Juanita, después de haber declarado su amor a don Paco y después de
tener por seguro que no procesarían a Antoñuelo, se puso tan contenta y
se aquietó de tal suerte, que desistió de todo propósito de venganza
contra doña Inés, a pesar de lo mucho que doña Inés la había molido. Se
arrepintió también de su prolongado disimulo y se propuso, sin
retardarlo ya más que hasta el día siguiente, miércoles, entre diez y
once de la noche, hacer público su noviazgo y su futuro casamiento con
don Paco.
Hasta entonces tenía ella una vaga esperanza de poder preparar el ánimo
de doña Inés, a fin de evitar su enojo; pero si esto no se lograba,
Juanita estaba decidida, contando con la decisión de don Paco, a
arrostrar el enojo de doña Inés y el de todo el mundo y a hacer su gusto
casándose, aunque ella, su futuro y su madre tuvieran que abandonar por
insufrible el pueblo de Villalegre, perdiendo la posición que en él
gozaban.
A Juana la había visto un breve instante; pero confiaba tan poco en su
circunspección y en la serenidad de su juicio, que no se atrevió a
decirle nada ni a informarla de sus proyectos de repente y sin preámbulo
alguno. Aguardó, pues, hasta el día siguiente, cuando su madre volviese
ya de casa de don Andrés después de concluido su trabajo, a la hora en
que había citado a don Paco, para que él también hablase a su madre y
los tres se pusiesen de acuerdo.
Entre tanto, Juanita creyó prudente y decoroso no ver a don Paco, y
violentándose, le impuso la condición de que no la buscase ni tratase de
verla. Juanita tenía tantos negocios que arreglar y tantas cosas en que
pensar y que hacer, que no quería que por lo pronto la distrajesen de
ello sus amores. Era Juanita devotísima de la Virgen de la Soledad, y
subió a la iglesia que está cerca del castillo y donde se venera su
imagen a darle gracias por los beneficios ya recibidos y a rogarle
fervorosamente para que le fortaleciese en sus propósitos, que ella
creía santos y buenos.
Casi toda la gente estaba en la parte baja y llana de la villa. La parte
alta, donde está el castillo y la antigua iglesia, se hallaba aquel día
muy solitaria.
Juanita oró largo rato en el templo, casi desierto. Al salir de él tuvo
la desagradable sorpresa de encontrarse con don Andrés, que la había
espiado, que la había visto subir, que la había seguido, y que la
aguardaba a la puerta.
Grandes fueron la desazón y el sobresalto de la muchacha. Aunque ella
creía haber disipado todos los celos de don Paco y haberle inspirado
confianza bastante para que no la vigilara, todavía temió que don Paco,
o la viese en compañía de don Andrés o supiese por alguien que iba en su
compañía, y aunque contra ella no formase queja, acabase por ofenderse
de la obstinación con que don Andrés la perseguía y rompiese con él de
una manera estruendosa.
Su desazón y sus temores se acrecentaron al ver que don Andrés se acercó
a ella; la acompañó mientras bajaba la cuesta, la requebró con más
fervor que respeto, le recordó los besos de la antesala y le hizo las
más atrevidas proposiciones. Como don Andrés ignoraba el concierto de
Juanita con el tendero murciano, venció su repugnancia a dejar impunes
ciertos delitos, y entre otras ofertas, hizo a Juanita la de dar los
ocho mil reales para que no fuese acusado Antoñuelo.
--Ya no necesito el dinero, señor don Andrés--dijo Juanita--. Don Ramón
ha recuperado lo que se le debía y ha prometido callarse. Ahora yo
suplico a vuecencia que me deje y no me persiga, y que no me ofenda
proponiéndome lo que no puede ser. Y si vuecencia no se retrae de
seguirme por mí respeto, porque yo se lo suplico con humildad,
retráigase por el temor de ofender a personas que le son queridas.
--Yo no temo que esas personas se ofendan.
--Pues yo sí lo temo. Temo que se ofenda mi señora doña Inés, a quien
bien quiero y a quien debo mil favores. Y temo más aún que se ofenda don
Paco, quien..., fuera disimulo, ya es tiempo de que lo sepa vuecencia si
no lo sabe..., es mi novio.
--¿Y cómo--dijo don Andrés--recelas tú que don Paco se escape otra vez y
se vaya a vagar por esos andurriales?
--Mucho me pesaría--replicó Juanita--de que hiciese tal cosa; pero en
esta nueva ocasión no sería eso lo que él haría, sino algo que yo
lamentaría mil veces más. Yo quiero que él y vuecencia, a quien debe él
tantos favores, sigan siendo buenos amigos. Para ello es indispensable
que se reporte vuecencia y no me falte.
--Al contrario--dijo don Andrés sonriendo con sonrisa algo forzada--.
Quien me falta eres tú. Dame una cita para verte en tu casa a solas y ya
verás cómo no te falto. Todo será con recato y sigilo. Nada sabrán ni
don Paco ni doña Inés, y no tendrán de qué quejarse ni de ti ni de mí.
Llegaban en esto a la plaza, después de haber bajado la cuesta. Juanita,
sin hacer atención a las últimas palabras de don Andrés, y temerosa de
que la vieran con él, porque allí había mucha gente, exclamó con cierta
angustia:
--Por amor de Dios, señor don Andrés, déjeme vuecencia en paz y no se
comprometa ni me comprometa.
Don Andrés conoció sin duda que tenía razón la muchacha; cedió a su
súplica y se apartó de ella. Juanita volvió sola a su casa,
afligidísima, descorazonada y humillada al ver cuan poco respeto
infundía.
Era mayor su humillación al considerar que en aquellos dos días últimos
hasta el idiota de don Alvaro, a pesar de los sofiones de que había sido
objeto, había vuelto a las andadas, mostrándose con ella insolente y
atrevido.
Luego que entró Juanita en su cuarto, cerró los puños con cólera, se
echó boca abajo en la cama y sollozó con; amargura.