Sin hacer ruido, llegó don Paco a la casilla y vio que la puerta estaba
cerrada con cerrojo que había por dentro. La luz salía por un ventanucho
pequeño, donde en vez de vidrio había estirado un trapo sucio para
resguardo contra la lluvia y el frío. Con el estorbo del trapo no se
podían ver los objetos de dentro; pero don Paco se aproximó y reparó en
el trapo tres o cuatro agujeros. Aplicó el ojo al más cercano, que era
bastante capaz, y lo que vio por allí, antes de reflexionar y de
explicárselo, le llenó de susto. Imaginó que veía a Lucifer en persona,
aunque vestido de campesino andaluz, con sombrero calañés, chaquetón,
zahones y polainas. La cara del así vestido era casi negra, inmóvil, con
espantosa y ancha boca y con colosales narices llenas de verrugas y en
forma de pico de loro. Don Paco se tranquilizó, no obstante, al
reconocer que aquello era una carátula de las que se ponen los judíos en
las procesiones de Villalegre.
El enmascarado guardaba silencio y estaba sentado en una silla, apoyados
los codos en una vieja y mugrienta mesa de pino.
En otra silla estaba enfrente otra persona, en quien reconoció al punto
don Paco a don Ramón, el tendero murciano de su lugar, el hombre más
rico después de don Andrés y el más desaforado hablador que por entonces
existía en nuestro planeta.
Don Ramón era pequeñuelo, viejo y flaco; pero tenía mucho espíritu y
agallas y no se acoquinaba por poco.
Notó don Paco que tenía las manos atadas con un cordel a la espalda, y
dedujo que le habían llevado allí y que le retenían por violencia.
Pronto las mismas palabras del tendero murciano, tan pródigo de ellas,
confirmaron la deducción de don Paco.
--Hombre o demonio--decía--, quienquiera que seas, apiádate de mí y no
me atormentes sin fruto. ¿Cómo había yo de imaginar, al volver esta
tarde desde mi caserío al pueblo, que no dista más que un cuarto de
legua, que había de topar contigo y con tu compañero, emboscados entre
las mimbreras del arroyo del Hondón, y que me habíais de traer por
fuerza a este lugar? Yo no sospechaba que hubiese secuestradores en el
día, y caminaba muy seguro. Convéncete, hombre: la ganancia que habíais
de hacer ya la habéis hecho. No tratéis ahora de lograr más ganancia. La
codicia rompe el saco. A mí me mataréis, pero también a vosotros os
darán garrote.
El enmascarado persistió en su silencio, y a lo del garrote sólo
respondió con un ronquido, especie de interjección que en aquella tierra
se usa. Don Ramón continuó:
--No acierto a explicarme por dónde llegasteis a averiguar que acababa
yo de vender mi mejor vino a los jerezanos y que llevaba doce mil reales
en el bolsillo. Pero, en fin, ya tenéis los doce mil reales. ¿Por qué no
os contentáis? Valiéndoos de ese tintero de cuerno que traíais
preparado me habéis hecho escribir a mi mujer para que entregue dos mil
duros si no quiere que me ahorquen.
--Y te ahorcaremos y te descuartizaremos como no los entregues--dijo el
enmascarado con voz disimulada y extraña.
--Pues bien: podéis ahorcarme y descuartizarme ya, sin seguir
moliéndome, porque mi mujer, ¡y vaya si la conozco!, antes que entregar
los dineros entregará mi vida y la de todos sus parientes, aunque nos
quiera y nos llore después a moco tendido. Oye: ¿has visto tú la
tragedia de Guzmán el Bueno?
El enmascarado no dijo que sí ni que no; se limitó a dar otro ronquido.
Don Ramón continuó:
--Pues Guzmán el Bueno, para no entregar a Tarifa, envió a los moros un
cuchillo con que degollasen a su hijo muy amado. Los dineros son la
Tarifa de mi mujer, y no los entregará aunque me degolléis. Lo que no
hará tampoco, echando con esto la zancadilla a Guzmán el Bueno, es el
gasto inútil de enviaros el cuchillo, aunque sea el peor de la cocina.
Ya lo tendréis vosotros, sin que ella lo envíe, para abrirme una gatera
en las tripas. Pero seamos razonables: ¿qué vais a conseguir con eso?
Compadécete de mí. Mira también por ti y no seas imprudente. Hará ya dos
horas que mí mujer me habrá echado de menos, y aun antes de recibir la
carta que lleva tu compañero, y que no sé cómo ni quién pondrá en sus
manos, habrá armado ella una revolución en el lugar, habrá tocado a
rebato, y la pareja de la Guardia Civil y muchos criados míos andarán ya
buscándome. No tientes más a Dios. Ponme en libertad. Déjame ir en mi
mulita y yo te lo pagaré si no quieres aguardar a que Dios te lo pague.
El enmascarado siguió sin contestar, aunque dando más ronquidos.
--¿No oyes que yo lo pagaré? Sobre los doce mil reales que tú y tu
compañero os habéis repartido, yo puedo darte otros ocho mil si me dejas
libre.
--¿Y cómo?--dijo entonces el enmascarado--. ¿Dónde llevas escondidos
esos ocho mil reales?
--No seas tonto, hijo mío, no seas tonto. ¿Dónde quieres que los lleve?
