II

Al recordar Mariano Renovales los primeros años de su vida, su

sensibilidad, siempre exquisita para las impresiones exteriores, evocaba

un incesante choque de martillos. Desde que asomaba el sol hasta que la

tierra comenzaba á entenebrecerse con la penumbra del crepúsculo,

cantaba el hierro ó gemía en el suplicio del yunque, haciendo temblar

las paredes de la casa y el piso del alto cuartucho donde Mariano

jugueteaba, tendido en el suelo, junto á los pies de una mujer pálida,

enfermiza, de ojos graves y profundos, la cual dejaba con frecuencia su

costura para besar al pequeño con repentina vehemencia, como si temiese

no verle más.

Aquellos martillos incansables, que habían acompañado el nacimiento de

Mariano, le hacían saltar de la cama apenas apuntaba el día y bajar á la

fragua para calentarse junto al incandescente fogón. Su padre, un

cíclope bondadoso, velludo, tiznado de negro, iba de un lado á otro

revolviendo hierros, manejando limas, dando órdenes á sus ayudantes con

fuertes gritos, para que pudiesen oirle en el estrépito del martilleo.

Dos mocetones despechugados braceaban jadeantes sobre el yunque, y el

hierro, unas veces rojo y otras dorado, saltaba en chorros luminosos, se

esparcía en ramilletes crepitantes, poblaba el negro ambiente de la

fragua de un enjambre de moscas de fuego que iban á morir, apagadas y

negras, en el hollín de los rincones.

--Cuidado, pequeño--decía el padre abarcando su cabeza tierna de pelos

finos y ensortijados con una de sus manazas.

El chiquitín sentíase atraído por los colores del hierro ardiente, hasta

el punto de que, con la inconsciencia de la niñez, intentaba algunas

veces apoderarse de aquellos fragmentos que brillaban en el suelo como

estrellas caídas.

Su padre lo empujaba fuera de la fragua, y más allá de la puerta negra

de hollín veía Mariano extenderse, cuesta abajo, en el torrente de luz

solar, los campos de tierra roja, cortados en figuras geométricas por

lindes y ribazos de piedra; en el fondo, el valle, con grupos de álamos

orlando el tortuoso cristal de un río, y enfrente las montañas cubiertas

hasta sus cimas de obscuros pinares. La fragua estaba en las afueras de

un pueblo, y de éste y de las aldeas del valle llegaban los encargos que

mantenían la herrería: ejes nuevos de carro, rejas de arado, hoces,

palas y horquillas necesitadas de compostura.

El incesante golpear de los martillos parecía conmover al pequeño,

infundiéndole una fiebre de actividad, arrancándolo de sus juegos

infantiles. Á los ocho años agarrábase á la cuerda del fuelle y tiraba

de ella, extasiándose en la contemplación del charro de chispas que

arrancaba la corriente de aire á los encendidos carbones. El buen

cíclope mostrábase satisfecho del vigor de su hijo, robusto y fuerte

como todos los de su familia, con unos puños que imponían respeto á los

chicuelos del lugar. Era de su sangre. De la pobre madre, débil y

enferma, sólo tenía su predisposición al silencio y al aislamiento,

permaneciendo horas enteras, cuando se amortiguaba en él la fiebre de

actividad, en muda contemplación de los campos, del cielo ó de los

arroyos que bajaban saltando sobre guijas para confundirse con el río en

lo más hondo del valle.

El pequeño aborrecía la escuela, mostrando un santo horror á las letras.

Sus manos fuertes temblaban indecisas al intentar escribir una palabra.

En cambio su padre y las demás gentes de la fragua admirábanse de la

facilidad con que sabía reproducir los objetos por medio de un dibujo

sencillo, ingenuo, en el que no se escapaba detalle alguno del natural.

Llevaba siempre los bolsillos llenos de carbones y no veía una pared ó

una piedra de cierta blancura, sin que al momento dejase de trazar en

ella una copia de los objetos que herían sus ojos por alguna

particularidad saliente. Los muros exteriores de la herrería estaban

ennegrecidos por los dibujos de Marianillo. Trotaban á lo largo de las

paredes, con el hocico contraído y la cola enroscada, los cerdos de San

Antón, que vagaban por el pueblo mantenidos por la caridad pública para

ser rifados en la fiesta del santo, y en medio de esta procesión panzuda

destacábanse los perfiles del herrero y de todos los obreros de la

fragua, con una inscripción al pie para que no surgiesen dudas sobre su

identidad.

--Ven, mujer--gritaba el herrero á su enfermiza cónyuge, al descubrir un

nuevo dibujo.--Ven á ver lo que ha hecho nuestro hijo. ¡Demonio de

muchacho!...

Y á impulsos de este entusiasmo, no se lamentaba ya de que Marianillo

abandonase la escuela y huyera del fuelle de la fragua, dedicando todo

el día á corretear por el valle ó por el pueblo, con el carbón en la

mano, cubriendo de lineas negras las peñas del monte y las paredes de

las casas, con gran desesperación de las vecinas. En la taberna de la

plaza Mayor había trazado las cabezas de los más asiduos parroquianos, y

el tabernero las enseñaba con orgullo, no permitiendo que tocasen á la

pared por miedo á que desaparecieran. Esta obra era un motivo de vanidad

para el herrero, cuando en los domingos, después de la misa, entraba á

beber un vaso con los amigos. En la pared de la rectoría había trazado

una Virgen, ante la cual deteníanse con hondos suspiros las devotas más

viejas del pueblo.

El herrero, con un rubor de satisfacción, admitía todos los elogios que

tributaban al pequeño, como si le correspondiesen á él en su mayor

parte. ¿De dónde había salido aquel prodigio, siendo tan bárbaros todos

los de la familia? Y movía la cabeza afirmativamente cuando los notables

del pueblo le hablaban de hacer algo por el chico. Ciertamente, él no

sabía qué hacer, pero tenían razón; su Marianillo no estaba destinado á

golpear el hierro lo mismo que su padre. Podía ser un personaje tan

grande como don Rafael, un señor que pintaba santos y santas en la

capital de la provincia y era maestro de los pintores, en un gran

caserón lleno de cuadros, allá en la ciudad. Durante el verano venía con

su familia á vivir en una quinta del valle.

