primer lugar, y para que esta sea también mi primera reconvención, te
casaste conmigo contra mi voluntad, y me robaste a la fuerza, matando a
Tántalo,[271] mi primer esposo, y estrellaste en el suelo a mi tierno
niño, arrancándolo violentamente de mis pechos. Y los hijos de Zeus,
mis hermanos, apuestos caballeros, te hicieron la guerra, y te libró
de ella a tu ruego Tindáreo, mi anciano padre, y entonces te di mi
mano. Así me reconcilié contigo, y tú mismo podías atestiguar que he
sido esposa fiel, digna de ti y de tu linaje, y casta, y económica, de
suerte que cuando entrabas en tu palacio gozabas, y cuando salías de
él eras feliz. Preciosa joya es para un hombre tal esposa, así como
no es raro tenerla mala. Y además de tres hijas te di este hijo, y tú
piensas arrebatarme bárbaramente una de ellas. Si alguno te pregunta
por qué la matas, dime, ¿qué contestarás? ¿Debo yo hablar en tu nombre,
para que Menelao recobre a Helena? Laudable costumbre, sin duda, que
nuestros hijos paguen las culpas de una criminal mujer. Rescatamos lo
más odioso a costa de lo que más amamos. Ea, pues; si vas a la guerra
y me dejas abandonada en mi palacio largo tiempo, ¿cuáles serán mis
pensamientos, viendo los solitarios aposentos que mi hija ocupaba, y
solitaria también la morada de las vírgenes, y me halle sola llorando,
y lamentándome siempre de este modo?: «Te ha perdido, hija mía, el
padre que te engendró; él mismo te ha dado muerte, no otro, ni ajena
mano; tal es el premio que da el traidor a su familia». Bastará
entonces leve pretexto para que yo y las hijas que dejas te recibamos
a tu vuelta como es justo. Por los dioses, no me obligues a faltarte
ni tú me faltes. Pero supongamos que sacrificas a tu hija. ¿Qué preces
recitarás en los altares? ¿Qué bien orarás dándole muerte? Seguramente
será funesto tu regreso si así sales de tu palacio. Y yo, ¿qué podré
pedir para ti? Creeríamos sin duda que son necios los dioses, si
pidiésemos beneficios en pro de infanticidas. ¿Cómo abrazarás a tus
hijos al tornar a Argos? No te será lícito. ¿Cuál de ellos podrá
mirarte sin horror cuando deliberadamente has inmolado a uno de sus
hermanos? ¿Reflexionaste en todo esto? ¿Solo anhelas llevar el cetro y
mandar? En rigor, tal debía ser tu réplica a los griegos: «¿Queréis,
¡oh griegos!, navegar a la Frigia? Que decida la suerte cúya sea la
hija que haya de morir». Esto sería equitativo; no que tú solo, entre
todos, des a la tuya; o que Menelao, a quien más interesa, ofreciese a
Hermíone por recobrar a su madre. Pero ahora me arrancan mi hija amada,
cuando tan santamente cumplo mis deberes conyugales, y la que delinquió
será feliz conservando a la suya en Esparta. Respóndeme si no tuviere
razón en cuanto he dicho; pero si la tengo, no mates a Ifigenia, y
serás prudente y justo.
EL CORO
Accede a sus ruegos, Agamenón, que honra a los padres conservar a sus
hijos la vida, y ningún mortal osará contradecirlo.
