cerca de Pisa;[333] ojalá que cuando te sirvieron hecho pedazos en
la cena de los dioses, hubieses perecido entre ellos antes de haber
engendrado a mi padre Atreo, que de su unión con Aérope nos procreó a
Agamenón y a mí, Menelao, ínclito par de reyes. Glorioso es, sin duda,
y lo digo sin jactancia, que yo llevase a Troya un ejército a fuerza
de remos, rey a quien obedecía voluntariamente, no por la violencia,
la brillante juventud griega. Y unos ya no se cuentan entre los vivos,
mientras otros, que con no poca alegría suya evitaron los peligros del
mar, llevan a su patria los nombres de los que perecieron. Mas yo,
desventurado, navego errante por las marinas ondas del salado piélago
desde que arruiné las torres de Ilión, y, deseando volver a mi país,
muéstranseme adversos los dioses. He recorrido todos los desiertos e
inhospitalarias costas de la Libia, y cuando me acerco a mis hogares,
el viento me rechaza y nunca llena mis velas aura favorable. Y ahora,
mísero náufrago, después de perder a mis amigos me ha arrojado aquí
el mar, y mi nave se ha estrellado en los peñascos pereciendo muchos
de mis compañeros. Solo queda la quilla y parte de su armazón, en la
que con dificultad y contra mis esperanzas me he salvado con Helena,
que traigo de Troya. Pero ignoro el nombre de esta región y el de los
pueblos que la habitan. Avergonzábame de presentarme así a la multitud,
temiendo que viesen mis vestidos manchados, a pesar de mis esfuerzos en
ocultar mi humillante miseria. Cuando un hombre cae desde la cúspide
de la fortuna en el abismo de la desdicha, como no está acostumbrado a
ella, su suerte es más amarga que la del que ya la conocía. La pobreza
me atormenta; ni tengo qué comer, ni vestidos para cubrir mi cuerpo,
como es fácil de ver contemplando los tristes restos del naufragio
en que me envuelvo.[334] El mar me llevó mis peplos, mis vestiduras
espléndidas y todas mis galas; y vengo aquí dejando oculta en una
cueva a mi esposa, causa de todos mis males, confiada a la custodia
de mis amigos que han sobrevivido. Solo, pues, doy vueltas y me afano
en llevar lo más necesario, dudando si lo lograré, a mis compañeros
que me esperan. Al ver este palacio cercado de almenas y sus puertas
suntuosas, propiedad, sin duda, de algún hombre opulento, me he llegado
a él con la esperanza de recibir algo de tan magnífica morada, para
auxiliar a mis amigos. De seguro que quien apenas tenga para vivir no
podrá socorrerme aunque quiera. (_Llamando a la puerta_). ¡Hola! ¿Qué
portero acudirá aquí del palacio, que cuente a sus dueños mis males?
UNA VIEJA (_entreabriéndola_).
¿Quién hay a la puerta? ¿No te alejarás de este recinto sin molestar a
sus dueños en el atrio? Morirás si eres griego, que a ellos no se da
hospitalidad.
MENELAO
¡Oh anciana!, bien me parece cuanto has dicho. No te molestaré más, y
quiero obedecerte, pero déjame hablar.
LA VIEJA (_rechazándolo_).
Vete; mi obligación es, ¡oh extranjero!, impedir que ningún griego se
acerque a este palacio.
MENELAO
¡Ah!, no me amenaces con el puño ni me rechaces tan despiadadamente.
LA VIEJA
No haces ningún caso de mis palabras; la culpa es solo tuya.
MENELAO
Ve a decirlo a tus amos.
LA VIEJA
Bien segura estoy de que si lo saben sufrirás daño.
MENELAO
Soy un náufrago, un extranjero, contra quienes no es justo emplear la
violencia.
LA VIEJA
Llama a otra puerta y abandona esta.
MENELAO
No, que he de entrar; déjame.
LA VIEJA
Eres un importuno, y lo peor para ti es que te echarán pronto a viva
fuerza.
MENELAO (_aparte_).
¡Ay, ay de mí! ¿Dó yace mi valeroso ejército?
LA VIEJA
En otra parte te respetarán acaso, no aquí.
MENELAO (_aparte_).
¡Oh calamidad, cómo me insultas!
LA VIEJA
¿Por qué humedecen las lágrimas tus párpados? ¿Por qué te lamentas?
