cuales desaparece sensiblemente el carácter religioso de la primitiva
tragedia, acercándose más y más a la puramente humana que la ha
sustituido y persiste en la actualidad, nos enseña la senda recorrida
por esta parte de la poesía dramática desde sus orígenes hasta nuestros
días, y las reformas radicales que ha sufrido hasta lograr su completa
formación. De lo divino o religioso, que todo lo llena al principio,
se va poco a poco separando lo puramente humano, que permanece luego
independiente, perfeccionándose más y más hasta conseguir su esencia
y su forma última y definitiva, más durable y constante. Lo mismo ha
acontecido a los demás géneros poéticos, y casi pudiera decirse que a
todas las instituciones humanas, incluyendo en ellas a las políticas.
La religión ha sido la nodriza y el mentor de la humanidad, guiándola
solicita y cariñosa en sus primeros pasos, y sin separarse de ella.
Eurípides, como trágico griego, es así el menos griego de ellos, si
atendemos solo a la índole característica y hierática de la tragedia
griega, y en este sentido es el peor de los tres trágicos conocidos,
pero precisamente por esto es el eslabón que une a la tragedia antigua
con la moderna. Nos convencemos fácilmente de esta verdad si suprimimos
mentalmente la influencia del destino en cualquiera de las obras de
este poeta, o, al contrario, si suponemos que el objeto o término
final de otra cualquiera moderna ha sido decretado y preparado por el
destino, en cuya hipótesis resultará que en lo sustancial del fondo y
de la forma son ambas iguales. Las demás diferencias que las separan,
sin afectar a lo sustancial, provienen de muchas causas diversas
relacionadas con los distintos elementos sociales de las naciones
antiguas y modernas, como la diferencia de religión, de gobierno, de
hábitos y costumbres, de educación, de mayor o menor cultura y de
influencias nacionales o locales más o menos poderosas en el auge o en
la decadencia de esta clase de composiciones.
Y así se comprende y se explica también que, desde el renacimiento
clásico literario hasta nuestros días, haya sido Eurípides el
preferido para estudio y para modelo, y que continúe siéndolo ahora,
no Sófocles, ni menos Esquilo. El _Edipo rey_ del primero, en nuestra
modesta opinión, es la obra maestra e inimitable del teatro griego;
no ha logrado adaptarse todavía al teatro moderno, ya por no haberlo
intentado siquiera, ya por los resultados obtenidos por insignes poetas
españoles y extranjeros que, habiéndolo intentado, encallaron en la
empresa. Sin la creencia, y creencia firme y general en el destino,
que no existe, la realización de ese deseo es de todo punto imposible.
En cambio abundan las imitaciones de las tragedias de Eurípides, sobre
todo en Francia, en donde ocupan lugar preferente en su literatura
clásica.
En las obras impresas de Racine se conserva el plan de un primer acto
de _Iphigénie en Tauride_, y ha sido imitada también por Guimond de la
Touche, siempre al estilo francés, aunque no sea el de Racine. Goethe
ha escrito otra _Ifigenia en Táuride_, que solo tiene el título de
común con la griega.
De algunas alusiones muy embozadas que se han visto o creído ver en la
tragedia de Eurípides, no por cierto muy convincentes, se ha supuesto
que su representación hubo de hacerse en el año primero de la olimpiada
92, que corresponde al 412 de nuestra era.
PERSONAJES
IFIGENIA.
ORESTES, _hermano de Ifigenia._
PÍLADES, _amigo de Orestes._
CORO DE MUJERES GRIEGAS.
UN PASTOR.
TOANTE.
UN MENSAJERO.
ATENEA.
El lugar de la acción es Táuride (Crimea).
Vese en la escena el templo dórico de Artemisa Táurica, en lo alto de
una roca. El altar está salpicado de sangre, y alrededor se observan
vestidos y armas, despojos de las víctimas sacrificadas. Empieza a
amanecer.
