XXXVI

Arrebatado yo por la corriente de los sucesos, por la importancia que

les doy y por la rapidez con que quiero narrarlos, he descuidado la

cronología. Está vaga y confusa y conviene fijarla un poco.

Nada más fácil. Baste decir para ello que el día de la fuga de don Paco

acertó a ser Domingo de Ramos.

Como don Paco vagó todo aquel día y el siguiente, resulta que volvió a

Villalegre al empezar el Martes Santo.

Son tales las preocupaciones y el embeleso de todos los habitantes de

Villalegre durante aquella semana, que nadie hubiera notado ni la

desaparición ni la vuelta de don Paco si no hubiera sido el personaje

tan notable, tan activo y que por lo común andaba siempre en todo.

Lo que no se hubiese sabido, ni aun en tiempos normales, eran las causas

de su ida y de su vuelta. Los celos siguieron sepultados en el más

profundo silencio por los que los causaron y los padecieron: por don

Andrés, Juanita y don Paco. Y los delitos de Antoñuelo y los medios que

don Paco empleó para remediar unos y frustrar otros hubo interés en

callarlos, y se logró que los callaran el tendero y su mujer, únicas

personas a quienes interesaba decirlos.

Sólo se sabía que Antoñuelo había vuelto apaleado; pero, a pesar de los

comentarios que se hacían, nadie atinaba con el motivo y pocos

sospechaban quién había sido el autor del apaleo.

El tiempo aquel era el menos a propósito para que en Villalegre fijase

el vulgo su atención en lance alguno, por extraordinario que fuese, de

la vida real contemporánea. La atención general estaba embelesada y

suspendida por la pasmosa representación simbólico-dramática que iba a

verificarse durante cuatro días consecutivos, teniendo por actores a la

mitad o quizá a más de la mitad de los hombres, y por espectadores a la

otra mitad de ellos, a todas las mujeres y niños y a no pocos

forasteros.

Las procesiones de Semana Santa empiezan el miércoles y terminan el

sábado. Yo, pues, las he visto en mi niñez en otra población donde son

muy parecidas a las de Villalegre, conservo de ellas el más poético

recuerdo, por donde imagino que las personas que las censuran carecen de

facultades estéticas o las tienen embotadas. Hasta la rudeza campesina

de algunos accidentes presta a la representación de que hablo candoroso

hechizo.

Acaso había accidentes o episodios en dicha representación en que lo

sagrado y lo profano, lo serio y lo chistoso y lo trágico y lo cómico

desentonaban algo. Celosos y discretos obispos han hecho sin duda muy

bien en suprimir estas discordancias o salidas de tono; pero lo esencial

de la representación, que consta de procesiones y _pasos_, sigue todavía

y hubiera sido lástima suprimirlo; hubiera sido un crimen de lesa poesía

popular.

A mi ver, hasta en corregir, atildar y perfeccionar lo que se hace,

aunque no niego que se presta al atildamiento y a la mejora, es menester

andarse con tiento. Puede ocurrir, si es lícito que yo me valga de un

símil literario, lo que ocurre con un escrito en verso o prosa cuando el

autor, por el prurito de acicalar el estilo, manosea, soba y marchita lo

que escribió y lo deja mustio, lamido y sin espontaneidad ni gracia.

Conviene, además, para ver aquello con fruto y penetrar su hondo

sentido, prescindir de refinamientos y de ideas de lujo y de exactitud

indumentaria, adquiridas en ciudades más ricas y populosas. Sólo así, y

reflexionándolo bien, se percibe lo sublime y lo bello de la verdad

dogmática que bajo el velo del símbolo resplandece.

Menester es que no se arredre por lo áspero de la corteza el que anhele

gozar del dulce alimento que para el espíritu ella cela y contiene.

La representación no se limita a ofrecer al pueblo un trasunto de la

pasión y muerte de Cristo y de la redención del mundo, sino que en

cierto modo abarca todo el plan divino y providencial de la Historia,

como el famoso discurso de Bossuet.

Los seres humanos, sin duda, no se juzgan dignos de representar a los

seres divinos, ni se creen idóneos para ello, y temen profanar la acción

interviniendo en ella inmediatamente. De aquí que todos los momentos del

alto misterio de la redención se figuren por medio de imágenes que se

llevan en andas, y cuyos movimientos silenciosos y solemnes va

explicando un predicador desde un púlpito erigido en medio de la plaza y

que la muchedumbre rodea. Sólo hablan los seres humanos. Los

sobrehumanos callan, salvo algunos ángeles que cantan lo que dicen.

