manos y deja un su lugar un fantasma que pasa por Helena nada menos
que diecisiete años, diez con los troyanos y siete en compañía de
su esposo Menelao, después de tomada Troya. Menelao, errante por
los mares, arriba al fin con su cónyuge aérea a la isla de Faro, en
Egipto, en donde la Helena real había sido confiada por los dioses a
Proteo, su rey, para que la guardase. Pero a la muerte de este, su
hijo Teoclímeno, enamorado de la pupila de su padre, y no pareciendo
a reclamarla Menelao, quiere obligarla a la fuerza a ser su esposa,
por cuya razón la perseguida se refugia en el asilo del sepulcro de
Proteo. Menelao, con su fantasma, después de su naufragio, la encuentra
entonces, desapareciendo la aérea, y se reconocen, y combinan los
medios de escaparse de la isla y del poder de Teoclímeno. Y logran
cumplidamente su propósito, engañando al enamorado rey con la ayuda de
su misma hermana, la profetisa Teónoe, que, sabedora de la venida de
Menelao, la oculta a su hermano por respeto a la piedad y justicia de
su padre.
En el sentido de llamarse tragedia esta HELENA de Eurípides como
representación dramática, destinada a las fiestas de Dioniso, nada
tendríamos que decir contra esa palabra; pero en la significación
moderna, como obra poética que ofrece y desenvuelve un asunto o
fábula triste, es evidentemente impropia, porque su acción no tiene
nada trágico, y podría denominarse sin reparo una comedia seria o de
enredo. Cierto es que el fondo y los personajes están tomados de los
tiempos heroicos, y que los dioses son los verdaderos causantes de
todas sus peripecias, pero no lo es menos que la intervención divina
de estos tiende a la consecución de un fin ajeno o contrario al de
ese linaje de ficciones, deprimiéndolos y realzando a los hombres, y
siempre sin acordarse del destino, superior a unos y otros. Todas las
desdichas inseparables de la guerra de Troya, inmensas por su calidad,
número y extensión para griegos y troyanos, son el resultado inmediato
de los celos y de la vanidad de tres diosas principales, que sacrifican
a sus rencillas y envidias miserables tantos millares de vidas
humanas. En esto insiste el autor, y esto es lo que pone de relieve,
no disminuir la excesiva población, ni aun llenar de gloria a Aquiles,
como indica.
Apartándose de _La Ilíada_ y de la tradición vulgar, y sin otro fin que
dar cualquier base a su creación, apela al extraño recurso de suponer
que la Helena robada por Paris era solo una sombra o vano fantasma
formado por Hera para anular la obra de Afrodita, agradecida esta
al triunfo conseguido por ella contra sus dos rivales en el juicio
de Paris. Y si Eurípides no se muestra respetuoso en lo más mínimo
con las creencias populares, sino que, al contrario, las desprecia y
rechaza, no se piense por esto que aspira en cambio a ganar el título
de original, porque la innovación no es tampoco suya, sino de un poeta
griego de Himera, en Sicilia, llamado Estesícoro, que murió unos
quinientos setenta años antes de Jesucristo, o unos ciento cincuenta
antes que Eurípides. Este poeta lírico épico, que escribió dos poemas
famosos, _La Orestiada_ y _La Destrucción de Troya_, célebre también
como fabulista y autor de himnos en alabanza de los dioses, y de odas
en loor de los héroes, fue el inventor primero de esta nueva intriga
de Hera. En los caracteres de los dos personajes principales de su
tragedia, de Menelao y de Helena, tampoco fue consecuente consigo
mismo, porque en _Andrómaca_, por ejemplo, el hermano de Agamenón, en
sus acciones y palabras, es lo más abyecto, bajo, cobarde y miserable
que puede imaginarse, y su digna esposa Helena, la mujer liviana,
ligera y caprichosa por excelencia. El viejo Peleo dispara contra
ambos una filípica tremenda, y el ínclito Atrida deja abandonada a su
hija Hermíone en mortal peligro. Pero en esta tragedia Menelao es un
verdadero héroe, y modelo de castas y fieles esposas Helena.