IFIGENIA
Pélope, hijo de Tántalo, obtuvo en Pisa,[277] con sus ligeros caballos,
la mano de la hija de Enómao, madre de Atreo, que engendró a Menelao
y Agamenón, y de este y de la hija de Tindáreo nací yo, Ifigenia,
víctima sacrificada, a juicio de mi padre, en el claro seno de Áulide,
para recobrar a Helena, y cerca de los torbellinos que revuelve el
Euripo cuando impetuosos vientos lo llevan a la mar. En Áulide juntó
también el rey Agamenón un ejército en mil naves para conquistar a
Ilión y ganar gloriosa corona, castigando a Helena, esposa infiel, por
complacer a Menelao. Graves obstáculos se oponían a la navegación,
porque no soplaban vientos favorables. Calcas entonces, observando las
llamas, habló así: «¡Oh tú, Agamenón, que mandas este ejército griego!;
tus naves no dejarán el puerto antes que Artemisa acepte el sacrificio
de tu hija Ifigenia, pues prometiste consagrar a la diosa lucífera lo
más hermoso que el año produjera. Tu esposa Clitemnestra dio a luz en
tu palacio una hija (aludió a mí y me llamó muy bella), que has de
inmolar». Y por arte del sagaz Odiseo me arrancaron del regazo de mi
madre, pretextando que lo hacían para casarme con Aquiles. Y al llegar,
desdichada, a Áulide, ya en lo alto de la pira, y a punto de herirme
la cuchilla, sustrájome Artemisa, poniendo en mi lugar una cierva,
y llevándome a través del resplandeciente éter a esta tierra de los
tauros, en donde Toante impera, rey bárbaro de bárbaro país que corre
como las aves con sus pies ligeros, de donde le vino su nombre. La hija
de Leto hízome su sacerdotisa en este templo, entre cuyos ritos, gratos
a ella, hay uno cuyo solo nombre es bueno; pero callaré, por respeto
a mi señora. Yo inmolo aquí, según antigua costumbre, a los griegos
que arriban a estas costas. Siempre doy principio a las ceremonias
religiosas, y consuman el sacrificio los que habitan en la morada
augusta de esta deidad nefanda. Sepan las auras, por si tienen remedio,
las pavorosas visiones que me han perseguido esta noche. Pareciome en
sueños que abandonaba este país y habitaba en Argos, y reposaba al lado
de las vírgenes, mis compañeras, cuando tembló la tierra y hui de mi
aposento, y se desplomó la cúspide del palacio, y toda la techumbre
vino a tierra, hasta los más altos pilares. Solo quedaba en pie una
columna del palacio paterno, de cuyo capitel pendía blonda cabellera
que hablaba, y yo, lamentándome de mi triste ministerio de matar a los
extranjeros, la rociaba con agua, como destinada a la muerte. He aquí
la interpretación que doy a este sueño: no vive ya Orestes, porque
lo purifiqué para su sacrificio. Son los hijos varones columnas de
las familias, y los rociados con el agua de mis sagrados vasos están
condenados a morir. Y, sin embargo, no puedo aplicar este sueño a otros
amigos, porque Estrofio[278] no tenía hijos cuando me inmolaron.
Quiero, pues, ahora celebrar los funerales de mi hermano ausente con
las esclavas griegas que me dio para mi servicio el rey. Pero no sé qué
causa les impide venir; entraré, pues, en el templo de la diosa, en
donde habito. (_Vase_).
ORESTES
Mira, observa si hay gente en el camino.
PÍLADES
Miro, observo, y todo lo examino con mis ojos.
ORESTES
¿Crees, Pílades, que sea este el templo de la diosa, adónde hemos
dirigido nuestra nave atravesando la mar desde Argos?
PÍLADES
A mí me lo parece; no basta, sin embargo, si tú no opinas lo mismo.
ORESTES
¿Y el ara empapada con sangre griega?
PÍLADES
Tiene, en efecto, coronas teñidas en sangre.
ORESTES
¿Ves, acaso, despojos suspendidos de sus muros?