Este don Rafael era un varón imponente por su gravedad; un santo cargado

de hijos, que llevaba la levita como si fuese un hábito y hablaba con

melifluidad de fraile á través de las barbas canas que invadían su

rostro enjuto y sonrosado. En la iglesia del pueblo guardaban un cuadro

portentoso pintado por él: una Purísima, cuyos colores dulces, de un

brillo acaramelado, hacían temblar de emoción las piernas de los

devotos. Además, los ojos de la imagen tenían la milagrosa

particularidad de mirar de frente á los que la contemplaban,

siguiéndoles aunque cambiasen de lugar. Un verdadero prodigio. Parecía

imposible que esta obra sobrenatural la hubiese hecho aquel buen señor,

que durante el verano subía todas las mañanas á oir su misa en el

pueblo. Un inglés había querido comprar el cuadro por lo que pesase de

oro. Nadie había visto al inglés, pero todos sonreían sarcásticamente al

comentar la proposición. ¡En seguida soltaban ellos el cuadro! ¡Que

rabiasen los herejes con todos sus millones! La Purísima seguiría en su

capilla para envidia del mundo entero, y especialmente de los

pueblecillos cercanos.

Cuando el párroco fué á visitar á don Rafael para hablarle del hijo del

herrero, el grande hombre estaba ya enterado de sus habilidades. Había

visto en el pueblo sus dibujos; el muchacho tenía cierta disposición, y

era lástima no guiarle por buen camino. Después fueron las visitas del

herrero y su hijo, temblorosos los dos al verse en el granero de la

quinta, que el gran pintor había convertido en estudio; al contemplar de

cerca los botes de color, la paleta aceitosa, los pinceles y aquellos

lienzos de un suave azul, sobre el que comenzaban á marcarse los rosados

mofletes de los querubines y la cara en éxtasis de la Madre de Dios.

Al terminar el verano, el buen herrero se decidió á seguir los consejos

de don Rafael. Ya que éste era tan bueno que quería ayudar al chico, por

él no iba á malograrse su buena fortuna. La herrería daba para vivir.

Todo consistía en trabajar unos años más, en sostenerse, hasta el fin de

su existencia, junto al yunque, sin ayuda ni sucesor. Su hijo había

nacido para personaje, y era grave pecado cortarle el camino

despreciando la ayuda del buen protector.

Lloró la madre, cada vez más débil y enfermiza, como si el viaje á la

capital de la provincia fuese al otro extremo del mundo.

--Adiós, hijo. Ya no te veré más.

Y efectivamente, Mariano vió por última vez aquel rostro exangüe, de

grandes ojos sin expresión, casi borrado ahora de su memoria, como una

mancha blanquecina, en la cual no lograba, á pesar de todos sus

esfuerzos, restablecer el contorno de las facciones.

En la ciudad cambió radicalmente su vida. Entonces comprendió qué era lo

que buscaban sus manos al mover el carbón sobre las paredes

enjalbegadas. El arte se reveló por primera vez á sus ojos en las tardes

silenciosas pasadas en un antiguo convento, donde estaba el museo

provincial, mientras su maestro don Rafael discutía con otros caballeros

en la sala de profesores ó firmaba papelotes en la secretaría.

Mariano vivió en casa de su protector, siendo á la vez su criado y su

discípulo. Llevaba cartas al señor deán y á algunos canónigos amigos del

maestro, que le acompañaban en sus paseos ó hacían tertulia en su

estudio. Más de una vez visitó los locutorios de algunos conventos,

dando recados de don Rafael, al través de las tupidas rejas, á ciertas

sombras blancas y negras que, atraídas por su juventud rolliza de

muchacho del campo y enteradas de que pretendía ser pintor, le abrumaban

con las preguntas de una curiosidad excitada por el encierro. Acababan

por regalarle, al través del torno, rosquillas, limoncitos confitados ó

alguna otra muestra de la repostería monjil, y le despedían con sanos

consejos de sus voces tenues y suaves tamizadas por el hierro de las

rejas.

--¡Que seas bueno, Marianito! Estudia, reza. Sé buen cristiano; el Señor

te protegerá, y tal vez llegues á pintar como don Rafael, que es de los

primeros del mundo.

¡Cómo reía el artista recordando aquella sencillez infantil, que le

hacía ver en su maestro el pintor más asombroso de la tierra!... Por las

mañanas, al asistir á las clases de la Escuela de Bellas Artes, se

indignaba contra sus compañeros, chiquilliría irrespetuosa, educada en

la calle, hijos de menestrales, que apenas volvía la espalda el

profesor, se bombardeaban con las migas del pan destinado á borrar los

dibujos y execraban á don Rafael llamándole _beato_ y _jesuíta_.

Las tardes las pasaba Mariano en el estudio, al lado del maestro. ¡Qué

emoción la primera vez que éste le puso la paleta en la mano y le

permitió copiar, en un lienzo viejo, un San Juan infante que había

terminado para una comunidad!... Mientras el muchacho, con el rostro

contraído por enérgica mueca, se esforzaba en imitar la obra del

maestro, oía los buenos consejos que le daba éste, sin apartarse del

lienzo sobre el que hacía correr su seráfico pincel.

La pintura debía ser religiosa. Los primeros cuadros del mundo habían

sido inspirados por la religión; fuera de ella, la vida sólo ofrecía vil

materialismo, repugnantes pecados. La pintura debía ser ideal, hermosa;

representar siempre imágenes bonitas; reproducir las cosas como debían

ser y no como eran, y sobre todo, mirar á lo alto, al cielo, pues allí

está la verdadera vida, no en esta tierra, valle de lágrimas. Mariano

debía modificar sus instintos, se lo aconsejaba él, que era su maestro;

debía perder su afición á dibujar cosas groseras, las gentes tal como

las veía, los animales en toda su brutal materialidad, los paisajes en

la misma forma que los contemplaban sus ojos.

Había que tener idealismo. Muchos pintores fueron casi santos; así

únicamente les era posible reflejar la celeste belleza en los rostros de

sus madonas. Y el pobre Mariano esforzábase por ser _ideal_, por atrapar

un pequeño andrajo de aquella serenidad beatífica y dulce que rodeaba á

su maestro.

Poco á poco fué conociendo los procedimientos de que se valía don Rafael

para realizar aquellas obras maestras que arrancaban gritos de

admiración á su tertulia de canónigos y á las señoras ricas que le

encargaban imágenes. Cuando pensaba comenzar alguna de sus Purísimas,

que lentamente invadían las iglesias y conventos de la provincia,

levantábase temprano y volvía al estudio después de confesar y comulgar.

Sentía con esto una fuerza interior, un sereno entusiasmo, y si en mitad

de la obra llegaba el desaliento, volvía á acudir á esta medicina de su

inspiración.

El artista, además, debe ser puro. Él había hecho voto de castidad,

pasados los cincuenta años; con algún retraso, ciertamente, pero no era

por no haber conocido antes este medio seguro de llegar á un perfecto

idealismo de pintor celestial. Su esposa, una señora envejecida por

innumerables partos, agotada por la fidelidad y la virtud abrumadoras

del maestro, no era ya más que la compañera que le daba la respuesta al

rezar por la noche rosarios y trisagios. Tenía varias hijas que pesaban

sobre su conciencia como un bochornoso recuerdo de vergonzosos

materialismos; pero unas eran monjas profesas y otras iban camino de

serlo, agrandándose la idealidad del artista conforme desaparecían de la

casa estos testimonio de su impureza é iban á ocultarse en los

conventos, donde sostenían el prestigio artístico del padre.

