Todo estaba revuelto aquel día en la parte baja de la casa del cacique.
Se entregaba la gente a diversos trabajos para preparar una gran fiesta
que había de realizarse al otro día, Miércoles Santo. La procesión,
preámbulo de las otras, y que debía ser en dicho miércoles por la tarde,
era dirigida y costeada todos los años por el señor don Andrés Rubio,
hermano mayor de la más importante Cofradía.
Habían de salir en esta procesión tres obras maestras de escultura, tan
pesada cualquiera de ellas que para llevarlas en andas por las calles
era menester un ejército de nazarenos.
La primera escultura representa al Señor de la Pollinita; Jesús cabalga
sobre el humilde animal y entra triunfante en Jerusalén.
El pueblo, compuesto de gran número de nazarenos, de soldados romanos y
de judíos, debía marchar delante de la referida imagen con palmas y con
grandes y frondosas ramas de olivo.
Después, precedida de todos los _ensabanados_, _encolchados_ y jumeones
que se pudiese, tenía que salir la _Cena_, cuyo peso es enorme, pues
consta la imagen completa de trece figuras de tamaño natural, y de la
mesa, que algo pesa también y que va cubierta y adornada de flores, de
las más exquisitas frutas que desde el otoño han podido conservarse
hasta aquel día con el mayor esmero, y de un elevado y complicadísimo
ramillete de dulces, donde echa el resto el más listo e ingenioso de los
confiteros.
En pos de la _Cena_, y precedida también de mucha gente, había de salir
la _Oración del Huerto_, donde Cristo ora de rodillas; un ángel que
quiere estar en el aire, pero que se apoya en el ramaje de un olivo,
ofrece a Cristo el cáliz de la amargura, y los discípulos yacen por
tierra dormidos.
Terminada la procesión, el señor don Andrés tenía que echar el bodegón
por la ventana y dar de cenar a los apóstoles, a los profetas, a los
antiguos personajes bíblicos, a la plebe de Jerusalén, a los nazarenos y
a la guarnición romana.
Las tres obras de escultura de que hemos hablado estaban ya expuestas
al público el martes, no en las iglesias, sino en una inmensa sala baja
entapizada de rojo damasco, adornada de cornucopias, flores y verdura, e
iluminada por la noche con profusión de velas de cera.
Para cuidar de todo esto había elegido don Andrés a Juana la Larga,
quien en los dos días del martes y del miércoles apenas podía salir de
casa de don Andrés e ir a la suya, a no ser a la hora de recogerse a
dormir.
El miércoles, singularmente, el trabajo de Juana era atroz. Ella debía
condicionar para toda aquella tropa la espléndida cena de vigilia.
Habría potaje de garbanzos con espinacas; como principal plato de
resistencia, bacalao en sobrehúsa; y como plato ligero o de chanza
delicada, una exquisita alboronía, que pudiese celebrar, si resucitase,
el mismo famoso cocinero de Bagdad, que la inventó, dándole el nombre de
la bella Alborán, sultana favorita del califa Harun Al Raschid, héroe de
_Las mil y una noches_, princesa a quien dicho cocinero tuvo la honra de
dedicarla.
Claro está que para postre no habían de faltar los ineludibles pestiños
y que había de abundar el vino para apagar la sed que causa la sal
conservada en el bacalao, a pesar del remojo, y al picante de las mil
ristras de guindillas y de cornetas que en tal día se consumen.
Se esperaba, además, que llegase a tiempo de Málaga mucho cazón fresco,
que Juana guisaría y haría servir a todos, o bien solamente a los
apóstoles, profetas y reyes, si no llegaba cazón suficiente para el
vulgo.
Por último, Juana había prometido hacer un plato de su invención, con el
que la gente menuda se chupa por allí los dedos de gusto; plato que
tiene la singularidad de remedar, en cuanto cabe en lo humano, el
milagro del pan y peces, pues con dos docenas de huevos y media hogaza
para pan rallado se hartan cien hombres, gracias al sabroso ajilimójili
en que ella rehogaba las livianas tortillas después de haberlas frito, y
en cuyo caldo se remoja pan y se convierte en sopas, que se engullen con
deleite. A este plato de su invención Juana dio el nombre de
_hartabellacos_.
Prometía la cena del miércoles ser muy divertida, amenizándola con sus
chistes un criado muy gracioso que tenía don Andrés y que hacía en todas
las procesiones el papel de Longino, soldado fanfarrón y galante antes
de dar la sacrílega lanzada y ciego después, que persigue al lazarillo,
el cual se le escapa y le hace en las procesiones mil burlas y
perrerías.
Lamentan algunas personas, pero yo no puedo menos de aplaudirlo en vez
de lamentarlo, que el señor obispo haya prohibido desde hace mucho
tiempo que salga en las procesiones otro personaje que salía antes, mil
veces más cómico que Longino. Era este personaje José, el hijo de Jacob,
porque, según decía el vulgo, no era ni fu ni fa. No era _ensabanado_,
porque, como primer ministro y favorito que había sido de Faraón, no
podía vestirse pobremente con sábanas. Y no era tampoco _encolchado_,
porque iba sólo con la túnica y no llevaba colcha, o sea, manto o capa,
a fin de indicar que la mujer de Putifar se había quedado con ella. El
que hacía de José solía ser el más chusco de los campesinos, que
aparentaba asustarse al ver muchachas bonitas en los balcones, y ya se
tapaba los ojos para no verlas, ya huía haciendo contorsiones y dando
chillidos.
Menester es confesar que hizo muy bien el señor obispo en prohibir la
aparición de esta figura, dado que sea exacto lo que se cuenta y que no
se exageren los melindres y chistes del fingido casto José. Comoquiera
que ello sea, el punto se puede pasar por alto, porque no es de los
esenciales en esta historia.
Lo esencial es que Juanita tuvo que pasarse sola y sin su madre casi los
dos días enteros y tuvo que esperar hasta las diez de la noche del
Miércoles Santo para poder hablar a su madre con reposo.
Por eso Juanita había citado a don Paco en casa de ella para media hora
después, para las diez y media.
Ahora me incumbe referir aquí, sin más digresiones, los casos memorables
en que intervino Juanita hasta que llegó dicha hora.