Acaso en ninguna otra de sus tragedias incurra como en esta en el
defecto, que Aristóteles le achaca en su _Poética_, de prescindir de
la verosimilitud en el trazado y desarrollo de sus poemas dramáticos.
La casualidad, o el arbitrio interesado del autor, lo arregla todo a
su conveniencia. Helena ha sido confiada a la guarda de Proteo, rey
de Egipto, y allí se conserva incólume hasta que Menelao se pierde
en los mares navegando, y naufraga en la costa de Faros, en donde
está ella. Teónoe, la profetisa hermana de Teoclímeno, prefiere
ayudar a Menelao y a Helena a escaparse, callando la verdad de la
llegada de Menelao, que conoce, por amor a la justicia y por respeto
a la buena reputación de su padre, porque de lo contrario se venía
abajo todo el edificio levantado por Eurípides. Todo el enredo que
maquinan los esposos fugitivos es tan burdo que, a no ser Teoclímeno
el más torpe y confiado de los enamorados, cuando lo más ordinario
es lo opuesto, no lo hubieran engañado ni un solo momento. Y cuando
se dispone a perseguirlos se presentan los Dioscuros, y se resuelve
satisfactoriamente el conflicto sin más consecuencias. Aquí encontramos
también el consabido prólogo, que pronuncia Helena, altares de dioses
y suplicantes, harapos y hambre en Menelao, un reconocimiento mutuo
de los dos cónyuges separados, no muy expresivo ni rápido, repetidas
alusiones a la facilidad y propensión de las mujeres a fraguar mentiras
y enredos, fanfarronadas de _miles gloriosus_ en el vencedor de Troya,
y hasta doblez y malicia inoportuna en la hija de Zeus y de Leda. Sin
embargo, no falta en esta tragedia de Eurípides alguno de esos rasgos
dramáticos de fina malicia que lo distinguen, como, por ejemplo, la
prisa en bañarse y lavarse juntos los dos esposos antes de emprender su
huida.
Léese, no obstante, con gusto toda ella, y nos ofrece situaciones
eminentemente dramáticas, no trágicas, sino cómicas, como la de
Teoclímeno, aun teniendo en cuenta que su exceso de pasión y su misma
ansia de poseer cuanto antes a su amada lo cieguen de una manera tan
inexplicable. Los versos citados por Aristófanes de esta tragedia en
una de las escenas de _La fiesta de Ceres_, parodiándola, no escasos
por cierto, no se hallan en la que nosotros conocemos. ¡Cuánto habrá de
esto en lo que se ha conservado de esa riquísima y variada literatura
helénica!
De una indicación del mismo Aristófanes en la comedia citada, se
conjetura que hubo de escribirse antes del año 413 de nuestra era.
PERSONAJES
HELENA, _hija de Tindáreo, hermana de los Dioscuros y esposa
de Menelao._
TEUCRO, _de Salamina, hermano de Áyax._
CORO DE CAUTIVAS GRIEGAS.
MENELAO, _esposo de Helena y hermano de Agamenón._
UNA VIEJA, _portera._
UN MENSAJERO.
TEÓNOE, _hermana de Teoclímeno, rey de Egipto, santa
profetisa._
TEOCLÍMENO, _hijo de Proteo, rey de Egipto._
OTRO MENSAJERO.
LOS DIOSCUROS (_Cástor y Pólux_), _hijos de Zeus y de
Leda y hermanos de Helena._
La acción es en Egipto, en la isla de Faro, a la desembocadura del
Nilo, cerca de la costa.
Se ve en el teatro el palacio del rey de Egipto, y delante, hacia uno
de los lados, el sepulcro de Proteo, en el cual yace Helena suplicante.