Algunas veces el gran pintor vacilaba ante una Purísima, que era siempre

la misma, como si la pintase con trepa. Entonces hablaba misteriosamente

á su discípulo:

--Marianito: avisa mañana á los _señores_ que no vengan. Tenemos modelo.

Y cerrado el estudio á los sacerdotes y demás amigos respetables,

llegaba Rodríguez, un guardia municipal, pisando fuerte, con la colilla

bajo el recio bigote de púas salientes y una mano en la empuñadura del

sable. Expulsado de la guardia civil por borracho y cruel, al verse sin

ocupación, no se sabe por qué extraña iniciativa, se dedicó á modelo de

pintor. El devoto artista, que le tenía cierto miedo, acosado por sus

continuas peticiones, le había alcanzado este empleo de guardia

municipal, y Rodríguez aprovechaba todas las ocasiones para manifestar

su agradecimiento de mastín, golpeando los hombros del maestro con sus

manazas y echándole á la cara su resuello de nicotina y alcohol.

--¡Don Rafael! ¡Usted es mi padre! Al que le toque á usted, le corto

esto, aquello y lo de más allá.

Y el místico artista, satisfecho interiormente de esta protección,

ruborizábase y agitaba las manos protestando de la franqueza de aquel

bruto que llamaba por sus nombres á las cosas ocultas que deseaba

cortar.

Arrojaba su kepis en el suelo, entregaba á Mariano el pesado chafarote

y, como hombre que sabe su obligación, sacaba del fondo de un arca una

túnica de lana blanca y un guiñapo azul en forma de manto, colocando

ambas prendas sobre su cuerpo con la maestría de la costumbre.

Mariano le miraba con ojos de asombro, pero sin ninguna tentación de

reir. Eran misterios del arte; sorpresas que sólo estaban reservadas á

los que, como él, tenían la suerte de vivir en la intimidad de un gran

maestro.

--¿Estamos, Rodríguez?--preguntaba impaciente don Rafael.

Y Rodríguez, erguido dentro de su bata de baño, con el andrajo azul

pendiente de los hombros, juntaba las manos y elevaba su mirada feroz al

techo, sin dejar de chupar la colilla que le chamuscaba el bigote. El

maestro sólo necesitaba el modelo para los paños de la imagen, para

estudiar el plegado del celeste vestido, el cual no debía revelar el más

leve indício de humanas redondeces. Jamás había pasado por su

imaginación la posibilidad de copiar á una mujer. Era caer en el

materialismo, glorificar la carne, llamar á la tentación. Con Rodríguez

bastaba: había que ser idealista.

El modelo seguía en su mística actitud, con el cuerpo perdido en los

innumerables pliegues de su vestidura azul y blanca, asomando por debajo

de ésta las puntas romas de sus botas de ordenanza, irguiendo su cabeza

grotesca y chata, rematada por una pelambrera hirsuta, tosiendo y

carraspeando con el humo de su cigarro, sin dejar de mirar á lo alto ni

separar sus manazas juntas en ademán de adoración.

Algunas veces, fatigado del mutismo laborioso del maestro y el

discípulo, Rodríguez lanzaba algunos mugidos que poco á poco tomaban

forma de palabras y acababa por enfrascarse en el relato de las hazañas

de su época heroica, cuando era guardia civil y «podía darle un mal

golpe á cualquiera pagando después con un papel». La Purísima se

enardecía con estos recuerdos. Se separaban sus manazas con un temblor

de voluptuosidad homicida; se descomponían los rebuscados pliegues: sus

ojos veteados de sangre ya no miraban á lo alto, y hablaba con voz

bronca de tremendas palizas, de hombres agarrados por su parte más

sensible que caían al suelo enroscándose de dolor, de fusilamientos de

presos que después se presentaban como fugas; y para dar mayor relieve á

esta autobiografía declamada con bestial orgullo, salpicaba sus palabras

de interjecciones que tan pronto aludían á las partes más intimas del

organismo humano, como faltaban á todo respeto á los primeros personajes

de la corte celestial.

--¡Rodríguez! ¡Rodríguez!--exclamaba horrorizado el maestro.

--¡Á la orden, don Rafael!

Y la Purísima, después de pasarse la colilla de un lado á otro de la

boca, juntaba otra vez las manos, se estiraba, haciendo asomar por

debajo de la túnica los pantalones con franja roja, y perdía su mirada

en lo alto, sonriendo con éxtasis, como si contemplase en el techo todas

sus heroicidades, de las que se sentía orgulloso.

Mariano desesperábase ante su lienzo. Era incapaz de pintar otra cosa

que aquello que veía, y su pincel, después de reproducir la vestidura

blanca y azul, deteníase vacilante en la cabeza, llamando en vano el

auxilio de la imaginación. Era la carátula grotesca de Rodríguez la que

surgía del lienzo, después de vanos esfuerzos.

Y el discípulo admiraba sinceramente la habilidad de don Rafael,

aquella cabeza pálida velada por la luz de su nimbo, un rostro bonito é

inexpresivo de belleza infantil que sustituía en el cuadro á la feroz

testa del municipal.

Este escamoteo le parecía al joven la muestra más asombrosa del arte.

¡Cuándo llegaría él á la fácil prestidigitación de su maestro!

Con el tiempo fué marcándose aún más esta diferencia entre don Rafael y

su discípulo. En la escuela le rodeaban los compañeros, reconociendo su

superioridad y elogiando sus dibujos. Algunos profesores, enemigos del

maestro, lamentaban que tan buenas disposiciones pudieran perderse al

lado de aquel «pintasantos». Don Rafael miraba con asombro lo que hacía

Mariano fuera de su estudio; figuras y paisajes directamente observados

que, según él, respiraban la brutalidad de la vida.

Su tertulia de graves señores comenzaba á reconocer cierto mérito en el

discípulo.

--No llegará nunca á la altura de usted, don Rafael--decían.--Carece de

unción, no tiene idealismo, no pintará una buena imagen, pero como

pintor mundano irá lejos.

El maestro, que amaba al muchacho por su carácter subordinado y su

pureza de costumbres, intentaba en vano hacerle seguir el buen camino.

