito» y su terrible luz.

--¡Ahí! ¡ahí!--gritaba despavorido, señalando al invisible fantasma.

Las camaradas convinieron en la necesidad de obligar á este loco á que

buscase otro alojamiento; pero la expulsión no impresionó gran cosa á

Rosalindo. ¡Para lo que le quedaba de vivir allí!... Ya que era

imposible hacer llegar hasta la tumba de su acreedora el dinero

prestado, iría él mismo á pagar su deuda.

Inmediatamente abandonó el trabajo é hizo sus preparativos de viaje. El

tiempo no era propicio para emprender la travesía de la Cordillera por

el desierto de Atacama. Iba á empezar el invierno. Pero Rosalindo movía

la cabeza de un modo ambiguo cuando le aconsejaban que desistiese del

viaje. Los otros no podían adivinar que su resolución no aceptaba

demoras.

La «Viuda del farolito» era una bruja implacable, y su aparición

significaba un plazo mortal. El que la encontraba debía perecer antes de

un año. Pero él tenía la esperanza de que si iba á pagar su deuda

inmediatamente la amenaza quedaría sin efecto. ¿Cómo podría castigarle

la bruja después de haber cumplido su compromiso?

La falta de voluntad, consecuencia de su embriaguez, le hizo demorar el

viaje algunas semanas. Sus compañeros de alojamiento toleraban que

continuase entre ellos, con la esperanza de que partiría de un momento á

otro. Transcurrió el tiempo sin que volvieran á presentarse la enlutada

con el niño, ni la viuda con el farol. Ovejero bebía y su embriaguez no

se poblaba de visiones. Pero una noche dió un alarido de hombre

asesinado que despertó á sus camaradas.

No veía á nadie, pero unas manos ocultas en la sombra tiraban de una de

sus piernas con fuerza sobrenatural. Hasta creyó oír el crujido de sus

músculos y sus huesos. A pesar de que los amigos rodeaban su cama las

manos invisibles siguieron tirando de la pierna, mientras él lanzaba

rugidos de suplicio.

En la noche siguiente se repitió la misma tortura, acabando con la

quebrantada energía del gaucho. Sintió un terror pueril al pensar que

este suplicio podía repetirse todas las noches. Se acordaba de lo que

había oído contar sobre los tormentos que la justicia aplicaba en otros

siglos á los hombres. Iba á perecer descuartizado por aquellas manos

invisibles que le oprimían como tenazas, tirando de sus miembros hasta

hacerlos crujir.

No dudó ya en emprender el viaje. Necesitaba ir á la tumba del desierto,

no sólo para recobrar su tranquilidad; le era más urgente aún librarse

del dolor y de la muerte.

Malvendió todos los objetos que había adquirido en su época de

abundancia, cuando no sabía en qué emplear los valiosos jornales; cobró

varios préstamos hechos á ciertos amigos y de los que no se acordaba

semanas antes. Así pudo comprar víveres y una mula vieja considerada

inútil para el acarreo del salitre.

Los dueños de las «pulperías» enclavadas en la vertiente de los Andes

sobre el Pacífico le vieron pasar hacia la Puna de Atacama con su mula

decrépita pero todavía animosa. Tenía la energía de los animales

humildes, que hasta el último momento de su existencia aceptan la

esclavitud del trabajo. En vano aquellos hombres dieron consejos al

gaucho para que volviese atrás. Un viento glacial soplaba en la desierta

extensión de la altiplanicie. Los últimos arrieros que acababan de bajar

de la Puna declaraban el paso inaccesible para los que vinieran detrás

de ellos. Rosalindo seguía adelante.

Todavía encontró en los senderos de la vertiente del Pacífico á un

arriero boliviano, con poncho rojo y sombrero de piel, que guiaba una

fila de llamas, cada una con dos paquetes en los lomos. Venía huyendo de

los huracanes de la altiplanicie.

--No pase--dijo el indio--. Créame y siga camino conmigo. Allá arriba es

imposible que pueda vivir un cristiano. El diablo se ha quedado de señor

para todo el invierno.

