celebrar en tu aposento tan santa fiesta, e incurriste en la cólera de
la divina madre, ¡oh hija!, no sacrificando a los dioses. Mucho pueden,
en verdad, las pieles de los manchados cervatillos, y las sagradas
férulas, y las fuentes ceñidas de hiedra, y las ondulaciones que en el
aire imprimen las campanillas dispuestas en círculo, y la cabellera
desordenada de las bacantes, y las fiestas nocturnas de la diosa ...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Pero solo te envanecías con tu hermosura.
HELENA (_que sale del palacio con Menelao, ya armado_).
Todo va bien en el palacio, ¡oh amigas! La hija de Proteo, que favorece
nuestro engaño, interrogada por su hermano acerca de la muerte de mi
marido, que estaba presente, no lo ha descubierto; al contrario, dijo
que había muerto y que ya no veía la luz. Muy importante es para mi
esposo tan oportuno beneficio; lleva las armas, que debe lanzar al
mar, y embrazando el escudo con siniestra mano, y empuñando con la
diestra la lanza, se prepara a celebrar conmigo tan gratos funerales.
No esquivará así la pelea, y triunfará de innumerables bárbaros cuando
entremos en la nave, armada de numerosos remos. Ya dejó los vestidos
de náufrago y se puso otros, y yo misma le ayudé a lavarse en agua de
río, después de tanto tiempo. Pero debo callar, porque sale del palacio
quien se lisonjea de celebrar conmigo en breve su himeneo; ruégote
(_Al Coro_) que me pruebes tu afecto, y que cierres tus labios, si es
posible, para que todos nos salvemos.
TEOCLÍMENO
Adelantaos en buen orden, servidores, a celebrar las marinas exequias,
como ha dispuesto el extranjero. Tú, Helena, obedéceme, si no te
desagrada mi consejo; quédate aquí; lo mismo honrarás a tu marido
presente que ausente. Temo que tu aflicción y tristes recuerdos te
trastornen lo bastante para que te precipites también a las olas del
mar; aunque no asistas a esa ceremonia, lo llorarás, sin embargo,
cuanto quieras.
HELENA
¡Oh ínclito esposo mío!, necesario es que yo honre al primero que
visitó mi lecho nupcial tan grande es mi amor a él, que quisiera morir
también. Pero ¿de qué servirá? Déjame, pues, que vaya y que celebre sus
exequias. Que los dioses te concedan lo que deseo, y a este extranjero
que ahora nos ayuda.[374] Y en el palacio seré para ti tan buena esposa
como anhelas, por los beneficios que a Menelao y a mí dispensas. Parece
que la fortuna protege estos funerales; pero manda que nos entreguen la
nave en que hemos de llevarlo todo, para que el favor sea completo.
TEOCLÍMENO (_a uno de sus servidores_).
Ve tú y dales una nave sidónica de cincuenta remos, con los necesarios
remeros.
HELENA
¿Pero no manejará el timón el que ha dispuesto los funerales?
TEOCLÍMENO
Sin duda, y lo obedecerán mis marineros.
HELENA
Repite, pues, tus órdenes con toda claridad.
TEOCLÍMENO
Lo mandaré dos y hasta tres veces, si quieres.
HELENA
Que seas feliz y que el mejor éxito corone mis proyectos.
TEOCLÍMENO
No llores demasiado, que marchitarás tu belleza.
HELENA
Hoy sabrás hasta dónde llega mi gratitud.
TEOCLÍMENO
Vano trabajo nos tomamos por los muertos.
HELENA
Aquí y allí hay algunos a quienes aludo.
TEOCLÍMENO
En mí tendrás un esposo en nada inferior a Menelao.
HELENA
Exento estás de culpa; solo falta que me proteja la fortuna.
TEOCLÍMENO
De ti dependo, si me amas.
HELENA
Hace ya tiempo que aprendí a estimar a los amigos.
TEOCLÍMENO
¿Quieres, acaso, que yo te acompañe y gobierne la nave?
HELENA
No, rey, que no has de servir a tus esclavos.
