Andábamos a pie, en dromedarios, en ferrocarriles, trineos, diligencias,
globos... ¡qué sé yo!... Y siempre veloces, más veloces que el viento.
Recorríamos la Siberia, la España, el Sahara, Alaska, Groenlandia,
Siria, Siracusa, Macedonia, Tierra del Fuego, Holanda, Antioquía... Y
mares, bosques, hielos, estepas, montañas, desiertos, pampas...
También atravesábamos tierras sumergidas, Lemuria, Atlántida, Sudlandia,
Cracatoa... Y asimismo ciudades subterráneas, en Nicomedia, en
Babilonia, Pompeya, Herculano.
Veíamos hombres rojos como el fuego y negros como la noche, hombres
peludos como monos y cuadrúpedos como perros, pigmeos del tamaño de una
uña y gigantes más grandes que montañas... Y faunas y floras
indescriptibles... Y hombres piedras, hombres árboles, hombres líquidos,
hombres gases, hombres luminosos, hombres translúcidos y quebradizos
como el cristal...
Veíamos pueblos de animales más inteligentes que hombres y pueblos de
cíclopes, centauros, ninfas, sátiros... Y los jardines del Paraíso
Terrenal, y las cumbres rosáceas del Olimpo, y la Ciudad de la Muerte...
¡La Ciudad de la Muerte! ¿Qué indiscreto mortal dijera una palabra de
ella? Al decirla, por el solo hecho de decirla, mataría su alma
inmortal... ¿Y qué mayor suplicio que el suplicio del No-Ser?
¡El suplicio del No-Ser! Esto me sugirió una idea estrambótica, que
inmediatamente comuniqué a Nanela.
--¡Esposa mía!--le dije.--¿No podría ser Tucker el Fantasma del
Remordimiento?
Al oírlo, mi mujer se descuajeringaba de risa, diciéndome:
--¿Cómo crees, menguado, que Tucker pueda ser una frase hecha?
--Muchos hombres conozco que son una frase hecha, nada más que una frase
hecha,--murmuré.
¡Pero no! Tucker no podía ser un remordimiento... ¿Por qué? Yo no sabía
por qué, ¡y sin embargo sabía que no era un remordimiento!
Y seguimos y seguimos... y yo vi que si seguíamos así, pronto íbamos a
acabar el hilo que enrollábamos alrededor de la Tierra, que era nada
menos que el hilo de nuestras vidas.
Con harta razón alarmado, supliqué a Nanela que nos detuviéramos... Ella
no me escuchó, ocupada en cantarme su canto de amor a través de nuestra
ruta vertiginosa. Y yo la miraba enamorado, tan enamorado que se me
cayeron los ojos...
--Se me han caído los ojos--le dije.--Parémonos a recogerlos.
Así le dije, deseoso de detenerla y detenerme, aunque no hubiera
olvidado que yo era una salamandra hombre... ¡No era preciso recoger mis
ojos, pues que ellos retoñarían solos!
--Baja los párpados y vuelve a levantarlos--me insinuó Nanela.
Hícelo así y me retoñaron los ojos... Nanela me los besó, cantándome con
su voz de sirena:
--¡Cuán bellos ojos!... Has ganado en el cambio, esposo mío. Antes eran
pardos y ahora son más negros y expresivos que los de un arcángel
después de rebelarse.
--Por bellos que sean, estos ojos deben cerrarse pronto--observé
desalentado--si continuamos nuestro desenfrenado viaje de bodas...
--Nuestra huida--rectificó ella.
--Nuestra huida, perfectamente.--Pero los hilos de nuestras vidas se
acaban, se acaban si los seguimos devanando... ¡Y para qué morir tan
jóvenes!... Además, antes de morir, yo quiero conocer a Tucker. Tú lo
sabes.
--¿Estás loco?--prorrumpió Nanela.--¿Quién habla de morirse? Te
equivocas si piensas que todavía no nos queda bastante hilo que enrollar
en nuestros viajes alrededor de la madeja de la Tierra. Y es mejor que
no pienses ahora, ¡oh mi ídolo! en ver a Tucker. Porque tiene lepra y te
la contagiaría si lo vieras.
--Pero cuando que es tu tío y tutor no tiene lepra--objeté a Nanela.