MENELAO
¡Oh pasada dicha mía!
LA VIEJA
¿Por qué no vas a llorar a tus amigos?
MENELAO (_reanimándose_).
¿Qué país es este? ¿Cúyo este regio palacio?
LA VIEJA
Proteo lo habita, y este país es el Egipto.
MENELAO
¿El Egipto? Desdichado de mí, ¿adónde he venido?
LA VIEJA
¿Qué dices contra las aguas del Nilo?
MENELAO
No es contra el Nilo; solo me quejo de mi desgracia.
LA VIEJA
Muchos son los desdichados, no tú solo.
MENELAO
¿Y está en el palacio el rey, o como tú quieras llamarle?
LA VIEJA
Este es su sepulcro; su hijo es el soberano de este país.
MENELAO
Pero ¿en dónde está? ¿Dentro o fuera del palacio?
LA VIEJA
No está en él ahora; pero es el más implacable enemigo de los griegos.
MENELAO
¿Por qué razón? ¿Por qué he de ser yo víctima de su odio?
LA VIEJA
Helena, la hija de Zeus, habita también aquí.
MENELAO
¿Qué dices? ¿Qué palabra has pronunciado? Repítela.
LA VIEJA
La hija de Tindáreo, que vivía antes en Esparta.
MENELAO
¿De dónde la han traído? ¿Quién entenderá esto?
LA VIEJA
Vino de la Laconia.
MENELAO
¿Cuándo? (_Aparte_). ¿Habrán arrebatado de la cueva a mi esposa?
LA VIEJA
Antes que los griegos fuesen a Troya, ¡oh extranjero! Pero aléjate
de aquí, porque reina en el palacio cierta plaga, causa de no poco
desorden.[335] A mal tiempo llegaste, porque si mi dueño te cautiva, en
vez de hospitalarios dones, recibirás la muerte. Yo amo a los griegos,
y no juzgues de mí por mis ásperas palabras, hijas del miedo que a mi
señor tengo. (_Retírase y cierra la puerta_).
MENELAO
¿Qué diré? ¿Cómo expresaré mi sorpresa? Nuevas penas vienen a aumentar
las antiguas si al traer conmigo de Troya a mi esposa y dejarla segura
en la cueva, habita otra de su mismo nombre en este palacio. Dijo que
era hija de Zeus. ¿Habrá en las orillas del Nilo algún mortal que se
llame también Zeus? Porque en el cielo no hay más que uno. ¿Hay otra
Esparta en donde las bellas ondas del Eurotas reflejan las verdes
cañas de sus orillas? ¡Solo se celebró a un Tindáreo! ¿Habrá también
alguna tierra que se llame Lacedemonia, y otra Troya? Yo no sé qué
decir. Muchos, según es de presumir, tienen en una misma región iguales
nombres, y lo propio sucede a las ciudades y a las mujeres, y no por
eso debemos admirarnos.[336] Ni tampoco huiré del peligro que me indicó
la esclava; no hay mortal alguno tan bárbaro que, al oír mi nombre, no
aplaque mi hambre. Todos conocen el incendio de Troya, y el nombre de
Menelao, su autor, no es ignorado tampoco en país alguno. Esperaré al
dueño de este palacio, como me lo aconsejan dos prudentes razones: si
es, en efecto, cruel, me ocultaré e iré en busca de los destrozados
restos de mi nave; y si pareciese bondadoso, le pediré el auxilio que
reclama mi desgracia. El único mal que me quedaba por sufrir es que,
siendo rey, pida a otros reyes el sustento, pero no hay otro remedio.
Sentencia es de los sabios, no mía, que nada hay tan poderoso como la
necesidad. (_Apártase a un lado al ver al Coro_).
EL CORO
Según he oído a la fatídica doncella que profetiza en la regia morada,
Menelao aún no ha bajado al negro Erebo, ni lo cubre la tierra, sino
que todavía lucha con las olas, sin poder arribar a su patria, y vive
errante separado de sus amigos, y ha recorrido muchas regiones desde su
salida de Troya al compás de los remos.
