PRIMERA PARTE

I

Eran las once de la mañana cuando Mariano Renovales llegó al Museo del

Prado. Algunos años iban transcurridos sin que el famoso pintor entrase

en él. No le atraían los muertos: muy interesantes, muy dignos de

respeto, bajo la gloriosa mortaja de los siglos, pero el arte marchaba

por nuevos caminos y no era alli donde él podía estudiar, á la falsa luz

de las claraboyas, viendo la realidad á través de otros temperamentos.

Un pedazo de mar, una ladera de monte, un grupo de gente desarrapada,

una cabeza _expresiva_, le atraían más que aquel palacio de amplias

escalinatas, blancas columnas y estatuas de bronce y alabastro, solemne

panteón del arte, donde titubeaban los neófitos, en la más estéril de

las confusiones, sin saber qué camino seguir.

El maestro Renovales detúvose unos instantes al pie de la escalinata.

Contemplaba con cierta emoción--como se contempla después de larga

ausencia los lugares de la juventud--la hondonada que da acceso al

palacio, con sus declives de césped fresco, adornados á trechos por

débiles arbolillos. En lo alto de estos desmontes, la antigua iglesia de

los Jerónimos, de gótica mampostería, marcaba sobre el espacio azul sus

torres gemelas y sus arcadas ruinosas. El invernal ramaje del Retiro

servia de fondo á la blanca masa del Casón. Renovales pensó en los

frescos de Giordano que adornaban sus techos interiores. Después se fijó

en un edificio de muros rojos y portada de piedra que cerraba el espacio

pretenciosamente, en primer término, al borde de la pendiente verdosa.

¡Puá! ¡La Academia! Y el gesto despreciativo del artista encerró en una

misma repugnancia la Academia de la Lengua y las demás Academias; la

pintura, la literatura, todas las manifestaciones del pensamiento,

amojamadas y agarrotadas, con una inmortalidad de momia, en los vendajes

de la tradición, las reglas y el respeto á los precedentes.

Una ráfaga de viento helado agitó las haldas de su gabán, sus barbas

luengas y algo canosas y el ancho fieltro, bajo cuyos bordes asomaban

los mechones de una melena, escandalosa en su juventud, que había ido

disminuyéndose con prudentes recortes, conforme ascendía el maestro,

adquiriendo fama y dinero.

Renovales sintió frío en la hondonada húmeda. Era un día claro y glacial

de los que tanto abundan en el invierno de Madrid. Lucía el sol; el

cielo estaba azul; pero de la sierra, cubierta de nieve, llegaba un

viento helado que endurecía la tierra, dándola una fragilidad de

cristal. En los rincones, adonde no llegaba el fuego solar, brillaba

todavía la escarcha del amanecer como una capa de 'azúcar.' En las

alfombras de musgo, los gorriones, enflaquecidos por las privaciones

invernales, iban y venían con un trotecito infantil, agitando su mustio

plumaje.

La escalinata del Museo recordaba al maestro su adolescencia. Aquellos

peldaños los había subido muchas veces á los diez y seis años, con el

estómago desfallecido por la ruin comida de la casa de huéspedes.

¡Cuántas mañanas pasadas en aquel caserón, copiando á Velázquez! Estos

lugares traían á su memoria las esperanzas muertas, un cúmulo de

ilusiones que ahora le hacían sonreir: recuerdos de hambre y de

humillantes regateos al ganar su primer dinero con la venta de copias.

Su faz adusta de gigante, su entrecejo que intimidaba á discípulos y

admiradores, se aclararon con una sonrisa alegre. Recordaba sus entradas

en el Museo con paso tardo, su miedo á separarse del caballete para que

no reparasen en las suelas despegadas de sus botas, que se doblaban,

dejando al descubierto los pies.

Pasó el vestíbulo y abrió la primera cancela de cristales. Cesaron

instantáneamente los ruidos del mundo exterior: el rodar de los

carruajes por el Prado, el campaneo de los tranvías, el sordo arrastre

de las carretas, la chillería de los grupos infantiles que correteaban

por los desmontes. Abrió la segunda cancela, y su cara, entumecida por

el frió, sintió la caricia de una atmósfera tibia, cargada del

inexplicable zumbido del silencio. Los pasos de los visitantes adquirían

esa sonoridad de los grandes edificios inhabitados. El golpe de la

cancela al cerrarse, retumbaba como un cañonazo, pasando de sala en sala

al través de los recios cortinajes. Las bocas de calefacción humeaban su

invisible hálito tamizado por las rejillas. Las gentes, al entrar,

hablaban en tono bajo instintivamente, cual si estuvieran en una

catedral: ponían un gesto compungido de recogimiento, como si les

intimidasen los miles de lienzos alineados en las paredes, los bustos

enormes que adornaban el círculo de la rotonda y el promedio del salón

central.

