Arrebatado yo por la corriente de los sucesos, por la importancia que
les doy y por la rapidez con que quiero narrarlos, he descuidado la
cronología. Está vaga y confusa y conviene fijarla un poco.
Nada más fácil. Baste decir para ello que el día de la fuga de don Paco
acertó a ser Domingo de Ramos.
Como don Paco vagó todo aquel día y el siguiente, resulta que volvió a
Villalegre al empezar el Martes Santo.
Son tales las preocupaciones y el embeleso de todos los habitantes de
Villalegre durante aquella semana, que nadie hubiera notado ni la
desaparición ni la vuelta de don Paco si no hubiera sido el personaje
tan notable, tan activo y que por lo común andaba siempre en todo.
Lo que no se hubiese sabido, ni aun en tiempos normales, eran las causas
de su ida y de su vuelta. Los celos siguieron sepultados en el más
profundo silencio por los que los causaron y los padecieron: por don
Andrés, Juanita y don Paco. Y los delitos de Antoñuelo y los medios que
don Paco empleó para remediar unos y frustrar otros hubo interés en
callarlos, y se logró que los callaran el tendero y su mujer, únicas
personas a quienes interesaba decirlos.
Sólo se sabía que Antoñuelo había vuelto apaleado; pero, a pesar de los
comentarios que se hacían, nadie atinaba con el motivo y pocos
sospechaban quién había sido el autor del apaleo.
El tiempo aquel era el menos a propósito para que en Villalegre fijase
el vulgo su atención en lance alguno, por extraordinario que fuese, de
la vida real contemporánea. La atención general estaba embelesada y
suspendida por la pasmosa representación simbólico-dramática que iba a
verificarse durante cuatro días consecutivos, teniendo por actores a la
mitad o quizá a más de la mitad de los hombres, y por espectadores a la
otra mitad de ellos, a todas las mujeres y niños y a no pocos
forasteros.
Las procesiones de Semana Santa empiezan el miércoles y terminan el
sábado. Yo, pues, las he visto en mi niñez en otra población donde son
muy parecidas a las de Villalegre, conservo de ellas el más poético
recuerdo, por donde imagino que las personas que las censuran carecen de
facultades estéticas o las tienen embotadas. Hasta la rudeza campesina
de algunos accidentes presta a la representación de que hablo candoroso
hechizo.
Acaso había accidentes o episodios en dicha representación en que lo
sagrado y lo profano, lo serio y lo chistoso y lo trágico y lo cómico
desentonaban algo. Celosos y discretos obispos han hecho sin duda muy
bien en suprimir estas discordancias o salidas de tono; pero lo esencial
de la representación, que consta de procesiones y _pasos_, sigue todavía
y hubiera sido lástima suprimirlo; hubiera sido un crimen de lesa poesía
popular.
A mi ver, hasta en corregir, atildar y perfeccionar lo que se hace,
aunque no niego que se presta al atildamiento y a la mejora, es menester
andarse con tiento. Puede ocurrir, si es lícito que yo me valga de un
símil literario, lo que ocurre con un escrito en verso o prosa cuando el
autor, por el prurito de acicalar el estilo, manosea, soba y marchita lo
que escribió y lo deja mustio, lamido y sin espontaneidad ni gracia.
Conviene, además, para ver aquello con fruto y penetrar su hondo
sentido, prescindir de refinamientos y de ideas de lujo y de exactitud
indumentaria, adquiridas en ciudades más ricas y populosas. Sólo así, y
reflexionándolo bien, se percibe lo sublime y lo bello de la verdad
dogmática que bajo el velo del símbolo resplandece.
Menester es que no se arredre por lo áspero de la corteza el que anhele
gozar del dulce alimento que para el espíritu ella cela y contiene.
La representación no se limita a ofrecer al pueblo un trasunto de la
pasión y muerte de Cristo y de la redención del mundo, sino que en
cierto modo abarca todo el plan divino y providencial de la Historia,
como el famoso discurso de Bossuet.
Los seres humanos, sin duda, no se juzgan dignos de representar a los
seres divinos, ni se creen idóneos para ello, y temen profanar la acción
interviniendo en ella inmediatamente. De aquí que todos los momentos del
alto misterio de la redención se figuren por medio de imágenes que se
llevan en andas, y cuyos movimientos silenciosos y solemnes va
explicando un predicador desde un púlpito erigido en medio de la plaza y
que la muchedumbre rodea. Sólo hablan los seres humanos. Los
sobrehumanos callan, salvo algunos ángeles que cantan lo que dicen.