HELENA
He aquí las puras ondas del Nilo,[308] que en vez de rocío del cielo
se difunde por las sierras de Egipto al derretirse la blanca nieve, y
riega sus campos. Proteo,[309] cuando vivía, reinaba aquí, y habitaba
en la isla de Faro,[310] casado con Psámate, virgen marina, después que
abandonó ella el lecho de Éaco.[311] Tuvo dos hijos en este palacio, un
varón llamado Teoclímeno, porque pasó su vida adorando a los dioses, e
Ido, noble doncella, delicias de su madre en sus tiernos años, llamada
Teónoe en edad núbil por su conocimiento de las cosas divinas, así
presentes como futuras, don de su abuelo Nereo.[312] Esparta es nuestra
patria, no innoble, en verdad, y Tindáreo nuestro padre. Según dice la
fama, Zeus, transformándose en alado cisne, voló al seno de mi madre
Leda y fue su esposo clandestino, fingiendo huir de un águila que lo
perseguía, si la tradición no miente. Me llamo Helena, y publicaré los
males que he sufrido. Tres diosas, Hera, Afrodita y la virgen hija
de Zeus,[313] fueron al monte Ida[314] en busca de Alejandro,[315]
a conquistar la palma de la belleza, haciéndolo su juez. Afrodita
venció, prometiéndole mi mano y la posesión de mi hermosura, si tal
puede llamarse la causa de mi desdicha. Y el ideo Paris, dejando sus
rebaños, fue a Esparta para lograrla. Pero Hera llevó a mal no haber
vencido a las otras diosas, y anuló mi matrimonio con Alejandro, y no
consintió que me poseyera el hijo del rey Príamo, dándole en mi lugar
una viva imagen mía formada de aire, y creyó falsamente disfrutarme,
engañado por la diosa. Juntáronse a estos males ciertos proyectos de
Zeus, que movió guerra entre los griegos y los infelices frigios,
para aliviar a la madre Tierra de tan inmensa multitud de hombres y
dar imperecedera gloria al más esforzado de los aqueos.[316] En poder
de los frigios (yo no, sino mi vano nombre), fui para sus enemigos
galardón de la victoria, pero Hermes me llevó volando por los aires,
y ocultándome en una nube (no se olvidó de mí Zeus), me trajo a este
palacio de Proteo, por creerlo el más casto de los hombres, y con la
mira de conservarme inmaculada para mi esposo Menelao. Y aquí estoy, y
él, desdichado, al frente de su ejército, me busca como si me hubiesen
robado en los alcázares de Troya. Muchos guerreros sucumbieron por
mi causa a las orillas del Escamandro,[317] y yo, a pesar de mis
incomparables sufrimientos, soy para ellos una mujer execrable, causa
única de grave guerra en la Grecia, por haber faltado a mi marido. ¿Por
qué vivo, pues, aún? El dios Hermes me dijo que algún día habitaría con
mi esposo en la ínclita tierra de Esparta, cuando supiese que yo no
había estado en Troya, ni profanado mi lecho. Mientras vio Proteo la
luz del sol, estuve libre de nuevos pretendientes: pero desde que se
sepultó en las tinieblas de la tierra, me persigue su hijo, ansioso de
casarse conmigo. Y yo, fiel a mi primer esposo, vengo a prosternarme
suplicante en este monumento de Proteo, para pedirle que conservo puro
mi tálamo y no sea deshonrado mi cuerpo, ya que mi nombre es infame en
toda la Grecia.
TEUCRO[318] (_que llega del campo_).
¿Quién es el señor de este palacio fortificado? Digno es de Pluto,[319]
según parece, por sus vastas y regias murallas y por sus elevadas
almenas. ¿Qué es esto? ¡Cielos! ¿Qué veo? Es la mujer más odiosa,
cuya funesta hermosura fue causa de mi perdición y de la de todos los
griegos. Maldígante los dioses, porque pareces otra Helena. Si este no
fuese un país extranjero, te daría muerte mi alada flecha, en castigo
de tu semejanza con la hija de Zeus.
HELENA
¿Por qué me rechazas, ¡oh desventurado!, quienquiera que seas, y por
ajenas maldades me aborreces?
TEUCRO
Me equivoqué. Me dejé llevar de la ira más de lo que debía, porque toda
la Grecia odia a la hija de Zeus. Perdona mis palabras, mujer.
HELENA
¿Quién eres? ¿De dónde vienes a esta región?
