Pasó cerca de un año trabajando en las explotaciones salitreras
establecidas por los chilenos en la costa del Pacífico. Vivió unas veces
cerca de Antofagasta, otras en Iquique y hasta en Arica, junto á la
frontera del Perú.
El trabajo no era extremadamente duro y se ganaban buenos jornales.
Europa necesitaba abono para sus campos, y especialmente en Alemania los
arenales del Brandeburgo se negaban á dar patatas y remolachas si no
recibían antes la nutrición del ázoe solidificado en las llanuras
chilenas.
Todos los pueblos vivían entonces en paz, y era preciso aumentar la
producción del suelo para que una humanidad exuberante en demasía no se
quedase sin comer. Llegaban vapores y veleros á los puertos del Pacífico
cargados de carbón, y partían semanas después llevando sus bodegas
repletas de salitre. Miles y miles de hombres trabajaban en el arranque
de esta tierra blanca contenedora de un excitante fertilizador. Los
brazos eran pagados con generosidad y el dinero corría abundantemente.
Rosalindo celebró como una protección de la suerte el haber huído de su
país natal, librándose para siempre de su pobre y ruda profesión de
arriero. En pocas semanas ganó lo que al otro lado de los Andes le
hubiese costado un año de trabajo. Además, su existencia era mucho más
fácil y dulce en esta tierra de emigración.
Hombres de diversos países trabajaban en las salitreras, y casi todos
ellos vivían sin familia, pudiendo gastar alegremente sus considerables
jornales. De aquí que, en días de fiesta, los obreros de gustos
alcohólicos se entregasen á las más desordenadas fantasías en los cafés
y los despachos de licores. No sabían cómo acabar su dinero en esta
tierra de vida improvisada y escasas diversiones. Algunos disparaban sus
revólveres escogiendo como blanco las botellas alineadas en la
anaquelería detrás del mostrador. Era un lujo destrozar á tiros las
botellas de champaña traídas de Europa, pagándolas luego á unos precios
que hubiesen escandalizado á muchos ricos. Otros, para beber un simple
vaso de vino, hacían abrir la espita de un tonel, dejando que chorrease
en su vaso durante mucho tiempo lo mismo que una fuente, perdiéndose
enormes cantidades de líquido. Luego pagaban con orgullo, delante de
todos, para que se enterasen de su vanidad.
Con estas fantasías y otras menos confesables engañaban su tedio en este
país abundante en dinero pero de aspecto entristecedor. La riqueza
estaba en la profunda capa de salitre que cubría el suelo; pero esta
tierra blanca que servía para fertilizar los campos de Europa no
toleraba aquí ninguna vegetación. Una esterilidad valiosa pero triste
rodeaba las nuevas poblaciones. El mayor lujo de los ricos era tener en
sus casas unas cuantas macetas de flores. El agua para su riego había
costado tan cara como los vinos más célebres.
Las interminables recuas de mulas, al acarrear del interior á los
puertos las cargas de salitre, parecían acordarse melancólicamente de
los campos donde habían nacido, con árboles, hierbas y arroyos. En las
casas inmediatas á los caminos de esta tierra estéril, los dueños
evitaban pintar sus cercas de verde, pues los pobres animales, engañados
por el color, empezaban á roer los barrotes de madera, tomándolos por
vegetales surgidos del suelo.
Rosalindo acabó por adquirir el mismo aspecto de los obreros del país.
Ya no quedaba nada en él del gaucho salteño. Se había cortado las
melenas y transformado su traje. Además, siguió con atención, en los
diversos lugares de su trabajo, las predicaciones de algunos obreros
procedentes de Europa que hablaban contra las compañías salitreras,
incitando á los compañeros á la revuelta. Pero una huelga seguida de
incendios y saqueos fué sofocada inmediatamente por los soldados
chilenos con abundante empleo de ametralladoras, lo que devolvió la
prudencia á Rosalindo y á la mayoría de sus camaradas.
Cuando llevaba ocho meses trabajando, experimentó una gran alegría al
encontrarse con un hombre de su país que deseaba regresar á Salta.
La vida de este hombre en las salitreras había sido menos agradable y
fructuosa que la de Ovejero. Trabajó y ganó buenos jornales en los
primeros meses; pero era jugador, y todas sus ganancias se quedaron en
las llamadas casas «de remolienda». Al final, sus deudas y sus continuas
peleas le obligaban á abandonar el país.
Rosalindo, por ser un compatriota, atendió todas sus peticiones de
dinero. Él no era jugador. Su vicio dominante había sido siempre la
bebida, y aquí que ganaba mucho podía satisfacerlo con largueza, lo
mismo que un caballero.
Al saber que su compatriota iba á volver á Salta por la Puna de Atacama,
el gaucho, que era hombre de honor, incapaz de olvidar sus compromisos,
pensó en la antigua deuda, que le preocupaba con frecuencia y hasta
algunas noches le había quitado el sueño.
Mientras obsequiaba á su compatriota en un café de Antofagasta, le fué
explicando su asunto.
--Tú pasarás por donde la difunta Correa, ¿no es eso, hermano?... Pues
bien; cuando llegues á su sepultura, le dejas bajo la piedra estos
treinta pesos. Ella me dió ocho y unos centavos, pero hay que ser
rumboso con los que nos favorecen, y además la pobre tal vez está
necesitada de misas.
Pidió también á su camarada que retirase el recibo escrito en un pedazo
de periódico que había dejado en la tumba ó que fuese en busca del
encargado de recoger las limosnas para pedirle el tal documento. Los
asuntos de dinero deben llevarse con limpieza, sobre todo si hay
muertos de por medio. Cuando el camarada tuviese el recibo en su poder,
debía enviárselo por correo para su tranquilidad.... Y le entregó unos
cuantos pesos más por la molestia que le pudiese ocasionar el encargo.
Transcurrieron varios meses. Rosalindo trabajaba todos los días como un
obrero de buenas costumbres. A pesar de que había sido hombre de pelea,
evitaba las cuestiones en este mundo compuesto de gentes bravas y de
todas procedencias, que para ir á ganarse el jornal llevaban siempre el
cuchillo y el revólver. Él deseaba únicamente que le dejasen embriagarse
en paz. De día trabajaba en la salitrera y de noche se emborrachaba en
algún cafetín predilecto, hasta que ganaba su alojamiento tambaleándose,
ó lo llevaba hasta él un compañero casi á rastras.
De pronto se sintió enfermo. El médico, un joven recién llegado de
Santiago, atribuyó su dolencia á los excesos alcohólicos; pero él creía
saber mejor que este chileno presuntuoso cuál era la verdadera causa de
su enfermedad.
Dormía mal y su sueño estaba cortado por terribles visiones. Esta vida
de alucinación dolorosa había empezado para él cierta noche en que se
dirigía á su casa completamente ebrio.
Una mujer le salió al paso: una mujer enjuta de carnes, con la tez algo
cobriza y unos ojos grandes, negros, ardientes. Iba envuelta en un manto
obscuro que había perdido su primer tinte y era del color llamado "ala
de mosca". Agarrado á una de sus manos marchaba un niño cuya cabeza
apenas le llegaba á las rodillas.
Rosalindo no conocía á la difunta Correa ni jamás encontró á alguien que
pudiera describírsela. Pero al ver a esta mujer por primera vez, quedó
convencido de su identidad. Era la difunta Correa; no podía ser otra,
¡Aquellos ojos!... ¡Aquel niño que la acompañaba!...
Se quitó el sombrero con la misma expresión reverente que cuando había
rezado ante su tumba.
--¿En qué puedo servirla, señora?--dijo--. ¿Qué desea de mí?...
La mujer permaneció muda, y sus ojos redondos, de un ardor obscuro, le
miraron fijamente. Al entrar en su casucha cerró la puerta, y la
difunta, siempre con su niño de la mano, se filtró á través de las
maderas.
Dormía Rosalindo en una pieza grande con siete compañeros más, pero
aquella hembra dolorosa, como venía del otro mundo y todos los seres de
allá dan poca importancia á las preocupaciones morales de la tierra, se
metió entre tantos hombres, sin vacilación, permaneciendo erguida junto
á la cama de Ovejero.
Cada vez que éste abría los ojos la encontraba frente á él, inmóvil,
rígida, mirándole con sus pupilas ardientes y fijas, no alteradas por el
más leve parpadeo.
A la mañana siguiente, el gaucho creyó haber atinado con la explicación
de este encuentro. La pobre difunta había venido indudablemente á darle
las gracias por los enormes réditos con que había acompañado la
devolución del préstamo. Si permanecía muda y con aquellos ojos que
infundían espanto, era porque las almas en pena no pueden mirar de
distinto modo.
Afirmado en esta creencia, no experimentó sorpresa alguna cuando, en la
noche siguiente, al regresar ebrio de su cafetín, tropezó con la
enlutada y su niño cerca de la casa.
Por segunda vez se quitó el sombrero, gangueando sus palabras con una
amabilidad de borracho.
--No tiene usted nada que agradecerme, señora. La palabra es palabra, y
lo que siento es no haber podido enviarle más para que la digan misas.
El año que viene, cuando algún amigo mío vaya para allá, tal vez le haga
otra remesa.
Pero la mujer parecía no oírle y continuó fijando en él sus ojos
inmóviles, mientras la cara del niño--una cara de muerto--se agitaba con
el temblor de un llanto sin lágrimas y sin ruido.... Y la difunta le
acompañó otra vez hasta su cama, manteniéndose inmóvil junto á ella, y
desapareciendo únicamente con las primeras luces del amanecer.
Este encuentro se fué repitiendo varias noches. Rosalindo bebía cada vez
más, viendo en el alcohol un medio seguro de sumirse en el sueño y
evitar tales visiones; pero contra su opinión, las visitas de la difunta
se hacían más largas así como él aumentaba su embriaguez. Algunas veces,
hasta en pleno sol, cuando trabajaba en el arranque de las rocas de
salitre, la difunta surgía frente á él durante sus minutos de descanso.
