Cuando despertó don Paco de su prolongado sueño, el sol se inclinaba
hacia Occidente; el día estaba expirando.
Las vacilaciones que habían atormentado a don Paco volvieron a
atormentarle con mayor fuerza mientras más tiempo pasaba. Su fuga del
lugar le parecía, y no sin razón, que debía de haber sido notada por
todos y mirada con extrañeza. A él, que ejercía tantos oficios, le
habrían echado de menos en muchos puntos.
Se le figuraba que, como no había pedido licencia a nadie, y como su
inusitada desaparición carecía de causa confesada por él, todos sus
compatricios se esforzarían por hallar esta causa y acabarían por
suponerla un acto de desesperación o de despecho. Nadie dejaría de
lamentar su fuga sí él no volvía al lugar; pero si volvía, la compasión
se transformaría inevitablemente en burla y rechifla.
No quedaría un solo sujeto que no le preguntase con sorna qué había ido
a hacer al yermo y por qué lo dejaba tan pronto, arrepentido de ser
anacoreta. Y los que sospechasen, y no dudaba él que algunos
sospecharían, que había querido suicidarse, tomarían a risa lo del
suicidio y atribuirían a miedo el que no se hubiese realizado.
Imaginaba él que, vuelto al lugar, no podría sufrir su nueva situación,
porque se le figuraría que se mofaban de él cuando le mirasen a la cara.
Si se fue, dirían, porque había aquí algo que no podía aguantar, ¿por
qué vuelve ahora, se resigna y lo aguanta?
Don Andrés, sobre todo, le despreciaría y le escarnecería, allá en sus
adentros, calculando que la fuga había sido por lo de los besos a
Juanita y que ahora volvía muy resignado a llevarlos con paciencia y
hasta a verlos dar de nuevo.
A Juanita misma se la presentaba muy afligida por lo pronto, llena de
remordimientos porque era o iba a ser motivo u ocasión de su muerte y
muy inclinada a derramar lágrimas a la memoria de él o sobre su ignorada
tumba, si es que le enterraban y ella sabía dónde y no estaba lejos;
pero si Juanita le veía otra vez tan campante, y en las calles de
Villalegre, acudiendo a sus ordinarios quehaceres, ya en la tertulia de
doña Inés haciendo la corte a doña Agustina, Juanita le tendría por la
persona más ruin y cuitada del orbe. Juanita se mofaría de él, y don
Paco se estremecía al pensar sólo en la posibilidad de semejante
vilipendio.
Era, sin embargo, muy duro matarse sin gana y sólo para que la gente
tome a uno en serio, le compadezca y no le embrome.
Hubo momentos en que si don Paco hubiera tenido un revólver, acaso, en
contravención de todos sus preceptos religiosos y de todas sus sanas
filosofías, se hubiera pegado un tiro; pero, afortunadamente, don Paco
no gastaba armas de fuego y no llevaba ni pistola ni escopeta en aquella
disparatada excursión que estaba haciendo, perseguido por los celos
como Orestes por las Furias. Una vez se le ocurrió encaramarse en la
cima de un escarpado peñasco, precipitarse desde allí de cabeza y
hacerse una tortilla. Pero si no quedaba muerto al punto y sólo se
rompía un brazo, una pierna o las dos, ¿no le dolería mucho, y
quedándose vivo añadiría los dolores físicos a los dolores morales de
que había querido libertarse?
Rumiando con amargura todo lo dicho, anduvo don Paco sin reparar el
camino que llevaba, hasta que le sorprendió la noche, oscura como boca
de lobo. Ni luna ni estrellas se veían en el cielo, cubierto de densas
nubes. Llovía recio y relampagueaba y tronaba.
Nuestro peregrino advirtió con pena que estaba hecho una sopa, y temió
que la muerte, que anhelaba y repugnaba al mismo tiempo, pudiera
sobrevenir por la humedad esgrimiendo, en lugar de guadaña, reumas y
pulmonías.
A la luz de los relámpagos descubrió que había llegado a una extensa
nava, entre las cumbres de dos cercanos cerros. Había en la nava mucho
heno, grama abundante y a trechos intrincados matorrales, en que
tropezaba, o alta hierba que subía hasta sus muslos, porque no había
senda o porque la había perdido.