TEOCLÍMENO
Ea, pues, olvidemos ya los ritos de los hijos de Pélope; puro está
nuestro palacio, pues Menelao no expiró en él. Anuncíese a mis sátrapas
que me traigan presentes nupciales; conviene que en todo mi reino
resuenen faustos epitalamios por mi himeneo con Helena, y que celebre
mi dicha. Vete, extranjero, y cuando abandonares en los brazos de la
mar al primer esposo de esta, vuelve pronto a mi palacio con Helena
para solemnizar mis bodas, ya regreses luego a tu patria, ya prefieras
quedarte con nosotros y ser feliz. (_Retírase_).
MENELAO
¡Oh Zeus!, llamado padre y dios sabio, míranos y líbranos de nuestros
males, y ayúdanos diligente, ya que hasta ahora arrastro penosa
cadena de males. Basta que nos toque tu dedo, y alcanzaremos la dicha
que deseamos. Innumerables trabajos hemos sufrido ya. Muchas veces,
¡oh dioses!, os he invocado en vano para que os compadezcáis de mis
miserias; no siempre he de ser desdichado; concededme al fin próspera
fortuna. Acceded ahora a mis ruegos, y seré después feliz. (_Vase con
Helena_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Veloz nave fenicia de Sidón, que cortas las ondas
mugidoras,[375] amada de los remeros, y precedes danzando a los
graciosos coros de los delfines, cuando los vientos no agitan las
olas; que Galanea,[376] la azulada hija del Ponto, diga así: «Tended
las velas a las marinas brisas, y empuñad los remos de abeto, ¡oh
marineros!, y llevad a Helena a los puertos de Perseo».[377]
_Antístrofa 1.ª_ — (_A Helena_). Cerca de la corriente del río[378]
hallarás a las doncellas Leucípides,[379] o ante el templo de Atenea,
mezclándote al fin, aunque tarde, en los coros o en las fiestas
nocturnas de Jacinto,[380] muerto a manos de Apolo cuando intentó
llegar a la meta con el disco, origen de las fiestas anuales que
fundó entonces en la Laconia el hijo de Zeus. Y casarás a la tierna
doncella[381] que dejaste en su casa ... pues todavía no han lucido en
su honor las antorchas.
_Estrofa 2.ª_ — ¡Ojalá que aladas cortáramos los aires, formando
escuadrón como las aves líbicas,[382] cuando emigran huyendo del
invierno, obedientes a la voz de su capitán, resonando a su paso por
los campos áridos y los llenos de frutos! ¡Oh aves de largo cuello,
que rivalizáis con las nubes, llegad hasta las Pléyades y el nocturno
Orión, y anunciad, deteniéndoos en la orilla del Eurotas, que Menelao,
después de tomar a la ciudad de Dárdano, volverá a su patria!
_Antístrofa 2.ª_ — Surcando el aire de vuestro carro, venid al fin,
hijas de Tindáreo, que habitáis en el cielo bajo los torbellinos de los
brillantes astros, y velad por Helena en el mar azulado, y en sus olas
espumosas y cerúleas, enviando desde vuestra morada vientos propicios a
los navegantes; no consentid que llene a vuestra hermana de ignominia
su bárbaro himeneo, resultado de la contienda del Ida, causa para ella
de graves penas, aunque nunca haya pisado las torres febeas[383] del
Ilión.
EL MENSAJERO
¡Oh rey!, muy oportunamente te encuentro en tu palacio; pronto oirás
males inesperados.
TEOCLÍMENO
¿Qué hay?
EL MENSAJERO
Busca otra mujer, que Helena desapareció ya de aquí.
TEOCLÍMENO
¿Volando, u hollando la tierra?
EL MENSAJERO
Menelao, el mismo que se presentó a anunciarte su propia muerte, se la
llevó en la nave.
TEOCLÍMENO
¿Qué prodigio cuentas? ¿Pero cúyo era el bajel en que huyeron?
Increíble es lo que dices.
EL MENSAJERO
El mismo que cediste al extranjero. En una palabra, se escapó con tus
marinos.
TEOCLÍMENO
¿Cómo? Deseo saberlo. No puedo creer que uno solo haya vencido a tantos
como te acompañaban.