IFIGENIA
Si yo tuviese la elocuencia de Orfeo, ¡oh padre!, y las piedras me
siguiesen cuando cantara, y mis palabras ablandasen los corazones, a
ello apelaría. Pero lloraré ahora, que tal es mi única elocuencia y lo
que puedo hacer. Y estrecho tu cuerpo, como rama de suplicantes, con
este que dio a luz mi madre, no para que me sacrifiques prematuramente,
ni me obligues a visitar las entrañas de la tierra. Yo la primera te
llamé padre, y tú a mí hija; yo la primera, sentada en tus rodillas, te
infundí dulce deleite y lo sentí a mi vez. Así hablabas tú: «¿Te veré
feliz algún día, ¡oh hija!, al lado de tu esposo, llena de vida y de
vigor, como mereces?». Y yo a mi vez te decía estas palabras, cerca de
tus mejillas, que ahora tocan mis manos: «¿Y qué haré yo contigo? ¿Te
recibiré anciano en mi palacio, ¡oh padre!, dándote grata hospitalidad
en premio de las penalidades que sufriste al criarme?». Conservo el
recuerdo de estas pláticas, pero tú las olvidaste y quieres matarme.
¿Por qué he de ser víctima de las nupcias de Alejandro y de Helena?
¿Por qué, ¡oh padre!, ha de ser su venida causa de mi perdición?
Mírame, déjame tu rostro, y dame tierno ósculo, para que, a lo menos,
al morir tenga esta memoria tuya, si no accedes a mi ruego. Tú,
hermano, eres débil socorro a tus amigos, pero lloras sin embargo, y
pides suplicante a tu padre que no muera tu hermana; hasta los niños
que no hablan tienen cierto presentimiento de los males. Mira, padre,
cómo te suplica callado; compadécete de mí y de mi vida. Sí, por tus
rodillas te rogamos dos a quienes amas: este, que aún no habla, y
yo, mísera jovencilla. Basten estas frases para refutar todos tus
argumentos. Ver la luz es lo más grato a los mortales; los muertos nada
son, y delira el que anhela perecer. Más vale penosa vida que gloriosa
muerte.
EL CORO
¡Oh infausta Helena! Por ti y por tu himeneo aflige horrible lucha a
los Atridas y a sus hijos.
AGAMENÓN
Conozco, sin duda, cuándo debo compadecerme y cuándo no, y amo a mis
hijos, que de otro modo sería insensato. Mucho, ¡oh mujer!, me aflige
realizar mí proyecto, mucho también no osarlo, pero es mi deber. Ya
veis qué formidable escuadra está aquí reunida, y cuántos griegos
armados de bronce, a quienes no es permitido acercarse a las torres de
Ilión si no te sacrifico, como ha dicho el adivino Calcas, ni les es
lícito arruinar a la famosa Troya. Cierto afán insano de navegar cuanto
antes a la tierra de los bárbaros se ha enseñoreado del ejército, y
de castigar el rapto de una esposa griega, y matarán en Argos a mis
hijos, y a vosotras y a mí, si por mi culpa no se cumple el oráculo
de Artemisa. No me arrastra Menelao, ¡oh hija!, ni me conformé con su
opinión, sino Grecia me obliga, en cuyo provecho, ya quiera o no,
he de inmolarte, porque somos más débiles. Conviene que sea libre en
cuanto de ti y de mí dependa, ¡oh hija!, y que los bárbaros no roben a
los griegos sus esposas. (_Vase_).
CLITEMNESTRA
¡Oh hija, oh extranjeras, cuán desventurada me hace tu inevitable
pérdida! Tu padre huye, entregándote a Hades.