PÍLADES
Restos de extranjeros sacrificados.
ORESTES
Pero conviene que lo escudriñes todo con diligencia. ¡Oh Febo! ¿Por qué
tus oráculos me atraen a nuevas redes, después que me hiciste asesinar
a mi madre para vengar a mi padre? Las Furias, siempre renovando sus
persecuciones, atormentábanme en mi destierro, obligándome a vagar sin
descanso. Y me acerqué a tu templo, y te pregunté cómo podría librarme
de este furor que me agita, y de tantas penalidades como he sufrido
en mi errante peregrinación por la Grecia. Tú me mandaste entonces
que me encaminara a los confines de la Táuride, en donde es adorada
tu hermana, y robase su estatua, que, según dicen estos habitantes,
cayó del cielo en su templo, apoderándome de ella, ya por engaño,
ya aprovechándome de alguna feliz casualidad, y que, arrostrando el
peligro, la llevase al país de los atenienses; nada más me ordenaste,
y si lo cumplo, pondré término a mis trabajos. He venido aquí
obedeciéndote, a esta tierra desconocida e inhospitalaria. Ahora te
pregunto, ¡oh Pílades!, ya que me ayudas en esta empresa, ¿qué hacemos?
¿Ves sus altos y fuertes muros? ¿Subiremos los peldaños del templo?
¿Cómo nos ocultaremos después en él? ¿Abriremos las puertas de bronce
de este recinto que no conocemos? Si nos sorprenden cuando intentemos
entrar, moriremos; así, antes que suceda esto, huyamos a la nave que
nos trajo.
PÍLADES
No debemos huir, ni acostumbramos hacerlo, ni el oráculo del dios
merece menosprecio. Alejémonos del templo y refugiémonos en las
cavernas que lava el negro Ponto con sus aguas, lejos de la nave, no
la descubra alguno, nos delate a los reyes y nos cautiven a la fuerza.
Y cuando viniere la oscura noche osaremos con maña robar del templo la
tersa estatua de la diosa. Mira si los triglifos dejan bastante espacio
para albergarnos. Audaces en sus empresas son los esforzados, no así
los cobardes, que para nada sirven. ¿Acaso después de andar tan largo
camino a fuerza de remos retrocederemos al llegar a la meta?
ORESTES
Has dicho bien, y debo obedecerte. Ocultémonos, pues, en donde nos sea
posible. Como el dios no ha de impedir el cumplimiento de su oráculo,
osémoslo: para los jóvenes no hay trabajo excusable.
EL CORO
Silencio, habitantes del Ponto Euxino, que moráis en dos peñascos que
se besan;[279] ¡oh Dictina[280] de las selvas, hija de Leto!, a tu
palacio, a las doradas almenas de tu templo, de bellas columnas, acerco
mi pie santo y virginal, siervo de la sacerdotisa que lleva la clava,
y habiendo abandonado las torres de la ecuestre Grecia, las murallas
y los campos umbrosos de la insigne Europa, en donde yace el hogar de
mi padre. Ya he llegado. ¿Qué hay de nuevo? ¿Qué te inquieta? ¿Por qué
me llamaste al templo, por qué me llamaste?, ¡oh hija de los ilustres
Atridas que asediaron las torres de Troya con famosa armada de mil
naves, llenas de innumerables soldados!