Pero Ovejero necesitaba ir al encuentro del diablo, para hacerse amigo

de él y que no lo atormentase más.

Siguió adelante, hasta llegar á la terrible Puna. Entró en el inmenso

desierto sin agua y sin vegetación. Se infundía valor comparando su

viaje actual con el que había hecho dos años antes. Ahora no iba solo.

Una mula llevaba los víveres necesarios para un mes de viaje. Además,

podía montar en ella al sentirse cansado, por ser actualmente sus

jornadas más largas que cuando pasó á pie por estos mismos sitios....

Pero ¡ay! entonces, aunque no tenía víveres, contaba con el vigor de la

coca, ó mejor dicho, con la fuerza de una juventud sana que había ido

disolviéndose allá abajo, en la orilla del mar.

Le envolvieron los huracanes fríos de la altiplanicie, que parecían

levantados por las alas de aquel demonio glacial, señor del desierto,

de que hablaba el indio boliviano. La mula se negaba algunas veces á

marchar, temiendo que el huracán la echase al suelo; pero el gaucho se

agarraba á su lomo para no verse derribado igualmente por el viento y

pinchaba al animal con la punta del cuchillo, obligándola así á reanudar

su trote.

«¡Adelante! ¡adelante!» Marchaba como un sonámbulo, concentrando toda su

voluntad en el deseo de llegar pronto á la tumba.

Pasó días enteros sin tocar las alforjas de víveres. No sentía hambre, y

detenerse á comer representaba una pérdida de tiempo. Hacía alto al

cerrar la noche para no perderse en la obscuridad; pero apenas se

extendían las primeras luces del amanecer sobre este mundo desierto,

reanudaba la marcha. Su pan se lo pasaba á la mula, dándole además

generosamente los piensos guardados en un saco sobre las ancas del

animal. Podía comerlos todos: lo importante era que continuase

marchando.... Pero una mañana, en mitad de la jornada, cuando Ovejero se

creía cerca de la tumba, el animal dobló sus patas y acabó por tenderse

en el suelo. Fué inútil que lo golpease; y al fin, comprendiendo que no

podría contar más con su auxilio, el hombre siguió adelante. Volvería al

día siguiente para recoger lo que aún quedaba en las alforjas. Por el

momento, lo urgente era llegar hasta la difunta Correa.

Al marchar solo, sin el resguardo proporcionado por el cuerpo de la

mula, se vió envuelto en las trombas que giraban sobre la desolada

inmensidad, levantando columnas de una arena cortante, polvo de rocas.

Repetidas veces tuvo que tenderse, no pudiendo resistir el empuje de los

torbellinos. En una de ellas, sintió que el viento tiraba de sus piernas

poniéndolas verticales, mientras él se mantenía agarrado á un pedrusco.

Era tal su voluntad de avanzar, que marchó á gatas, aprovechando los

intervalos entre las ráfagas. Hubo una larga calma, y entonces caminó

verticalmente, reconociendo algunos detalles del paisaje que indicaban

la proximidad del lugar buscado por él.

Consideraba como una salvación poder marchar incesantemente. El frío de

la altiplanicie había penetrado hasta sus huesos, dejándole yertos los

brazos. En torno de su boca el aliento se convertía en escarcha. Los

pelos de su bigote y de su barba se habían engruesado con una costra de

hielo. Todo el calor de su vida parecía concentrarse en su cabeza y sus

piernas.

Ya distinguía la fila de pedruscos semejante á las ruinas de una pared.

Después vió el montón que formaba la tumba y los dos maderos en cruz.

Empezaba á soplar de nuevo el huracán cuando llegó ante el rústico

mausoleo del desierto. Pero el gaucho parecía insensible á las

ferocidades de la atmósfera y de la tierra. Toda su atención la

concentraba en sus ojos, y vió al pie de la cruz el mismo bote que

servía para recoger las limosnas, la misma piedra que ocupaba su fondo

para sostenerlo, todo igual que dos años antes. Únicamente la vasija

tenía su metal más oxidado y tal vez la piedra que la sujetaba no era la

misma.