Así, por ejemplo, el pregonero desde el balcón de las Casas

Consistoriales lee en voz alta la sentencia que condena a Jesús a muerte

afrentosa en una cruz, y entre dos ladrones, por enemigo del César y por

otros muchos delitos.

El predicador exclama entonces:

--Calla, falso pregonero; calla, viperina lengua, y oye la voz del

ángel, que dice....

En seguida aparece en otro balcón de la casa mejor que está enfrente del

Ayuntamiento el niño de seis o siete años más bonito, más inteligente y

de más dulce voz que en el lugar hay; y primorosamente vestido de ángel,

con tonelete de raso blanco bordado de estrellitas de oro, con

refulgentes y extendidas alas y con corona de flores, canta una sencilla

y sublime contraesencia, que comienza diciendo: «Esta es la justicia

que manda hacer el Eterno Padre....»

Luego explica, con enérgica concisión que no se opone a la claridad, los

misterios de la encarnación y de la redención, cuando en la plenitud de

los tiempos se une el Verbo increado con la humana naturaleza,

glorificándola y haciéndola digna del cielo, padeciendo en ella y por

ella, a fin de lavar sus culpas.

Sólo hechos meramente naturales, en que intervienen personajes

secundarios, son representados por hombres.

Hay uno, no obstante, que es muy trascendental y que también los hombres

representan. Es la prefiguración, el reflejo profético del sacrificio

del Hijo por el Padre; es el sacrificio de Isaac por Abrahán en la

cumbre del monte Moria, y que otro ángel impide. El monte está

representado en medio de la plaza por un tablado cubierto de verdura.

Abrahán e Isaac no hablan; sólo accionan. Cuando Abrahán tiene ya

levantada la cuchilla para sacrificar a su hijo, el ángel le detiene

cantando un romance. Isaac recibe entonces la palma del martirio, que

ostenta en las procesiones de los días siguientes. Abrahán sacrifica un

cordero, según los antiguos ritos.

Los principales personajes del Antiguo Testamento discurren en la

procesión silenciosos y solemnes, como si la Historia Sagrada tomase

cuerpo y apareciese ante nuestros ojos en visión ideal. ¿Qué daña a la

mente infantil y a la rústica buena fe que no se ajuste con exactitud

esta visión a la verdad arqueológica, y que en ella no se desplieguen el

lujo y la pompa, si la imaginación del vulgo los pone allí con creces? A

su vista aparecen, y van pasando, Elías, Ezequiel, Daniel, Isaías, Amós

y los demás profetas, así como los reyes, jueces y príncipes:

Melquisedec, David, Moisés, Salomón, y qué sé yo cuántos más. Todos

llevan el rostro inmóvil de la carátula, y en las potencias, aureola o

nimbo que coronan sus cabezas, inscrito el nombre de cada uno.

Distínguense, además, por los atributos que en sus manos tienen: David

lleva el arpa; Salomón, un modelo del templo, y Moisés, las Tablas de la

Ley.

Como los profetas hicieron vida áspera y penitente, y no se cuidaron

mucho del primor y de la elegancia en el vestir, se llaman los

_ensabanados_, porque sus túnicas y mantos están hechos con sábanas. Y,

por el contrario, los monarcas y grandes señores se engalanan con todo

el lujo que pueden, llevando por túnica los mejores vestidos de sus

mujeres o de sus novias, y por mantos las colchas más ricas de las

camas, por lo cual se llaman los _encolchados_.

Conforme va pasando cada procesión, que suele permanecer tres o cuatro

horas en la calle, se ejecutan pasillos, que casi siempre explica un

nazareno cantando una saeta.

Para prevenir y llamar la atención del público hacia cada pasillo, otros

dos o tres nazarenos hacen sonar las trompetas con melancólico y

prolongado acento. Así, pongo por caso, cuando los evangelistas van

escribiendo en unas tablillas lo que pasa y unos judíos tunantes vienen

por detrás haciendo muchas muecas y contorsiones y les roban los

estilos, los evangelistas, resignados y tristes, abren entonces los

brazos y se ponen en cruz. Las trompetas resuenan otra vez para dar el

pasillo por terminado.