TEUCRO
Soy, ¡oh mujer!, uno de los desdichados griegos.
HELENA
No es maravilla entonces que detestes a Helena. Pero ¿quién eres? ¿De
dónde? ¿Cómo te llamaré?
TEUCRO
Teucro es nuestro nombre, Telamón mi padre y Salamina la patria que me
crió.
HELENA
¿Y por que has venido a estos campos que riega el Nilo?
TEUCRO
Desterrado.
HELENA
Grande debe de ser tu pena. ¿Quién te desterró?
TEUCRO
Mi padre Telamón. ¿A quién podría yo amar más?
HELENA
¿Y por qué causa? Sin duda por alguna desgracia.
TEUCRO
La muerte de mi hermano junto a Troya me perdió.
HELENA
¿Cómo? ¿Tú lo mataste con tu espada?
TEUCRO
Él se atravesó con la suya.
HELENA
¿Loco? ¿Quién puede hacer esto sino un loco?
TEUCRO
¿Has oído hablar de Aquiles, el hijo de Peleo?
HELENA
Pretendiente a la mano de Helena, según he sabido.
TEUCRO
Pues bien; a su muerte se suscitó grave contienda entre sus compañeros
por la posesión de sus armas.
HELENA
¿Y qué tiene esto que ver con la muerte de Áyax?
TEUCRO
Se suicidó por habérselas llevado otro.[320]
HELENA
¿Y tú sufres ahora las consecuencias de esa desdicha?
TEUCRO
Por no haber muerto con él.
HELENA
¿Fuiste, pues, ¡oh extranjero!, a la ínclita Troya?
TEUCRO
Y después de tomarla me condenó la suerte a perecer.
HELENA
¿El fuego no la ha consumido y arrasado?
TEUCRO
Hasta el extremo de no quedar ni señal de sus murallas.
HELENA
¡Oh mísera Helena, por tu causa murieron los frigios!
TEUCRO
Y los griegos también: sucedieron muchas desgracias.
HELENA
¿Cuánto hace que fue derribada esa ciudad?
TEUCRO
Cerca de siete revoluciones anuales de las que dan las cosechas.
HELENA
¿Y cuánto estuvisteis junto a Troya?
TEUCRO
Muchas lunas, hasta completar el número de diez años.
HELENA
¿Y recobrasteis a la mujer espartana?
TEUCRO
Menelao se la llevó, arrastrándola por los cabellos.
HELENA
¿Viste tú a esa desdichada, o cuentas lo que te han dicho?
TEUCRO
Como te estoy mirando ahora, con estos mismos ojos.
HELENA
Quizá fuera alguna vana imagen con que os engañaron los dioses.
TEUCRO
Habla de otra cosa; déjala en paz.
HELENA
¿Tan seguro estás de lo que dices?
TEUCRO
La vieron mis ojos y la contempló mi alma.
HELENA
¿Y Menelao está ahora en su patria con su esposa?
TEUCRO
No seguramente en Argos, ni en las márgenes del Eurotas.
HELENA
¡Ay, ay de mí! Un mal has anunciado a quien debe sentirlo.
TEUCRO
Se dice que ambos han perecido.
HELENA
¿No navegaban juntos todos los griegos?
TEUCRO
Sí; pero los dispersó una tempestad.
HELENA
¿En qué parte del mar salado?
TEUCRO
Al atravesar el Egeo.
HELENA
¿Y nadie ha sabido después adónde ha arribado Menelao?
TEUCRO
Nadie; pero se dice en Grecia que ha muerto.
HELENA
¡Cierta es mi perdición! ¿Vive todavía la hija de Testio?[321]
TEUCRO
¿Hablas de Leda? Ya falleció.
HELENA
¿La ha precipitado en la tumba la deshonra de Helena?[322]
TEUCRO
Dicen que ciñó con un lazo su noble cuello.
HELENA
Y los hijos de Tindáreo,[323] ¿viven o no?
TEUCRO
Han muerto, y no han muerto; corren dos distintos rumores.
HELENA
¿Cuál es el más grato? ¡Ay desventurada de mí, ay de mis males!