Con sólo imitarle tenía la fortuna hecha. Él moriría sin sucesor y su

estudio y su fama serían para él. No tenía más que ver como poco á poco,

cual una buena hormiga del Señor, había ido creándose con el pincel una

fortunita. Á fuerza de idealismo tenía su quinta allá en el pueblo y un

sinnúmero de campos, cuyos arrendatarios venían á visitarle en el

estudio, entablando ante las poéticas imágenes interminables discusiones

sobre el pago y cuantía de los arrendatarios. La Iglesia era pobre por

culpa de la impiedad de la época; no podía pagar tan generosamente como

en otros siglos; pero los encargos menudeaban, y una Virgen con toda su

pureza era asunto de tres días... Mas el joven Renovales torcía el gesto

dolorosamente, como si le exigieran un sacrificio doloroso.

--No puedo, maestro. Soy un imbécil; no sé inventar. Sólo pinto lo que

veo.

Y cuando comenzó á ver cuerpos desnudos en la clase llamada del natural,

se entregó con furia á este estudio, como si la carne le produjese la

más fuerte de las embriagueces. Don Rafael se aterró, sorprendiendo en

los rincones de su casa bocetos que reproducían vergonzosas desnudeces

con toda su realidad. Además, producíanle cierto malestar los adelantos

del discípulo; veía en su pintura un vigor que él no había tenido nunca.

Hasta notaba cierta defección en su tertulia de admiradores. Los buenos

canónigos admiraban, como siempre, sus vírgenes; pero algunos de ellos

se hacían retratar por Mariano, elogiando el acierto de su pincel.

Un día abordó á su discípulo con resolución.

--Ya sabes que te quiero como á un hijo, Marianito; pero á mi lado

pierdes el tiempo. Nada te puedo enseñar. Tu sitio está en otra parte.

He pensado que podías irte á Madrid. Allí están los de tu cuerda.

Su madre había muerto; su padre seguía en la fragua, y al verle llegar

con unos cuantos duros, producto de los retratos que había hecho,

apreció esta cantidad como una fortuna. Parecíale imposible que hubiera

quien diese dinero á cambio de colorines. Una carta de don Rafael le

convenció. Ya que aquel señor tan sabio aconsejaba que su hijo fuese á

Madrid, él debía conformarse.

--Á Madrid, hijo, y procura ganar dinero pronto, que el padre está viejo

y no siempre podrá ayudarte.

Á los diez y seis años cayó Renovales en Madrid, y viéndose solo, sin

más guía que su voluntad, se entregó con furia al trabajo. Pasó las

mañanas en el Museo del Prado, copiando todas las cabezas de los cuadros

de Velázquez. Creyó que hasta entonces había vivido ciego. Además,

trabajaba en un estudio abuhardillado con otros compañeros, y por las

noches pintaba acuarelas. Con la venta de éstas y de algunas copias, iba

rellenando los vacíos que dejaba en su subsistencia la corta pensión

enviada por el padre.

Recordaba con nostalgia estos años de estrechez, de verdadera miseria:

las noches de frío en el mísero camastro; las comidas irritantes, de

misteriosos ingredientes, en una taberna cercana al teatro Real: las

discusiones en un rincón de un café, bajo las miradas hostiles de los

camareros, escandalizados de que una docena de melenudos ocupasen varias

mesas para tomar en junto tres cafés y muchas botellas de agua...

La alegre juventud soportaba sin esfuerzo estas miserias, y en cambio,

¡qué hartazgo de ilusiones, qué banquete esplendoroso de esperanzas!

Cada día un nuevo descubrimiento. Renovales corría como un potro salvaje

por los dominios del arte, viendo abrirse ante él nuevos horizontes, y

su galope levantaba un estruendo de escándalo que equivalía á prematura

celebridad. Los viejos decían de él que era el único muchacho «que se

traía algo»; sus compañeros afirmaban que era un «pintorazo», y en su

afán iconoclasta, comparaban sus obras inexpertas con las de los

maestros consagrados y antiguos, «miserables burgueses del arte», sobre

cuyas calvas creían necesario escupir su bilis, afirmando de este modo

la superioridad de la nueva generación.

Las oposiciones de Renovales para alcanzar la pensión en Roma,

equivalieron á una revolución. La juventud, que sólo juraba por él y le

tenía por glorioso capitán, se agitó amenazante con el temor de que los

«viejos» sacrificasen á su ídolo.

Cuando al fin su manifiesta superioridad le hizo alcanzar la pensión,

hubo banquetes en su honor, sueltos en los periódicos, se publicó su

retrato en las revistas ilustradas, y hasta el viejo herrero hizo un

viaje á Madrid para respirar, conmovido y lloroso, una parte del

incienso que tributaban á su hijo.

En Roma esperaba á Renovales una cruel decepción. Sus compatriotas le

recibieron con cierta frialdad. Los jóvenes le miraban como á un rival,

aguardando sus próximas obras con la esperanza de una caída; los

antiguos, que vivían lejos de la patria, le examinaron con malévola

curiosidad. «¡Conque aquel mocetón era el hijo del herrero, que tanto

ruido metía entre los ignorantes de allá!... Madrid no era Roma. Ahora

verían ellos lo que aquel _genio_ sabía hacer.»

Renovales no hizo nada en los primeros meses de su estancia en Roma.

Contestaba encogiéndose de hombros á los que con aviesa intención le

preguntaban por sus cuadros. Él había ido allí, no á pintar, sino á

estudiar: para esto le mantenía el Estado. Y pasó más de medio año

dibujando, siempre dibujando, en los museos famosos, donde estudiaba,

carbón en mano, las obras célebres. Las cajas de colores permanecían sin

abrir en un rincón de su estudio.

Al poco tiempo abominó de la gran ciudad, por la vida que en ella

llevaban los artistas. ¿Para qué las pensiones? Se estudiaba allí menos

que en otra parte. Roma no era una escuela: era un mercado. Los

comerciantes de pintura establecían allí su negocio, atraídos por la

gran aglomeración de artistas. Todos, viejos y principiantes, ilustres y

desconocidos, sentían la tentación del dinero, se dejaban envolver en

las dulzuras de la vida cómoda, produciendo obras para la venta,

pintando cuadros con arreglo á las indicaciones de unos judíos alemanes

que recorrían los estudios marcando los géneros y tamaños que eran de

moda, para esparcirlos por Europa y América.

Renovales, al visitar los estudios, sólo veía cuadros de _género_; unas

veces señores de casacón, otras moros andrajosos ó campesinos de

Calabria. Eran pinturas bonitas y acabadísimas, para las cuales

empleaban como modelos un maniquí ó las familias de _chocharos_, que se

alquilaban todas las mañanas en la plaza de España, junto á la

escalinata de la Trinidad; la eterna aldeana, morena, de negros ojos y

grandes aros en las orejas, con falda verde, corpiño negro y la toca

blanca arrollada sobre el pelo con grandes agujas: el viejo de siempre,

con abarcas, pellico de lanas y un sombrero apuntado, con espiral de

cintas, sobre su nevada cabeza de Padre Eterno. Los artistas apreciaban

entre ellos sus méritos por los miles de liras recolectadas durante el

año: hablaban con respeto de los maestros ilustres, que cobraban una

fortuna á los millonarios de París ó de Chicago por cuadritos de

caballete que nadie veía. Renovales mostrábase indignado. Este arte era

casi igual al de su primitivo maestro, aunque _mundano_, como hubiese

dicho don Rafael. ¡Y para esto los enviaban á Roma!...