Al ver á Renovales los dos porteros de largo levitón, hicieron un

movimiento para ponerse de pie. No sabían quién era; pero ciertamente

era _alguien_. Aquella cara la habían visto muchas veces, tal vez en los

papeles públicos, tal vez en las cajas de cerillas; se asociaba en su

mente á las glorias de la popularidad, á los altos honores reservados á

los personajes. De pronto le reconocieron. ¡Hacía tantos años que no le

veían por allí! Y los dos empleados, con la gorra de galón de oro en la

mano y una sonrisa obsequiosa, avanzaron hacia el gran artista. «Buenos

días, don Mariano.» ¿Deseaba algo de ellos el señor de Renovales?

¿Quería que llamasen al señor director?... Era una obsequiosidad

pegajosa, un azoramiento de cortesanos que ven entrar de pronto en su

palacio á un soberano extranjero, reconociéndolo al través de su

incógnito.

Renovales se libró de ellos con gesto brusco y paseó una rápida mirada

por los lienzos grandes y decorativos de la rotonda, que recordaban las

guerras del siglo XVII; generales de erizados bigotes y chambergo

plumeado dirigiendo la batalla con un bastón corto, como si dirigiesen

una orquesta; tropas de arcabuceros desapareciendo cuesta abajo con

banderas al frente de aspas rojas ó azules; bosques de picas surgiendo

del humo; verdes praderas de Flandes en el fondo; combates sonoros é

infructuosos que fueron como las últimas boqueadas de una España de

influencia europea. Levantó un pesado cortinaje y entró en el enorme

salón central, viendo, á la luz mate y discreta de las claraboyas, las

personas que estaban en último término como diminutas figurillas.

El artista siguió adelante en línea recta. Apenas se fijaba en los

cuadros, antiguos conocidos que nada nuevo podían decirle. Sus ojos

buscaban á las personas, sin encontrar tampoco en ellas mayor novedad.

Parecía que formaban parte de la casa y no se habían movido de allí en

muchos años: padres bondadosos con un grupo de niños ante las rodillas

explicándoles el _argumento_ de los cuadros; una profesora con varias

alumnas modositas y silenciosas que, obedeciendo á una orden superior,

pasaban sin detenerse ante los santos ligeros de ropa; un señor que

acompañaba á dos curas y hablaba á gritos para demostrar que era

inteligente y se hallaba allí como en su casa; varias extranjeras con el

velo recogido sobre el sombrero de paja y el gabancito al brazo,

consultando el catálogo, todas con cierto aire de familia, con idénticos

gestos de admiración y curiosidad, hasta el punto de hacer pensar á

Renovales si serían las mismas que había visto antes, la última vez que

estuvo en el Museo.

Al pasar, saludaba mentalmente á los grandes maestros. Á un lado, las

figuras santas del Greco, de un espiritualismo verdoso ó azulado,

esbeltas y ondulantes; más allá las cabezas rugosas y negruzcas de

Ribera, con gestos feroces de tortura y dolor: portentosos artistas que

admiraba Renovales, proponiéndose no imitarlos en nada. Después, entre

la barandilla que guarda los cuadros y la fila de vitrinas, bustos y

mesas de mármol sostenidas por leones dorados, tropezó con los

caballetes de varios copistas. Eran muchachos de la Escuela de Bellas

Artes ó señoritas de pobre aspecto, con tacones gastados y sombreros de

reblandecido contorno, que copiaban cuadros de Murillo. Iban marcándose

sobre el lienzo el azul del manto virginal ó las carnes con mantecosos

bullones de los niños rizados que juguetean con el Divino Cordero. Eran

encargos de personas piadosas; _género_ de fácil salida para conventos y

oratorios. El humo de los ciríos, la pátina de los años, la discreta

penumbra de la devoción, apagarían los colores, y algún día los ojos

llorosos por la súplica, verían moverse con vida misteriosa las

celestiales figuras sobre su fondo negruzco, implorando de ellas

prodigios sobrenaturales.

El maestro se dirigió á la sala de Velázquez. Allí trabajaba su amigo

Tekli. Su visita al Museo no tenía otro objeto que ver la copia que el

pintor húngaro estaba haciendo del cuadro de las _Meninas_.

El día anterior, al anunciarle en su lujoso estudio la visita de este

extranjero, quedó por largo rato indeciso, contemplando el nombre

impreso en la tarjeta. ¡Tekli!... Y de pronto recordó á un amigo de

veinte años antes, cuando él vivía en Roma; un húngaro bonachón que le

admiraba sinceramente y suplía su falta de genio con una tenacidad

taciturna para el trabajo, semejante á la de la bestia de labor.

Renovales vió con gusto sus ojillos azules, hundidos bajo unas cejas

ralas y sedosas; su mandíbula saliente en forma de pala, que le daba

gran semejanza con los monarcas austriacos; su alto cuerpo, encorvado á

impulsos de la emoción, extendiendo unos brazos huesosos, largos como

tentáculos, al mismo tiempo que le saludaba en italiano.

