Don Paco se sintió lastimado y encantado a la vez con la lectura de la
carta, que calificó de muy discreta y que miró como dictada por Juanita.
Sí ella le hubiera aceptado por marido, el contento de don Paco hubiera
sido grande, pero menor su estimación del valor de Juanita que el que
era entonces al recibir las calabazas. Acaso una vaga sospecha de que
Juanita aprovechaba la ocasión hubiera aguado el contento de ver que
ella le aceptaba. Si en extremo le dolía que ella declarase que no le
amaba, no podía menos de aplaudir la lealtad de la declaración. Don Paco
estaba conforme en lo tocante al aprecio de las circunstancias que se
oponían a la boda y que la hacían aparecer a toda juiciosa previsión
como fuente de disgustos y de males.
De aquí que sus sentimientos al leer la carta fuesen de dolor y de
mortificación de amor propio por el desamor de Juanita; de admiración y
aplauso por la prudente conducta de la muchacha, y de mayor cariño hacia
ella, así por la noble franqueza con que exponía las causas que
justificaban su desdén, como por las amistosas dulzuras con que
procuraba suavizarlo.
Conoció también don Paco que importaba mucho que su petición y la
subsiguiente repulsa no llegaran a saberse, y aunque no tuvo valor para
rasgar o quemar lo que él escribió y la contestación de Juana, guardó
ambos documentos en el más secreto escondite de su escritorio.
Trató, además, de hacerse superior a su pena y de ver si olvidaba a
Juanita, o al menos si seguía queriéndola con calma y con cierta
tibieza, a fin de esperar sin impacientarse que Dios mejorase las horas,
ya que la esperanza es lo último que se pierde en esta vida.
Y por lo pronto, o bien para conseguir el olvido o bien para enfriar o
entibiar su fervorosa pasión, resolvió no volver a poner los pies en
casa de Juanita y evitar su encuentro en la iglesia, en las calles y en
la plaza.
Juanita, entre tanto, como era poco amiga de la sociedad y gustaba mucho
de la conversación de don Paco, se afligía del aislamiento y deploraba
el sacrificio que había tenido que hacer. Allá, en el fondo de su alma,
cuando estaba a solas con su conciencia, y con el notabilísimo despejo y
la serenidad imparcial con que ella lo miraba todo, hacía repetidas
veces las sutiles reflexiones que trataremos de expresar aquí en el
siguiente soliloquio:
«Me lo tengo bien merecido. He vivido hasta el día desgobernada y muy a
tontas y a locas. Mi madre, Dios me perdone si la ofendo, tiene poco
juicio, aunque bien puede ser que lo pierda por el entrañable amor que
me tiene. Lo cierto es que entre las dos hemos hecho una infinidad de
tonterías. Justo es que las paguemos. No debo quejarme. En primer lugar,
siendo yo mocita casadera, y si no ocupando cierta posición, aspirando a
ocuparla, debí dejar de ir por agua a la fuente y a lavar al albercón.
Debí darme más tono. Y ya que no me lo di, aún fue mayor disparate el
querer de repente transformarme en dama y eclipsar y aturdir y excitar
la envidia y la rabia del señorío mujeril de este lugar. Todavía mi
súbita transformación hubiera podido tener buen éxito si atino a ganarme
antes la buena voluntad de la muy poderosa e ilustre señora doña Inés
López de Roldán. Pero, lejos de eso, lo que hice fue provocar su enojo.
Si el trato de don Paco me agradaba y me divertía, jamás he pensado yo
en casarme con él, y aquí viene bien que yo lamente otra locura mía,
otra completísima falta de cautela en mi madre y en mí. ¿A qué fin
recibir de tertulia todas las noches a don Paco, sola a veces y a veces
en compañía de Antoñuelo, lo que casi es peor? Lo hacíamos porque nos
daba la real gana, sin atender a que somos pobres y a que la gana de los
pobres no es real, sino súbdita que necesita someterse y hasta morir sin
hallar satisfacción, a fin de no exponerse a muy crueles castigos.
Nuestra tertulia era muy inocente; bien puedo sostener que más inocente
que la de doña Inés. ¿Cómo evitar, no obstante, que doña Inés supiese y
hasta creyese de buena fe mil abominaciones, excitada por esa chismosa
de Crispina, que todo lo huele y cuando no lo huele lo inventa? Ella,
sin duda, le diría primero que Antoñuelo era mi amigo y don Paco el de
mamá, y después, que yo me había apoderado de los dos, de uno para el
gusto y del otro para el gasto, y que yo me estaba comiendo las mil
chucherías que él me traía de regalo y hasta el exquisito y sin par
chocolate que se fabrica en casa de ella. Comprendo lo furiosa que doña
Inés se pondría, y más aún al sospechar que don Paco pudiera casarse
conmigo, porque doña Inés quiere heredar o que hereden sus hijos los
ahorros y las finquillas que don Paco va reuniendo, para lo cual importa
que don Paco no se case, o bien que se case con una hidalga viuda que yo
me sé y que le daría cierto lustre aristocrático, y de seguro no le
daría hijos, porque está ya pasada y huera, y el caso de Abrahán y de
Sara no se repite.»