«¡Al fin!...» ¡Cómo había deseado este momento!... Intentó quitarse el

sombrero antes de hablar con la difunta, pero no pudo. No tenía manos,

ni tampoco brazos. Pendían de sus hombros, pero ya no eran de él.

Consideró como un detalle insignificante permanecer con el sombrero

calado, y quiso hablar. Pero aunque hizo un esfuerzo extraordinario, no

salió de su boca el más leve sonido. Tampoco dió importancia á este

accidente. Su pensamiento no estaba mudo, y bastaría para que él y la

difunta se entendiesen.

--Aquí estoy, difunta Correa--dijo mentalmente--. He tardado un poco,

pero no fué por mi culpa: bien lo sabe usted y su hijito. Traigo el

préstamo, con los intereses que le prometí. Son cuarenta pesos.... No he

podido traer más.... Me ha sido imposible juntar más....

Fué á sacarlos de su cinto para que los viese la difunta, depositándolos

después bajo la piedra, en el mismo lugar donde dejó su recibo, pero sus

manos le habían abandonado. Hizo un esfuerzo desgarrador, sin conseguir

tampoco que sus brazos se moviesen. ¡Muertos para siempre!... La misma

parálisis había empezado á extenderse por sus piernas al quedar

inmóviles, sin el cálido aceleramiento de la marcha.

De pronto se doblaron y cayó de rodillas. Luego, sin saber por qué, y

contra el mandato de su voluntad, que le gritaba: «¡No te tiendas! ¡no

te entregues!», se fué acostando lentamente, como si la tierra tirase de

él proporcionándole una voluptuosidad dolorosa.

Quería dormir, pero al mismo tiempo el deseo de dejar bien claras las

cuentas le hizo continuar sus explicaciones mentales. Él había traído el

dinero: ¿por qué no quería aceptarlo la difunta? «Le digo,

señora--continuó--, que no fué culpa mía. Me engañaron todos los que yo

envié cuando era tiempo.... Pero ¿es que no quiere usted escucharme?...»

Notó repentinamente que alguien le oía. Un ser viviente había surgido

entre las piedras de la tumba, y avanzaba hacia él arrastrándose. Esta

manera de moverse no le pareció extraordinaria. También él vivía en este

momento á ras de tierra.

Como le era imposible levantar su cabeza del suelo, oyó cómo se

aproximaba aquel ser viviente, pero sin poder verlo. Debía ser la

difunta Correa, que, apiadada de su inmovilidad, había abandonado la

tumba para tomarle el dinero del cinto. Tal vez venía con ella la

«Viuda del farolito».

Escuchó también cierto ruido de dilatación, semejante al bostezo de un

hambre larga y fiera. Pensó, con un estremecimiento mortal, si estas dos

larvas implacables se arrastrarían hacia él para chupar su sangre,

adquiriendo de este modo un nuevo vigor que les permitiera seguir

apareciéndose á los hombres.

Algo enorme y obscuro se interpuso entre su cara y la luz del desierto

invernal. El gaucho vió unos ojos redondos junto á sus propios ojos, que

parecían mirarse en el fondo de sus pupilas. Se acordó de las miradas

fijas y ardientes de la difunta. Éstas tenían el mismo fulgor

amenazante, pero no eran negras, sino verdes y con reflejos dorados.

Inmediatamente sonó á un lado de su cráneo un rugido, que retumbó para

él como un trueno capaz de conmover todo el desierto.

Se abrió ante sus pupilas un abismo invertido de color de púrpura, con

espumas babeantes y erizado de conos de marfil, unos agudos, otros

retorcidos. Al mismo tiempo, sobre su pecho cayeron dos columnas duras

como el hueso, apretándole contra la tierra, manteniéndolo en la

inmovilidad de la presa vencida....

Era el puma.

El préstamo de la difunta · 第 9 / 50 题