EL MENSAJERO
Después que la hija de Zeus se encaminó desde este palacio a la orilla
del mar, astuta, andaba con molicie, y gemía al lado de su esposo, no
en verdad muerto. Cuando llegamos a la cerca en que se guardan tus
naves, sacamos a la mar un bello buque sidonio, que contaba cincuenta
remos con sus bancos. Todos trabajaban a porfía: uno preparaba el
mástil, otro ponía el remo al alcance de su mano, estos desataban las
blancas velas, aquellos soltaban las riendas del timón. Mientras nos
afanábamos así, ciertos griegos, compañeros de viaje de Menelao, que
nos esperaban, se acercaron a la orilla, vestidos como náufragos y de
escuálido aspecto, al menos en la apariencia. Cuando los vio el hijo
de Atreo, les habló así, fingiendo dolor engañoso: «¡Oh desdichados!,
¿en qué lancha os salvasteis? ¿Qué nave griega os trajo? ¿Queréis
acompañarnos a celebrar los funerales del difunto Atrida, al cual,
aunque ausente, tributa los últimos honores la hija de Tindáreo,
que aquí veis?». Ellos, derramando falsas lágrimas, entraron en la
nave, ofreciendo a Menelao las libaciones que él mismo hacía a la
mar. Mas nosotros empezábamos ya a desconfiar y hablábamos unos con
otros, viendo la multitud que llenaba el buque, y callábamos, sin
embargo, obedientes a tus órdenes insensatas, pues habías mandado que
el extranjero manejase el timón. Ya todo estaba pronto, no con mucho
trabajo, y solo faltaba que el toro salvase el tablado por donde
se entraba en la nave; mugía, revolviendo los ojos a todas partes,
y bajaba la cabeza y nos miraba, sin permitir que nos acercásemos.
Entonces exclamó el marido de Helena: «Vosotros los que derribasteis
a Troya, ¿no cargaréis al toro en vuestros hombros, como los griegos
acostumbran, y lo arrojaréis a la proa, y mi cuchilla, ya pronta,
herirá la víctima, que se ha de inmolar al muerto?». Ellos, dóciles
a su mandato, se apoderaron de él y lo llevaron a las tablas de la
nave, y Menelao, acariciando su cuello y su frente, sujeta con un
solo nudo, lo hizo entrar en ella. Al fin, después que todo estuvo
preparado, subió Helena las escalas con sus pies bellos, y tomó
asiento en medio de la nave, y junto a ella Menelao, el que se decía
difunto. Los griegos, sin separarse unos de otros, formando grupos
iguales a la derecha y a la izquierda de ambos, sentáronse también,
ocultando sus espadas bajo los vestidos. Al oír la voz del capitán de
los remeros, resonaron en la mar nuestros clamores. Cuando estábamos
a cierta distancia de la tierra, el piloto que regía el timón hizo
esta pregunta: «¿Navegamos más allá, ¡oh extranjero!, o nos quedamos
aquí, ya que tú eres nuestro capitán?». Él dijo «Basta», y empuñando
la espada en la diestra se encamino a la proa a degollar al toro,
aunque sin hacer mención del muerto, y al cortar su cuello, se expresó
así: «¡Oh marino Poseidón, que habitas en el salado piélago, y castas
hijas de Nereo, de aquí llevadme en salvo, con mi esposa, hasta la
costa Nauplia!». Ya la sangre saltaba a borbotones a la mar, feliz
presagio de la navegación del extranjero. Alguno exclamó entonces:
«Nos engaña, marineros, retrocedamos; tú ordena la maniobra, y tú da
vuelta al timón». Pero el hijo de Atreo, así que mató al toro, derecho,
en medio de sus compañeros, los exhortó con estas palabras: «¿Por
qué titubeáis, ¡oh flor de la Grecia!, en degollar y matar a estos
bárbaros y en arrojarlos a la mar?». Tu prefecto entonces, por la otra
parte, arengó de esta suerte a los marineros: «¿No habrá quien empuñe
un trozo de lanza, quien rompa un banco, ni quien arranque un remo
para resistir, como nos sea posible, a estos extranjeros?». Y todos se
levantaron, unos con remos y otros con espadas. La sangre corrió por
el navío. Helena animaba así a los suyos desde la popa: «¿Qué se hizo
de la gloria que ganasteis en Troya? Probad vuestro esfuerzo contra
estos bárbaros». Caían unos, que se precipitaban demasiado, otros
se levantaban y otros yacían sin vida. Pero Menelao, bien armado,
observaba cuándo cedían sus compañeros, y acudía allí, esgrimiendo sus
armas hasta echarnos del buque y quitar los remos a tus marineros.