De pronto oyó mugidos, y al resplandor fugaz de los relámpagos creyó
entrever un gran tinglado o cobertizo, debajo del cual se movían bultos
mugidores, que eran sin duda toros bravos, cabestros, becerros y vacas.
--Hombre del demonio--dijo una bronca voz--, ¿qué viene usted a hacer
por aquí a estas horas y con esta tormenta tan fuerte?
Don Paco, ocultando el lugar de donde era y sin declarar su nombre, dijo
que yendo de camino se había extraviado, no sabía dónde estaba y buscaba
albergue en que pasar la noche.
El boyero, que era piadoso, movido a compasión por la lamentable voz de
don Paco, salió de debajo del cobertizo, vino a él, le tomó de la mano y
le sirvió de guía.
Así dieron ambos buen rodeo y llegaron a una choza bastante capaz,
donde, al amor de la lumbre y en torno de una gran chimenea que tenía
poco que envidiar a la de doña Inés, aunque carecía de escudo de armas,
había otros dos pastores, viejos ya, y un chiquillo de diez o doce años,
que debía de ser hijo del guía de don Paco.
En el hogar ardía un monte de leña, con cuyo calor pudo don Paco
secarse los vestidos, porque le ofrecieron, y él aceptó, un banquillo
para que se sentase cerca del fuego.
Apartada de él, sobre un poco de rescoldo y en una trébede se aparecía
una olla, exhalando a través de la rota y agujereada tapadera espesos y
olorosos vapores, con no sé qué de restaurante, lo cual produjo en las
narices de don Paco sensación muy grata, porque con tanto andar se le
había bajado a los pies el almuerzo. Era lo que había en la olla un
guiso de habas gordas y tiernas, con lonjas de tocino y cornetillas
picantes que habían de hacerlo suculento y sabroso.
Los pastores, así como le habían dado techo amigo donde abrigarse de la
lluvia y pasar la noche, le ofrecieron también su rústica cena.
El rubor tino las mejillas de don Paco al ir a aceptarla; pero no fue
tan descortés ni tan abstinente que no la aceptase, la agradeciese y aun
se aprovechase de ella, compitiendo en apetito con los boyeros.
Sin querer le avergonzaron también por otro estilo con su leal
franqueza. A él, que se ocultaba y mentía, le contaron cuanto había que
contar de la vida de ellos y de sus lances de fortuna, y de los sucesos
de la pequeña cortijada, no muy lejos de allí, de que eran naturales.
Ponderaron también la ferocidad de los toros que ellos cuidaban, se
quejaron de la poca reputación que tenían y aún pronosticaron que al fin
habían de abrirse camino hasta la magnífica plaza de Madrid, donde
competirían con los de Veragua y los de Miura matando caballos a
porrillo y metiendo en puño los animosos corazones de _Lagartijo_ y de
_Frascuelo_.
Terminada la cena y la conversación, todos se acostaron sobre sendos
montones de hierba seca y durmieron como unos patriarcas.
Don Paco se despertó y levantó al rayar el día imitando a los que le
albergaban. Supuso, para salir del paso, que iba a Córdoba; en este
supuesto los boyeros le indicaron el camino que debía seguir.
Se despidió don Paco mostrándose agradecidísimo, y pronto se alejó de la
nava, marchando de prisa por la senda que le habían indicado.
A solas otra vez consigo mismo, los negros pensamientos resurgieron de
las profundidades de su alma y volvieron a atormentarle.
Como él reflexionaba mucho, se estudiaba y se sumía en el abismo de su
propia conciencia, procuró explicarse el singular fenómeno que en ella
se estaba presentando. Entonces creyó percibir que él hasta muy tarde,
hasta ya viejo, había empleado y gastado la vida en ganarse la vida y
había carecido, acaso por dicha, de desahogo y de vagar para fingirse
primores ideales y ponérselos ante los ojos del alma, como atractivo de
su deseo. Toda aspiración suya había sido hasta entonces modesta,
prosaica y pacíficamente asequible; pero Juanita había venido en mal
hora a turbar su calma y a aguijonear su fantasía para que remontase el
vuelo a muy altas regiones, donde, si bien había más luz, había también
tempestades que su alma pacífica y sólo acostumbrada al sosiego apenas
podía sufrir.