--_¡Oh, maestro! ¡Caro maestro!_

Se había refugiado en el profesorado, como todos los pintores faltos de

fuerzas para seguir cuesta arriba, que se tienden en el surco. Renovales

vió al artista oficial en su traje obscuro y correcto, sin una mota; en

la mirada digna que fijaba de vez en cuando en sus botas brillantes, que

parecian reflejar todo el estudio. Hasta lucía en una solapa el botón

multicolor de una condecoración misteriosa. El fieltro que tenía en la

mano, de una blancura de merengue, era lo único que desentonaba en este

aspecto de funcionario público. Renovales le cogió las manos con sincero

entusiasmo. ¡El famoso Tekli! ¡Cuánto se alegraba de verle! ¡Qué tiempos

los de Roma!... Y con una sonrisa de bondadosa superioridad escuchaba el

relato de sus triunfos. Era profesor de Buda-Pest; hacía ahorros todos

los años para ir á estudiar á algún museo célebre de Europa. Por fin,

había podido venir á España, cumpliendo sus deseos de muchos años.

--_¡Oh, Velasqués! ¡Quel maestrone, caro Mariano!..._

Y echando atrás la cabeza, ponía los ojos en blanco, agitaba con

expresión voluptuosa su mandíbula saliente cubierta de pelos rubios,

como si estuviera paladeando un vaso del dulce Tokay de su país.

Hacía un mes que estaba en Madrid trabajando todas las mañanas en el

Museo. Casi tenía terminada su copia de las _Meninas_. No habla ido

antes á ver á su _caro Mariano_ porque deseaba enseñarle este trabajo.

¿Vendría á verle una mañana en el Prado? ¿Le daría esta prueba de

amistad?... Renovales intentó resistirse. ¿Qué le importaba á él una

copia? Pero había tal expresión de humilde súplica en los ojillos del

húngaro, le envolvía en tantos elogios por sus grandes triunfos,

detallando el gran éxito que había alcanzado su cuadro _¡Hombre al

agua!_ en la última Exposición de Buda-Pest, que el maestro prometió ir

al Museo.

Y á los pocos días, una mañana en que excusó su asistencia un señor al

que estaba pintando el retrato, Renovales se acordó de la promesa á

Tekli y fué al Museo del Prado, sintiendo al entrar la misma impresión

de empequeñecimiento y nostalgia que sufre un personaje al volver á la

Universidad donde pasó su juventud.

Al verse en la sala de Velázquez, sintióse asaltado por un respeto

religioso. Allí estaba un pintor: el pintor por antonomasia. Todas sus

teorías irreverentes de odio á los muertos se quedaron más allá de la

puerta. El encanto de estos lienzos, que no había visto en algunos años,

surgía de nuevo, fresco, poderoso, irresistible; le avasallaba

despertando sus remordimientos. Permaneció largo rato inmóvil, pasando

sus ojos de un lado á otro, queriendo abarcar de golpe toda la obra del

inmortal, mientras en torno de él comenzaba á sonar un zumbido de

curiosidad.

--¡Renovales!... ¡Está aquí Renovales!

La noticia había partido de la puerta, extendiéndose por todo el Museo,

llegando á la sala de Velázquez, detrás de sus pasos. Los grupos de

curiosos dejaban de contemplar los cuadros para mirar á aquel hombretón

ensimismado, que no parecía darse cuenta de la curiosidad que le

rodeaba. Las señoras, yendo de un lienzo á otro, seguían con el rabillo

del ojo al artista célebre, cuyo retrato habían visto tantas veces. Le

encontraban más feo, más _ordinario_ que en los grabados de los

periódicos. Parecía imposible que aquel mozo de cordel tuviese talento y

pintase tan bien á las mujeres. Algunos jovencillos aproximábanse para

mirarle de cerca, fingiendo contemplar los mismos cuadros que el

maestro. Le detallaban con la vista, fijándose en sus particularidades

exteriores, con ese deseo de imitaciôn entusiasta de los aprendices. Uno

se proponía copiar su lazo de corbata y sus greñas alborotadas, con la

quimérica esperanza de que esto les diese nueva inteligencia para la

pintura. Otros se plañían mentalmente de ser imberbes, por no poder

ostentar las barbas canas y ensortijadas del famoso maestro.

Éste, con su sensibilidad para percibir el elogio, no tardó en darse

cuenta del ambiente de curiosidad que le rodeaba. Los jóvenes copistas

parecían pegarse más á sus caballetes, frunciendo los ojos, dilatando la

nariz, moviendo el pincel con lentitud y titubeos, sabiendo que él

estaba á sus espaldas, estremeciéndose á cada paso que sonaba sobre el

entarimado, con el temor y el deseo de que se dignase pasar su mirada

por encima de sus hombros. Adivinaba con cierto orgullo lo que

murmuraban todas las bocas al cuchichear, lo que se decían los ojos, al

fijarse distraídos en los lienzos, para después mirarle á él.

--Es Renovales... El pintor Renovales.