IFIGENIA
¡Oh siervas, cómo me abandono a tristes plegarias, canto lúgubre en
elegíacos, no acompañados de la lira, ¡ay, ay de mí!, sino solo de
fúnebre llanto! Tales son mis desdichas, llorando la muerte de mi
hermano, cuya sombra se me ha aparecido en sueños en las tinieblas
de esta noche oscura. Yo muero, yo muero; ya pereció el linaje de mi
padre, ¡ay de mí! Mi familia ya no existe, ¡ay, ay!, víctima de los
infortunios sufridos en Argos. ¡Ay, ay del destino que me arranca
mi único hermano, llevándolo a los infiernos! A sus manos ofreceré
las libaciones que contiene este vaso, derramándolo en el seno de la
tierra, y abundante leche de las vacas de los montes, vino de Dioniso
y miel de abejas de amarillentas alas que aplacan a los muertos. Pero
dame el vaso de oro macizo y la infernal ofrenda. ¡Oh hijo de Agamenón
que yaces bajo la tierra! Como si hubieses muerto te ofrezco este don;
acéptalo, que en tu túmulo no depositaré mi blonda cabellera ni tampoco
derramaré mis lágrimas. Lejos estoy de tu patria y de la mía, en donde
creen que yo, mísera, he sido inmolada.
EL CORO
Cantos que respondan a los tuyos, e himno asiático en bárbaro lenguaje
haré oír, ¡oh señora!, musa lúgubre, grata a los muertos, tristes
versos que a Hades deleitan. ¡Ay de mí! Desapareció el astro que
iluminaba el augusto palacio de los Atridas, ¡ay de mí!, tu hogar
paterno. ¿Quién, pues, ahora empuñará el cetro de los reyes famosos
de Argos? Una pena sucede a otra desde que, torciendo las riendas de
sus veloces caballos, el Sol se alejó, y apartó, indignado de tus
progenitores, su sagrado y brillante rostro.[281] Un dolor sucede a
otro en su palacio, a causa del vellocino de oro; un asesinato a otro,
a un llanto otro llanto, y de aquí que el funesto destino asentara su
planta en la mansión de los Tantálidas, que ya perecieron, y con triste
ímpetu te haya acometido numen nefando.
IFIGENIA
Desde el principio, y desde el himeneo de mi madre, ha sido adversa mi
suerte, y desde la noche aquella en que las Parcas, que presiden al
nacimiento, decretaron que yo viviera vida amarga, primogénita de la
infortunada hija de Leda, que me concibió en mal hora en su tálamo, y
me dio a luz y me educó para ser víctima de la debilidad de mi padre,
quien me había de sacrificar cruelmente, y llevándome, en cumplimiento
de su voto, a las arenas de Áulide en su carro ecuestre, como
prometida, ¡ay!, como infeliz esposa del nieto de Nereo. Extranjera
ahora en el inhospitalario Ponto, habito lúgubre mansión, sin esposo
ni hijos, sin patria, sin amigos, cuando tantos amigos solicitaban mi
mano; no cantando himnos a la argiva Hera, ni tejiendo con la lanzadera
en finas telas la imagen de Palas Ática y de los Titanes,[282] sino
manchando las aras de Artemisa con sangre, después de dar a los
extranjeros deplorable muerte, y oyendo sus clamores, que mueven a
lástima, y contemplando las lágrimas tristes que derraman. Y ahora me
olvido de estos males, y lloro a un hermano, muerto en Argos, que dejé
tierno infante, todavía en la lactancia, cara prenda en los brazos y
en el seno de su madre, Orestes, en fin, que en Argos debía empuñar el
cetro.
EL CORO
Desde la orilla del mar viene hacia aquí un pastor, quizá a anunciar
alguna nueva importante.
EL PASTOR
Hija de Agamenón y de Clitemnestra, oye la noticia que voy a darte.
IFIGENIA
¿Quién osa interrumpirme en este momento?
EL PASTOR
Dos jóvenes fugitivos han arribado a esta región, a las Cianeas
Simplégades, sacrificio y víctimas agradables a Artemisa. Prepara,
pues, desde luego el agua lustral y las ofrendas.
IFIGENIA
¿De qué país? ¿Cómo se llama la patria de esos extranjeros?
EL PASTOR
Son griegos; solo sé esto y nada más.
IFIGENIA
¿Dices que ignoras sus nombres?
EL PASTOR
Uno llamaba Pílades al otro.
IFIGENIA
¿Y cuál era el nombre de su compañero?
EL PASTOR
No lo sé; no lo hemos oído.
IFIGENIA
¿Cómo los descubristeis y los cautivasteis?
