Era doña Inés López de Roldán personaje de carácter tan enrevesado y
complejo, que a menudo me arrepiento de haberla sacado a relucir como
una de las dos heroínas de esta historia, porque hallo difícil
describirla bien y transmitir a mis lectores concepto igual al que tengo
formado de ella, investigando y dilucidando con claridad el móvil de sus
pasiones y de sus actos.
Ella misma, como era reflexiva y pensadora, y como en sus ratos de ocio,
que no eran pocos, había leído y aprendido bastante, se afanaba por
lograr el propio conocimiento y lo encontraba harto oscuro.
Las doctrinas de esto que llaman teosofía, novísima en Europa, aunque
antiquísimas en la India, no habían aportado aún por Villalegre, y doña
Inés no podía, fundándose en ellas, suponer que su ser íntimo constaba
de siete diversos principios; pero doña Inés sabía que Platón daba, poco
más o menos, tres almas a todo ser humano. Haciéndose, pues, platónica,
se puso a sospechar que ella tenía tres almas.
Confirmó sus sospechas y casi las convirtió en certidumbre el ver que,
lejos de tener algo de mérito aquel pensamiento, concordaba en cierto
modo con la más sana y católica filosofía.
Uno de los libros que con frecuencia y gusto leía doña Inés era el que
escribió el iluminado y extático varón fray Miguel de la Fuente acerca
de _Las tres vidas del hombre_. De aquí que no titubease doña Inés en
compaginar que tenía tres vidas. Yo también lo imagino, y casi me atrevo
a darlo por seguro. Sólo de esta suerte atino a entrever el tenebroso
enigma de su figura moral y de su extraña condición y naturaleza.
Había en doña Inés tres energías o poderes distintos, escalonados y
sobrepuestos, ora de acuerdo los tres, ora independientes y en guerra,
aunque formando, durante esta vida mortal, la unidad inseparable de su
singular individuo.
Para cada uno de estos poderes se había buscado doña Inés un ministro, o
si se quiere, una ministra. Para su alma sensual, que entendía y se
empleaba en las cosas y negocios corpóreos y vulgares, tenía a Crispina,
que la ponía al corriente de todos los sucesos del lugar sin elevación
ni trascendencia. Para su alma sentimental, concupiscible, irascible y
discursiva; para su facultad y aptitud de aborrecer, amar y calcular,
sobre todo en relación con lo temporal visible, tenía a la discreta
criada Serafina. Y para el alma pura o ápice del alma para la suprema
porción de entendimiento y del afecto, porción toda espiritual y divina,
simple inteligencia o mente, había estado doña Inés sin ministra durante
largos años, hasta que por último la había hallado o la había creído
hallar en Juanita la Larga, a quien tan injustamente despreció y odió de
oídas y al verla por vez primera.
Fue como perla que se descubre en un muladar y que se estima más cuando
el que la descubre se persuade de que es fina. Fue flor como hallada en
tierra inculta, fuera de la cerca del huerto que se cultiva, por eso
mismo sorprende y enamora más, celándola quien la posee por el temor de
que la huelle y pisotee a su paso algún animal inmundo.
Así se comprende, en mi sentir, el amor y celoso cuidado con que doña
Inés miraba a Juanita, que era ya para ella lo más ideal de cuanto podía
concebir en lo humano.
Tal vez doña Inés reconocía con dolor que su propia alma suprema se
había inficionado e impurificado un tanto por culpa de circunstancias
exteriores que habían hecho prevalecer y triunfar en varios puntos las
otras dos almas, inferior y media. Y a fin de que no se le inficionase
también el alma pura y superior de la amiga y ministra que había
encontrado y que era su regalo y consuelo, quería doña Inés que Juanita
fuese monja, o sea, transplantar la flor del campo abierto y sin defensa
al huerto cerrado y defendido; pero como al propio tiempo se complacía
y deleitaba con tener a Juanita cerca de sí, vacilaba aún y retardaba el
día en, que pensaba obligar a Juanita a retirarse al claustro.
En el momento presente de nuestra historia prevalecía en doña Inés el
empeño de empujar a Juanita hacia el monjío. Preveía para ella peligros
inminentes y ansiaba salvarla, aun a costa de privarse de su agradable
presencia y de su dulce trato.