El maestro miró un buen rato al más antiguo de los copistas: un viejo

decrépito y casi ciego, con anteojos gruesos y cóncavos, que le daban el

aspecto de un monstruo marino, y temblándole las manos con

estremecimiento senil. Renovales le conocía. Veinticinco años antes,

cuando él estudiaba en el Museo, le había visto en el mismo sitio,

copiando siempre _Los borrachos_. Aunque cegase por completo, aunque el

cuadro se perdiese, podría él rehacerlo á tientas. En aquellos tiempos

se habían hablado muchas veces, pero ni remotamente podía imaginarse el

pobre hombre que aquel Renovales, del que tanto se decía, era el mismo

muchachuelo que en más de una ocasión le había pedido prestado un

pincel, y cuyo recuerdo apenas si se conservaba en su pensamiento,

momificado por la eterna imitación. Renovales pensó en la bondad del

rollizo Baco y la turba de rufianes de su corte, personajes que durante

medio siglo estaban alimentando la casa del copista, y creyó ver á la

vieja compañera, á los hijos casados, los nietos, toda una familia

sostenida por la mano trémula del anciano.

Alguien deslizó en su oído la noticia que agitaba el Museo, y el

copista, levantando los hombros con cierto desprecio, separó la

moribunda vista de su trabajo.

¡Conque estaba allí Renovales, el famoso Renovales! ¡Iba por fin á

conocer al prodigio!...

El maestro vió fijos en él sus ojos grotescos de pescado monstruoso, con

un fulgor irónico tras los gruesos cristales. ¡Farsantuelo! Ya había

oído él hablar de aquel estudio con honores de palacio que tenía detrás

del Retiro. Lo que á Renovales le sobraba lo había quitado á muchos como

él que, faltos de protección, se habían quedado en el camino. Se hacía

pagar por un lienzo miles de duros, y Velázquez trabajaba por tres

pesetas al día, y Goya pintaba sus retratos por un par de onzas. Todo

mentira; _modernismos_, audacias de una juventud falta de escrúpulos,

ignorancia de los bobos que creen á los periódicos. Lo único bueno

estaba allí. Y levantando otra vez los hombros con desprecio, se apagó

en su mirada la irónica protesta y volvió á su milésima copia de _Los

borrachos_.

Renovales, viendo amortiguarse la curiosidad en torno de él, entró en la

pequeña sala que guarda el cuadro de las _Meninas_. Allí estaba Tekli,

junto al lienzo famoso, que ocupa todo el fondo de la habitación,

sentado ante su caballete, con el sombrerito blanco echado atrás para

dejar en libertad los latidos de su frente, contraída por el tenaz

empeño de la exactitud.

Al ver á Renovales se levantó con apresuramiento, dejando su paleta

sobre el pedazo de hule que defendía el entarimado de las manchas de

pintura. ¡Amable maestro! ¡Cómo agradecía esta visita! Y le mostraba su

copia, de una minuciosa exactitud, sin el prodigioso ambiente, sin la

milagrosa realidad del original. Renovales asentía con la cabeza;

admiraba la paciente labor de aquel buey manso del arte, que abría sus

surcos siempre iguales, con una rigidez geométrica, sin el más leve

descuido, sin el menor intento de originalidad.

--_¿Ti piace?_--preguntaba ansioso, mirándole á los ojos para adivinar

su pensamiento.--_¿E vero?_ _¿E vero?_--repetía con la incertidumbre del

niño que presiente un engaño.

Y súbitamente tranquilizado por las muestras de aprobación de Renovales,

cada vez más extremadas para disfrazar su indiferencia, el húngaro le

cogió ambas manos, llevándoselas al pecho.

--_Sono contento, maestro... Sono contento._

No quería soltar á Renovales. Ya que había tenido la magnanimidad de

venir á conocer su obra, no podía dejarle marchar. Almorzarían juntos en

el hotel donde él vivía. Destaparían un frasco de _Chiantti_ para

recordar su vida de Roma; hablarían de la alegre bohemia de la juventud,

de aquellos compañeros de diversas nacionalidades que se reunían en el

café del _Greco_; unos muertos ya, los demás esparcidos por Europa y

América; los menos llegados á la celebridad, la mayoría vegetando en

las escuelas de su país, soñando con un cuadro definitivo y triunfador,

antes del cual llegaría la muerte.

Renovales sintióse vencido por la insistencia del húngaro, el cual le

cogía las manos con expresión dramática, como si fuese á morir por su

negativa. ¡Vaya por el _Chiantti!_ Almorzarían juntos, y mientras Tekli

daba unos retoques á su obra, él le aguardaría paseando por el Museo,

renovando sus recuerdos.