IFIGENIA
¡Ay de mí, madre, madre mía, un mismo canto de muerte conviene a
nuestra común desgracia, que ya se acabó para mí la luz y este
resplandor del sol! ¡Ay, ay de mí! Montes nevados de los frigios y
selvas del Ida, en donde Príamo en otro tiempo expuso tierno niño[272]
lejos de su madre, y condenó a Paris a funesta muerte, y se llamaba
Ideo, sí, llamábanle Ideo en la ciudad de Dárdano. Ojalá que nunca
se criase con sus toros el boyero Paris, por orden de Príamo, cerca
de cristalinas aguas, en donde yacen las fuentes de las ninfas, y el
verde prado de lozanas flores, y rosas y jacintos que habían de coger
las diosas. Allí vino después Palas, y la dolosa Afrodita, y Hera, y
Hermes, el mensajero de Zeus; Afrodita, envanecida con sus atractivos;
Palas con su lanza, y Hera con su esposo el rey Zeus. Y acorrieron a
juicio odioso y a disputar cuál era la más hermosa, y también a darme
muerte, único medio de que logren fama los hijos de Dánao; tales son,
¡oh doncellas!, las princesas que Artemisa pide para favorecer la
expedición contra Troya. Mas quien engendró a esta desventurada, ¡oh
madre, madre mía!, huye y me abandona y me vende. ¡Ay de mí, mísera,
que he visto a la funesta, a la funesta e infausta Helena sacrificarme,
y perezco por orden impía de un padre, también impío! ¡Ojalá que no
se refugiasen en Áulide las popas de mis naves con sus espolones de
bronce, ni la armada que ha de llevar los griegos a Troya, ni que Zeus
enviase al Euripo contrarios vientos, él, que a unos concede propicias
auras, que llenan plácidamente sus velas, causa para otros de llanto; a
estos para envolverlos el destino en sus redes, a aquellos para dejar
puerto, a otros para recoger las velas, y a otros, en fin, para morir!
Desdichado es, sin duda, sí, desdichado es el linaje humano, y fatal
desgracia que los hombres se atraigan además nuevos infortunios. ¡Ay,
ay de mí! Fuente de graves males, fuente de graves dolores es para los
griegos la hija de Tindáreo.
EL CORO
Compadézcome de ti; triste es tu suerte, y ojalá que nunca te amenazase.
IFIGENIA
¡Oh madre, que me diste a luz, yo veo multitud de hombres que se
acercan aquí!
CLITEMNESTRA
Y el hijo de la diosa, causa de tu venida.
IFIGENIA
Abrid, esclavas, las puertas, que voy a ocultarme.
CLITEMNESTRA
¿Por qué huyes, hija?
IFIGENIA
Me avergüenzo de ver a Aquiles.
CLITEMNESTRA
¿Por qué?
IFIGENIA
El malogrado éxito de mi himeneo tiñe de rubor mis mejillas.
CLITEMNESTRA
No es lisonjera tu derrota. No te muevas; tan grande es nuestro dolor,
que ni aun lugar deja a la vergüenza.
AQUILES
¡Oh hija de Leda, mujer desventurada!
CLITEMNESTRA
No es falso lo que dices.
AQUILES
Óyense horribles clamores entre los argivos.
CLITEMNESTRA
¿Qué clamores son esos? Dímelo.
AQUILES
Acerca de tu hija.
CLITEMNESTRA
De mal agüero son tus primeras palabras, y nada bueno anuncian después.
AQUILES
Dicen que es menester sacrificarla.
CLITEMNESTRA
¿Nadie lo contradice?
AQUILES
Yo vengo, como ves, exponiéndome al peligro.
CLITEMNESTRA
¿A cuál, ¡oh extranjero!?
AQUILES
A morir apedreado.
CLITEMNESTRA
¿Porque deseas salvar a mi hija?
AQUILES
Ciertamente.
CLITEMNESTRA
¿Quién sería tan osado que se atreviera a tocarte?
AQUILES
Todos los griegos.
CLITEMNESTRA
¿Y no te defenderá el ejército de los mirmidones?
AQUILES
Son mis mayores enemigos.
CLITEMNESTRA
Sin duda perecemos, ¡oh hija!
AQUILES
Afirmaban que me había seducido Ifigenia.
CLITEMNESTRA
¿Y qué respondiste?
AQUILES
Que por los dioses no mataran a mi futura esposa.
CLITEMNESTRA
Bien dicho.
AQUILES
La que me prometió su padre.
CLITEMNESTRA
Llamada por él de Argos.
AQUILES
Pero sus clamores ahogaban los míos.
CLITEMNESTRA
Intolerable es la muchedumbre.