Así, por ejemplo, el pregonero desde el balcón de las Casas
Consistoriales lee en voz alta la sentencia que condena a Jesús a muerte
afrentosa en una cruz, y entre dos ladrones, por enemigo del César y por
otros muchos delitos.
El predicador exclama entonces:
--Calla, falso pregonero; calla, viperina lengua, y oye la voz del
ángel, que dice....
En seguida aparece en otro balcón de la casa mejor que está enfrente del
Ayuntamiento el niño de seis o siete años más bonito, más inteligente y
de más dulce voz que en el lugar hay; y primorosamente vestido de ángel,
con tonelete de raso blanco bordado de estrellitas de oro, con
refulgentes y extendidas alas y con corona de flores, canta una sencilla
y sublime contraesencia, que comienza diciendo: «Esta es la justicia
que manda hacer el Eterno Padre....»
Luego explica, con enérgica concisión que no se opone a la claridad, los
misterios de la encarnación y de la redención, cuando en la plenitud de
los tiempos se une el Verbo increado con la humana naturaleza,
glorificándola y haciéndola digna del cielo, padeciendo en ella y por
ella, a fin de lavar sus culpas.
Sólo hechos meramente naturales, en que intervienen personajes
secundarios, son representados por hombres.
Hay uno, no obstante, que es muy trascendental y que también los hombres
representan. Es la prefiguración, el reflejo profético del sacrificio
del Hijo por el Padre; es el sacrificio de Isaac por Abrahán en la
cumbre del monte Moria, y que otro ángel impide. El monte está
representado en medio de la plaza por un tablado cubierto de verdura.
Abrahán e Isaac no hablan; sólo accionan. Cuando Abrahán tiene ya
levantada la cuchilla para sacrificar a su hijo, el ángel le detiene
cantando un romance. Isaac recibe entonces la palma del martirio, que
ostenta en las procesiones de los días siguientes. Abrahán sacrifica un
cordero, según los antiguos ritos.
Los principales personajes del Antiguo Testamento discurren en la
procesión silenciosos y solemnes, como si la Historia Sagrada tomase
cuerpo y apareciese ante nuestros ojos en visión ideal. ¿Qué daña a la
mente infantil y a la rústica buena fe que no se ajuste con exactitud
esta visión a la verdad arqueológica, y que en ella no se desplieguen el
lujo y la pompa, si la imaginación del vulgo los pone allí con creces? A
su vista aparecen, y van pasando, Elías, Ezequiel, Daniel, Isaías, Amós
y los demás profetas, así como los reyes, jueces y príncipes:
Melquisedec, David, Moisés, Salomón, y qué sé yo cuántos más. Todos
llevan el rostro inmóvil de la carátula, y en las potencias, aureola o
nimbo que coronan sus cabezas, inscrito el nombre de cada uno.
Distínguense, además, por los atributos que en sus manos tienen: David
lleva el arpa; Salomón, un modelo del templo, y Moisés, las Tablas de la
Ley.
Como los profetas hicieron vida áspera y penitente, y no se cuidaron
mucho del primor y de la elegancia en el vestir, se llaman los
_ensabanados_, porque sus túnicas y mantos están hechos con sábanas. Y,
por el contrario, los monarcas y grandes señores se engalanan con todo
el lujo que pueden, llevando por túnica los mejores vestidos de sus
mujeres o de sus novias, y por mantos las colchas más ricas de las
camas, por lo cual se llaman los _encolchados_.
Conforme va pasando cada procesión, que suele permanecer tres o cuatro
horas en la calle, se ejecutan pasillos, que casi siempre explica un
nazareno cantando una saeta.
Para prevenir y llamar la atención del público hacia cada pasillo, otros
dos o tres nazarenos hacen sonar las trompetas con melancólico y
prolongado acento. Así, pongo por caso, cuando los evangelistas van
escribiendo en unas tablillas lo que pasa y unos judíos tunantes vienen
por detrás haciendo muchas muecas y contorsiones y les roban los
estilos, los evangelistas, resignados y tristes, abren entonces los
brazos y se ponen en cruz. Las trompetas resuenan otra vez para dar el
pasillo por terminado.
