Di dos o tres aldabonazos, que retumbaron como truenos y fulguraron como
relámpagos...
--¡Santa Bárbara!--me dije, persignándome a modo de vieja gruñona.
Y como nadie saliera a recibirme y la puerta estaba abierta, me colé
adentro de la casa de Tucker. El rojo fulgor de los relámpagos
producidos por los aldabonazos, en medio de una profunda obscuridad, me
guiaron hacia la escalera. Era una angosta escalera de caracol. Comencé
a subirla, y no terminaba nunca...
--Es realmente curioso--pensaba mientras subía--que una casa tan baja,
de dos pisos, tenga una escalera tan alta... como de diez... de
veinte... de cien pisos...
Y, bien agarrado de un pasamanos de hierro, seguí subiendo, subiendo,
subiendo... Para distraerme me puse a contar los escalones... Al pasar
de los quince mil perdí la cuenta y me sentí un poco mareado... Mas
estaba tan contento que pude llegar hasta el final de aquella nueva
escala de Jacob.
Terminada la escalera interminable, penetré como por escotillón en una
ancha pieza cuadrada. Una pieza cuadrada, muy grande, con los muros, el
techo, el piso, todo de un blancor de nácar. No habla allí muebles ni
puertas, ni personas, ni el más leve objeto, mancha o sombra. Me sentí
deslumbrado, pues aunque no se veían lámparas, focos ni bujías, estaba
iluminadísima, estaba enteramente iluminada _a giorno_.
Pasado el primer deslumbramiento, miré mejor y vi que allá, en el fondo
de la pieza, me aguardaba Nanela. Aunque jamás la viera ni oyese hablar
de ella, yo la reconocí en seguida. Era Nanela. Era una alta y
hermosísima mujer pálida--la más alta, más hermosa y más pálida mujer
del mundo,--toda vestida de blanco, sin joyas, flores ni cintas,
llamada Nanela. Sobre su frente exangüe brillaba una cabellera tan
negra, que se diría un cuervo incubando allí sus ideas.
--Hace ya siete años que te estoy esperando--me dijo.
Como era mi prometida, yo la abracé, la besé en sus rojos labios, y le
repuse:
--¡Siete años!... ¡Pobre Nanela!... Pero tú sabes...
--Sí, yo también sé--me interrumpió ella--que el pérfido de Tucker, mi
tío y tutor, tiene la culpa.
--¡Cómo!--exclamé lleno de asombro.--Yo creía que Tucker era tu padre.
Riéndose con sus dientes centellantemente blancos, ella me informó:
--Algunas veces es mi padre, otras un extraño, otras mi tío y tutor. Eso
depende del estado de ánimo.
--Cierto, ciertísimo--le contesté, convencido.--Pero también es cierto,
ciertísimo--agregué atemorizado--que él está en el fondo de la casa,
mirándonos a través de las paredes con sus ojos de ahorcado o de
basilisco.
--Huyamos, entonces--me propuso Nanela, echándose apresuradamente una
mantilla de encajes sobre el cuervo de sus cabellos.
--Huyamos.
Y salimos del brazo, bajando juntos una recta y amplia escalera de
mármol blanco, de la escasa altura que convenía a aquella casita de dos
pisos.
--Yo subí por una escalera mucho más alta, obscura y de caracol--le dije
a mi acompañada.
--Verdad--me aseguró Nanela.--Pero cuando se la baja, esa escalera es
como mil veces más corta, y es cómoda y derecha.
Yo me alcé de hombros... ¿Qué tenía que ver eso conmigo?...
Recorrimos en silencio, siempre del brazo, unas callejuelas imposibles.
Las casas, aunque rígidas e inmobiles, hacíannos al pasar muecas y
gestos, unas veces de paz y amor, otras de odio y cólera. Pululaban allí
lechuzas, viejas y ánimas en pena.
--¿Has notado, Nanela--pregunté a mi amada--que en esta ciudad siempre
es noche?
--Hay una razón para ello. Sus habitantes son todos noctámbulos.
No sé por qué me hizo enormemente gracia, me hizo como cosquillas en el
alma, la idea de que Tucker fuera, ¡al mismo tiempo! procurador y
noctámbulo. Por no afligirla no hice notar esta coincidencia a Nanela...
Quien en cambio dijo:
--Muy obscura está la noche.
Quise entonces contarle que el cielo se había quemado; pero no
encontraba palabras para contarlo... Cuando las encontré, me había
olvidado de lo que quería contar. Por eso guardé un largo silencio, en
el cual me dijo Nanela, ¡oh querida y dulce Nanela! que, por rara
casualidad, algunas veces amanecía en esa población...
El sol debía estarla escuchando. De otro modo no puede explicarse cómo
amaneció de pronto, en cuanto ella dijera que algunas veces amanecía en
la ciudad.
Todos los habitantes se metieron en sus cuevas y en sus sepulcros al
aparecer la luz indiscreta. Como era la madrugada, la ciudad parecía un
cementerio.
--No bien se abra una iglesia, entramos a casarnos--murmuró Nanela.
--Claro.
Fue así que entramos en la iglesia de un convento de franciscanos, donde
oraban muchos caballeros medioevales con la visera calada. A través de
la penumbra, los acordes del órgano parecían sollozos e imprecaciones.
En el altar mayor decía misa, parándose en puntas de pie, un frailecito
rechoncho, con dientes como de perro o de lobo. En su boca estaba
siempre estereotipada la doble risa de un hombre satisfecho de su mesa y
de sí mismo. No era más alto que mis rodillas. Para alcanzar al santo
tabernáculo tenía que subirse a un banquillo que le colocaba al efecto
el sacristán. Cuando se subió al banquillo para bendecir a los fieles,
Nanela y yo nos arrojamos a sus pies... Y aprovechamos su bendición para
casarnos. Él nos convidó después con el vino del cáliz, un empalagoso
vinillo azucarado. Y nos dio la enhorabuena con la doble sonrisa de sus
dientes de perro y de lobo.
Al salir de la iglesia, me dijo Nanela:
--Haremos un largo viaje de bodas. Tenemos que irnos lejos, muy lejos.
Pues ten por seguro que ese canalla de Tucker nos persigue.
Yo contesté:
--Por seguro lo tengo. ¿Quién se atrevería a dudarlo, quién?--Y lancé
hondísimo suspiro, exclamando:--¡Oh, miserable Tucker! ¡oh Tucker nunca
bastante execrado, vos tenéis la culpa, nadie más que vos!
--Huyamos.
Y huímos de nuevo, dando varias veces la vuelta al mundo, como si
arrolláramos un hilo inacabable alrededor de un ovillo redondo.