Mal mirado por los compatriotas á causa de su carácter brusco, de su

lenguaje rudo y de la probidad, que le hacía negarse á todo encargo de

los mercaderes de pintura, buscó el trato de los artistas de otros

países. En la juventud cosmopolita de pintores acuartelada en Roma,

pronto fué popular Renovales.

Su energía, su exceso de vida, hacían de él un simpático y alegre

compañero, cuando se presentaba en los estudios de la vía Babuino ó en

las chocolaterías y cafés del Corso, donde se reunían, por afinidades

amistosas, los artistas de diversas nacionalidades.

Mariano, á los veinte años, era un mocetón atlético, digno retoño de

aquel hombre que batía el hierro, desde el amanecer hasta la noche, en

un rincón de España. Un día un joven inglés, amigo suyo, leyó en su

honor una página de Ruskin. «Las artes plásticas son esencialmente

atléticas.» Un enfermo, un semiparalítico, podía ser un gran poeta, un

célebre músico; pero para ser Miguel Ángel ó el Ticiano se necesitaba,

no sólo un alma privilegiada, sino un cuerpo vigoroso. Leonardo de Vinci

partía una herradura entre sus manos; los escultores del Renacimiento

labraban inmensos bloques de mármol á impulsos de sus brazos de titán, ó

mordían con sus buriles el duro bronce; los grandes pintores eran muchas

veces arquitectos, y cubiertos de polvo hacían moverse enormes masas...

Renovales escuchó pensativo las palabras del gran esteticista inglés. Él

también era un alma fuerte, en un cuerpo de atleta.

Los apetitos de su juventud no iban más allá de la varonil embriaguez de

la fuerza y el movimiento. Atraído por la abundancia de modelos que

ofrecía Roma, desnudaba en su estudio á una _chochara_, dibujando con

delectación las formas de su cuerpo. Reía, con su carcajada ruidosa de

gigante; la hablaba con la misma libertad que si fuese una de las

mujerzuelas que le salían al paso por la noche al volver solo á la

Academia de España, pero una vez terminado el trabajo y vestida... ¡á la

calle! Tenía la castidad de los fuertes. Adoraba la carne, pero sólo

para copiar sus líneas. Le producía vergüenza el roce animal, el

encuentro al azar, sin amor, sin atracción, con la interna reserva de

dos seres que no se conocen y se examinan recelosos. Lo que él deseaba

era estudiar, y las mujeres sólo sirven de estorbo en las grandes

empresas. El sobrante de su energía consumíalo en ejercicios atléticos.

Después de una de sus hazañas de forzudo, que entusiasmaban á los

compañeros, mostrábase fresco, sereno, insensible, como si saliera de un

baño. Hacía esgrima con los pintores franceses de la Villa Médicis;

aprendía á boxear con ingleses y americanos; organizaba con los artistas

alemanes ciertas excursiones á un bosque cercano á Roma, de las que se

hablaba durante varios días en los cafés del Corso. Bebía un sinnúmero

de vasos con sus compañeros en honor del _Kaisser_, al que no conocía,

ni maldito lo que le importaba su salud; entonaba con vozarrón

estruendoso el tradicional _Gaudeamus igitur_, y acababa por coger del

talle dos modelos de la partida, y con los brazos en cruz las paseaba

por la selva hasta dejarlas sobre el césped, como si fuesen plumas.

Después sonreía satisfecho de la admiración de aquellos buenos germanos,

muchos de ellos enclenques ó miopes, que lo comparaban con Sigfrido y

demás héroes de recios músculos de su mitología belicosa.

En Carnaval, al organizar los españoles una cabalgata del _Quijote_, se

encargó de representar al caballero Pentapolín, «el del arremangado

brazo», y en el Corso hubo aplausos y gritos de admiración para el

enorme y duro biceps que mostraba el andante paladín, erguido sobre su

caballo. Al llegar las noches de primavera marchaban los artistas en

procesión, al través de la ciudad, hasta el barrio de los judíos, para

comer las primeras alcachofas, el plato popular de Roma, en cuya

preparación era famosa una vieja israelita. Renovales iba al frente de

la _carciofolatta_, llevando el estandarte, iniciando los cánticos

alternados con gritos de toda clase de animales, y sus compañeros

marchaban tras él, audaces y provocadores, bajo la protección de tan

fuerte caudillo. Con Mariano no había miedo. Contaban de él que en las

callejuelas del Transtévere había dado una paliza de muerte á dos

matones del barrio, después de quitarles sus puñales.

De pronto el atleta se encerró en la Academia y no bajó á la ciudad.

Durante algunos días se habló de él en las reuniones de artistas. Estaba

pintando; aproximábase una Exposición que iba á verificarse en Madrid y

quería llevar á ella un cuadro que justificase su pensión. Tenía cerrada

para todos la puerta de su estudio; no admitía comentarios ni consejos;

el lienzo iría tal como él lo concibiese. Los compañeros le olvidaron

pronto y Renovales acabó su obra en la soledad, saliendo con ella para

su patria.

Fué un triunfo completo; el primer paso fuerte en el camino que había de

conducirle á la celebridad. Se acordaba ahora con vergüenza, con

remordimiento, del estrépito glorioso que levantó su cuadro _La victoria

de Pavía_. La gente se agolpaba ante el lienzo enorme, olvidando el

resto de la Exposición. Y como en aquellos días el gobierno se mantenía

firme, y las Cortes estaban cerradas, y no había cogida de importancia

en ninguna plaza de toros, los diarios, á falta de más viva actualidad,

lanzáronse en ruda competencia á reproducir el cuadro, á hablar de él,

publicando retratos del autor, lo mismo de frente que de perfil, grandes

y pequeños, detallando su vida en Roma y sus originalidades, recordando

con una lágrima de emoción al pobre anciano que allá, en su aldea,

machacaba el hierro sin conocer apenas la gloria de su hijo.

De un salto pasó Renovales de la obscuridad á una luz de apoteosis. Los

viejos encargados de juzgarle mostrábanse benévolos, con cierta

conmiseración bondadosa. La fierecilla se amansaba. Renovales había

visto mundo y volvía á las buenas tradiciones, siendo un pintor como los

demás. Su cuadro tenia trozos que parecían de Velázquez, fragmentos

dignos de Goya, rincones que recordaban al Greco: de todo había en él,

menos de Renovales, y esta amalgama de reminiscencias era su principal

mérito, lo que atraía el general aplauso y le conquistó una primera

medalla.