Así, y si no en los términos de que me valgo, en términos muy parecidos,
discurría Juanita a sus solas. Luego continuaba:
«Es indispensable que yo me enmiende y que ajuste mi conducta a la razón
y a la conveniencia. Debo tener doble juicio, por mi madre y por mí. Y
ya que (esto no puede negarse) soy cándida como la paloma, no está bien
que me olvide de la otra mitad de la sentencia evangélica que he oído
decir tantas veces al padre Anselmo en sus sermones. Por tanto, en lo
sucesivo me propongo ser astuta y prudente como la serpiente. La vida de
zagalona rústica no hay que pensar en hacerla de nuevo. Dios me libre
también de recaer en la mala tentación de presumir de princesa. Nada de
volver con la cabeza al aire y con el cántaro por esos andurriales; y
nada tampoco de ponerme el magnífico vestido de seda mientras no gane
posición, autoridad y título duradero, suficiente y legítimo, para
tamaña audacia. Ahora me conviene seguir por un justo término medio:
salir poco de casa, coser y bordar mucho e ir con frecuencia a la
iglesia, a misa y a mis devociones, muy humilde, con vestidito de
percal, y cobijada así, borrar la mala impresión que necia o
inocentemente he causado, y hasta llegar a adquirir reputación de
santa.»
Aquí no podía menos de sonreírse Juanita, a pesar de lo fastidiada que
estaba, y luego proseguía:
«Cierto que yo no soy mala y que amo a Dios sobre todas las cosas y que
me complazco en darle adoración y culto; pero también, ¡qué diantres!,
¿por qué no confesarlo?, también me amo y me doy culto a mí misma. Quizá
sea pecado. Lo que debo hacer es que este segundo culto, para no
escandalizar a nadie, no sea público, sino misterioso. En lo exterior he
de parecer como una beata pobre; mas ¿por qué he de privarme del placer
de cuidar, de asear y de pulir con el mayor esmero este cuerpecito que
Dios me ha dado? Sin que nadie lo sospeche, he de cuidarlo y he de
lavarlo como si fuera el de una infanta de España. ¡Qué horror, cielos
santos, sí llegase a saberlo, por ejemplo, Julián el arriero! Yo le oí
contar en la fuente mientras daba agua a sus mulos, y haciéndose cruces,
la indignación que le causó, cuando servía en Córdoba a una marquesa, el
averiguar, estando él en la cocina, que llevaban a dicha señora un
enorme lebrillo y dos grandes jarros de agua a su cuarto. "¿Qué harías
tú--le preguntó una chica--si tu mujer emplease también un lebrillo por
el estilo?" "Pues yo--contestó él--agarraría una vara y la pondría negra
a varazos, por indecente y por mantesona." Necesario es que yo haga un
misterio de mi limpieza, si no quiero que me excomulgue Julián y la
mayoría de mis compatricios que discurren como él. Mas no por eso he de
dejar de ser limpia. Además, quiero ser cuidadosa y muy regalada en mi
ropa blanca interior. En los ratos de ocio, con mis ahorrillos y cuando
no cosa para la calle, he de hacerme camisas finas y enaguas bordadas
como no las use mejores una archiduquesa de Austria. Tapado todo ello
con el mezquino traje exterior, me pareceré a la violeta, que, escondida
entre las verdes hojas y tal vez entre feos hierbajos, no deja conocer
que exista como no sea al que tenga la nariz muy fina y por su delicado
olor la descubra. Seré como aquel personaje de cierto romance que recita
don Pascual, el cual personaje vestía de peregrino y llevaba una
esclavina
que no valían un reale;
debajo llevaba otra
que valía una ciudade.»
Juanita, al citar estos versos y al aplicárselos, se olvidaba de sus
melancolías y soltaba una carcajada.
--¿De qué te ríes, niña?--le dijo una vez su madre--. Pues no es cosa de
risa lo que nos está sucediendo.
--Sí, mamá; es cosa de risa. Mejor es reír que rabiar. Cuando las cosas
se toman a risa, las penas que causan se mitigan o se consuelan.
Juanita no se contentó con pensar y con proponerse cuanto queda dicho,
sino que lo cumplió todo con la mayor exactitud y perseverancia.
Pasaron muchos meses.
El cambio de Juanita empezó a notarse y a celebrarse entre las personas
más devotas del lugar. El padre Anselmo, singularmente, y sin poderlo
remediar, a despecho de su humildad cristiana y del menosprecio de sí
mismo, sintió un noble orgullo y se dio a entender que había hecho la
más repentina y milagrosa conversión, deteniendo a aquella joven y
simpática pecadora al borde del abismo en que iba ya a precipitarse.