EL PASTOR
En la extrema orilla del inhospitalario estrecho.
IFIGENIA
Pero vosotros los pastores, ¿qué hacíais en la mar?
EL PASTOR
Fuimos a lavar en sus olas los bueyes.
IFIGENIA
Dejemos eso, y dime ahora, para satisfacer mi curiosidad, de qué manera
los cautivasteis. Largo tiempo hacía que no llegaban los griegos para
regar el ara de la diosa con torrentes de sangre.
EL PASTOR
Cuando llevábamos a los bueyes selvícolas al mar que baña las
Simplégades, llegamos a cierta caverna, abierta por el continuo
embate de las olas, abrigo de pescadores de púrpura. Aquí vio a los
dos jóvenes uno de nuestros compañeros, y retrocedió, desandando el
camino con la punta de los pies, y dijo: «¿No veis? Ahí habitan ciertas
deidades». Otro, el más religioso, alzó las manos y los adoró así al
verlos: «¡Oh Palemón soberano,[283] hijo de la marina Leucótoe, patrono
de los navegantes!, muéstratenos propicio, ya sean los Dioscuros
quienes yacen en la ribera, ya los hijos amados de Nereo,[284] padre
del noble coro de las cincuenta nereidas». Pero otro, vano, audaz e
impío, se burló de sus plegarias, y dijo que los de la gruta eran
náufragos, y que allí se ocultaban, sabedores de la costumbre observada
entre nosotros de sacrificar extranjeros. Casi todos creíamos que tenía
razón, y que debíamos apoderarnos de estas víctimas y traerlas, como
siempre, a la diosa. Mientras tanto, uno de los peregrinos dejó la
roca, se detuvo un poco, movió la cabeza a un lado y a otro, gimió
y se estremeció su cuerpo como presa del delirio, clamando a modo de
cazador: «¿La ves, Pílades? ¿No ves este dragón del Orco que intenta
matarme, armado de horrendas víboras? ¿Y esta que espira fuego y
muerte y sacude las alas que se destacan de su ropaje, llevando a mi
madre en sus brazos, y quiere lanzarme este peñasco? ¡Ay de mí! ¡Me
matará! ¿Adónde huiré?». Sin embargo, nada se veía, confundiendo él
el mugido de los novillos y el ladrar de los perros con los aullidos
semejantes que, según se dice, dan las Furias. Nosotros, entretanto,
aterrados y suspensos, permanecíamos quietos y en silencio. Pero él,
desenvainando la espada, arremetió como un león a los novillos, los
hirió en el vientre con su acero, atravesoles los costados, creyendo
espantar a las Furias, hasta el extremo de llegar la sangre al mar.
Todos entonces se armaron, viendo el estrago que hacía en los rebaños,
y tocamos los caracoles, llamando en nuestra ayuda a los indígenas,
pues contra peregrinos robustos y llenos de vida podrían poco débiles
pastores. Muchos, en efecto, nos reunimos en breve. El extranjero cayó
al fin víctima de su locura, arrojando espuma por la boca. Cuando lo
vimos en tierra en sazón tan oportuna, todos nos pusimos a la obra,
y juntamos piedras, tirámoslas, y lo herimos; el otro extranjero lo
cuidaba y atendía, protegiéndolo la tela bien urdida de su vestido, y
examinaba solícito sus heridas, y le prodigaba los tiernos desvelos
de un leal amigo. Recobrando luego el juicio, se levantó del suelo,
observó la muchedumbre de enemigos que les acometía, y presintiendo la
calamidad que les amenazaba, gimió. Mas nosotros no cesamos de tirarle
piedras a porfía. Entonces oímos esta exhortación atroz: «Moriremos,
Pílades, pero con el honor posible; sígueme, esgrimiendo en tu diestra
la espada». Cuando se adelantaron hacia nosotros vibrando sus armas,
huimos y nos refugiamos en las frondosas selvas. Pero si alguno se
intimidaba, los demás, amenazándole de cerca, le obligaban a la fuerza
a volver, y si unos eran rechazados, los de reserva volvían a la carga
con nuevas pedradas. Increíble parece que, siendo nosotros tantos,
ninguno pudiese herir mortalmente a las víctimas de la diosa. Con
trabajo, al cabo, y faltándonos valor, los cautivamos, y cercándolos a
pedradas, hicimos caer las espadas de las manos, obligándolos por el
cansancio a arrodillarse en tierra. Llevámoslos, pues, a la presencia
del rey, los vio y te los envió inmediatamente para que los purifiques
e inmoles. Debes desear, ¡oh virgen!, que se repitan estos sacrificios,
porque si das muerte a tales extranjeros, la Grecia pagará la que quiso
darte, y expiará la pena del crimen cometido en Áulide.