Después, apoderándose del timón, dirigió el rumbo hacia la Grecia.
Levantaron el mástil, soplaron vientos favorables, y se alejaron de
la costa. Yo, por evitar la muerte, me tiré al mar junto al áncora, y
me echaron una cuerda desde la orilla, que me salvó, y llegué a tierra
para anunciarte lo ocurrido. Nada es tan útil a los hombres como una
prudente desconfianza.
EL CORO
Nunca hubiese creído, ¡oh rey!, que Menelao en persona te engañase a ti
y a nosotros, como lo ha hecho.
TEOCLÍMENO
¡Desventurado de mí, víctima de artificios mujeriles! Desvaneciéronse
mis bodas. Si pudiese salir en persecución de la nave y apoderarme
de ella, me consolaría, vengándome pronto de los extranjeros; ahora
castigaré a mi hermana, que me ha vendido, y que, viendo a Menelao
en mi palacio, no me lo dijo. No volverá a engañar a nadie con sus
vaticinios.
EL CORO
¿Adónde te diriges, señor? ¿Vas a derramar sangre?
TEOCLÍMENO
Adonde me lleva la justicia. Pero no me lo impidas.
EL CORO
No soltaré tu vestido: te precipitas en vasto abismo de males.
TEOCLÍMENO
¿Y mandarás a tu señor, siendo su esclavo?
EL CORO
Bien sé lo que digo.
TEOCLÍMENO
No lo creeré, si no me dejas...
EL CORO
Al contrario, no te dejaremos...
TEOCLÍMENO
Matar a mi hermana, malvada si las hay...
EL CORO
Te equivocas; es la más piadosa.
TEOCLÍMENO
Que me vendió...
EL CORO
Traición honrosa en verdad, para que no fueses injusto.
TEOCLÍMENO
Entregando mi esposa a otro...
EL CORO
Que tiene más derecho a ella.
TEOCLÍMENO
¿Quién es dueño de lo mío?
EL CORO
El que la recibió de su padre.
TEOCLÍMENO
Pero la fortuna me la dio.
EL CORO
Y el destino te la quitó.
TEOCLÍMENO
Tú no eres juez de mis asuntos.
EL CORO
Sin duda, si son más sensatas mis palabras.
TEOCLÍMENO
Luego servimos, no mandamos.
EL CORO
Para ser piadoso, no para cometer injusticias.
TEOCLÍMENO
Paréceme que deseas la muerte.
EL CORO
Mata. No consentiré que sacrifiques a tu hermana. Aquí me tienes. Nada
glorifica tanto a nobles esclavos como morir por sus dueños.
LOS DIOSCUROS
Refrena, ¡oh Teoclímeno!, rey de este país, la ira que te extravía;
somos los gemelos Dioscuros, hijos de Leda y hermanos de Helena,
que huyó de tu palacio. Te enfureces al verte obligado a renunciar
a un himeneo que no aprobaba el destino; ni Teónoe, tu hermana, la
doncella que nació de la diosa nereida, te hizo injuria; adora a los
dioses y obedece los justos mandatos de tu padre. Hasta ahora debía
Helena residir en tu palacio; pero arruinada Troya y desvaneciéndose
su imagen, obra de Hera, ha de unirse otra vez a su primer esposo,
y volver a su palacio y habitar en su compañía. Aleja, pues, de tu
hermana la negra espada, y no dudes que su conducta ha sido prudente.