--No lo niego. Sólo tiene lepra cuando es un extraño para mí. Cuando es
mi padre, unas veces la tiene y otras no.
Bien sabía yo que en aquel momento Tucker no era ni padre ni extraño
para Nanela, antes bien, por el estado de su temperamento, el verdadero
tío y tutor. No quise sin embargo contradecirla, porque nunca conviene
contradecir a la mujer amada, cuando ella es una mujer pálida y
nerviosa. El tiempo me daría razón. Por entonces seguiríamos dando
vueltas alrededor del mundo como mulos vendados alrededor de una noria.
Y cada vez gastábamos más y más el hilo de nuestras vidas. Enardecíame
esta preocupación extraordinariamente. Por eso me sentía enflaquecer por
minutos. Me palpé las manos, los brazos, el rostro, y sentí que no me
quedaba carne y ni siquiera pellejo. Era yo un simple esqueleto andante.
Díjeselo así a Nanela...
--¿De qué te asombras y qué te importa?--me replicó.--Tampoco yo soy más
que un esqueleto andante.
La miré, y la vi como siempre la viera. Nanela no podía ser sino la
mujer más hermosa, más pálida y más alta del mundo. Sin embargo, ella
tampoco conservaba carne y ni siquiera pellejo... Nos quisimos besar y
nuestros dientes chocaron contra los huesos de nuestras calaveras,
produciendo un extraño crac-crac. Si conserváramos nuestros nervios, nos
hubiera horrorizado este crac-crac, tan siniestro como el croar de los
sapos en el pantano de un castillo en ruinas... También las órbitas
donde tuvimos las narices aspiraron el nauseabundo hedor de nuestras
podredumbres...
Con todo, lejos de pararnos, tomé de la cintura a Nanela, ¡Nanela, la
mujer única de mi universo!... Ella recostó su cráneo sobre mi hombro, y
seguimos como Paolo y Francesca en las profundidades del infierno.
--Aspiremos el aire de la montaña--me dijo--para fortalecernos.
Aspiramos, en efecto, mientras marchábamos, un aire lleno del estruendo
de las batallas y de los resplandores del incendio. Muy vivificante
debía ser este aire, pues nos repuso en nuestras antiguas figuras
humanas.
Ya no podíamos más de fatiga. Para mejor, a cada instante se hundía el
piso bajo nuestras plantas... Caíamos bruscamente y surgíamos de nuevo,
como si nuestro camino fuese cruzado por innumerables zanjas invisibles.
O, más bien, como si flotáramos en un viscoso mar de sombras líquidas
que a cada instante abriera sus abismos para tragarnos y, por nuestro
menor peso, nos hiciese flotar después de zambullirnos... Y así de
seguido...
Algunas veces continuábamos durante años caminando y caminando sin poder
adelantar un paso. Estábamos estacionarios, y el hilo seguía sin embargo
gastando nuestras vidas... Entonces nuestro suplicio era más
espeluznante si cabe, porque chocaban dentro de nuestros organismos las
espadas de dos principios contrarios, ¡el movimiento y el reposo! ¡la
vida y la muerte!... El choque de esas espadas arrancaba a nuestros
nervios chispas que eran rayos y centellas.
Pensé que ya no nos quedaba más que poquísimo hilo que devanar, y
protesté, con la energía de un dios pagano...
--¡Basta, basta, basta!... ¡No quiero morirme sin haber visto a
Tucker!... ¡Debo verlo ahora mismo!
--¡Qué! ¿No sabes que ha muerto?--me objetó Nanela soltando una
carcajada como un rebuzno.
Miré entonces nuestros trajes de riguroso luto y me di una palmada en la
frente. Una palmada tan sonora como el martillo de un titán al caer
sobre el yunque de una altiplanicie. Fuéronla repitiendo los ecos
indefinidamente... Cuando ya estaban bastante amortiguados para dejar
oír mi voz, lancé un funesto juramento y grité colérico:
--¡Es verdad!... ¡No me acordaba!... ¡Tucker ha muerto!... ¡Pero quiero
verlo de todos modos, de todos modos quiero verlo!
Deseaba seguir vociferando, y tuve que callarme, pues la mandíbula se me
caía sobre el pecho...