EL CORO
Maravilloso es lo que has contado del extranjero, sea quien fuere,
venido de la Grecia al inhospitalario Ponto.
IFIGENIA
Bien está; vete y trae a los extranjeros; yo cuidaré de lo demás. ¡Oh
corazón desdichado, antes afable y misericordioso con las víctimas!
Solías derramar lágrimas por tus compatriotas siempre que caían en
tus manos; pero como ahora, y en vista de los sueños que me han
asustado, creo que Orestes no ve ya la luz del sol, no os miraré
con benevolencia, cualquiera que seáis. Es una verdad, y yo la he
experimentado, ¡oh amigas!, que los infelices no quieren bien a
los venturosos. Mas ni llegó nunca a esta costa inhospitalaria el
viento de Zeus,[285] ni nave que, atravesando los escollos de las
Simplégades, trajese a Menelao ni a Helena, que me perdieron, para
vengarme de ellos, y que encontrasen aquí otra Áulide en vez de aquella
en donde me sacrificaron los hijos de Dánao como a cautiva ternerilla,
sacrificándome el mismo padre que me engendró. ¡Ay de mí! No olvido
aquellos males y las veces que mis manos tocaron su rostro, y que me
abracé a las rodillas de mi padre, diciéndole: «¡Oh padre!, hicísteme
contraer vergonzoso himeneo, y mientras tú me matas, mi madre y las
argivas celebran mis bodas,[286] y en todo el palacio resuenan la
flauta y los cánticos, y tú me sacrificas sin piedad. Hades era, pues,
Aquiles, no el hijo de Peleo, el esposo que me habías anunciado; en
carro me trajiste por engaño a sangrientas bodas». Y yo, al ponerme
el sutil velo, no tomé en mis brazos a mi hermano, el que pereció
hace poco, ni de vergüenza besé a mi hermana, creyendo encaminarme al
palacio de Peleo; y no me despedí de muchas, pensando en mi pronto
regreso a la ciudad de Argos. ¡Oh mísero Orestes, si has muerto,
perdiste envidiable suerte y la herencia afortunada de tu padre! No
alabo el siniestro placer de una diosa que aleja de su ara a cualquier
mortal, considerándolo impuro, ya haya derramado sangre, ya sufrido
los dolores del parto, o tocado algún cadáver con sus manos, y, sin
embargo, se deleita con víctimas humanas. De ningún modo Leto, esposa
de Zeus, ha dado a luz tan necia deidad. Increíble, en verdad, me
parece el festín que dio Tántalo a los dioses, y que ellos disfrutaran
comiendo un niño, y más bien creo que los moradores de esta región,
para excusar sus homicidios, atribuyen a una divinidad su delito. A mi
juicio, ningún dios es malo.[287] (_Ifigenia se calla, esperando a los
extranjeros_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Cerúleas, cerúleas olas del mar, en donde Ío,[288]
abrasada por el delirante estro, voló desde Argos al estrecho Euxino, y
lo pasó, viniendo al Asia desde Europa, ¿quiénes son los que dejando el
caudaloso Eurotas,[289] de verdes cañas, o las aguas sagradas de Dirce,
arribaron, arribaron a una tierra insociable, en donde divina doncella
riega con sangre humana las aras y los templos cercados de columnas?