En vano le dirigía preguntas. La enlutada era muda y únicamente sabía
mirarle con sus pupilas redondas y severas, mientras el niño continuaba
su eterno llanto sin humedad y sin eco.
«Hay en este asunto algo que no comprendo--pensaba Rosalindo--. ¿No le
habrá entregado aquel amigazo el dinero que le di?»
Se dedicó á averiguar el paradero de su compatriota. Pensó por un
momento si se habría quedado con los pesos que le entregó para la
muerta; pero inmediatamente repelió tal sospecha. Su camarada, aunque
algo bandido y de perversas costumbres, era muy temeroso de Dios é
incapaz de ponerse en mala situación con las ánimas del Purgatorio, á
las que tenía gran respeto y no menos miedo.
Al fin, un vagabundo que iba de boliche en boliche por las diversas
salitreras para robar con sus malas artes de jugador el dinero de los
trabajadores, le dió noticias sobre el desaparecido, después de repasar
los recuerdos de su propia vida complicada y aventurera. A su amigo lo
habían matado meses antes en un despacho de bebidas cerca de la
Cordillera, cuando se dirigía desde Cobija á tomar el camino de la Puna.
La cuchillada mortal había sido por cuestiones de juego.
El gaucho, que no quería dudar de que la difunta hubiese recibido su
préstamo con todos los intereses, quedó aterrado al recibir esta
noticia. Empezó á calcular los meses transcurridos desde que dejó su
recibo en la tumba del desierto. Hizo un gesto de satisfacción, como si
acabase de resolver un problema difícil, al convencerse de que iba
transcurrido más de un año, plazo que él mismo fijó en su papel. La
difunta tenía derecho á reclamar. Ahora comprendía sus ojos severos
fijos en él y la expresión dolorosa de aquella carita de muerto, que
lloraba y lloraba con el tormento de un hambre del otro mundo, por
faltarle el sustento de las misas.... ¡Y él, que despilfarraba sus
jornales en bebidas y otros vicios menos confesables, estaba retardando
la salvación de estos dos seres infelices al no devolverles un dinero
que necesitaban para la salud de su alma!...
Deseó que llegase pronto la noche y se le apareciese la difunta para
darle sus explicaciones de deudor honrado. Pero por lo mismo que su
deseo era vehemente, no pudo encontrarla en las cercanías de su casucha
por más vueltas que dió en torno de ella, y eso que en la presente
noche, para evitar palabras confusas y tergiversaciones en el negocio,
había bebido muy poco. Fué cerca de la madrugada cuando Ovejero, que
había conseguido dormirse, la vió al abrir sus ojos.
--Señora, la falta no es mía; es de un amigo que se ha dejado matar,
perdiendo mi dinero. Pero yo pagaré. Voy á buscar alguien que se
encargue de devolver el préstamo, aunque tenga que costearle los gastos
de viaje. Además aumentaré los intereses....
No pudo seguir hablando. La difunta desapareció con su niño, como si la
hubiesen tranquilizado estas promesas. Huía tal vez igualmente de los
gritos y blasfemias de los otros obreros, que habían sido despertados
por Rosalindo al hablar en voz alta. Estaban irritados contra el salteño
porque todas las noches mostraba predilección en su borrachera por
conversar con una mujer invisible. Y esta noche, en vez de hablar
buenamente, había dado gritos. Todos ellos empezaron á tener por loco á
su camarada.
En mucho tiempo no volvió Ovejero á encontrarse con su acreedora. Esta
ausencia le parecía natural. Las almas del otro mundo no necesitan
esforzarse para conocer lo que hacen los vivos, y ella sabía que su
deudor se ocupaba en devolverle el préstamo.
Trabajó horas extraordinarias, bebió menos, fué reuniendo economías,
pues deseaba hacerse perdonar con su generosidad el retraso en el pago
de la deuda. Al mismo tiempo buscaba un hombre que se encargase de ir á
depositar la cantidad sobre la tumba del desierto.
Por más averiguaciones que hizo en los diversos campamentos salitreros y
por más que escribió á los camaradas que tenía en otros puertos del
Pacífico, no pudo encontrar un viajero que se propusiera volver al Norte
de la Argentina siguiendo el desierto de Atacama.
«Tendré que enviar un hombre á mis expensas--pensó--. Esto será caro,
pero no importa; lo principal es dormir con tranquilidad y que no se me
aparezca la pobre difunta llevando el niño de la mano....»
¡Ay, el niño, con su llanto silencioso y su carita de muerto!... Este
era el que le aterraba más en la lúgubre visión. La mujer le infundía
respeto, pero no miedo; mientras que solamente al recordar el llanto
extraño del hijo, sentía correr un espeluznamiento da pavor por todo su
cuerpo. Era necesario redoblar su trabajo para reunir el dinero y
encontrar á un hombre que lo llevase hasta la tumba....
Y este hombre lo encontró al fin.