HELENA
Vedme aquí; segunda vez vengo a este sepulcro, después de oír las
gratas profecías de Teónoe, tan sabia en todo. Dice que mi marido
ve la luz del sol, y disfruta de ella, y que después de navegar por
mil mares, siempre errante, ha de llegar a Egipto, libre al fin de
tantos males. Verdad es que no dijo si en caso de venir saldría de él
en salvo. Yo no quise preguntárselo claramente, entregada al deleite
que me causó tan dulce nueva. Y decía que no estaba lejos, habiendo
naufragado con pocos amigos. ¿Cuándo te veré? ¡Cuánto he deseado tu
llegada! ¡Hola! (_Preséntase Menelao_). ¿Quién es este? ¿Quizá algún
satélite del hijo de Proteo, impío instrumento de sus insidiosas miras?
¿Me alejaré veloz de este sepulcro, como bacante o ligera yegua? Feroz
es en verdad el aspecto de este que viene a robarme.
MENELAO (_cortándole el paso_).
Tranquilízate, ¡oh tú que corres con tanta presteza hacia este sepulcro
a ofrecer ardientes libaciones!, ¿por qué huyes? ¡Cuánta es, al verte,
mi admiración y mi sorpresa!
HELENA
Que nos amenazan con violencia, ¡oh mujeres!; este hombre nos ahuyenta
del sepulcro, y quiere apoderarse de mí para entregarme al tirano,
cuyo himeneo detesto.
MENELAO
No somos salteadores, ni satélites de malvados.
HELENA (_apartándose_).
Miserables son los vestidos que te cubren.
MENELAO
Detén tu pie ligero, y nada temas.
HELENA (_ya junto al sepulcro_).
Me detengo, pues ya llegué.
MENELAO (_mirándola frente a frente_).
¿Quién eres? ¿A quién te semejas, ¡oh mujer!?
HELENA
¿Y tú? Ambos preguntamos lo mismo.
MENELAO
Nunca he visto una mujer más parecida.
HELENA
¡Oh dioses!, pues obra vuestra es encontrar a los que amamos.
MENELAO
¿Eres griega o egipcia?
HELENA
Griega; pero también deseo saber cuál es tu linaje.
MENELAO
Eres, ¡oh mujer!, lo más semejante a Helena que he visto.
HELENA
Y tú eres para mí viva imagen de Menelao; no sé qué decir.
MENELAO
Muy pronto has reconocido al hombre más desventurado.
HELENA (_corriendo hacia él_).
¡Oh tú, qué tarde llegas a los brazos de tu esposa!
MENELAO
¿De cuál? No toques mis vestidos.
HELENA
La que te dio Tindáreo, mi padre.
MENELAO
¡Oh Hécate lucífera, qué gratos fantasmas nos ofreces!
HELENA
No soy nocturna visión de Perséfone, como piensas.
MENELAO
Positivamente sé que no tengo dos mujeres.
HELENA
¿Pues de cuál otra eres señor?
MENELAO
De la que está oculta en la cueva y traje de Troya.
HELENA
Yo sola soy tu esposa.
MENELAO
¿Pero estoy en mi juicio, o me engañan mis ojos?
HELENA
Al mirarme, ¿no te parece verla?
MENELAO
En el cuerpo eres semejante a ella; pero mi razón, bien serena, lo
niega.
HELENA
Reflexiona. ¿Qué necesitas para convencerte? ¿Quién mejor que tú puede
saberlo?
MENELAO
Eres igual a ella; no lo negaré.
HELENA
¿Quién podrá probártelo como tus ojos?
MENELAO
Mi tormento es que tengo otra.
HELENA
Yo no fui a Troya, sino mi imagen.
MENELAO
¿Pero quién puede crear cuerpos vivos?
HELENA
El Éter, que te dio una esposa obra de los dioses.
MENELAO
¿Pero qué dios la formó? Inaudito es lo que dices.
HELENA
La artificiosa Hera, para que no me poseyese Paris.
MENELAO
¿Y cómo habías de habitar a un tiempo aquí y en Troya?
HELENA
Mi nombre puede estar en muchas partes, no mi cuerpo.
MENELAO
Déjame en paz, que bastantes desdichas me afligen.
HELENA
¿Me abandonarás, llevándote esa vana imagen?
MENELAO (_haciendo ademán de irse_).
Adiós, pues, porque eres semejante a Helena.[337]
HELENA
¡Ay de mí! ¿Encuentro a mi marido para perderlo?
MENELAO
Los grandes males que allí sufrimos me hacen más fuerza que tus
razones. (_Aléjase_).