Cosas hay de cierto primor artístico y de bien inspirada delicadeza. Así
la cruz que llevan en andas, grande y negra, como de ébano bruñido con
remates primorosos de plata, sin Cristo en ella, que ya se supone
resucitado y en el cielo, de la que penden siete anchas cintas verdes,
blancas y rojas, de los tres colores de las virtudes teologales. Del
extremo de cada cinta va asido un niño o un grupo de niños,
representando todos en su conjunto y muy lindamente los siete
sacramentos de la Santa Iglesia.
Otros niños con vestiduras talares y con alas de querubines llevan en
sus hombros el arca de la alianza, como recuerdo de la ley antigua,
anterior a la Buena Nueva y la ley de gracia.
En fin, para mi gusto todo está tan bien, que si no fuera por el temor
de que me tildasen de impertinente y de extenderme demasiado en
descripciones impropias de este lugar, seguiría relatando sin cansarme y
con deleite artístico cuanto se representa en Villalegre en aquellos
cuatro días.
Baste indicar aquí que el Viernes Santo, al anochecer, se celebra el
santo entierro, en el que no parecen ya las figuras simbólicas de los
personajes de la antigua ley; sólo hay nazarenos, hermanos de Cruz,
llevando cada cual a cuestas la suya y haciendo gala de que sea pesada y
grande, y soldados romanos y no pocos judíos, convertidos ya, en prueba
de lo cual llevan en las manos sendos rosarios y van rezando
devotamente. Hay, por último, muchos hombres y niños piadosos que
alumbran el entierro con velas.
Pero la procesión más solemne y conmovedora es la que se verifica el
Sábado Santo, desde las nueve de la mañana hasta mediodía.
En ella sale únicamente la imagen de María Santísima de la Soledad, que
es como el paladión de la villa y que se custodia y venera en el templo
más antiguo que existe allí, al otro extremo de la nueva parroquia, en
la cumbre del cerro que domina la población, en la Acrópolis, como si
dijéramos, y al lado del abandonado castillo del duque, desde donde éste
salía con su mesnada a combatir a los moros fronterizos y a entrar en
algarada por las tierras granadinas.
Aquella imagen es una obra maestra del arte cristiano en la época de su
mayor florecimiento en España. Es cierto que se puede decir que el
escultor no hizo más que la cabeza y las manos; el pensamiento puro y
celestial y el medio por cuya virtud puede convertirse en acción el
pensamiento.
Pero aquellas manos y aquel rostro son de admirable belleza. Aquel
rostro parece divino, combinándose en él la expresión del dolor más
profundo y la humilde conformidad con la voluntad del Altísimo. Los ojos
de la Virgen son hermosos y dulces; el llanto los humedece. En las
mejillas de la imagen hay dos o tres lágrimas como el rocío en las
rosas.
En el resto de la imagen no se advierte forma ni dibujo de cuerpo de
mujer. Todo está cubierto de un riquísimo y extenso manto de terciopelo
bordado de oro.
El artista, al representar el _Eterno femenino_, la fusión en el dolor
de las dos excelencias de la mujer, como virgen y madre, se diría que
huyó de lo corpóreo y sólo quiso prestar forma visible al espíritu.
Sobre los adornos y bordados de la túnica de la Virgen se ven las
empuñaduras de las siete espadas que le traspasan el pecho.
En la procesión del Sábado Santo, todos los personajes del Antiguo
Testamento y los judíos y los soldados romanos se desvanecen y se
eclipsan ante la divina imagen de la Virgen. Sólo la acompañan el clero
y la muchedumbre piadosa con innumerables velas y cirios encendidos.
Con devoción y recogimiento anda la procesión el camino marcado; pero
apenas vuelve y entra de nuevo en su iglesia, todas las campanas de la
villa tocan a gloria con estruendoso repique; un toro de cuerda muy
bravo sale a la calle, y los aficionados lo lidian y capean; en la
cárcel se da libertad a un preso, que hace de Barrabás, y en varios
sitios a propósito, donde hay poco peligro de matar a nadie, se ahorcan
sendos Judas, o sea, grandes muñecos de trapo, rellenos de estopa y de
triquitraques, contra los cuales disparan tiros los mozos que tienen
escopeta, hasta que los Judas arden dando muchos triquitracazos y
tronidos. De esta suerte terminan con el regocijo de la resurrección del
Señor las interesantes fiestas de Semana Santa.