_Antístrofa 1.ª_ — ¿Navegaron acaso a fuerza de impetuosos remos de
abeto, que resonaban a compás a los dos costados de la nave, llenando
el viento las velas, ávidos de riquezas, para llevar la abundancia a
sus hogares? La dulce esperanza se torna insaciable en los hombres,
en daño suyo, cuando traen la carga de sus tesoros, después de andar
errantes por las olas y recorriendo bárbaras ciudades con vanas
ilusiones. Vehementes son unos con su avaricia, y otros más moderados.
_Estrofa 2.ª_ — ¿Cómo atravesaron los peñascos que se juntan,[290]
cómo los escollos Fineos, nunca tranquilos, navegando cerca de la
orilla en las revueltas olas de Anfitrite, en donde los coros de las
cincuenta doncellas nereidas danzan a la redonda, mientras llenaba
el viento las velas y rechinaba el timón que gobierna en la popa, ya
impelida por las auras del Noto, o por los soplos del Céfiro, para
arribar a una región abundante en aves, a la isla de Leuca, célebre
estadio de las carreras de Aquiles en el Ponto Euxino?
_Antístrofa 2.ª_ — ¡Ojalá que se realizasen los deseos de mi señora
querida, y por alguna casualidad viniese aquí Helena, hija amada de
Leda, dejando la ciudad troyana para rociar su cabello con el agua
lustral, precursora de la muerte, y que mis manos la degollaran,
sufriendo las penas que debe! Dulcísima nueva sería para nosotras que
de la Grecia llegase algún navegante a poner término a mis trabajos y a
mi desdichada servidumbre. Que en sueños siquiera me vea yo en la casa
mía y en mi patria, para oír suave canto, deleite de los afortunados.
_Epodo._ — Pero he aquí a los extranjeros, atadas sus manos con
dobles lazos, nuevas víctimas para la diosa. Callad, amigas. Ya mis
compatriotas se acercan al templo, confirmando los anuncios del pastor.
¡Oh numen venerando!, si te es grata tal ofrenda, acepta las víctimas
que te presentamos en observancia de nuestras costumbres, aun cuando no
sean para los griegos hijas de la piedad.
IFIGENIA (_a los que traen a los cautivos_).
Vamos, pues; mi primer cuidado es que nada falte al culto de la diosa.
Desatad las manos de los extranjeros, que, consagrados, ya no han de
estar así. Entrad en el templo, preparad lo que sea necesario para esta
ceremonia, y lo que el ritual ordena. (_Vanse_). ¡Hola! ¿Qué madre
os dio a luz en otro tiempo? ¿Cuál es vuestro padre?, ¿cuál vuestra
hermana, si acaso la tenéis? ¡Qué dos jóvenes hermanos va a perder!
¡De qué hermanos quedará huérfana! ¿Quién está seguro de los golpes
de la fortuna? ¿Quién sabe lo que le aguarda? Impenetrables son los
decretos del destino; todos ignoran sus desdichas futuras, y la ciega
deidad nos arrastra a desconocido abismo. ¿De dónde venís, extranjeros
desventurados? ¡Qué larga navegación habéis traído para arribar a este
país, y cuán eternamente estaréis ausentes de vuestra casa, sepultados
en los infiernos!
ORESTES
¿A qué te lamentas así, ¡oh mujer!, seas quien fueres, y agravas
nuestros próximos males? No es sabio, a mi juicio, el que ha de morir
y disimula su miedo, excitando la piedad, ni el que deplora su fin
cercano, sin esperanza de salvación: de un solo mal hace dos; de
necio es su conducta, y muere no obstante. Sea libre la fortuna. No
te compadezcas más de nosotros, que conocemos los sacrificios que se
celebran aquí.
IFIGENIA
¿Cuál de vosotros se llama Pílades? Es lo que primero deseo saber.
ORESTES