HELENA
¡Ay de mí! ¿Quién más desventurada? Los que más amo, me abandonan;
nunca volveré ya a la Grecia ni a mi patria.
EL MENSAJERO (_que se acerca a Menelao desde la extremidad de la
orquesta_).
¡Oh Menelao!, buscándote vengo por orden de tus compañeros, y con
trabajo te hallo después de andar vagando por esta tierra bárbara.
MENELAO
¿Qué sucede? ¿Acaso os han robado los bárbaros?
EL MENSAJERO
¡Sorprendente maravilla!; lo que vengo a decirte es superior a toda
expresión.
MENELAO
Habla, que tu traza me anuncia alguna novedad importante.
EL MENSAJERO
Has de saber que tus innumerables trabajos han sido infructuosos.
MENELAO
Deploras antiguos males; pero ¿qué me anuncias de nuevo?
EL MENSAJERO
Tu esposa se ha desvanecido en los aires, desapareciendo de la vista
de los hombres, y se ocultó en el cielo, abandonando la sagrada cueva
en donde la guardábamos. Solo pronunció estas palabras: «¡Oh míseros
frigios y griegos, que por mi causa y por engaño de Hera[338] habéis
muerto a las orillas del Escamandro, creyendo falsamente que Paris
poseyese a Helena! Yo, después de estar allí el tiempo que me convino,
cumplido el fatal decreto, vuelvo al aire que me formó; infame, sin
razón, es el nombre de la mísera hija de Tindáreo, libre de toda
culpa». (_Acércase Helena mientras habla, y al verla dice así_): Salve,
¡oh hija de Leda!; ¿estabas aquí? Yo hablaba de ti como si te hubieses
refugiado en los astros, ignorando que fuese tu cuerpo aéreo fantasma.
No te reconvendré, pues, de nuevo por los infructuosos trabajos que
Menelao y sus aliados en la guerra sufrieron junto a Ilión.
MENELAO
Vamos, así es; tus palabras convienen con las de esta, y por lo visto
son verdaderas. ¡Oh día deseado, que te vuelve otra vez a mis brazos!
HELENA
¡Oh Menelao, el más querido de los hombres!; larga ha sido nuestra
separación, pero al fin llegó la hora deseada. Alegre, ¡oh amigos!,
recobro a mi esposo, y lo abrazo con cariño, después que el sol ha
contemplado por tanto tiempo nuestro duelo.
MENELAO
Y yo a ti; teniendo tanto que decirte, no sé por dónde empezar.
HELENA
Grande es mi gozo, y parece que mis cabellos saltan de placer, y al
mismo tiempo lloro; con mis brazos ciño tu cuerpo, para disfrutar de
este deleite, ¡oh esposo!
MENELAO
¡Oh momento deseado! Ya no me quejo de la fortuna; ya poseo a mi
esposa, la hija de Zeus y de Leda; feliz, sí, feliz en otro tiempo,
cuando te acompañaron llevando antorchas los jóvenes de blancos
caballos, los hermanos gemelos; pero los dioses me abandonaron,
arrebatándote de mi palacio.
HELENA
Más feliz es mi suerte ahora que antes; por obra del cielo en bien se
ha convertido tu naufragio infortunado, ¡oh esposo!, y, aunque tarde,
volvemos a juntarnos; ¡ojalá que esta dicha sea duradera!
MENELAO
Lo será, sin duda; tus deseos son los míos, como ha sido igual nuestra
desventara.
HELENA
Amigas, amigas, no deploremos nuestros antiguos males, que ya cesó mi
duelo. Ya poseo, ya poseo a mi esposo, a quien esperaba, sí, a quien
esperaba, a su vuelta de Troya, al cabo de muchos años.
MENELAO
Ya me ves, y yo a ti, que he sufrido trabajos inolvidables, hasta que
al fin descubrí con pena los artificios de la diosa. Mis lágrimas de
alegría me consuelan más que me afligen.
HELENA
¿Qué diré? ¿Qué mortal podría esperarlo nunca? Contra lo que pensaba,
te oprimo ahora contra mi pecho.
MENELAO
Y yo a ti, cuando creía que habías ido a la ciudad idea y atravesado
las míseras murallas de Ilión. Por los dioses, ¿cómo saliste de mi
palacio?