Magnifico debut. Una duquesa viuda, gran protectora de las artes, que no

compraba jamás un cuadro ni una estatua, pero sentaba á su mesa á los

pintores y los escultores de renombre, encontrando en esto un placer

barato y cierta distinción de dama ilustre, quiso conocer á Renovales.

Éste venció la adustez de su carácter, que le tenía alejado del trato

social. ¿Por qué no había de conocer el gran mundo? Él iba adonde fuese

otro hombre. Y se hizo el primer frac, y tras los banquetes de la

duquesa, donde provocaba alegres carcajadas su modo de discutir con los

académicos, visitó otros salones y fué durante algunas semanas objeto de

la atención de este mundo, un tanto escandalizado por sus _salidas de

tono_, pero satisfecho de la timidez que le sobrecogía después de sus

audacias. Los jóvenes le apreciaban porque tiraba á la espada como un

San Jorge. Aunque pintor é hijo de un herrero, era toda una persona

decente. Las damas le atraían con sus más amables sonrisas, esperando

que el artista de moda las obsequiase con un retrato gratuito, como ya

lo había hecho con la duquesa.

En esta época de gran vida, siempre de frac, á partir de las siete de la

tarde, y sin hacer otra pintura que la de mujeres que deseaban aparecer

bonitas y discutían con el artista gravemente el traje que debían

ponerse para servir de modelo, fué cuando Renovales conoció á su esposa

Josefina.

La primera vez que la vió entre tantas damas de arrogante apostura y

estrepitosa presencia, sintióse atraído hacia ella por la fuerza del

contraste. Le impresionó el encogimiento, la modestia, la

insignificancia de la jovencita. Era pequeña, su rostro no ofrecía otra

hermosura que la de la juventud, su cuerpo tenía la gracia de la

fragilidad. Aquella criatura estaba allí, lo mismo que él, por cierta

condescendencia de los demás: parecía ocupar un sitio prestado y se

encogía en él como temerosa de llamar la atención. Siempre la veía

Renovales con el mismo traje de _soirée_, algo envejecido, con ese

aspecto de cansancio de las prendas incesantemente reformadas para

seguir el curso de las modas. Los guantes, las flores, los lazos, tenían

cierta tristeza en su frescura, como si delatasen las economías, los

esfuerzos caseros que había exigido su adquisición. Se tuteaba con todas

las jóvenes que hacían en los salones una entrada triunfal, levantando

elogios y envidias con sus nuevas _toilettes_; la mamá, una señora

majestuosa, de abultada nariz y lentes de oro, trataba con llaneza á las

damas más linajudas; pero á pesar de esta intimidad, notábase en torno

de la madre y la hija el vacío de un afecto algo desdeñoso, en el que

entraba por mucho la conmiseración. Eran pobres. El padre había sido un

diplomático de cierto nombre, que al morir no dejó á su esposa otros

recursos que la pensión de su viudedad. Dos hijos estaban en el

extranjero, como agregados de embajada, luchando con la escasez de sus

sueldos y las exigencias de su posición. La madre y la hija vivían en

Madrid, aferradas á la sociedad en que habían nacido, temblando de

abandonarla, como si esto equivaliese á una degradación, permaneciendo

de día en un tercer piso, amueblado con los restos de su pasada

opulencia, haciendo inauditas economías para poder codearse por la noche

dignamente con los que habían sido sus iguales.

Ciertos parientes de doña Emilia, que era la mamá, contribuían á su

sostenimiento, no con dinero (eso nunca), sino prestándola el sobrante

de su lujo, para que ella y la hija mantuviesen una pálida apariencia de

bienestar.

Unos les cedían su coche en ciertos días para que diesen una vuelta por

la Castellana y el Retiro, saludando á las amigas al cruzarse los

carruajes; otros les enviaban su palco del Real las noches que no eran

de turno brillante. Su conmiseración tampoco se olvidaba de ellas al

extender las invitaciones para comidas de fiesta onomástica, tés de la

tarde, etc. «No hay que olvidar á las de Torrealta, ¡pobrecitas!...» Y

al día siguiente los cronistas de salones inscribían en la lista de los

asistentes á la fiesta á «la bella señorita de Torrealta y su

distinguida madre, la viuda del ilustre diplomático de imperecedero

recuerdo», y doña Emilia, olvidando su situación, creyéndose en los

mejores tiempos, entraba en todas partes, con un eterno traje negro,

acosando con su tuteo y sus confidencias á las grandes señoras, cuyas

doncellas eran más ricas y comían mejor que ella y su hija. Si algún

señor viejo se refugiaba á su lado, la diplomática intentaba anonadarlo

con la majestad de sus recuerdos. «Cuando estábamos de embajadores en

Stockolmo...» «Cuando mi amiga Eugenia era emperatriz...»

La hija, con cierto instinto de muchacha tímida, parecía darse cuenta

mejor de la situación. Permanecía sentada entre las señoras mayores,

osando, sólo de tarde en tarde, aproximarse á las otras jóvenes que

habían sido sus compañeras de colegio y ahora la trataban con

superioridad, viendo en ella algo así como una señorita de compañía

elevada hasta ellas por los recuerdos del pasado. La madre se irritaba

por su timidez. Debía bailar mucho, ser vivaracha y atrevida como las

otras; decir chistes, aunque fuesen crudos, para que los hombres los

repitiesen haciéndola una fama de ingeniosa. Parecía imposible que con

su educación fuese tan insignificante. ¡La hija de un grande hombre que

apenas entraba en los primeros salones de Europa formaban círculo en

torno de él! ¡Una muchacha educada en el _Sagrado Corazón_ de París,

que hablaba el inglés, su poquito de alemán y se pasaba el día leyendo,

cuando no tenía que limpiar unos guantes ó reformar un vestido!... ¿Era

que no deseaba casarse?... ¿Tan bien se encontraba en aquel piso

tercero, miserable calabozo de la dignidad de su apellido?...

Josefina sonreía tristemente. ¡Casarse! Jamás lo lograría en este mundo

que frecuentaban. Todos conocían su pobreza. Los jóvenes corrían en los

salones detrás de las fortunas al seguir á las mujeres. Si alguno se

acercaba á ella atraído por su pálida belleza, era para deslizarla en el

oído vergonzosas sugestiones; para proponerle, mientras bailaban,

noviazgos sin compromiso, relaciones íntimas con una prudencia traducida

del inglés, _flirts_ que no dejaban rastro, corrupciones gratas á las

vírgenes que quieren seguir siéndolo después de conocer todas las

aberraciones del roce carnal.

Renovales no se dió cuenta de cómo se inició su amistad con Josefina.