Eva (Nanela debía llamarse ahora «Eva» sin duda alguna), Eva sí podía
hablar, y consintió fervorosamente:
--Vamos a verlo. Está en el cementerio.
Y fuimos al cementerio. Destacábase en el pórtico, secular cancerbero,
una Esfinge de piedra, ¡una viva y rugiente Esfinge de piedra!... En vez
de proponernos cuestiones insolubles para devorarnos si no las
resolvíamos, como a Edipo y a tantos otros mortales, huyó a nuestra
vista arrastrando el rabo. Un rabo tan pesado, que hacía un surco en la
tierra que se dijera el lecho seco de un torrente.
--¡Gracias a los dioses que la Esfinge nos abre
paso!--exclamé.--¡Gracias!
Porque desde tiempo inmemorial veníanos siguiendo, a cientos, a miles, a
millones, una bandada de hambrientos lobos con ojos de fuego... Por
mucho que corriéramos, ellos ganaban cada vez más y más terreno... Ya
sentíamos sus dientes en nuestros muslos... ¡Y eran tantos, que cubrían
la superficie de la Tierra!
Apenas entramos al cementerio, echamos los cerrojos de sus pórticos,
para que los famélicos lobos innumerables quedasen al otro lado. Sus
aullidos formaban un trueno infinito.
Tuvimos que echar a vuelo todas las campanas del cementerio, las
colosales campanas de bronce del cementerio, para cubrir el trueno de
sus aullidos. Cubre así a veces la cancerosa llaga de una princesa el
peplo de lino recamado de rubíes.
--¡El descanso, al fin!--prorrumpió mi esposa sollozando.
--El cementerio es el descanso. Sí, Rosalinda de mi vida.
Porque había llegado el momento de que Nanela se llamase «Rosalinda», yo
la llamaba «Rosalinda»... Después la llamé, ¡y siempre tan
acertadamente! Isaura, Dioclecia, Xantippa, Agripina, Isabel de Hungría,
Delia, Valentina y María de los Dolores.
--Siempre me aciertas el nombre que corresponde al instante en que me
hablas. ¡Eso prueba que me quieres y comprendes!--me dijo.--Pero el caso
es que yo todavía no sé tu nombre...
--¡Adivínalo!
Esperaba yo que ella me bautizara de mil modos. No fue así. Sólo me
observó, sonriendo con tristeza:
--No puedes engañarme. ¿Para qué voy a darte mil nombres, malos y
buenos, propicios y funestos, alegres y terribles, si tú mismo, no
sabiendo cómo te llamas, no podrás advertirme cuando acierte o
desacierte?...
Hice yo un doloroso esfuerzo de memoria... Un largo y doloroso esfuerzo
de memoria... Y no conseguía acordarme de mi nombre. Pude decir
entonces:
--Nunca tuve nombre. O, si lo tuve, ya no lo tengo. Lo he perdido. Y,
aunque salamandra para los órganos materiales de mi cuerpo, ¡no sé
retoñar mi nombre!
Clotilde (así se llamaba ahora Nanela) se rió al escucharme. Y
transformose sucesivamente en una pantera, una garza, una culebra, una
mosca, una corsa...
--Déjate de fastidiarme con tus mutaciones--le observé severamente.--Es
inútil que pretendas lucirte, porque el ruido de las campanas que
echamos a vuelo me obscurece la vista como una niebla... ¡no olvides que
estamos en el cementerio, y que hemos venido a ver a Tucker!
¿Y cómo dudar que nos hallábamos en el cementerio?... Y debía de ser un
día de difuntos, porque el cementerio estaba lleno de gente y de flores.
Lo malo es que la gente parecía flores y las flores parecían gente. Pero
yo no paré mientes en este pequeño detalle insignificante. Gente o
flores, flores o gente... ¿qué importaban al mundo?
Lejos, bastante lejos, muy lejos, inconmesurablemente lejos, a través de
flores de cardo que eran cabezas de mercachifles y cabezas de doncellas
que eran rosas y anémonas, en fin, más allá de todo lo que fue y
sería--inconmensurablemente lejos, como he dicho,--vi la misma placa que
antes viera en la casa en que encontré a Nanela (ahora Nanela era
Nanela). Vi la placa de cobre, la insignia mortal de todas mis penas y
desdichas: