de la tragedia, no lo son tanto interpoladas en ella, por la escasa
relación que tienen con la misma, a pesar de la contraria aseveración
de algunos críticos modernos alemanes. Será todo lo más una digresión
poética que hace Eurípides, pero es indudable también que en ninguna
otra tragedia suya hay tan lejana alusión en los cantos del Coro
al argumento o a los personajes del mismo. En los últimos versos
parece que atribuye las desdichas de Helena a su indiferencia hacia
el culto de la _Mater Deorum_, cuidadosa solo de su belleza; pero
esto, suponiendo que no haya habido transcendentales interpolaciones,
no obstante las correcciones de Hermann, Hartung y otros sabios
filósofos, en nada debilita nuestra opinión, puesto que de todas
maneras resulta que los cantos del Coro están en contradicción con
lo restante de la tragedia. ¿No ha dicho antes el poeta que si el
rapto de Helena ha sido origen de la guerra de Troya, solo debe
atribuirse a Afrodita, que prometió su posesión a Paris por haberle
adjudicado la palma de la belleza? ¿No ha dicho también que Hera,
para vengarse de Paris y de Afrodita, formó vano fantasma, engañando
con él a griegos y troyanos, y transportando a Egipto a la verdadera
Helena? Verdad es que el mismo Eurípides afirma otras veces que la
grave contienda de aqueos y frigios era obra de Zeus, a fin de librar
a la madre Tierra de tantos hombres como oprimían su seno; pero aun
concediendo al poeta libérrima facultad de alterar la tradición a su
antojo, y por tanto la de variar de opinión cuando le parece, siempre
resulta en definitiva que este canto del Coro, cuyo objeto es achacar
los infortunios de la hija de Leda a su indiferencia religiosa, tiene
más trazas de adición poética, extraña a la composición, que de parte
esencial de la misma.
Observen también los lectores que el poeta confunde a Cibeles,
Deméter y Dioniso, los atributos de cada uno y las ceremonias
religiosas del culto de estas tres deidades, acaso porque realmente
los unía cierto vínculo común, puesto que Cibeles es la Tierra,
Deméter la diosa que enseñó a los hombres su cultivo, y Dioniso el
que ofreció a los mortales el vino.
[373] Alusión a los misterios de Eleusis.
[374] Helena hace aquí y posteriormente malignas alusiones, que los
espectadores debían comprender fácilmente, a expensas de Teoclímeno.
Creemos, sin embargo, que no todas están en su lugar, porque la
crítica situación de Helena momentos antes de acometer su atrevida
empresa, de la cual depende su salvación y la de su esposo, expuesta
a fracasar inesperadamente por cualquier suceso imprevisto, no era,
sin duda, la más conveniente para hablar de esta manera. Acaso
sea nuestro escrúpulo infundado; pero en ocasiones semejantes no
es costumbre entre los mortales expresarse así. Parece que habla
Eurípides, no Helena.
[375] El texto griego dice: ῥοθίοισι μάτηρ. Ῥόθος significa ruido,
rumor como de olas, torrentes, remos, etc. El poeta llama madre a la
nave porque, al cortar las olas, hacen estas ruido.
[376] Γαλάνεια en griego, deidad y nombre creado por Eurípides,
derivado de γαλήνη, calma marina, tiempo sereno.
[377] Micenas, fundada por Perseo, famoso héroe griego, hijo de
Zeus y Dánae. Acrino, padre de esta, temeroso de que la sedujeran,
la encerró en una torre, bien guardada, en donde penetró el rey del
Olimpo, convertido en finísima lluvia de oro. El fruto de esta unión
fue abandonado a la merced de las olas, que lo llevaron a la costa
de Serifos, cuyo rey Polidectes lo adoptó por hijo. Mató, ya hombre,
a las Gorgonas, de cuya sangre brotó el caballo alado Pegaso, con
cuyo auxilio libertó a Andrómaca del monstruo marino que había de
devorarla.
[378] El Eurotas.
[379] Llamábanse Leucípides las vírgenes sacerdotisas Febe e Hilaíra,
hijas de Leucipo, de las cuales habla Pausanias, _Lacónica_, y
Propercio, 1, 2.
[380] Príncipe lacedemonio, hijo de Amiclas, de extraordinaria
belleza, de quien se enamoraron a un tiempo Apolo y Céfiro, siendo
preferido el primero. Jugando un día al disco con aquel dios, Céfiro
torció el disco, que, hiriendo a Jacinto, lo dejó sin vida, y fue
convertido en la flor que lleva su nombre. Era adorado como una
divinidad por los lacedemonios y amicleos.
[381] Hermíone, hija de Menelao y de Helena.
[382] Las grullas.
[383] Llámales febeas porque fueron edificadas por Febo en el reinado
de Laomedonte, padre de Príamo.
[384] Es esta una isla pequeña, frente al promontorio Sunio, llamada
Cránae. Homero, _Iliad._, III, 445, y Estrabón, IX, 1, la mencionan.
[385] Estas ideas aristocráticas, siempre que viene a cuento la
nobleza, es otra de las flaquezas del poeta, que no se compagina con
su origen plebeyo.
[386] De la misma manera, y con iguales palabras, terminan casi todas
las tragedias de Eurípides. Algo análogo hacía también Demóstenes con
los exordios de sus arengas.