Yo no tenía más que lo que ya habéis tomado; pero tengo un medio seguro
de recompensar tu buena acción.
--¿Y cuál?
Don Ramón titubeó entonces. El deseo de seducir al de la carátula y
salir pronto de aquel mal paso, satisfaciendo su afán de hablar, de
contarlo todo y aun de lucirse, porque era muy jactancioso, luchaba en
su alma con el temor de empeorar la situación en que se hallaba,
sobreexcitando la codicia del bandido.
La manía de hablar pudo más, al fin, que toda otra consideración
juiciosa, y don Ramón explicó que había un ingenioso procedimiento por
cuya virtud tenía él y ponía dinero donde le daba la gana. Bastaba para
ello que él escribiese en un papelito determinada cantidad, diciendo
_páguese_ y firmando. Cualquiera persona que llevase este papelito en la
faltriquera bien podía estar segura de que era como sí llevase la
cantidad expresada.
Don Ramón, impulsado por su locuacidad y su fachenda, no supo lo que se
dijo.... Su explicación de lo que era un cheque o libranza al portador
entusiasmó al bandido, el cual le mandó al punto con amenazas que allí
mismo, y en el acto, por valor de dos mil duros, le escribiese y le
firmase un cheque.
El tendero murciano conoció la tontería que había hecho, pero conoció
igualmente que tenía fácil enmienda, y explicó al de la carátula que los
papelitos que allí escribiese y firmase ningún valor tendrían, porque
habían de ir, para que valiesen, en hojas dispuestas de cierto modo y
arrancadas de un librejo que él se había dejado en casa.
Nada le valió con todo para apaciguar al de la carátula. O por poner en
duda que fuesen indispensables tales hojas o por despecho de que se las
hubiese dejado en casa y no las trajese allí, el bandido, sin atender a
razones y diciendo repetidas veces «escríbeme el papelito», se puso a
maltratar a pezcozones al infeliz maniatado.
Don Paco no pudo sufrir más: fue corriendo a la puerta de la casilla,
por fortuna vieja y desvencijada, y descargando sobre ella con todos sus
bríos un diluvio de patadas, de puñetazos y garrotazos, consiguió en
pocos segundos arrancarla de los goznes y derribarla por el suelo con
estrepitoso sacudimiento, que hizo retemblar las paredes.
El bandido se sobrecogió de terror porque imaginó al principio que el
viejo guarda, o lleno de envidia por la ventura que otros iban a lograr,
o enojado porque le profanaban su mansión, donde el día antes había
estado todavía de cuerpo presente, venía ahora capitaneando una legión
de demonios para llevárselo al infierno.
¿Qué criatura mortal podía aparecer a aquellas horas y en tan apartado
sitio?
El bandido, no obstante, se recobró del susto y acudió a la defensa.
Echó mano del trabuco, que tenía en un rincón de la estancia, y fue al
cuarto contiguo, donde había caído la puerta y estaba la entrada.
Allí apenas se veía, porque la única luz era la de un candil atado en la
otra estancia a una tomiza que pendía de una viga del techo; pero el de
la carátula vio el bulto de un hombre que se precipitaba sobre él, y le
dijo:
--¡Tente o mueres!
Y le apuntó con el trabuco.
Todo ello fue con rapidez maravillosa. Don Paco estaba ya casi encima
del bandido, y al mismo tiempo que éste disparaba, le sacudió tan
tremendo garrotazo en el brazo izquierdo, que le hizo soltar el arma y
dar con ella en el suelo.
El tiro salió antes, pero torcida ya la dirección, las postas, sin tocar
a don Paco, fueron a agujerear el muro.
El de la carátula retrocedió para evitar nuevo golpe, y aunque magullado
por el que había recibido, sacó de la faja que rodeaba su cintura una
truculenta navaja de Albacete, de las de virola y golpetillo, de las que
llevan la inscripción:
Si esta víbora te pica
no hay remedio en la botica;
la abrió con el temeroso ruido que produce la rodaja al encajar en el
muelle, y se lanzó otra vez sobre su adversario; pero el bandido estaba
ya falto de serenidad y quebrantado por el dolor del primer golpe. No
supo ser certero y en balde abanicó el ambiente con su mortífero
instrumento.
Don Paco, sereno y decidido, se apartó a un lado, brincó y salvó el
bulto y sacudió otra vez tan fiero garrotazo en los lomos del de la
carátula, que le hizo caer en el suelo boca abajo.
Tendido ya en el suelo el bandido, don Paco se ensañó algo, y sin
compasión le dio cuatro o cinco palos más.
Como no se quejaba ni rebullía, don Paco le creyó muerto. Se agachó, no
obstante, con precaución y le quitó de la mano la navaja.
En seguida llegó don Paco a donde estaba don Ramón, que le reconoció, y
con viva efusión le dio las gracias.
Don Paco desató el cordel que mantenía a don Ramón amarrado.
--Alúmbreme usted con el candil--le dijo--. Voy a ver si ha muerto ese
hombre.
A la luz del candil se llegó don Paco al que estaba boca abajo tendido
por el suelo y le puso boca arriba. La carátula se le había caído.
Don Paco y don Ramón se quedaron absortos al reconocer a Antoñuelo.