TEUCRO
Dicen que son dioses convertidos en astros.
HELENA
Agrádame lo que has dicho; ¿y cuál es el otro rumor que corre?
TEUCRO
Que han muerto a manos de su hermana. Pero bastante he hablado; no
quiero llorar dos veces. Y ya que he venido a este palacio en busca de
la profetisa Teónoe, ayúdame para que pueda oír los oráculos y dirigir
después mi nave hacia la marina Chipre, en donde el adivino Apolo
ordena que me establezca y ponga a la ciudad que funde el nombre de
Salamina,[324] en recuerdo de mi patria.
HELENA
Navega, ¡oh extranjero!, y sabrás lo que deseas; pero huye de esta
tierra antes que sepa tu llegada el hijo de Proteo, su soberano;
ausente está ahora persiguiendo a las fieras con sus perros; mata a
todos los griegos que cautiva, y no me preguntes la causa que le mueve
a ello, que no te lo diré, ¿pues de qué te serviría saberlo?
TEUCRO
Bien has dicho, mujer. Que los dioses recompensen el bien que me haces.
Aunque tu forma sea parecida a la de Helena, no solo no es tu alma
como la suya, sino muy desemejante. Mala muerte tenga, que no vuelva
a las orillas del Eurotas, y que tú, ¡oh mujer!, seas siempre feliz.
(_Retírase_).
HELENA
Principio ahora a deplorar mi infortunio y mis grandes dolores. ¿Cuáles
serán mis lamentaciones? ¿Cuál mi lúgubre canto? ¿Golpearé mi pecho,
gemiré o lloraré?
_Estrofa 1.ª_ — Vírgenes sirenas,[325] hijas de la Tierra, alígeras
doncellas, ¡ojalá que vengáis a acompañar mis sollozos con la flauta
líbica o la siringa,[326] y las tristes lágrimas que me hacen derramar
mis desdichas!; que vuestros dolores, que otros lúgubres cantos
concuerden con los míos, y que vuestra musa, lamentándose como la
mía, envíe a Perséfone funestas, funestas quejas, ofrenda regada
de lágrimas, himnos en honor de los muertos, que penetrarán en su
tenebroso palacio.
EL CORO (_que aparece en el teatro_).
_Antístrofa 1.ª_ — Fui casualmente a la orilla del mar cerúleo a secar
en delgadas cañas o sobre el entretejido césped purpúreos vestidos a
los dorados rayos del sol, cuando oí flébil sonido de flauta melodiosa,
mezclado de sollozos y lamentos, como de alguna náyade[327] que llorase
a su fugitivo amante, resonando en las cavernosas grutas el eco de su
llanto, enamorada de Pan.
HELENA
_Epodo._ — ¡Oh dolor!, ¡oh dolor!, doncellas griegas apresadas por
bárbaro bajel; un navegante griego ha llegado, sí, ha llegado para
aumentar mis lágrimas, anunciándome la ruina y el incendio de Ilión
por sus enemigos, y todo por mi causa, por mi causa, por mi nombre
desdichado, origen de muchas muertes. Leda pereció en fatal nudo,
víctima del dolor de mi deshonra; mi esposo ha sucumbido, después
de andar errante por los mares, y Cástor y Pólux, los dos gemelos,
gloria de su patria, han desaparecido, sí, han desaparecido, dejando
solitarios los campos que hollaron sus caballos y las orillas del
Eurotas, llenas de delgadas cañas, gimnasio de sus ejercicios juveniles.
EL CORO
¡Ay, ay, ay, ay de mí! ¡Fortuna deplorable, funesto destino, oh mujer!
Mísera es tu suerte, mísera sin duda desde que Zeus, hendiendo
brillante los aires con sus alas de cisne, blancas como la nieve, te
engendró en tu madre. ¿Qué mal no te aflige? ¿Qué dolor no has sufrido?