Cosas hay de cierto primor artístico y de bien inspirada delicadeza. Así

la cruz que llevan en andas, grande y negra, como de ébano bruñido con

remates primorosos de plata, sin Cristo en ella, que ya se supone

resucitado y en el cielo, de la que penden siete anchas cintas verdes,

blancas y rojas, de los tres colores de las virtudes teologales. Del

extremo de cada cinta va asido un niño o un grupo de niños,

representando todos en su conjunto y muy lindamente los siete

sacramentos de la Santa Iglesia.

Otros niños con vestiduras talares y con alas de querubines llevan en

sus hombros el arca de la alianza, como recuerdo de la ley antigua,

anterior a la Buena Nueva y la ley de gracia.

En fin, para mi gusto todo está tan bien, que si no fuera por el temor

de que me tildasen de impertinente y de extenderme demasiado en

descripciones impropias de este lugar, seguiría relatando sin cansarme y

con deleite artístico cuanto se representa en Villalegre en aquellos

cuatro días.

Baste indicar aquí que el Viernes Santo, al anochecer, se celebra el

santo entierro, en el que no parecen ya las figuras simbólicas de los

personajes de la antigua ley; sólo hay nazarenos, hermanos de Cruz,

llevando cada cual a cuestas la suya y haciendo gala de que sea pesada y

grande, y soldados romanos y no pocos judíos, convertidos ya, en prueba

de lo cual llevan en las manos sendos rosarios y van rezando

devotamente. Hay, por último, muchos hombres y niños piadosos que

alumbran el entierro con velas.

Pero la procesión más solemne y conmovedora es la que se verifica el

Sábado Santo, desde las nueve de la mañana hasta mediodía.

En ella sale únicamente la imagen de María Santísima de la Soledad, que

es como el paladión de la villa y que se custodia y venera en el templo

más antiguo que existe allí, al otro extremo de la nueva parroquia, en

la cumbre del cerro que domina la población, en la Acrópolis, como si

dijéramos, y al lado del abandonado castillo del duque, desde donde éste

salía con su mesnada a combatir a los moros fronterizos y a entrar en

algarada por las tierras granadinas.

Aquella imagen es una obra maestra del arte cristiano en la época de su

mayor florecimiento en España. Es cierto que se puede decir que el

escultor no hizo más que la cabeza y las manos; el pensamiento puro y

celestial y el medio por cuya virtud puede convertirse en acción el

pensamiento.

Pero aquellas manos y aquel rostro son de admirable belleza. Aquel

rostro parece divino, combinándose en él la expresión del dolor más

profundo y la humilde conformidad con la voluntad del Altísimo. Los ojos

de la Virgen son hermosos y dulces; el llanto los humedece. En las

mejillas de la imagen hay dos o tres lágrimas como el rocío en las

rosas.

En el resto de la imagen no se advierte forma ni dibujo de cuerpo de

mujer. Todo está cubierto de un riquísimo y extenso manto de terciopelo

bordado de oro.

El artista, al representar el _Eterno femenino_, la fusión en el dolor

de las dos excelencias de la mujer, como virgen y madre, se diría que

huyó de lo corpóreo y sólo quiso prestar forma visible al espíritu.

Sobre los adornos y bordados de la túnica de la Virgen se ven las

empuñaduras de las siete espadas que le traspasan el pecho.

En la procesión del Sábado Santo, todos los personajes del Antiguo

Testamento y los judíos y los soldados romanos se desvanecen y se

eclipsan ante la divina imagen de la Virgen. Sólo la acompañan el clero

y la muchedumbre piadosa con innumerables velas y cirios encendidos.

Con devoción y recogimiento anda la procesión el camino marcado; pero

apenas vuelve y entra de nuevo en su iglesia, todas las campanas de la

villa tocan a gloria con estruendoso repique; un toro de cuerda muy

bravo sale a la calle, y los aficionados lo lidian y capean; en la

cárcel se da libertad a un preso, que hace de Barrabás, y en varios

sitios a propósito, donde hay poco peligro de matar a nadie, se ahorcan

sendos Judas, o sea, grandes muñecos de trapo, rellenos de estopa y de

triquitraques, contra los cuales disparan tiros los mozos que tienen

escopeta, hasta que los Judas arden dando muchos triquitracazos y

tronidos. De esta suerte terminan con el regocijo de la resurrección del

Señor las interesantes fiestas de Semana Santa.

Juanita La Larga · 第 40 / 50 题