Ya ha mucho tiempo que protegemos a Helena, desde que Zeus nos hizo
dioses; pero cedimos al destino y a las deidades autoras de estos
sucesos. Tales son las palabras que te dirigimos. Tú, ¡oh hermana!,
navega con tu marido; soplará viento favorable, velarán por ti tus
hermanos gemelos y, cabalgando a tu lado en los mares, te llevaremos
a tu patria. Y cuando llegues al término de la vida y fallezcas,
te llamarán diosa y, con los hijos de Zeus, participarás de los
sacrificios: así lo quiere Zeus. Y el lugar en donde te depositó
el hijo de Maya, cuando te robó de Esparta, dejando las mansiones
celestiales, para que no te llevase Paris, isla que como baluarte
se extiende junto al Ática, se llamará Helena en adelante por los
hombres,[384] porque te hospedó después de tu rapto. Fatalmente han
ordenado también los dioses que Menelao, que tanto ha peregrinado,
habitará en las islas Afortunadas. Los dioses no odian a los
nobles, y reservan los trabajos para los hombres vulgares, que son
innumerables.[385]
TEOCLÍMENO
¡Oh hijos de Leda y de Zeus!; reprimo mi rabia al verme sin vuestra
hermana, y no mataré ya a la mía. Que vaya, pues, a su patria, si así
place a los dioses. Pero sabed vosotros, unidos a ella por un lazo
común de parentesco, que es la mejor y la más casta. Adiós, pues, que
noble es su corazón, prenda rara en muchas mujeres.
EL CORO
Varia es la forma sensible con que los dioses nos revelan su voluntad,
y muchas veces es contraria a lo que esperábamos; y lo que aguardábamos
no sucede, y Dios, sin tener en cuenta nuestros cálculos, resuelve lo
que le parece. Así ha sucedido ahora.[386]
FIN DEL TOMO SEGUNDO
ÍNDICE
Páginas.
Las Troyanas 5
Heracles furioso 67
Electra 139
Ifigenia en Áulide 211
Ifigenia en Táuride 287
Helena 357
NOTAS
[1] El mar Egeo, hoy el Archipiélago, es un golfo del Mediterráneo
entre la costa oriental de la península griega, la occidental del
Asia Menor, la Tracia y la isla de Creta. Llamose así por haberse
precipitado en sus aguas Egeo, padre de Teseo.
[2] Las cincuenta hijas de Doris y del dios marino Nereo.
[3] Poseidón y Apolo conspiraron contra Zeus, y en castigo fueron
expulsados del Olimpo, y trabajaron ambos en la construcción de las
murallas de Troya, reinando en ella Laomedonte.
[4] Epeo, hijo de Panopeo, construyó el caballo de madera que los
griegos introdujeron en Troya, y fundó después a Metaponto. Odiseo,
en la _Odisea_, VIII, ν. 492, dice así: «Prosigue, pues, y canta el
caballo de madera, obra de Epeo y de Atenea, lleno de enemigos, que
el divino Odiseo llevó astutamente al alcázar troyano».
[5] El texto griego dice δούρειος ἵππος. Sin embargo, aunque δούρειος
parezca derivado de δόρο, lanza, en su significación figurada quiere
decir bélico o guerrero, puesto que, según leemos en Hesiquio, el
caballo de la ciudadela de Atenea se llamaba también δούρειος ἵππος,
aunque era de bronce.
[6] Murió a manos de Pirro o Neoptólemo, hijo de Aquiles. Este Zeus
Herceo era uno de los penates que se adoraban dentro de las casas, si
creemos lo que dice Festo: _Hercius Jupiter intra consemptum domus
cujusque colebatur, quem etiam deum penetralem appellabant_. Pirro lo
mató al pie del ara por vengar a su padre Aquiles, que cayó herido al
pie del altar de Apolo Timbreo.
[7] Hera y Atenea fueron enemigas encarnizadas de los frigios, por
vengarse de Paris cuando en su célebre juicio adjudicó a Afrodita la
manzana de la Discordia.
[8] Río famoso de la Frigia, que nacía en el monte Ida. Sus fuentes
eran dos, una termal y otra fría; desaguaba en el Simois, y juntos
desembocaban en el mar Egeo, cerca del promontorio de Sigeo.