Murió Leda, y los dos gemelos, hijos queridos de Zeus, no son felices;
no huellas tu suelo patrio, y en las ciudades de la Grecia corre un
rumor, ¡oh mujer veneranda!, que te acusa de haber celebrado bárbaro
himeneo; tu esposo ha perecido en las ondas del mar, y nunca serás
dichosa en tu patria, ni en el templo de Atenea Calcieco.[328]
HELENA
¡Ay, ay de mí! ¿Qué frigio, qué griego cortó el pino que ha llenado
de lágrimas a Troya, y construyó el bajel funesto en que navegó el
hijo de Príamo a mis lares con bárbaros remeros, solicitando mi mano
y mi hermosura infortunada? Dolosa Afrodita, causa de la muerte de
muchos griegos y de los hijos de Príamo, ¡oh mísera, cuán grande es mi
desdicha! Hera, la del dorado solio, esposa veneranda de Zeus, envió al
ligero hijo de Maya, cuando yo recogía en mi seno frescas hojas de rosa
para ofrecerlas a Atenea Calcieco, y, arrebatándome por los aires, me
trajo a este país infortunado, convirtiéndome en manzana de discordia
entre los griegos y los hijos de Príamo. Injusta es la Fama, que mancha
mi nombre en las orillas del Simois.
EL CORO
Sé que te aquejan graves dolores; pero es preciso sufrir con
resignación las calamidades de esta vida.
HELENA
Mujeres queridas, ¿qué fatal destino me persigue? ¿Diome a luz mi
madre para que los mortales me miraran como a un prodigio? Porque
ninguna mujer, ni griega ni bárbara, puso un blanco huevo, como
cuentan de Leda, al darme la vida de su unión con Zeus. Portentosa es
mi existencia y mi grave desdicha, ya por el odio de Hera, ya por mi
belleza. ¡Ojalá que desapareciese borrada, cual pintada estatua,[329]
y los griegos olvidarían mi deshonra, y no me infamaría su memoria,
como ahora! Grave es, aunque tolerable, una sola desdicha enviada por
los dioses, no así la multitud de calamidades que me agobian. Porque,
en primer lugar, sin haber sido deshonrada, me infaman como si lo
fuera, y este mal es mucho mayor fundándose en un falso supuesto,
como sucede cuando se atribuyen vicios al que no los tiene. Después
me arrancaron los dioses de mi patria, y me trajeron a esta tierra
bárbara, y sin amigos soy esclava, cuando nací de padres libres, pues
entre los bárbaros todos lo son, excepto uno. El áncora, que sola me
sostenía en medio de mis males, la esperanza de que vendría algún día
mi marido y me libraría de ellos, ha desaparecido ya, puesto que ha
muerto, y no podrá socorrerme. Murió también mi madre, y me imputan
esta desdicha sin razón, es verdad, como lo es también que de sus
resultas me mancilla la mala fama. Mi hija, honra de su linaje y de mi
palacio, vegeta virgen, no al lado de un esposo, y Cástor y Pólux, que
se dicen hijos de Zeus, no existen tampoco. Y como en todo me persigue
la desgracia, mi perdición proviene de causas externas, no de mis
hechos. Todavía resta que me encierren en una prisión si vuelvo a mi
patria, creyéndome la Helena que estuvo en Troya, y en cuya persecución
fue Menelao. Si él viviese nos reconoceríamos mutuamente en virtud de
ocultas señales[330] que nosotros solos sabemos. Pero ya no es posible,
porque no existe. ¿A qué, pues, vivir? ¿Qué suerte me aguarda? ¿Elegiré
otro esposo para atraerme nuevos males, y será un bárbaro mi perpetuo
compañero, y me sentaré con él en opulenta mesa? Pero cuando un hombre
aborrecido habita con nosotras, es odiosa la vida. Más vale morir,
¿pero cómo hacerlo sin deshonrarme? Vergonzoso hasta para un esclavo es
suspenderse de un lazo en los aires; derramar la propia sangre es mejor
y más noble, y en poco tiempo dejamos de existir. ¡Tan profundo es el
abismo de males en que me veo sumergida! Si la hermosura es para otras
mujeres fuente deleitosa, para mí lo es de perdición.
