XXI

Don Paco se sintió lastimado y encantado a la vez con la lectura de la

carta, que calificó de muy discreta y que miró como dictada por Juanita.

Sí ella le hubiera aceptado por marido, el contento de don Paco hubiera

sido grande, pero menor su estimación del valor de Juanita que el que

era entonces al recibir las calabazas. Acaso una vaga sospecha de que

Juanita aprovechaba la ocasión hubiera aguado el contento de ver que

ella le aceptaba. Si en extremo le dolía que ella declarase que no le

amaba, no podía menos de aplaudir la lealtad de la declaración. Don Paco

estaba conforme en lo tocante al aprecio de las circunstancias que se

oponían a la boda y que la hacían aparecer a toda juiciosa previsión

como fuente de disgustos y de males.

De aquí que sus sentimientos al leer la carta fuesen de dolor y de

mortificación de amor propio por el desamor de Juanita; de admiración y

aplauso por la prudente conducta de la muchacha, y de mayor cariño hacia

ella, así por la noble franqueza con que exponía las causas que

justificaban su desdén, como por las amistosas dulzuras con que

procuraba suavizarlo.

Conoció también don Paco que importaba mucho que su petición y la

subsiguiente repulsa no llegaran a saberse, y aunque no tuvo valor para

rasgar o quemar lo que él escribió y la contestación de Juana, guardó

ambos documentos en el más secreto escondite de su escritorio.

Trató, además, de hacerse superior a su pena y de ver si olvidaba a

Juanita, o al menos si seguía queriéndola con calma y con cierta

tibieza, a fin de esperar sin impacientarse que Dios mejorase las horas,

ya que la esperanza es lo último que se pierde en esta vida.

Y por lo pronto, o bien para conseguir el olvido o bien para enfriar o

entibiar su fervorosa pasión, resolvió no volver a poner los pies en

casa de Juanita y evitar su encuentro en la iglesia, en las calles y en

la plaza.

Juanita, entre tanto, como era poco amiga de la sociedad y gustaba mucho

de la conversación de don Paco, se afligía del aislamiento y deploraba

el sacrificio que había tenido que hacer. Allá, en el fondo de su alma,

cuando estaba a solas con su conciencia, y con el notabilísimo despejo y

la serenidad imparcial con que ella lo miraba todo, hacía repetidas

veces las sutiles reflexiones que trataremos de expresar aquí en el

siguiente soliloquio:

«Me lo tengo bien merecido. He vivido hasta el día desgobernada y muy a

tontas y a locas. Mi madre, Dios me perdone si la ofendo, tiene poco

juicio, aunque bien puede ser que lo pierda por el entrañable amor que

me tiene. Lo cierto es que entre las dos hemos hecho una infinidad de

tonterías. Justo es que las paguemos. No debo quejarme. En primer lugar,

siendo yo mocita casadera, y si no ocupando cierta posición, aspirando a

ocuparla, debí dejar de ir por agua a la fuente y a lavar al albercón.

Debí darme más tono. Y ya que no me lo di, aún fue mayor disparate el

querer de repente transformarme en dama y eclipsar y aturdir y excitar

la envidia y la rabia del señorío mujeril de este lugar. Todavía mi

súbita transformación hubiera podido tener buen éxito si atino a ganarme

antes la buena voluntad de la muy poderosa e ilustre señora doña Inés

López de Roldán. Pero, lejos de eso, lo que hice fue provocar su enojo.

Si el trato de don Paco me agradaba y me divertía, jamás he pensado yo

en casarme con él, y aquí viene bien que yo lamente otra locura mía,

otra completísima falta de cautela en mi madre y en mí. ¿A qué fin

recibir de tertulia todas las noches a don Paco, sola a veces y a veces

en compañía de Antoñuelo, lo que casi es peor? Lo hacíamos porque nos

daba la real gana, sin atender a que somos pobres y a que la gana de los

pobres no es real, sino súbdita que necesita someterse y hasta morir sin

hallar satisfacción, a fin de no exponerse a muy crueles castigos.

Nuestra tertulia era muy inocente; bien puedo sostener que más inocente

que la de doña Inés. ¿Cómo evitar, no obstante, que doña Inés supiese y

hasta creyese de buena fe mil abominaciones, excitada por esa chismosa

de Crispina, que todo lo huele y cuando no lo huele lo inventa? Ella,

sin duda, le diría primero que Antoñuelo era mi amigo y don Paco el de

mamá, y después, que yo me había apoderado de los dos, de uno para el

gusto y del otro para el gasto, y que yo me estaba comiendo las mil

chucherías que él me traía de regalo y hasta el exquisito y sin par

chocolate que se fabrica en casa de ella. Comprendo lo furiosa que doña

Inés se pondría, y más aún al sospechar que don Paco pudiera casarse

conmigo, porque doña Inés quiere heredar o que hereden sus hijos los

ahorros y las finquillas que don Paco va reuniendo, para lo cual importa

que don Paco no se case, o bien que se case con una hidalga viuda que yo

me sé y que le daría cierto lustre aristocrático, y de seguro no le

daría hijos, porque está ya pasada y huera, y el caso de Abrahán y de

Sara no se repite.»