Al volver á la sala de Velázquez había disminuído la concurrencia,

quedando solos los copistas, inclinados ante sus lienzos. El pintor

sintió de nuevo la influencia del gran maestro. Admiró su prodigioso

arte, sintiendo al mismo tiempo la intensa tristeza histórica que

parecía emanar de toda su obra. ¡Infeliz don Diego! Había nacido en el

período más melancólico de nuestra historia. Su sano realismo era para

haber inmortalizado la forma humana en toda su bella desnudez, y el

destino le deparó un período en el que las mujeres parecían tortugas

asomando el busto entre la doble concha de su hueca faldamenta, y los

hombres tenían una rigidez sacerdotal, irguiendo las morenas y mal

lavadas cabezas sobre tétricas ropillas. Había pintado lo que había

visto: el miedo y la hipocresía reflejábanse en los ojos de aquel mundo.

La alegría forzada de una nación moribunda, que necesitaba para

distraerse de lo monstruoso y disparatado, revelábase en los bufones,

los locos y los contrahechos, inmortalizados por el pincel de don

Diego. El humor hipocondríaco de una monarquía enferma de cuerpo y con

el alma agarrotada por el terror del infierno, vivía en todas aquellas

obras maestras, que inspiraban admiración y tristeza al mismo tiempo.

¡Lástima de tesoros artísticos derrochados en inmortalizar un período

que, sin Velázquez, hubiera caído en el olvido más profundo!

Renovales pensaba también en el hombre, comparando con cierto

remordimiento la vida de aquel gran pintor con la existencia principesca

de los maestros modernos. ¡Oh, la munificencia de los reyes, su

protección á los artistas, de la que hablaban algunos con entusiasmo

volviendo la vista atrás!... Pensaba en el cachazudo don Diego y su

sueldo de tres pesetas como pintor del rey, que sólo cobraba muy de

tarde en tarde; en su nombre glorioso, figurando entre los de bufones y

barberos en la lista del personal cortesano; en su calidad de doméstico

regio, que le obligaba á aceptar el cargo de perito de materiales de

albañilería para mejorar un tanto su situación; en las bajezas y

humillaciones de sus últimos años para alcanzar la cruz de Santiago,

negando como un delito ante el tribunal de las Ordenes que cobrase

dinero por sus cuadros, afirmando con orgullo servil su calidad de

criado del rey, como si ese título fuese superior á la gloria del

artista... ¡Dichosos tiempos del presente; bendita revolución de la vida

moderna, que dignifica al artista colocándolo bajo la protección del

público, soberano impersonal que deja en libertad al creador de belleza

y acaba por seguirle en sus nuevos caminos!...

Renovales salió á la galería central buscando otra de sus admiraciones.

Las obras de Goya llenaban un gran espacio de ambos muros. Á un lado los

retratos de los reyes de la decadencia borbónica; cabezas de monarcas ó

de príncipes, abrumadas por la blanca peluca; ojos punzantes de mujer,

rostros exangües, con los cabellos peinados en forma de torre. Los dos

grandes pintores habían coincidido en su existencia con la ruina moral

de dos dinastías. En el salón del gran don Diego, los reyes delgados,

huesosos, rubios, de elegancia monacal y blancura linfática, con la

mandíbula saliente y una expresión en los ojos de duda y temor por la

salvación de sus almas. Aquí los monarcas obesos, entorpecidos por la

grasa; la nariz enorme y pesada, con un fatal estiramiento, como si

tirase del cerebro por misteriosa relación, paralizando sus funciones;

el labio inferior grueso y caído con inercia sensual; los ojos, de una

calma bovina, reflejando en su tranquila luz la indiferencia para todo

lo que no tocase directamente á su egoísmo. Los Austrias, nerviosos,

inquietos por una fiebre de locura, sin saber adónde ir, cabalgando

sobre teatrales corceles, en obscuros paisajes, cerrados por las nevadas

crestas del Guadarrama, tristes, frías y cristalizadas como el alma

nacional: los Borbones, reposados, adiposos, descansando ahitos sobre

sus enormes pantorrillas, sin otro pensamiento que la cacería del día

siguiente ó la intriga doméstica que trae revuelta á la familia, ciegos

para las tormentas que truenan más allá de los Pirineos. Los unos

rodeados de un mundo de imbéciles con cara brutal, de leguleyos

sombríos, de infantas de rostro aniñado y faldas huecas de virgen de

altar: los otros llevando, como comparsería alegre y desenfadada, un

populacho vestido de alegres colores, envuelto en la capa de grana ó la

mantilla de blonda, coronado por la peineta ó la masculina redecilla,

raza que en las meriendas del Canal ó en grotescas diversiones incubaba,

sin saberlo, su heroísmo. El latigazo de la invasión la sacaba de su

infancia de siglos. El mismo gran artista que había retratado durante

muchos años la inocente inconsciencia de este pueblo de majos y majas,

vistoso y alegre como un coro de opereta, lo pintaba después atacando

navaja en mano, con simiesca agilidad, á los mamelucos; haciendo caer

bajo sus tajos á estos centauros del Egipto, ahumados en cien batallas,

ó muriendo con teatral fiereza á la luz de un fanal, en las tétricas

soledades de la Moncloa, fusilado por los invasores.