Tal vez fué el contraste entre él y aquella mujercita que apenas le

llegaba al hombro y parecía tener quince años cuando había cumplido los

veinte. Su voz dulce, con un ceceo débil, le acariciaba los oídos. Reía

pensando en la posibilidad de dar un abrazo á aquel cuerpo gracioso y

frágil: la haría añicos entre sus manos de luchador, como si fuese una

muñeca de cera. Buscábala Mariano en los salones que solían frecuentar

la madre y la hija, y pasaba todo el tiempo sentado junto á ésta,

sintiéndose invadido por una fraternal confianza, un deseo de

comunicárselo todo, su pasado, sus trabajos presentes, sus esperanzas,

como si fuese un compañero de estudio. Ella le oía, mirándole con sus

ojos pardos que parecían sonreirle, moviendo la cabeza con asentimiento,

sin entenderle muchas veces, sintiéndose acariciada por la exuberancia

de aquel carácter que parecía desbordarse en olas de fuego. Era un

hombre distinto de todos los que ella había conocido.

Al verles en esta intimidad, no se sabe quién, tal vez alguna amiga de

Josefina, por burlarse de ella, lanzó la noticia. El pintor y la de

Torrealta eran novios. Entonces fué cuando los interesados se dieron

cuenta de que se amaban, sin habérselo dicho. Por algo más que por

amistad pasaba Renovales ciertas mañanas por la calle de Josefina,

mirando los altos balcones con la esperanza de ver tras los cristales su

fina silueta. Una noche, en casa de la duquesa, al verse solos en un

corredor, Renovales la cogió una mano y se la llevó á la boca con tanto

temor, que apenas tocaron sus labios la piel del guante. Tenía miedo á

su rudeza, sentíase avergonzado de su vigor, creía que iba á hacer daño

á aquella criatura tan fina, tan débil. Ella podía haberse librado de

esta audacia con el más leve movimiento; pero abandonó su mano al mismo

tiempo que inclinaba la cabeza y rompía á llorar.

--¡Qué bueno es usted, Mariano!...

Sentía un intenso agradecimiento al verse amada por primera vez, amada

de veras, por un hombre de cierta celebridad que huía de las mujeres

felices para buscarla á ella, la humilde, la olvidada. Todos los tesoros

de cariño que habían ido amontonándose en el aislamiento de su vida de

humillación desbordábanse. ¡Ay, cómo se sentía capaz de amar al que la

amase, sacándola de esta existencia de parasitismo, elevándola por su

fuerza y su cariño al nivel de las que la despreciaban!...

La noble viuda de Torrealta, al conocer el noviazgo del pintor con su

hija, tuvo un movimiento de indignación. «¡El hijo del herrero!» «¡El

ilustre diplomático de imperecedera memoria!...» Pero como sí esta

protesta de su orgullo le abriese los ojos, pensó en los años que

llevaba paseando su hija de salón en salón sin que nadie se aproximase á

ella. ¡Buenos estaban los hombres! Pensó también en que un pintor

célebre era un personaje; recordó los artículos que habían dedicado á

Renovales por su último cuadro, y sobre todo, lo más conmovedor para

ella fué el conocer de oídas las grandes fortunas que amasaban los

artistas en el extranjero; los centenares de miles de francos pagados

por un lienzo que podía llevarse debajo del brazo. ¿Por qué no había de

ser Renovales de estos afortunados?...

Comenzó á importunar con sus consultas á los innumerables parientes. La

niña no tenía padre y ellos debían hacer sus veces. Unos la contestaban

con indiferencia. «¡El pintor!... ¡pchs! no está mal», dando á entender

con su desvío, que lo mismo les parecería si se casaba con un guardia de

consumos. Otros la insultaban involuntariamente al dar su aprobación.

«¿Renovales? Un artista de gran porvenir. ¡Qué más podéis desear! Debes

agradecer que se haya fijado en tu hija.» Pero el consejo que más la

decidió fué el de su ilustre primo el marqués de Tarfe, un personaje al

que veneraba, como si fuese el primer hombre del país, sin duda por su

carácter de jefe eterno de la diplomacia, ya que cada dos años ocupaba

la cartera de Estado.

--Me parece muy bien--dijo el prócer á toda prisa, pues le esperaban en

el Senado.--Es una boda moderna y hay que vivir con los tiempos

modernos. Yo soy conservador, pero liberal, muy liberal y muy moderno.

Protegeré á esos chicos: me gusta la boda. ¡El arte uniendo su prestigio

al de los apellidos históricos! ¡La sangre popular que asciende por sus

méritos á confundirse con la de la antigua nobleza!...

Y el marqués de Tarfe, cuyo marquesado no contaba medio siglo de vida,

decidió, con estas imágenes de orador senatorial y con las promesas de

su protección, el ánimo de la altiva viuda. Ella fué la que habló á

Renovales, excusando una penosa explicación á la timidez que sentía el

artista en este mundo que no era el suyo.

--Lo sé todo, Marianito, y me parece bien.

Pero ella no gustaba de noviazgos largos. ¿Cuándo pensaba casarse?

Renovales lo deseaba con más vehemencia aún que la madre. Josefina era

para él una mujer distinta de las demás hembras, que apenas si conmovían

su deseo. Su castidad de fiero trabajador disolvíase en una fiebre, en

un anhelo de hacer suya cuanto antes aquella muñeca encantadora. Además,

sentía halagado su orgullo por esta unión. Su novia era pobre, no

llevaba al matrimonio más que unos cuantos trapos, pero pertenecía á una

familia de próceres, ministros unos, generales otros, linajudos todos.

Podían pesarse por toneladas las coronas y escudos de aquellos parientes

innumerables, que no hacían gran caso de Josefina y su madre, pero iban

á ser su familia dentro de poco. ¡Qué pensaría el señor Antón,

machacando el hierro allá en las afueras de su pueblo! ¡Qué dirían los

envidiosos camaradas de Roma, cuya suerte estribaba en amancebarse con

las _chocharas_ que les servían de modelo, para después casarse con

ellas por miedo á la daga del venerable calabrés, empeñado en dar á su

nieto un padre legítimo!

Los diarios hablaron mucho de la boda, repitiendo, con ligeras

variantes, las mismas frases del marqués de Tarfe: «El arte uniéndose

con la nobleza.» Renovales, apenas se efectuase su casamiento, deseaba

partir con Josefina para Roma. Tenia hechos allá todos los preparativos

para la nueva vida, invirtiendo en ellos los miles de pesetas que le

había dado el Estado por su cuadro y el producto de varios retratos para

el Senado, hechos por encargo del que iba á ser su ilustre pariente.