EL CORO
No creas, Helena, que el extranjero que ha llegado ha dicho en todo la
verdad.
HELENA
Pero aseguró bien a las claras que había muerto mi esposo.
EL CORO
Muchas veces se afirma lo que no es.
HELENA
Con ningún otro se confunde el lenguaje de la verdad, y tal fue el suyo.
EL CORO
Siempre te inclinas más a creer lo malo que lo bueno.
HELENA
El miedo me domina, y todo lo temo.
EL CORO
¿Cómo te tratan en este palacio?
HELENA
Todos son amigos, excepto el que pretende casarse conmigo.
EL CORO
¿Sabes lo que has de hacer? Dejar el sepulcro de Proteo...
HELENA
¿Qué vas a decir? ¿Qué consejo quieres darme?
EL CORO
Y entra en el palacio, y a la que todo lo sabe, a Teónoe, hija virgen
de la marina nereida, pregunta si vive todavía tu marido o si no ve ya
la luz; y cuando estés bien informada, y según sea lo que te dijere,
abandónate al llanto o a la alegría. Porque antes de saberlo, ¿no son
inoportunos tus lamentos? Sigue, pues, mi consejo: deja el sepulcro y
busca a esa doncella, que todo te lo dirá. Teniendo en este palacio
quien pueda declararte la verdad, ¿a qué buscarla tan lejos? Yo quiero
entrar también contigo y oír los oráculos de la virgen; nosotras las
mujeres debemos ayudarnos mutuamente.
HELENA
Sigo vuestros consejos, ¡oh amigas!; id, id al palacio, y oiréis en él
mis cuitas.
EL CORO
Mandas a quien te obedece de buen grado.
HELENA
¡Oh infausto día! ¿Qué nuevas deplorables, qué nuevas deplorables oiré
yo, desventurada?
EL CORO
No excites el llanto, ¡oh amada!, de siniestro agüero.
HELENA
¿Qué habrá sufrido mi desdichado esposo? ¿Verá acaso la luz, y la
cuadriga del sol y el curso de los astros..., o en el infierno
subterráneo yacerá entre los muertos?
EL CORO
No desesperes, sea cual fuere lo por venir.
HELENA
Yo te invoco, yo te suplico, ¡oh Eurotas de verdes cañas!, que me
declares si es cierta la fama que hasta mí ha llegado de la muerte de
mi esposo. ¿A qué tan necias dudas? Lazo mortífero oprimirá mi cerviz
o letal cuchilla me dará muerte, y la sangre correrá de mi cuello, y
empuñando yo misma el hierro lo hundiré en mis carnes, y me sacrificaré
en honor de tres diosas y del hijo de Príamo, que en otro tiempo
cantaba al son de la flauta, guardando los rebaños de bueyes.
EL CORO
Que no te aflijan esos males, y la dicha sea tu inseparable compañera.
HELENA
¡Ah mísera Troya, iniquidades te arruinan, y sufriste duras pruebas!
Merced al don que me hizo Afrodita se ha derramado mucha sangre, y
muchas lágrimas, y unos dolores siguieron a otros, y el llanto al
llanto, y las madres perdieron sus hijos, y las vírgenes hermanas de
los muertos cortaron su cabellera para depositarla en las orillas del
frigio Escamandro. Voz resonante dio la Grecia, y oyéronse tristes
clamores, y golpeó la cabeza con sus manos, y lastimosas heridas
llenaron de sangre tiernas mejillas. ¡Oh virgen Calisto,[331] feliz en
otro tiempo en la Arcadia, que en innoble forma subiste al lecho de
Zeus! ¡Cuán preferible fue tu suerte a la de mi madre! Transformada en
fiera de miembros robustos, trocaste tu hermoso rostro en cabeza feroz
de leona, y se mitigaron tus penas, como la beldad expulsada en otro
tiempo de sus coros por Artemisa, cierva de dorados cuernos, titánide,
hija de Mérope.[332] Yo he derruido, sí, he derruido a la troyana
Pérgamo, y ocasionado la muerte de muchos griegos. (_Vase con el Coro_).
MENELAO (_miserablemente vestido_).