Se comprenderá qué clase de peligros temía la señora de Roldán si
echamos una ligera ojeada retrospectiva y ponemos al lector en
antecedentes.
Dios me libre de ser calumniador y de pecar de malicioso. Quizá fuesen
ponzoñosas hablillas de la malvada lengua del boticario, a lo que
parece, acérrimo enemigo de Serafina.
Serafina, que era también burlona y maldiciente, murmuraba, y haciendo
mucha befa había referido por todas partes que la hija menor del
escribano, de cuya mala salud y ruin catadura se ha dado ya cuenta,
estaba prendada del boticario y le deseaba como marido, aunque sólo
fuese para no ser menos que su hermana mayor, doña Nicolasa, la cual iba
pronto a casarse con Pepito, el hijo del albardonero, famoso doctor en
leyes. Sólo se aguardaba para celebrar la boda que el diputado sacase al
novio un empleo de diez o doce mil reales que le habían pedido hacía más
de un año. Doña Nicolasita estaba más impaciente que nadie; echaba mil
maldiciones al diputado, decía que no servía de nada y conspiraba para
que en las próximas elecciones eligiesen a otro que sacase empleos con
más facilidad y prontitud.
Entre tanto, o de veras o fingiéndolo, había enfermado su hermana menor,
y el boticario, que con permiso del médico visitaba también y tenía
bastantes igualas, era quien asistía a la enfermita, y tenía que
visitarla dos veces al día o por lo menos de diario.
Don Policarpo no se daba por entendido de la verdadera enfermedad y
distaba mucho de querer aplicarle el conveniente remedio.
La iguala que tenía con el escribano era de las más cuantiosas del
lugar: cada año cincuenta reales. Esto, no obstante, le parecía muy poco
para pagar tanta visita, por lo cual, según Serafina, el boticario
buscaba compensación recetando mucho y obligando al escribano a gastar
su dinero en potingues de los que él elaboraba en su casa.
Yo me inclino a presumir que, ofendido el boticario por las burlas de
Serafina sobre el mencionado negocio, divulgó contra ella lo que voy a
contar como me lo han contado, sin responder de que sea verdad,
exageración o mentira.
A lo que parece, don Alvaro Roldán, que andaba antes extraviadísimo,
lejos de su casa, muy a menudo en otras poblaciones entregado a mil
liviandades y francachelas y gastándose los dineros con doncellitas
andantes que hospedaba en sus caserías, se había vuelto sedentario,
casero, morigerado y mucho más económico. El pícaro del boticario
colgaba a Serafina el milagro de esta conversión, y aun se atrevía a
sostener que la señora doña Inés hacía la vista gorda y no se percataba
de tal milagro, cuya comodidad y baratura no podía menos de celebrar en
el fondo del alma.
Como quiera que fuese, la verdad es que Serafina, que jamás notó que don
Andrés persiguiese a Juanita, aunque si lo hubiera notado no lo hubiera
dicho, porque no le convenía decirlo, notó muy bien los atrevimientos de
don Alvaro y sus persecuciones a Juanita, y enojada y temerosa de una
usurpación de atribuciones, acudió a doña Inés con el soplo.
Al principio no dio doña Inés grande importancia a la acusación; pero en
aquellos últimos días la renovó Serafina con tal vehemencia e
insistencia, que doña Inés se puso sobre ascuas.
Se puso como se pondría apasionada jardinera si viese que un sapo u otro
bicho feo y viscoso tratara de deshojar o marchitar la planta florida
que más la deleitase.
Doña Inés estaba furiosa contra el sapo y llena de miedo también de que,
interviniendo el diablo, que todo lo añasca, pudiese conseguir el sapo
su detestable propósito. La misma inocencia de Juanita y la libertad y
el abandono en que vivía, sin el arrimo y el consejo que suele prestar la
prudencia de una madre, aumentaban el sobresalto de doña Inés. De aquí
que ahora estuviera impaciente por consumar su sacrificio de separarse
de la muchacha enviándola a un convento cuanto antes mejor.