XX

Juana la Larga se llenó de júbilo cuando, a las siete de la mañana,

recibió la carta y la deletreó con no poca fatiga, porque, si bien sabía

leer, no leía de corrido y le estorbaba lo negro.

No era Juana muy reflexiva ni previsora, y no pensó en las dificultades;

sólo pensó en el triunfo que ella y su hija, en su sentir, habían

alcanzado. Acudió, pues, a la sala baja, donde Juanita estaba cosiendo,

y con el mayor alborozo le dio parte de lo que ocurría.

Como comentario, la madre no sabía sino exclamar:

--¡Qué victoria! Todas esas perras, cochinas, van a reventar cuando lo

sepan.

--Pues oye, mamá--contestó Juanita con el mayor reposo--: yo no quiero

que nadie reviente; lo mejor es que no lo sepa nadie.

--¿Qué quieres decir con eso, muchacha?

--Lo que quiero decir es que nosotros, tú, él y yo, seríamos los

reventados si hiciésemos tal desatino. No lo sufriría doña Inés; y el

cura y el cacique, la Iglesia y el Estado, lo temporal y lo eterno,

caerían sobre nosotros y nos aplastarían. Nos echarían del lugar a

patadas. Y quién sabe si en otro lugar lograríamos, y cuánto tiempo

tardaríamos en lograr, tú la reputación y clientela que aquí tienes, yo

tanta costura, y don Paco el poder que aquí alcanza y su mangoneo

provechoso, debido en mucha parte a su capacidad, pero no menos aún a la

sombra y al apoyo de don Andrés, con quien priva.

--¿Y de dónde sacas tú esos agüeros tan angustiosos?

--No es menester ser profeta ni adivino para sacarlos. Y además, ni yo

estoy enamorada de don Paco, ni él quizá esté enamorado de mí. ¿Para qué

el casorio? ¿Qué vamos ganando en ello? ¿No comprendes que si me pide es

por un extremo de delicadeza? Yo se lo agradezco; me lisonjea mucho la

prueba de aprecio que me da; pero no paso de agradecida y de lisonjeada.

Porque ha venido a casa de tertulia, y porque me ha regalado el traje, y

porque las malas lenguas murmuran, piensa él remediar el mal casándose

conmigo. Pues entonces la misma razón hay para que contigo se case,

porque también de él y de ti dijeron, o para que me case yo con el hijo

del herrador, ya que más y peor han hablado de mis relaciones con él que

de mi relaciones con don Paco. Nada, mamá: todo eso es una tontería, o

una prueba, si quieres, de que el bueno de don Paco es un caballero

cabal, aunque no tenga los leones, los pajarracos y los otros

chirimbolos que tiene su yerno en el escudo.

--Y si tú, hija mía, reconoces y confiesas que don Paco es todo un

caballero, ¿por qué no le tomas por marido?

--Porque no quiero casarme por cálculo; porque aunque quisiese casarme

por cálculo, este cálculo de ahora estaría muy mal hecho, y, sobre todo,

porque yo por nada del mundo he de aprovecharme de la caballerosidad

generosa de ese hombre para cogerle la palabra y satisfacer mi vanidad y

mi ambición, ya que amor no le tengo. Su trato me deleita; celebro su

discreción; le oigo hablar con gusto; pero de esto a desear ser suya y

casarme con él hay todavía mucha distancia. No quiero salvarla de un

brinco. Aquí, para entre nosotras, algunas veces he sentido inclinación

a ir por esa senda, a andar ese camino, y sabe Dios si lo hubiera andado

sin estos tropezones que ha habido; pero, en fin, aún no lo he andado.

--¡Ay niña, con qué tiquis miquis y sutilezas te me descuelgas! ¡Cómo se

conoce el saber de que don Pascual te ha atiborrado la mollera! Si

parece cuanto dices tomado de esos libros que don Pascual te da a leer.

Pero, en fin, ¿qué contestamos a la carta de don Paco? Yo haré lo que tú

desees, porque el asunto más importa a ti que a mí y porque tú sabes más

que Lepe.

--¿Pues qué hemos de contestar sino darle las gracias y decirle que

nones?

--¿Y a quién le toca escribir eso? Creo que debo escribir yo... y dorar

la píldora. Yo no lograré poner el oro con mí pluma. Tú lo pondrás. Tú

irás diciendo y yo iré escribiendo, aunque hago letras que parecen

garrapatos. ¡Ay!, y más en el día, porque mi escribir ha caído en

desuso. Desde que murió tu padre en la guerra contra los carlistas, yo

no escribo sino las cuentas.

--Con buena o con mala letra, es menester que tú escribas la carta; yo

te la iré dictando.

--Hoy todavía no. ¿Es acaso puñalada de pícaro? ¿Quién nos corre? Antes

de dar un paso tan importante, conviene que lo medites y consultes con

la almohada. No es mucho veinticuatro horas de término. Hoy no escribo.

Mañana, si todavía te aterras a la opinión que ahora tienes, escribiré,

aunque me pese, lo que tú me digas.

Juanita estaba segura de que no había de variar su resolución por mucho

que lo meditase. Tuvo, no obstante, que ceder a los ruegos de Juana y

aguardó hasta el día siguiente, en el cual, dividiéndose el trabajo,

según queda dicho, fabricaron entre ambas la carta, que, por su

trascendencia e influjo en los ulteriores sucesos de esta sencilla y

verdadera historia, hemos de consignar aquí.

La carta decía como sigue:

Señor don Paco: Muy ufanas estamos mi hija y yo de la honra que

usted nos hace en la carta que acabo de recibir. Se lo agradecemos

con toda el alma. La niña le quiere a usted mucho y le estima más;

pero declara que no puede ni debe aceptar lo que usted propone.

Cree ella que fue una imprudencia de su parte ir al sermón vestida

como una princesa, para azuzar más en contra suya a la gente, que

ya deseaba morderla. Todo el lugar está ahora sublevado. Mal

remedio sería la boda. Aumentarían la sublevación y el motín. Su

Hija de usted se pondría a la cabeza. Nosotros no podríamos

resistir. Los tres tendríamos que irnos con la música a otra parte.

En fin, don Paco, Juanita sostiene que sería la boda una locura.

Dice, por último, que ella no manda en su corazón, que la

diferencia de edad es grande entre ustedes y no quiere a usted de

amor, aunque le profesa la amistad más fina. Sería, pues, muy feo

de parte de ella abusar de la generosidad de usted para satisfacer

su ambición o su vanidad casándose por cálculo, y también sería muy

tonto, porque el cálculo estaría mal hecho.

Lo mejor y lo más discreto es que ustedes no se casen y que nadie

sepa que ha dado usted este paso. Doña Inés nos odiaría si

aceptásemos la proposición de usted; pero también nos odiará y nos

declarará más la guerra si averigua que no aceptamos, pareciendo

como que desdeñamos a su padre con infundada soberbia. Importa,

pues, ocultar todo esto.

Ahí devuelvo a usted su carta. Rásguela y rasgue la mía, a fin de

que no quede prueba escrita de lo ocurrido, y conserve usted en su

memoria grato recuerdo de nosotras. Crea en nuestra profunda

gratitud y mande a su afectísima amiga y constante servidora,

q.b.s.m.,

_Juana Gutiérrez_.

Juanita La Larga · 第 23 / 50 题