Un amigo de Roma (el famoso Cotoner), le había alquilado una habitación

en la vía Margutta, amueblándola con arreglo á sus indicaciones de

artista. Doña Emilia se quedaba en Madrid con uno de sus hijos que

pasaba á prestar servicio en el ministerio de Estado. Á los novios les

estorba todo, hasta la madre. Y doña Emilia se limpiaba una lágrima

invisible con la punta del guante. Además, no le gustaba volver á los

países donde había sido _alguien_: prefería quedarse en Madrid: aquí al

menos la conocían.

La boda fué un acontecimiento. No faltó ningún individuo de la inmensa

familia: todos temieron los requerimientos pegajosos de la ilustre

viuda, que llevaba la lista de los parientes hasta el sexto grado.

El señor Antón llegó dos días antes, vestido de nuevo, con calzón corto

y ancho sombrero de felpa, mirando azorado á aquellas gentes que le

contemplaban sonriendo, como un tipo original. Cabizbajo y tembloroso en

presencia de las dos mujeres, llamaba á su nuera «señorita», con respeto

de campesino.

--No, papá; llámeme usted hija. Hábleme de tú.

Pero á pesar de la sencillez de Josefina y del tierno agradecimiento que

sentía él, viéndola mirar á su hijo con amorosa expresión, no osaba

permitirse el tuteo y hacía los mayores esfuerzos para evitar ese

peligro, hablándola siempre en tercera persona.

Doña Emilia, con sus lentes de oro y su majestuosa altivez, aun le

causaba mayor emoción. Llamábala siempre «señora marquesa», pues en su

sencillez no podía admitir que aquella señora no fuese marquesa cuando

menos. La viuda, un tanto desarmada por el homenaje de aquel hombre,

reconocía que era un palurdo de cierto talento natural, lo que le hacía

tolerar la nota ridícula de su calzón corto.

En la capilla del palacio del marqués de Tarfe, después de mirar con

azoramiento desde la puerta todo aquel señorío que se reunía para la

boda de su hijo, el viejo rompió á llorar.

--¡Ya puedo morirme, rediez! ¡Ya puedo morirme!

Y repetía su triste deseo, sin fijarse en las risas de los criados, como

si la felicidad, después de una vida de trabajo, fuese en él precursora

inevitable de la muerte.

Los novios emprendieron su viaje el mismo día. El señor Antón besó en la

frente por primera vez á su nuera, mojándola de lágrimas, y regresó al

pueblo, repitiendo su deseo de morir, como si no le quedase en el mundo

nada que esperar.

Renovales y su mujer llegaron á Roma después de varios altos en el

camino. Su corta estancia en varias ciudades de la _Costa Azul_, los

días pasados en Pisa y Florencia, con ser dulces y guardar el recuerdo

de las primeras intimidades, les parecieron de una insoportable

vulgaridad al verse en su casita de Roma. Allí comenzaba su verdadera

luna de miel, en el hogar propio, aislados de toda indiscreción, lejos

de la promiscuidad de los hoteles.

Josefina, habituada á una existencia de ocultas privaciones, á la

miseria de aquel tercer piso, en el que vivían como acampadas ella y su

madre, guardando todas las ostentaciones para la calle, admiró la

coquetona gracia, la elegante pequeñez de aquella habitación de la vía

Margutta. El amigo de Mariano encargado del arreglo de la casa, un tal

Pepe Cotoner, pintor que apenas cogía los pinceles y dedicaba todos sus

entusiasmos artísticos á la admiración de Renovales, había hecho bien

las cosas.

Josefina palmoteó con alegría infantil al ver el cuarto de dormir,

admirando sus muebles venecianos suntuosos, con maravillosas

incrustaciones de nácar y ébano; un lujo de príncipe que el pintor

acabaría de pagar á plazos.

¡Ah! ¡La primera noche de su estancia en Roma! ¡Cómo la recordaba

Mariano!... Josefina, tendida en su cama monumental de Dogaresa,

estremecíase con la voluptuosidad del descanso, estirando sus miembros

antes de ocultarlos bajo las finas sábanas, mostrándose con el abandono

de la hembra que ya no tiene secretos que guardar. Sus pies, menudos y

carnosos, movían los dedos de carmín como si llamasen á Renovales.

Éste, de pie junto al lecho, contemplábala grave, con las cejas

fruncidas, dominado por un deseo que dudaba en formular. Quería verla,

admirarla: aún no la conocía, después de aquellas noches pasadas en los

hoteles, oyendo voces extrañas al otro lado de los tabiques.

No era un capricho amoroso, era un deseo de pintor, una exigencia de

artista. Sus ojos sentían hambre de su belleza.

Ella resistíase, con el rostro coloreado de rubor, un tanto indignada

por esta exigencia, que la hería en sus preocupaciones más íntimas.

--No seas loco, Marianito. Acuéstate; no digas tonterías.

Pero él, cada vez más aferrado á su deseo, insistía tenazmente. Debía

despreciar sus escrúpulos de burguesa; el arte se reía de tales pudores;

la belleza humana era para mostrarse en su radiante majestad, no para

vivir oculta, despreciada y maldita.

Él no quería pintarla; no se atrevía á pedir tanto; pero verla sí, verla

y admirarla, sin deseos groseros, con religiosa adoración.

Y sus manazas, contenidas por el miedo á hacerla daño, tiraban

suavemente de los débiles brazos que se cruzaban sobre el pecho,

intentando oponerse á estos avances. Ella reía: «Loco extravagante; que

me haces cosquillas... que me haces daño.» Pero poco á poco, vencida

por la tenacidad, satisfecho su orgullo femenil de esta adoración de su

cuerpo, acabó por entregarse, por dejarse manejar como una niña, con

suaves quejidos, como si la impusieran un tormento, sin oponer ya

resistencia.

El cuerpo, libre de velos, mostró su blancura nacarada. Josefina cerró

los ojos como si quisiera huir de la vergüenza de su desnudez. Sobre la

nítida sábana destacábanse, ligeramente sonrosadas, las armoniosas

redondeces, embriagando los ojos del artista.

La cara de Josefina no era gran cosa: ¡pero el cuerpo!... ¡Si él,

venciendo sus escrúpulos, pudiese pintarlo algún día!...

Con los ojos siempre cerrados, como si la fatigase esta muda exhibición,

la mujercita dobló los brazos, colocándolos bajo su cabeza, y arqueó el

torso, elevando las blancas amenidades que hinchaban su pecho.

Renovales se arrodilló junto á la cama en un transporte de admiración,

con toda la vehemencia de su entusiasmo, besando aquella carne sin que

la suya se estremeciese.

--Te adoro, Josefina. Eres hermosa como Venus. No: Venus, no. Es fría y

reposada como una diosa, y tú eres una mujer. Pareces... ¿qué es lo que

pareces?... Sí; te veo igual. Eres la majita de Goya, con su gracia

delicada, con su seductora pequeñez... ¡Eres la maja desnuda!

La maja desnuda · 第 10 / 29 题