HELENA
¡Ay, ay de mí! ¡Exordio acerbo deseas oír! ¡Ay, ay de mí! ¡Acerba
narración quieres escuchar![339]
MENELAO
Habla, que los beneficios de los dioses deben publicarse.
HELENA
Contrístame, en verdad, cuanto voy a decirte.
MENELAO
Pero dilo, sin embargo; es grato recordar los trabajos que hemos pasado.
HELENA
No subí al tálamo[340] de ningún joven bárbaro llevada por remo volador
o en alas del deleite de ilícitos goces.
MENELAO
¿Qué dios, qué hado te alejó de tu patria?
HELENA
El hijo, el hijo de Zeus, ¡oh esposo!, me trajo al Nilo.[341]
MENELAO
Maravíllame lo que dices. ¿Quién lo envió? ¡Oh palabras inauditas!
HELENA
Lloro, y las lágrimas humedecen mis párpados; la esposa de Zeus me
perdió.
MENELAO
¿Hera? ¿Qué males quería causarte?
HELENA
¡Ay de mis penas, ay de las fuentes en donde se lavaron las bellas
diosas antes del juicio!
MENELAO
¿Mas por qué Hera lo convirtió en daño tuyo?
HELENA
Para arrancarme del poder de Afrodita...
MENELAO
¿Cómo, di?
HELENA
Que había prometido entregarme a Paris.
MENELAO
¡Oh desventurada!
HELENA
¡Desventurada, desventurada! Por eso me trajo a Egipto.
MENELAO
Y, según aseguras, en tu lugar dejó una imagen tuya.
HELENA
¡Ay de las calamidades, ay de las calamidades de mi familia! ¡Ay de mí,
madre mía!
MENELAO
¿Qué dices?
HELENA
Mi madre no existe; por causa mía, deshonrada por mi vergonzoso
himeneo, se ahorcó en funesto lazo.
MENELAO
¡Ay de mí! ¿Vive acaso mi hija Hermíone?
HELENA
Sin esposo, sin hijos, ¡oh marido mío!, llora avergonzada mi fatal
enlace.
MENELAO
¡Oh Paris, que no dejaste piedra sobre piedra de mi palacio! He aquí
la causa de tu ruina y de la de muchos millares de griegos, armados de
bronce.
HELENA
Un dios me separó de mi ciudad y de ti, sin apiadarse de mi pena,
consagrándome al infierno, por abandonar mis lares y mi lecho en
demanda de torpe himeneo, cuando verdaderamente nada de esto hice.
EL CORO
Si en adelante os es propicia la fortuna, podrá mitigar vuestros
pasados males.
EL MENSAJERO
Déjame, ¡oh Menelao!, gozar también de este placer, aunque no entienda
lo que sucede.
MENELAO
Toma también parte en nuestro diálogo, ¡oh anciano![342]
EL MENSAJERO
¿No fue causa esta de los trabajos que sufriste en Troya?
MENELAO
No, que los dioses nos engañaban con una imagen funesta, formada de
nubes.
EL MENSAJERO
¿Qué dices? ¿Sufrimos vanamente tantas penalidades por una nube?
MENELAO
Obra de Hera, efecto de la discordia de las tres diosas.
EL MENSAJERO
Pero esta, mujer verdadera, ¿es acaso tu esposa?
MENELAO
Sí; no lo dudes.
EL MENSAJERO
¡Oh hija, qué inconstante es cierta deidad, y cómo se burla de nuestros
cálculos! Cambia fácilmente, y se inclina a un lado o a otro; hace a
este desgraciado, y el otro, libre en un principio de infortunios,
perece después de muerte desastrosa; caprichosa es siempre para
distribuir sus dones. Graves penas habéis sufrido: tú a causa de los
deshonrosos rumores que acerca de ti corrieron; él arrastrado por sus
bélicas inclinaciones. Y cuando más se afanaba no adelantó nada, y
ahora la más feliz casualidad le ofrece gratísimo presente. No llenaste
de oprobio a tu anciano padre y a los hijos de Zeus, ni hiciste lo que
dijeron. Ahora recuerdo tus bodas, y las antorchas que yo llevaba
junto a tu carro de cuatro caballos, cuando en compañía de tu esposo
dejabas tu palacio paterno. Malo es, sin duda, el que no se interesa
por la suerte de sus amos, y ni se alegra cuando son dichosos, ni llora
en sus adversidades. Yo, aunque nací esclavo, cuéntome, no obstante,
entre los siervos nobles, y aunque no puedo llamarme libre, lo soy por
mis pensamientos. Más vale esto que en un solo hombre se junten dos
males: un corazón dañado y la esclavitud que lo sujeta a sus semejantes.
MENELAO
Anciano, que soportaste conmigo en la guerra innumerables trabajos,
ahora, partícipe de mi felicidad, ve y anuncia a mis compañeros lo
sucedido, y cuéntales mi próspera fortuna, y diles que permanezcan
en la costa y aguarden el resultado de la lucha que, según creo,
me espera; quizá nos llevemos de aquí a Helena si me ayudan, y
aprovechando la ocasión, dejaremos incólumes este país bárbaro.
EL MENSAJERO
Así se hará, ¡oh rey! Ahora comprendo cuán perjudiciales son los
adivinos y cuán falsas sus profecías. No nos revelan lo futuro ni las
llamas ni el canto de las aves; pura necedad de los mortales es la
creencia en tales auspicios. Nada dijo Calcas,[343] nada anunció al
ejército, como lo hubiera hecho si supiera que sus amigos morían por
una nube, ni tampoco Heleno,[344] y Troya fue saqueada inútilmente.
Dirás acaso que Dios no lo permitió. Pero entonces, ¿a qué consultar
a los adivinos? Al sacrificar a los dioses, pidámosles lo que nos
convenga, y dejémonos de oráculos, que son artificios y vanas
invenciones, y nadie sin trabajar se ha enriquecido, examinando solo
las llamas. La prudencia y la sensatez son los mejores adivinos.[345]
EL CORO
Lo mismo que este anciano pienso yo de los adivinos; los dioses nos
sean propicios, y tendremos a nuestro favor la mejor de las profecías.
HELENA
Sea, pues, enhorabuena, que hasta aquí todo va bien. Pero nada se
pierde en saber cómo has venido en salvo desde Troya, y es natural que
deseemos conocer las desdichas de nuestros amigos.
MENELAO
Con una sola pregunta, y de una sola vez, quieres que te conteste a
tantas cosas. ¿A qué te he de contar las calamidades que sufrí en el
mar Egeo[346] y hablarte de hogueras de Nauplio,[347] en la Eubea,
de Creta[348] y de las ciudades de la Libia que he cruzado, y de las
grutas de Perseo?[349] Mis palabras no te satisfarían; al referirte
mis trabajos los recordaría con pesar, y ahora, después de pasados,
siento natural fatiga, y sin fruto alguno me afligirían dos motivos de
tristeza.
HELENA
Preferible es tu respuesta a mi pregunta. Dime tan solo, dejando lo
demás, cuánto tiempo has andado errante por los mares.
MENELAO
Además de los diez años que estuve en Troya, han pasado después otros
siete.
HELENA
¡Ay dioses! Largo tiempo es, ¡oh desventurado! Y allí te salvaste, y
ahora vienes a morir.
MENELAO
¿Qué es eso? ¿Qué dices? ¡Tú me has perdido, mujer!
HELENA
Te dará muerte el dueño de este palacio.
MENELAO
¿Pues qué delito he cometido para merecerla?
HELENA
Has venido a contrariar sus deseos y a impedir mi enlace.
MENELAO
¿Pues quién desea contraerlo con mi mujer?
HELENA
Y afligirme con nueva afrenta.
MENELAO
¿Algún particular poderoso, o el soberano de este país?
HELENA
El hijo de Proteo, que aquí reina.
MENELAO
Vamos, ya comprendo el enigma de aquella esclava.[350]
HELENA
¿A qué puerta bárbara te acercaste?
MENELAO
A esta, y de ella me rechazaron como a un pordiosero.
HELENA
¿Pedías acaso que socorriesen tu necesidad? ¡Oh desventurada de mí!
MENELAO
Así era, en efecto; pero sin llevar ese nombre de mendigo.
HELENA
¿Luego, según parece, sabes cuanto ocurre acerca de mi himeneo?
MENELAO
Lo sé; pero ignoro si has procurado evitarlo.
HELENA
No dudes que mi tálamo te aguarda intacto.