Renovales admiraba el ambiente trágico de este lienzo que tenía ante sus

ojos. Los verdugos ocultaban sus rostros, apoyándolos en los fusiles;

eran ciegos ejecutores del destino, una fuerza anónima; y frente á ellos

elevábase el montón de carne palpitante y sangrienta; los muertos, con

los jirones de carne arrancados por las balas, mostrando rojizos

agujeros; los vivos, con los brazos en cruz, retando á los matadores en

una lengua que no podían entender, ó cubriéndose el rostro con las

manos, como si este movimiento instintivo pudiera preservarles del

plomo. Era todo un pueblo que moría para renacer. Y junto á este cuadro

de horror y heroísmo veíase cabalgar, en otro cercano, al Leónidas de

Zaragoza, á Palafox, con sus patillas elegantes y una arrogancia de

chispero dentro del uniforme de capitán general, teniendo en su apostura

cierto aspecto de caudillo de la plebe, sosteniendo en una mano

enguantada de ante el corvo sable y en la otra las riendas de su

caballejo corto y panzudo.

Renovales pensó que el arte es como la luz, que toma el color y el

brillo de los objetos que toca. Goya había pasado por un período

tempestuoso, había asistido á la resurrección del alma popular, y su

pintura encerraba la vida tumultuosa, la furia heroica que en vano se

buscaba en los lienzos de aquel otro genio amarrado á la monotonía de

una existencia palaciega, sin otros incidentes que las noticias de

guerras lejanas, faltas de entusiasmo, y cuyas victorias, tardías é

inútiles, tenían la frialdad de la duda.

Volvió el pintor la espalda á las damas goyescas, de boca recogida como

un capullo de rosa, vestidas de blanca batista y con la cabellera

peinada en forma de turbante, para concentrar su atención en una figura

desnuda que parecía dejar en la sombra los lienzos cercanos, con el

esplendor luminoso de sus carnes. La contempló de cerca largo rato,

inclinado sobre la barandilla, tocando casi el lienzo con el ala de su

sombrero. Después fué alejándose lentamente, sin dejar de mirarla, hasta

que, al fin, acabó por sentarse en una banqueta, siempre frente al

cuadro, con los ojos fijos en él.

--¡La maja de Goya!... ¡La maja desnuda!...

Hablaba en voz alta, sin percatarse de ello, como si sus palabras fuesen

una explosión inevitable de los pensamientos que se agolpaban en su

frente y parecían pasar y repasar tras el cristal de sus ojos. Sus

expresiones admirativas eran en diversos tonos, marcando una escala

descendente de recuerdos.

El pintor contempló con delectación aquel cuerpo desnudo, graciosamente

frágil, luminoso, como si en su interior ardiese la llama de la vida,

transparentada por las carnes de nácar. Los pechos firmes, audazmente

abiertos en ángulo, puntiagudos como magnolias de amor, marcaban en sus

vértices los cerrados botones de un rosa pálido. Una musgosa sombra

apenas perceptible entenebrecía el misterio sexual: la luz trazaba una

mancha brillante en las rodillas de pulida redondez, y de nuevo volvía á

extenderse el discreto sombreado hasta los pies diminutos, de finos

dedos, sonrosados é infantiles.

Era la mujer pequeña, graciosa y picante; la Venus española, sin más

carne que la precisa para cubrir de suaves redondeces su armazón ágil y

esbelto. Los ojos ambarinos de malicioso fuego desconcertaban con su

fijo mirar; la boca tenía en sus graciosas alillas el revuelo de una

sonrisa eterna: en las mejillas, los codos y los pies, el tono de rosa

mostraba la transparencia y el fulgor húmedo de esas conchas que abren

los colores de sus entrañas en el profundo misterio del mar.

--¡La maja de Goya!... ¡La maja desnuda!...

Ya no decía estas palabras en voz alta, pero las repetían su pensamiento

y su mirada: su sonrisa era como un eco de ellas.

Renovales no estaba solo. De vez en cuando se interponían entre sus ojos

y el cuadro grupos de curiosos que pasaban y repasaban hablando á

gritos. Un trote de pesados pies conmovía el pavimento de madera. Era

mediodía, y los albañiles de las obras cercanas aprovechaban la hora del

descanso para explorar aquellos salones, como si fuesen un mundo nuevo,

aspirando satisfechos el tibio aire de la calefacción. Dejaban al andar

huellas de yeso en el entarimado; se llamaban unos á otros para

participarse su admiración ante un cuadro; mostraban impaciencia por

abarcarlo todo de un golpe; se extasiaban contemplando los guerreros de

luminosa armadura ó los uniformes complicados de otras épocas. Los más

listos servían de guía á sus compañeros, arreándolos con impaciencía.

Ya habían estado allí el día anterior. ¡Adentro! ¡Aun les quedaba mucho

que ver! Y corrían hacia las salas interiores con la anhelante

curiosidad del que pisa tierra nueva y aguarda que lo asombroso surja

ante sus pasos.