[9] Acamante y Demofonte. (V. _Los Heráclidas_, de Eurípides).
[10] Casandra, hija de Príamo y de Hécuba. Apolo fue su enamorado,
y le concedió el don de profetizar en premio de sus favores; pero
negándose ella a complacerlo, y no pudiendo el dios retractar su
promesa, se vengó desacreditándola y haciendo que nadie creyese lo
que decía. Ordinariamente tal ha sido la suerte de los profetas.
[11] Casandra se había refugiado en el templo de Palas cuando los
griegos tomaron a Troya, acogiéndose a su altar; pero Áyax, el hijo
de Oileo, la arrastró por los cabellos, haciéndole sufrir los más
indignos ultrajes, sin respetar a la diosa ni su templo. Virgilio, en
su _Eneida_, II, 403, dice así:
_Ecce trahebatur passis Priameia virgo_
_Crinibus a tempto Cassandra adytisque Minervæ._
[12] Eubea, hoy Negroponte, isla grande del mar Egeo, frente al
Ática, la Beocia, la Lócrida y el país de los melieos, desde el cabo
Sunio hasta la Tesalia.
[13] Miconos, Delos, Esciros son islas del mar Egeo. El promontorio
Cafereo estaba situado en la costa SE de la Eubea.
[14] Hijo de Tindáreo y de Leda, uno de los Dioscuros. Higino, en
la fábula 77, dice así: _Jupiter Lædam Thestii filiam, in cignum
conversus, ad flumen Eurotam compressit, et ex eo peperit Pollucem et
Helenam, ex Tyndareo autem Castorem et Clytemnestram_.
[15] El Eurotas, ό βασιλιπόταμος, río de la Laconia, que corre hacia
el mediodía. Ovidio dice de él, lib. II, _Amor_, eleg. 17:
_Frigidus Eurotas populiferque Padus._
[16] Los reyes y nobles cautivos se cortaban el cabello. Ovidio,
_Amor_, I, 14, 15, dice así:
_Nunc tibi captivos mittet Germania crines:_
_Culta triumphatæ munere gentis eris._
Claud. in Eutrop., I, 385, se expresa de esta suerte:
_Militet ac nostris detonsis Sicambria signis._
Sidonio Apol., Epist. VIII, 9, dice también:
_Et sic crinibus ad cutem recisis_
_Decrescit caput, additurque cultus._
_Hic tonso occipite senex Sicamber,_
_Postquam victus es, elictis retrorsum_
_Cervicem ad veterem novos capillos._
[17] De la Ftía, ciudad de la Ftiótide, junto al golfo Maliaco y el
río Apídano, patria de Aquiles. Ovidio, lib. 13, _Metamorf._, dice
así: _Quis locus Ajaci? Phthiam hæc, Scyrumve ferantur!_
[18] Las esclavas ancianas que ya no servían para trabajos más duros,
cuidaban de los niños de sus dueños o servían de porteras.
[19] Las esclavas jóvenes solían traer agua de las fuentes o de los
ríos, y ordinariamente dormían con sus dueños.
[20] Persio la llama _fons caballinus_. Nacía en el Acrocorinto o
ciudadela de Corinto, y sus aguas eran suavísimas. Estacio, lib. I,
_Silv. Carm._, 4, dice así:
_Excludat Pimplæa sitim, nec conscia detur Pirene._
[21] Peneo, río de la Tesalia, que nacía en el Pindo, y por el valle
de Tempe desaguaba en el golfo Pagásico. Ovidio, en su _Metamorf._,
lib. IV, dice así:
_Vocant Tempe, per quæ Peneus ab imo_
_Effusus Pindo._
Virgilio, en el lib. IV, _Georg._:
_Pastor Aristæus fugiens Peneia Tempe._
[22] La región contigua al Etna.
[23] Nombre de un monte y de un río del Peloponeso, que nace en él,
y atravesando la Acaya, desemboca en el golfo de Corinto, cerca de
Egas. Hay otro en la Calabria, que nace en los Abruzos y desemboca
en el golfo de Tarento, famoso por las virtudes medicinales de sus
aguas. El poeta alude a este, porque antes habla del Etna.