AQUILES
Te ayudaré, sin embargo.
CLITEMNESTRA
¿Y pelearás solo contra tantos?
AQUILES
¿No ves esos que vienen armados?
CLITEMNESTRA
Que los dioses premien tu nobleza.
AQUILES
Así lo harán.
CLITEMNESTRA
¿No morirá ya mi hija?
AQUILES
No, a lo menos con mi asentimiento.
CLITEMNESTRA
¿Llegará acaso alguno que me la arrebate?
AQUILES
Muchos, sin duda, y Odiseo a su frente.
CLITEMNESTRA
¿El nieto de Sísifo?[273]
AQUILES
El mismo.
CLITEMNESTRA
¿Espontáneamente, o en nombre del ejército?
AQUILES
Elegido por él y por su propia voluntad.
CLITEMNESTRA
Mala elección, de seguro, para mancharos de sangre.
AQUILES
Pero yo lo impediré.
CLITEMNESTRA
¿Y se la llevarán resistiéndose?
AQUILES
Arrastrándola de sus rubios cabellos.
CLITEMNESTRA
¿Y qué haré yo entonces?
AQUILES
No soltarla.
CLITEMNESTRA
Si de esto depende su salvación, no la matarán.
AQUILES
Pero vendrán sin tardanza.
IFIGENIA
Madre, escúchame: veo que te indignas en vano contra tu esposo,
pretendiendo imposibles. Justo es que alabemos por su decisión a este
extranjero; pero tú debes evitar las acusaciones del ejército, y que
por nuestra resistencia sobrevenga a Aquiles alguna calamidad. Oye,
madre, lo que pensando se me ha ocurrido: resuelta está mi muerte,
y quiero que sea gloriosa, despojándome de toda innoble flaqueza.
Vamos, madre, atiéndeme, aprueba mis razones: la Grecia entera tiene
puestos en mí sus ojos, y en mi mano está que naveguen las naves y sea
destruida la ciudad de los frigios, y que en adelante los bárbaros
no osen robar mujer alguna de nuestra afortunada patria, si ahora
expían el rapto de Helena por Paris. Todo lo remediará mi muerte, y mi
gloria será inmaculada, por haber libertado a la Grecia. Ni debo amar
demasiado la vida, que me diste para bien de todos, no solo para el
tuyo. Muchos armados de escudos, muchos remeros vengadores de la ofensa
hecha a su patria acometerán memorables hazañas contra sus enemigos, y
morirán por ella. ¿Y yo sola he de oponerme? ¿Es acaso justo? ¿Podremos
resistirlo? Pero vengamos a lo principal. No conviene que Aquiles pelee
contra todos los griegos por una mujer, ni que por ella muera. Un solo
hombre es más digno de ver la luz que infinitas mujeres. Y si Artemisa
pide mi vida, ¿me opondré, simple mortal, a los deseos de una diosa?
No puede ser. Doy, pues, mi vida en aras de la Grecia. Matadme, pues;
devastad a Troya. He aquí el monumento que me recordará largo tiempo,
esos mis hijos, esas mis bodas, esa toda mi gloria. Madre, los griegos
han de dominar a los bárbaros, no los bárbaros a los griegos, que
esclavos son unos, libres los otros.
EL CORO
Generosos sentimientos, ¡oh tierna joven!, víctima de tu adversa suerte
y de Artemisa.
AQUILES
Algún dios, ¡oh hija de Agamenón!, me hubiese hecho feliz concediéndome
tu mano. ¡Bienaventurada es la Grecia por tu causa, y tú por ella!
No oponiéndote a una deidad más poderosa que tú, has pensado lo que
es útil y necesario. Mayor es mi deseo de casarme contigo ahora que
conozco tu noble índole y tu sin par grandeza. Escúchame, pues: quiero
hacerte dichosa y llevarte a mi palacio, y sentiré, poniendo a Tetis
por testigo, no salvarte y pelear contra toda la Grecia. Mira que la
muerte es mal grave.
IFIGENIA
Hablo así sin acordarme de nadie. Baste a la hija de Tindáreo ser
causa, por su hermosura, de batallas y muertes entre los hombres. Tú,
¡oh extranjero!, no mueras por mí, ni mates a nadie, sino déjame que si
puedo, salve a la Grecia.
AQUILES
¡Oh criatura nobilísima! Nada te replicaré ya si así piensas. Generosos
son tus sentimientos; ¿por qué no se ha de decir la verdad? Pero
quizás te arrepientas de tu propósito. Para que comprendas bien mis
intenciones, me colocaré junto al ara y apostaré allí estos soldados,
no para asegurar, sino para impedir tu muerte, que acaso sigas luego
mis consejos, al ver la cuchilla que amenaza a tu cuello. No te dejaré,
pues, morir tan audaz y temerariamente, sino que iré acompañado de
estos guerreros al templo de la diosa, y allí te esperaré. (_Vase_).
IFIGENIA
Madre, ¿por qué lloras en silencio?
CLITEMNESTRA
Bastante es mi desdicha para llorar.
IFIGENIA
Déjame, no me intimides; aprueba mi resolución.
CLITEMNESTRA
Habla, hija, porque yo no seré contigo injusta.
IFIGENIA
Que no cortes los rizos de tu cabellera ni te cubran negros vestidos.
CLITEMNESTRA
¿Qué has dicho, hija? ¿Cuándo te perderé?
IFIGENIA
Tú a mí no; me he salvado; por mi causa será más ilustre tu nombre.
CLITEMNESTRA
¿Qué dices? ¿Por qué no he de llorar tu muerte?
IFIGENIA
De ninguna manera, porque no me elevarán túmulo alguno.
CLITEMNESTRA
Qué, ¿la muerte no es una sepultura?
IFIGENIA
El ara de la diosa, hija de Zeus, será mi sepulcro.
CLITEMNESTRA
Te obedeceré, pues, ¡oh hija!, porque eres generosa.
IFIGENIA
Como feliz que soy, y causa de bien para la Grecia.
CLITEMNESTRA
Pero ¿qué diré de tu parte a tus hermanas?
IFIGENIA
No las obligues a ponerse negros vestidos.
CLITEMNESTRA
¿Qué diré en tu nombre que sea grato a las vírgenes?
IFIGENIA
Que deseo su felicidad. A Orestes edúcamelo como conviene a un hombre
de su calidad.
CLITEMNESTRA
Abrázalo, que no volverás a verlo.
IFIGENIA
¡Oh tú, el más amado, ayudásteme cuanto podías!
CLITEMNESTRA
¿Qué haré en Argos en tu obsequio?
IFIGENIA
No aborrecer a mi padre y a tu esposo.
CLITEMNESTRA
Terrible desastre le acarreará tu muerte.
IFIGENIA
Contra su voluntad me sacrifica por salvar a la Grecia.
CLITEMNESTRA
Pero con dolo, no cual cumple al linaje de Atreo.
IFIGENIA
¿Quién me llevará antes que me arrastren por los cabellos?
CLITEMNESTRA
Yo iré contigo...
IFIGENIA
De ninguna manera; no dices bien.
CLITEMNESTRA
Sin soltar tu vestido.
IFIGENIA
Obedéceme, madre, no te muevas, que así lo aconseja tu decoro y el mío.
Alguno de estos servidores de mi padre me acompañará hasta el prado de
Artemisa, en donde me han de sacrificar.
CLITEMNESTRA
¡Oh hija, te separas de mí!...
IFIGENIA
Y no volveré más.
CLITEMNESTRA
Y abandonas a tu madre.
IFIGENIA
Y, como ves, sin merecerlo.
CLITEMNESTRA
Detente, no me dejes.
IFIGENIA
No quiero que llores más. Vosotras, ¡oh doncellas!, cantad lúgubre
himno en honor de Artemisa, hija de Zeus, y que felices presagios
favorezcan a los griegos. Así, que se preparen los cestos y arda el
fuego destinado a la salsamola; que mi padre toque el ara con su
diestra, porque voy a dar a los griegos victoria salvadora. Llevadme
al sacrificio, que triunfo de Troya y de los frigios. Traed las
coronas que han de ceñir mis sienes, y dádmelas; ved mi cabellera,
pronta a recibirlas, y el agua lustral dispuesta. Danzad vosotras
alrededor del templo y del altar, alabad a Artemisa, a Artemisa, reina
y bienaventurada, que, a costa de mi sangre y de mi vida, por ser
necesario, cumpliré voluntaria el oráculo. ¡Oh madre mía veneranda,
para ti son estas lágrimas que derramo, no lícitas en los sacrificios!
¡Oh doncellas, alabad conmigo a Artemisa, protectora de este lugar
frontero a Calcis, en cuyo puerto estrecho de Áulide anclaron las naves
griegas, y hará inmortal mi nombre! ¡Oh tierra mía natal, oh pelásgico
Argos, oh Micenas, en donde me he criado!
EL CORO
¿Invocas a la ciudad fundada por Perseo,[274] obra de los cíclopes?
IFIGENIA
Eduqueme en su seno, y glorificará a Grecia, y no me apena la muerte.
EL CORO
Imperecedera será tu fama.
IFIGENIA
¡Oh día claro y luz de Zeus!, vivamos otra vida y sea otra nuestra
suerte. ¡Adiós luz, para mí grata! (_Vase_).
EL CORO
Vedla, vedla cómo se encamina a regar con su sangre el ara de
numen cruento, la vencedora de Troya y de los frigios, purificada
con el agua lustral y coronada su cabeza, que se doblará en el
sacrificio sobre su elegante cuello. Aguárdante las aguas lustrales
paternales,[275] y los sagrados vasos, y el ejército griego, impaciente
por llegar a Troya. Pero invoquemos a Artemisa, hija de Zeus, divina
reina, para que favorezca al ejército. ¡Oh deidad augusta, a quien
deleitan víctimas humanas, lleva al ejército griego al país de los
frigios y a la pérfida Ilión, y concede a Agamenón llenar de gloria
inmarcesible al ejército griego y ceñir sus sienes con aureola eterna!
EL MENSAJERO
¡Oh Clitemnestra, hija de Tindáreo, deja el palacio y óyeme!
CLITEMNESTRA
He venido al escuchar tu voz, temblando de miedo y temerosa de que me
anuncies alguna nueva calamidad.
EL MENSAJERO
Al contrario, quiero contarte maravillas y portentos acerca de tu hija.
CLITEMNESTRA
No vaciles, pues; habla sin tardar.
EL MENSAJERO
Claramente lo sabrás todo, ¡oh cara dueña! Todo te lo contaré, desde
el principio, a no ser que la emoción que siento trabe mi lengua.
Después que llegamos con Ifigenia al prado florido de Artemisa, hija
de Zeus, en donde estaba reunido el ejército de los griegos, acudió a
verla inmensa muchedumbre. Cuando el rey Agamenón vio a la doncella
que se encaminaba a la muerte, gimió y volvió hacia atrás su cabeza, y
lloró ocultando los ojos bajo el manto. Al detenerse ella junto a su
padre dijo así: «¡Oh padre, aquí me tienes, que de buen grado vengo a
dar mi vida por mi patria y por la Grecia, para que me sacrifiquéis en
el ara de la diosa, ya que así lo pide el oráculo! Mi único deseo es
que seáis afortunados, y que alcancéis insigne victoria, y regreséis
después a vuestra patria. Así, que ningún griego me toque; callada y
animosa entregaré mi cerviz al hierro». Tales fueron sus palabras,
sorprendiendo a cuantos las oyeron la grandeza de ánimo y el valor
de la virgen. Taltibio, de pie en medio de todos, como heraldo del
ejército, pidió a los dioses felices presagios, e impuso silencio. Y el
adivino Calcas, desenvainando la afilada cuchilla, la depositó en el
dorado cesto, y coronó a la doncella. Pero Aquiles entonces se acercó
presuroso al ara, y apoderándose del cesto y del agua lustral, dijo:
«¡Oh Artemisa!, hija de Zeus, que gozas matando fieras y mueves de
noche tu luz brillante, acepta propicia esta víctima que te ofrecemos
el ejército de los griegos y el rey Agamenón, sangre inmaculada de
la bella cerviz de una virgen; concédenos favorable navegación y que
conquistemos con nuestras armas la ciudadela de Troya». Y los Atridas y
todo el ejército quedaron suspensos mirando a la tierra. El sacerdote
empuñó la cuchilla, recitó sus preces y examinó el cuello antes de
herirlo. Dolor no leve afligía mi corazón, y no separaba mis ojos de la
tierra. Entonces ocurrió un milagro repentino: todos oyeron claramente
el ruido del golpe al herir, pero ninguno vio en dónde se había
ocultado la virgen. Clama el sacerdote, conclama todo el ejército,
admirado de tal portento, obra sin duda de los dioses, y al cual, aun
presenciándolo, no se daba crédito. En lugar de Ifigenia, yacía en
tierra una cierva palpitante, muy grande y de maravillosa hermosura,
inundando con su sangre el ara de la diosa. Imagínate, pues, con qué
gozo pronunciaría Calcas estas palabras: «¡Oh capitanes del ejército
griego!, ¿veis esta víctima, esta cierva de los montes, que la diosa
ha traído al ara? Acéptala con preferencia a la doncella, para que
tan noble sangre no mancille su altar. Y lo hace de buen grado, y nos
concede favorable navegación y que conquistemos a Ilión. Cobren ánimo
los marinos, y váyanse a las naves; hoy atravesaremos el mar Egeo,
dejando las sinuosas ensenadas de Áulide». Después que la llama de
Hefesto consumió a la víctima, pidió a los dioses que favoreciesen
la vuelta del ejército. Agamenón me envió, pues, para anunciarte
estas nuevas y el acuerdo de los dioses, y la gloria inmortal que ha
alcanzado en Grecia. Yo que, presente, lo vi todo, te aseguro que
Ifigenia ha volado al Olimpo. Que desaparezca, pues, tu dolor y se
aplaque tu indignación contra tu esposo; inesperados sucesos ocurren a
los mortales por mandato de los dioses, y así salvan a los que aman.
Hoy he visto a tu hija viva y muerta.
EL CORO
¡Cuánta es mi alegría al oír estas nuevas! El Mensajero dice que tu
hija vive entre los dioses.
CLITEMNESTRA
¡Oh hija! ¿Qué dios te ha arrebatado? ¿Cómo te invocaré? ¿Cómo
hablarte? ¿Si habrá fingido este discurso para consolarme y para que
cesen mis tristes lágrimas?
EL CORO
Mira al mismo rey Agamenón, que viene a repetirte sus palabras.
AGAMENÓN
Nada debemos temer por nuestra hija, ¡oh esposa! No dudes que se halla
ahora con los dioses. Conviene que regreses a tu palacio, en compañía
de este tierno novillejo, pues el ejército se prepara a darse a la
vela. Adiós; largo tiempo ha de transcurrir antes que oigas mi voz y
vuelva de Troya. Que la dicha te acompañe.
EL CORO
Que gozoso, ¡oh Atrida!, llegues a la Frigia, y que tornes contento,
trayéndome de Troya bellísimos despojos.