En resolución, don Paco vino a creer que la aparición tardía de lo
ideal, casi muerta ya su juventud, y el nacimiento póstumo de
aspiraciones que sólo por ella deben ser fomentadas, era lo que le traía
tan desatinado, tan infeliz y tan loco. Volver al lugar en aquel estado
de ánimo, con menos pretexto para volverse que el que había tenido para
irse, le harían sin duda objeto del escarnio de todos sus amigos
conocidos, como no hiciese la atrocidad de matar a dos o tres, y él, que
era blando de condición, se consideraba incapaz de ello. Por otra parte,
y mientras en Villalegre permaneciese, juzgaba él que sería ya inútil
para todo y que no valdría ni para secretario de Ayuntamiento, ni para
consejero de don Andrés, ni para colaborador del escribano, ni para
pasante de los abogados Peperris.
En consecuencia de estos no articulados discursos, decidió al cabo:
decidió desterrarse para siempre de su patria e ir a otras villas o
ciudades en busca de reposo y de mejor fortuna.
Sólo así lograría curarse de su amor por la pícara e indigna Juanita,
hacer pie y caminar por lo firme, en vez de ir por las nubes o de nadar
por el éter, y sin matarse y sin matar a nadie, sino siendo útil al
prójimo, ser de nuevo respetado y querido de las gentes.
Ya que los boyeros le habían indicado el camino para ir a Córdoba, don
Paco, menos alborotado que el día anterior, siguió en aquella dirección,
pues camino no había. Las estrechas sendas eran muchas, y él a la
ventura las tomaba, sólo procurando hunde la vista de todo ser humano,
porque aún tenía vergüenza de que le viesen.
Ora andando, ora parándose a reposar, se le pasó todo el día y llegó su
segunda noche de vagabundo. No sabía dónde se hallaba; pero creyó que se
despertaba en él una vaga reminiscencia de aquellos sitios. Era una
dilatada dehesa o coto, donde había de haber abundancia de conejos y
liebres. El terreno era quebrado y cubierto de matas o monte bajo. Sólo
a trechos descollaban algunos pinos, hayas y encinas.
Pronto la oscuridad lo envolvió todo. Aunque no llovía, estaba muy
nublado, y él distinguía confusamente los objetos. El silencio era
profundo. Lo rompía sólo, de cuando en cuando, tal cual ráfaga de viento
suave que agitaba las hojas, o alguna liebre que brincaba o atravesaba
corriendo por entre las matas.
No sé cómo reconoció o creyó reconocer don Paco que se hallaba en aquel
momento más cerca de Villalegre; que se hallaba a menos de dos leguas de
distancia, en un coto propiedad de don Andrés y donde don Andrés solía
venir a cazar.
Se afirmó más en esta idea al ver de pronto una lucecita que a cierta
distancia brillaba en las tinieblas, según sucede a menudo a los niños
cuando en los cuentos de hadas se extravían en un bosque.
Don Paco era valeroso y no propendía, sin ser incrédulo, a recelar
frecuentes y medrosas apariciones de vestigios, de almas del otro mundo
o de otros seres sobrenaturales. En aquella ocasión, sin embargo, tuvo
su poquito de miedo, pero lo venció y caminó resuelto y derecho hacia la
luz para ver lo que era.
Se había fundado su miedo en que reconoció que la luz salía de la casita
del viejo guarda del coto, el cual había muerto la víspera de la salida
de don Paco de Villalegre, y era muy poco probable que don Andrés
hubiese nombrado en seguida a otro guarda para donde apenas había cosa
que guardar. La casilla, en opinión de don Paco, tenía que estar
desierta. ¿Quién había encendido luz y estaba en la casilla? ¿Sería el
alma en pena del viejo guarda, que tenía fama de haber sido más que
travieso en sus mocedades y hasta bandolero acogido a indulto?
Don Paco se armó de valor y se dirigió a averiguarlo, contento de
tropezar con una aventura que de sus desventuras le distrajese.