[24] Llamábase Dóride un reducido territorio, cuna de los dorios,
entre la Fócida, la Lócrida y la Tesalia. Los dorios, siempre en
constante lucha con los demás pueblos helénicos, y distintos de ellos
por su dialecto, costumbres y gobierno, conquistaron después el
Peloponeso, en donde reinaba Menelao. Aludiendo a este último y a su
reino, dice Hécuba que ya ella es esclava de la Dóride.
[25] Clitemnestra, hermana de Helena y esposa de Agamenón. Fue hija
de Tindáreo y de Leda, reyes de Esparta.
[26] Porque no solo era profetisa, sino sacerdotisa de Apolo.
[27] Como Políxena ha sido sacrificada en el túmulo de Aquiles, y
Taltibio se compadece de Hécuba, no quiere aumentar su aflicción, y
usa, sin faltar a la verdad, de palabras ambiguas, guardándose de
responderle directa y categóricamente.
[28] Andrómaca, esposa de Héctor, era hija de Eetión, rey de Cilicia.
[29] Feliz y eminentemente trágica es esta invención de Eurípides, y
quizá el único complemento que faltaba a tan sombrío cuadro. Cuando
todas las esclavas lloran su triste suerte porque de libres se hacen
esclavas, y abandonan su patria destruida, en donde dejan tantos
restos queridos, se presenta delirante la fatídica Casandra y entona
su lúgubre profecía, en horrible consonancia con las demás partes del
cuadro. Aconsejamos al lector que, así al leer esta como las demás
tragedias de Eurípides, se esfuerce en figurarse, no que él lee, sino
que asiste a su representación. Nos dará las gracias, y formará de su
mérito más acertado juicio.
[30] (V. el _Agamenón_, de Esquilo.) Casandra alude aquí al hacha
con que la matará después Clitemnestra, la esposa de Agamenón, a la
muerte de este, de Egisto y de su esposa por Orestes y Electra.
[31] El sacrificio de Ifigenia en Áulide, hija de Agamenón y
Clitemnestra.
[32] En todo este discurso de Casandra reina cierta filosofía
práctica y tan sabia experiencia, tan atinado y sensato juicio, que,
en nuestro concepto, es de gran mérito literario.
[33] La famosa Penélope, madre de Telémaco y esposa de Odiseo.
[34] El _Siculum fretum_ o estrecho de Mesina. Caribdis, según la
fábula, fue una mujer siciliana que robó los bueyes de Heracles, y en
castigo fue transformada por los rayos de Zeus en un abismo horroroso
en la costa NE de Sicilia, al SE de Scilla, situada en la costa
meridional de Italia.
[35] Polifemo, antropófago y famoso cíclope, hijo de Poseidón y de la
ninfa Toosa, rico en ganados, que habitaba en la Sicilia en una cueva
inmediata al mar. Cuando Odiseo arribó a su país estuvo a punto de
ser devorado con todos sus compañeros, y solo se salvó embriagándolo
y cegando su único ojo con una estaca puntiaguda. (V. _El Cíclope_,
de Eurípides).
[36] Circe, célebre mágica, hija del Sol y de la ninfa Perseis, que
habitaba en la isla de Eea, en Italia, al pie del promontorio de
Circe. Transformó en cerdos a los compañeros de Odiseo y lo retuvo
mucho tiempo a su lado, inspirándole un amor vehemente. Tuvo de ella
un hijo llamado Telégono.
[37] El loto, que crecía en el país de los lotófagos, antiguo pueblo
del África occidental, al parecer hacia Trípoli. Los extranjeros que
lo comían se olvidaban para siempre de su patria. Se cree que el loto
era una especie de azufaifa.
[38] Estos bueyes del Sol, que debían ser sagrados e inviolables para
los mortales, fueron devorados por los compañeros de Odiseo durante
su sueño, a pesar de la expresa prohibición que tenían de hacerlo.
Sus restos, después de asados, se arrastraban por la ribera y daban
horribles mugidos. Zeus los castigó suscitándoles en la mar una
furiosa tempestad. (V. el cap. XII de la _Odisea_).