IFIGENIA EN TÁURIDE
ARGUMENTO
Ifigenia, hija de Agamenón, que no ha muerto sacrificada en Áulide,
siendo sustituida por obra de Artemisa por una cierva, vive en
Táuride,[276] puerto del Quersoneso Táurico, y en un templo de la misma
diosa en cuya ara son sacrificados todos los extranjeros que arriban
a sus costas. Orestes, su hermano, con su amigo Pílades, desembarcan
en Táuride con el propósito de robar la estatua de Artemisa, cuya
sacerdotisa es Ifigenia, y son descubiertos y aprisionados por los
indígenas, devotísimos de su deidad protectora. Ifigenia, antes de
sacrificarlos, sabedora de que eran griegos y acordándose siempre
de su patria, de su familia y de su rango, escribe una carta a su
hermano Orestes, a quien no conocía, e intenta aprovechar la ocasión
oportuna que se le presenta para servirse de uno de los dos extranjeros
destinados al sacrificio, y salvarle la vida si acceden a su deseo. Al
recibir Pílades la carta que ha de entregar a Orestes, la pone en los
manos de su destinatario, llamándolo por su nombre, y se reconocen los
dos hermanos, y puestos todos de acuerdo, roban la estatua y huyen; y
cuando el rey Toante se prepara a perseguirlos y capturarlos, aparece
Atenea, que lo aplaca y salva a los fugitivos, anunciándolo que así lo
ha decretado el poder divino.
Esta tragedia, en su plan, en su traza, en los caracteres de sus
personajes, en sus pasiones y hasta en sus menores detalles nos ofrece
el tipo distintivo y propio de las obras de Eurípides, y es muy útil,
por tanto, para ilustrarnos acerca de sus rasgos poéticos personales,
de su importante papel en la literatura helénica y de la influencia que
ha tenido y tiene en los pueblos modernos, siendo inferior a Sófocles y
Esquilo, y justamente por serlo.
Comienza con su prólogo o soliloquio expositivo de hechos supuestos
anteriores relativos a la acción, en cuanto son necesarios para
comprender los que le suceden, e indicar el lugar en donde se ejecutan
y desenvuelven después, en virtud de pasiones puramente humanas y
de caracteres que también lo son, enredándose y complicándose con
naturalidad y verosimilitud; y cuando el nudo o el conflicto alcanza
su punto culminante, y su desate o resolución parecen difíciles o
imposibles, interviene un poder sobrenatural que desvanece rápida y
milagrosamente los obstáculos que lo impiden. Concédese al destino
la parte tradicional y preponderante que le corresponde, pero no lo
domina y absorbe todo, como en Esquilo, sino, al contrario, lo menos
posible, y no tanto por la convicción del poeta, cuanto atendiendo a
las exigencias y costumbre del público. Ese poder superior a dioses y
hombres ha ordenado el hecho final, pero los últimos obran y se mueven
dentro de su natural esfera, y exactamente como lo harían si aquel no
existiese. El discípulo de Anaxágoras, que no comparte las creencias y
las supersticiones populares, y las contradice y ataca por ser opuestas
a la razón, se manifiesta sin rebozo siempre que la ocasión lo permite.
Las flaquezas del bello sexo asedian al autor como perpetua pesadilla,
quizás por considerarlo indigno de embargar con tanto imperio la
atención de los hombres y apartarlos de más serias y útiles aficiones y
pensamientos. Sobresale en la representación dramática de los afectos,
como en el reconocimiento de los dos hermanos, justificando los elogios
que Aristóteles le prodiga en su _Poética_, y por medios sencillos,
verdaderos e interesantes. No olvida, sin embargo, congraciarse con
sus compatriotas al hablar de la fiesta de las copas, del Areópago,
del culto de la Artemisa ática en Braurón, opuesto al bárbaro táurico,
y del oráculo de Delfos, distinto de la adivinación por los sueños.
Su buen gusto se revela en la sobriedad y eficacia de sus recursos
escénicos, y en el arte con que los reúne y los contrasta.