Entre este galope de la admiración sencilla pasaban también algunos

grupos de señoras españolas. Todas hacían lo mismo ante la obra de Goya,

como si estuvieran aleccionadas previamente. Iban de un cuadro á otro,

comentando las modas de los tiempos pasados, sintiendo cierta nostalgia

por las faldas de madroños y las amplias mantillas con alta peineta. De

pronto poníanse serias, apretaban los labios y emprendían un paso vivo

hacia el fondo de la galería. Las avisaba el instinto. Sus inquietos

ojos sentíanse heridos en el rabillo por la lejana desnudez: parecían

husmear á la famosa maja antes de verla y seguían adelante erguidas, con

el gesto severo, lo mismo que cuando las molestaba en la calle un

requiebro audaz, pasando frente al cuadro sin volver la cara, sin querer

ver los lienzos inmediatos, no deteniéndose hasta la vecina sala de

Murillo.

Era el odio al desnudo, la cristiana y secular abominación de la

Naturaleza y la verdad, que se ponía en pie instintivamente, protestando

de que se tolerasen tales horrores en un edificio público, poblado de

santos, reyes y ascetas.

Renovales adoraba aquel lienzo con entusiasmo devoto, colocándolo aparte

de las demás obras. Era la primera manifestación del arte libre de

escrúpulos, limpio de preocupaciones, que existía en nuestra historia.

¡Tres siglos de pintura; varias generaciones de nombres gloriosos,

sucediéndose con portentosa fecundidad, y hasta Goya no había osado el

pincel español trazar las formas del cuerpo femenil, la divina desnudez

que, en todos los pueblos, había sido la primera inspiración del arte

naciente! Renovales recordaba otro desnudo, la Venus, de Velázquez,

guardada en extrañas tierras. Pero aquella obra no había sido

espontánea: era un encargo del monarca que, al mismo tiempo que pagaba

espléndidamente á los extranjeros sus cuadros de desnudo, quiso tener un

lienzo semejante de su pintor de cámara.

La presión religiosa había entenebrecido el arte durante siglos. La

humana belleza asustaba á los grandes artistas, que pintaban con la cruz

en el pecho y el rosario en la espada. Los cuerpos ocultábanse bajo el

sayal de pesados y rígidos pliegues ó el grotesco miriñaque palaciego,

sin que el pintor osara adivinar lo que existía debajo de ellos, mirando

al modelo como el devoto contempla el manto hueco de la Virgen, no

sabiendo si encierra un cuerpo ó tres barrotes, sostenes de la cabeza.

La alegría de la vida era un pecado; la desnudez, obra de Dios, una

abominación. En vano brillaba sobre la tierra española un sol más

hermoso que el de Venecia; inútilmente se quebraba la luz sobre la

tierra con mayor brillo que en Flandes; el arte español era obscuro,

era seco, era _sobrio_, aun después de haber conocido las obras del

Ticiano. El Renacimiento, que en el resto del mundo adoraba el desnudo

como la obra definitiva de la Naturaleza, cubríase aquí con la capucha

del fraile ó los harapos del mendigo. Los paisajes luminosos eran

obscuros y tétricos al pasar al lienzo; el país del sol aparecía bajo el

pincel con un cielo gris y la tierra de un verde fúnebre; las cabezas

eran de una gravedad monacal. El artista ponía en sus cuadros, no lo que

le rodeaba, sino lo que llevaba dentro, un pedazo de su alma; y su alma

estaba agarrotada por el miedo á los peligros de la vida presente y los

tormentos de la futura; era negra, con la negrura de la tristeza, como

si se hubiese tiznado en el hollín de las hogueras de la Fe.

Aquella mujer desnuda, con la cabeza rizosa sobre sus brazos cruzados,

mostrando en tranquilo abandono la leve vegetación de sus axilas, era el

despertar de un arte que había vivido aislado. El cuerpo ligero, que

apenas descansaba sobre el verde diván y las almohadas de finos encajes,

parecía próximo á elevarse en el aire, con el potente impulso de la

resurrección.

Renovales pensaba en los dos maestros, igualmente grandes, y sin

embargo, tan distintos. El uno tenía la imponente majestad de los

monumentos famosos; reposado, correcto, frío, llenando el horizonte de

la historia con su mole colosal, envejeciendo gloriosamente sin que los

siglos abriesen la menor grieta en sus muros de mármol. Por todos lados

la misma fachada noble, ordenada, tranquila, sin fantasías de capricho.

Era la razón, sólida, equilibrada, ajena á los entusiasmos y los

desmayos, sin apresuramientos ni fiebres. El otro era grande como una

montaña, con el desorden bizarro de la Naturaleza, cubierto de tortuosas

desigualdades. Por un lado el peñascal bravío y árido; más allá la

cañada cubierta de matorrales floridos; abajo el jardín con perfumes y

pájaros; en la cumbre la corona de nubarrones que truenan y

relampaguean. Era la imaginación en carrera desenfrenada, con altos

jadeantes y nuevos escapes, la frente en lo infinito y los pies sin

separarse de la tierra.