MENELAO
¿Cómo lo probarás? Grato es lo que dices, siendo cierto.
HELENA
¿Ves mi asilo, cerca de este sepulcro?
MENELAO
Veo, desventurada, este lecho en tierra; pero ¿qué tiene de común
contigo?
HELENA
Aquí venía yo suplicante a pedir que el cielo me librase de esas
nupcias.
MENELAO
¿Sin haber ara en él?[351] ¿Es esa la costumbre de los bárbaros?
HELENA
Este sepulcro nos protege, como si fuese un templo de los dioses.
MENELAO
¿Y no podré llevarte a mi patria?
HELENA
En vez de un lecho, te espera homicida cuchilla.
MENELAO
Soy, pues, el mortal más desdichado.
HELENA
No te desanimes, sino huye de esta tierra.
MENELAO
¿Abandonándote? Por ti derribé a Troya.
HELENA
Más te conviene huir que perder la vida por ser mi esposo.
MENELAO
Como cobarde me aconsejas lo que es indigno del destructor de Ilión.
HELENA
No puedes matar al rey, como quizá deseas.
MENELAO
¿Es acaso su cuerpo invulnerable al hierro?
HELENA
Lo sabrás. Acometer imposibles no es de hombre prudente.
MENELAO
¿Entregaré callado mis manos a las esposas que han de sujetarlas?
HELENA
Ahora no sabes qué hacer. Es preciso inventar algún artificio.
MENELAO
Es más glorioso morir después de ejecutar alguna hazaña, que sin hacer
nada.
HELENA
Una sola esperanza hay de salvarnos.
MENELAO
¿Recurriendo al soborno, a la audacia, o a la persuasión?
HELENA
Si el rey ignora que has venido...
MENELAO
¿Quién me ha de descubrir? Seguramente no sabrá quién soy.
HELENA
Allá dentro le auxilia alguna semejante a los dioses.
MENELAO
¿Algún oráculo?
HELENA
No, una hermana; llámanla Teónoe.
MENELAO
Fatídico es el nombre;[352] pero dime, ¿qué he de hacer?
HELENA
Todo lo sabe, y revelará a su hermano tu llegada.
MENELAO
Moriremos, porque no es posible ocultarme.
HELENA
A no ser que a fuerza de súplicas logremos persuadirla...
MENELAO
¿Qué? ¿Qué esperanza me dejas entrever?
HELENA
Que nada anuncie a su hermano de lo ocurrido.
MENELAO
Y si la persuadiéramos, ¿podríamos dejar este país?
HELENA
Fácilmente, si ella nos ayuda, pues ocultárselo es imposible.
MENELAO
A ti te toca esto, porque las mujeres se avienen bien unas con otras.
HELENA
No dejaré, sin duda, de abrazar sus rodillas.
MENELAO
¿Y si no aprueba nuestro proyecto?
HELENA
Tú morirás, y yo, desdichada, me casaré con él a la fuerza.
MENELAO
Tú me vendes; esa violencia es un pretexto.
HELENA
Lo juro por tu cabeza: el más santo juramento.
MENELAO
¿Qué dices? ¿Que morirás tú y no contraerás nuevas nupcias?
HELENA
A ambos nos matará la misma cuchilla, y después yaceré a tu lado.
MENELAO
Toca entonces mi diestra.
HELENA
Tócola, pues, y te juro que, muerto, dejaré también la luz.
MENELAO
Y yo, sin ti, acabaré mi vida.
HELENA
¿Y cómo moriremos gloriosa muerte?
MENELAO
Después de inmolarte en este sepulcro, me suicidaré. Mas primeramente
acometeremos por tu posesión peligrosa lucha. Acérquese quienquiera,
no ajaré la gloria ganada en Troya, ni volveré a la Grecia para servir
de mofa, ya que Tetis perdió por mi causa su hijo Aquiles, y presencié
la muerte de Áyax Telamonio, y vi sin hijo al que engendró Neleo.[353]
Después de esto, ¿no osaré morir por mi esposa? Sí, sin duda, porque
si son sabios los dioses, cubrirán de leve tierra el sepulcro del varón
esforzado que muera a manos de sus enemigos, pues en el duro suelo
echan sobre los cobardes pesada carga.
EL CORO
¡Oh dioses, que alguna vez sea afortunado el linaje Tantáleo, y se vea
libre de males!
HELENA