Así, y si no en los términos de que me valgo, en términos muy parecidos,

discurría Juanita a sus solas. Luego continuaba:

«Es indispensable que yo me enmiende y que ajuste mi conducta a la razón

y a la conveniencia. Debo tener doble juicio, por mi madre y por mí. Y

ya que (esto no puede negarse) soy cándida como la paloma, no está bien

que me olvide de la otra mitad de la sentencia evangélica que he oído

decir tantas veces al padre Anselmo en sus sermones. Por tanto, en lo

sucesivo me propongo ser astuta y prudente como la serpiente. La vida de

zagalona rústica no hay que pensar en hacerla de nuevo. Dios me libre

también de recaer en la mala tentación de presumir de princesa. Nada de

volver con la cabeza al aire y con el cántaro por esos andurriales; y

nada tampoco de ponerme el magnífico vestido de seda mientras no gane

posición, autoridad y título duradero, suficiente y legítimo, para

tamaña audacia. Ahora me conviene seguir por un justo término medio:

salir poco de casa, coser y bordar mucho e ir con frecuencia a la

iglesia, a misa y a mis devociones, muy humilde, con vestidito de

percal, y cobijada así, borrar la mala impresión que necia o

inocentemente he causado, y hasta llegar a adquirir reputación de

santa.»

Aquí no podía menos de sonreírse Juanita, a pesar de lo fastidiada que

estaba, y luego proseguía:

«Cierto que yo no soy mala y que amo a Dios sobre todas las cosas y que

me complazco en darle adoración y culto; pero también, ¡qué diantres!,

¿por qué no confesarlo?, también me amo y me doy culto a mí misma. Quizá

sea pecado. Lo que debo hacer es que este segundo culto, para no

escandalizar a nadie, no sea público, sino misterioso. En lo exterior he

de parecer como una beata pobre; mas ¿por qué he de privarme del placer

de cuidar, de asear y de pulir con el mayor esmero este cuerpecito que

Dios me ha dado? Sin que nadie lo sospeche, he de cuidarlo y he de

lavarlo como si fuera el de una infanta de España. ¡Qué horror, cielos

santos, sí llegase a saberlo, por ejemplo, Julián el arriero! Yo le oí

contar en la fuente mientras daba agua a sus mulos, y haciéndose cruces,

la indignación que le causó, cuando servía en Córdoba a una marquesa, el

averiguar, estando él en la cocina, que llevaban a dicha señora un

enorme lebrillo y dos grandes jarros de agua a su cuarto. "¿Qué harías

tú--le preguntó una chica--si tu mujer emplease también un lebrillo por

el estilo?" "Pues yo--contestó él--agarraría una vara y la pondría negra

a varazos, por indecente y por mantesona." Necesario es que yo haga un

misterio de mi limpieza, si no quiero que me excomulgue Julián y la

mayoría de mis compatricios que discurren como él. Mas no por eso he de

dejar de ser limpia. Además, quiero ser cuidadosa y muy regalada en mi

ropa blanca interior. En los ratos de ocio, con mis ahorrillos y cuando

no cosa para la calle, he de hacerme camisas finas y enaguas bordadas

como no las use mejores una archiduquesa de Austria. Tapado todo ello

con el mezquino traje exterior, me pareceré a la violeta, que, escondida

entre las verdes hojas y tal vez entre feos hierbajos, no deja conocer

que exista como no sea al que tenga la nariz muy fina y por su delicado

olor la descubra. Seré como aquel personaje de cierto romance que recita

don Pascual, el cual personaje vestía de peregrino y llevaba una

esclavina

que no valían un reale;

debajo llevaba otra

que valía una ciudade.»

Juanita, al citar estos versos y al aplicárselos, se olvidaba de sus

melancolías y soltaba una carcajada.

--¿De qué te ríes, niña?--le dijo una vez su madre--. Pues no es cosa de

risa lo que nos está sucediendo.

--Sí, mamá; es cosa de risa. Mejor es reír que rabiar. Cuando las cosas

se toman a risa, las penas que causan se mitigan o se consuelan.

Juanita no se contentó con pensar y con proponerse cuanto queda dicho,

sino que lo cumplió todo con la mayor exactitud y perseverancia.

Pasaron muchos meses.

El cambio de Juanita empezó a notarse y a celebrarse entre las personas

más devotas del lugar. El padre Anselmo, singularmente, y sin poderlo

remediar, a despecho de su humildad cristiana y del menosprecio de sí

mismo, sintió un noble orgullo y se dio a entender que había hecho la

más repentina y milagrosa conversión, deteniendo a aquella joven y

simpática pecadora al borde del abismo en que iba ya a precipitarse.

Juanita La Larga · 第 24 / 50 题