La vida de don Diego cabía en dos líneas. «Había pintado.» Esta era toda

su biografía. Jamás en sus viajes por España é Italia sintió otra

curiosidad que la de ver nuevos cuadros. En la corte del rey poeta había

vegetado entre galanteos y mascaradas, tranquilo como un monje de la

pintura, siempre de pie ante el lienzo y el modelo, hoy un bufón, mañana

una infantita, sin otras aspiraciones que las de ascender de categoría

entre los domésticos reales y coserse una cruz de paño rojo en el negro

justillo. Era una alma excelsa encerrada en un cuerpo flemático que

jamás le atormentó con deseos nerviosos ni alteró la calma de su trabajo

con pasionales vehemencias. Al morir él, moría también, á la semana

siguiente, la buena doña Juana, su esposa, buscándose los dos, como si

no pudiesen permanecer separados después de su luenga peregrinación por

el mundo, plácida y sin incidentes.

Goya «había vivido». Su existencia era la del artista gran señor: una

agitada novela llena de misterios amorosos. Los discípulos, al

entreabrir las cortinas de su estudio, veían la seda de unas faldas

regias sobre las rodillas del maestro. Las lindas duquesas de la época

acudían á que las pintarrajease las mejillas aquel aragonés fuerte, de

áspera y varonil galantería, riendo como locas de estos retoques

íntimos. Al contemplar sobre revuelta cama una divina desnudez,

trasladaba al lienzo sus formas, por impulso irresistible, por imperiosa

necesidad de reproducir la belleza, y la leyenda que flotaba en torno

del pintor español iba colgando un nombre ilustre á todas las beldades

que inmortalizaba su pincel.

Pintar sin miedo y sin preocupaciones, extasiarse reproduciendo sobre el

lienzo la jugosa desnudez, el húmedo ámbar de la carne femenil con sus

pálidos rosas de caracola marina, era el deseo y la envidia de

Renovales: vivir como el famoso don Francisco, cual pájaro libre, de

plumaje inquieto y luminoso, en medio de la monotonía del humano corral;

ser, por las pasiones, por el desenfado y por los gustos, distinto de la

mayoría de los hombres, ya que se diferenciaba de ellos por su modo de

apreciar la vida.

Pero ¡ay! su existencia era igual á la de don Diego: llana, monótona,

tirada á cordel. Pintaba, pero no vivía; le alababan sus obras por la

exactitud con que cautivaba el natural, por el brillo de la luz, el

color indefinible del aire y el exterior de las cosas; pero algo le

faltaba, algo que se revolvía en su interior y en vano pugnaba por

saltar las bardas vulgares de la existencia diaria.

El recuerdo de la novelesca vida de Goya le hacía pensar en su propia

vida. Le llamaban maestro; comprábanle á buen precio todo lo que

pintaba, especialmente si era con arreglo al gusto ajeno y contra su

voluntad de artista; gozaba una existencia tranquila, llena de

comodidades; tenía allá, en su estudio, con honores de palacio, cuya

fachada reproducían los periódicos ilustrados, una esposa que creía en

su genio y una hija que casi era una mujer, y hacía tartamudear de

emoción á la tropa de discípulos íntimos. De su pasada bohemia, sólo

restaban en él los fieltros abollados, las barbas luengas, la alborotada

cabellera y cierto descuido en el vestir; pero cuando lo exigía su

posición de _gloria nacional_, sacaba del ropero un frac con la solapa

cubierta de condecoraciones, y hacía su figura en las fiestas oficiales.

Tenía miles de duros en el Banco. En el estudio, paleta en mano,

conferenciaba con su agente, discutiendo la clase de papel que debía

adquirir con sus ganancias del año. Su nombre no despertaba extrañeza ni

repulsión en la alta sociedad, donde era de moda que las señoras fuesen

retratadas por él.

Había provocado en otro tiempo escándalos y protestas por sus audacias

de color y su modo revolucionario de ver la Naturaleza, pero no llevaba

sobre su nombre el menor atentado á las conveniencias que hay que

guardar con el público. Sus mujeres eran hembras del pueblo, pintorescas

y repugnantes; no había mostrado en sus lienzos otras carnes que la

sudorosa del labriego ó la mantecosa del niño. Era el maestro honrado

que cultiva su prodigiosa habilidad con la misma calma con que otros

cuidan sus negocios.

¿Qué faltaba en su existencia?... ¡Ay!... Renovales sonreía

irónicamente. Acudía de golpe á su memoria toda su vida en tumultuoso

agolpamiento de recuerdos. Fijaba una vez más su mirada en aquella mujer

de luminosa blancura, semejante á un ánfora de nácar, con los brazos en

torno de la cabeza, los pechos enhiestos y triunfadores, los ojos

puestos en él, como si le conociera muchos años, y repetía mentalmente,

con expresión de amargura y desaliento:

--¡La maja de Goya!... ¡La maja desnuda!...

La maja desnuda · 第 9 / 29 题