Atolondrado don Paco con los sucesos de aquel día, y más aún con la
expulsión de que acababa de ser objeto, no sabía qué camino tomar ni a
qué carta quedarse, y maquinalmente se fue a su casa a meditar y a hacer
examen de conciencia. Lo primero que notó fue que la tenía muy limpia.
No era ningún delito, aunque pudiese pasar por extravagancia, el que
estuviese enamorado de aquella muchacha que podía ser su nieta. El haber
ido a su casa todas las noches durante algunas semanas apenas le parecía
imprudente y digno de censura. De Juanita formaba, sucesiva y a veces
simultáneamente, distintos conceptos, como sí en el fondo del ser de
ella hubiese algo de misterioso e indescifrable. De sobra reconocía él
que Juanita, si no le había dado calabazas, era porque él no se había
declarado en regla; pero con sus bromas de llamarle abuelo y con la maña
que ella empleaba para que él no le hablase al oído y para esquivar el
estar a solas con él, harto claro se veía que no quería admitirle por
novio ni por amante. Sin embargo, ¿sería esto cálculo o ladino instinto
de mujer para cautivarle mejor o para entretenerle con esperanzas vagas?
También recordaba don Paco los cuchicheos de Juanita con Antoñuelo y se
ponía celoso.
¿Si estaría ella prendada de Antoñuelo, y considerando que como novio no
le convenía, pensaría en plantarle y en decidirse al fin por don Paco,
como mejor partido y conveniencia? ¿Si titubearía ella entre su propio
gusto y lo que su madre, sin duda, le aconsejaba? Como quiera que fuese,
don Paco tenía estampada en las telas del juicio la imagen de Juanita, y
cada vez le parecía más hermosa y más deseable. Harto bien notaba que ni
su madre ni ella habían tratado jamás de medrar a su costa de un modo
pecaminoso e ilegítimo. La madre acaso le deseaba para yerno. Lo que es
la hija, hasta entonces no había mostrado desearle, ni menos buscarle
para amante ni para marido. El había hecho todos los avances. Culpa suya
era todo aquel furor suscitado contra las dos mujeres, del cual no le
cabía la menor duda de que doña Inés era promovedora. Consideraba luego
don Paco, y esto le lisonjeaba y le ponía muy orondo, que Juanita, ya
que no le amase, se deleitaba con su conversación, le reía los chistes,
le aplaudía las discreciones, y oyéndole hablar, se mostraba muy atenta
y como pendiente de sus labios.
En aquella casa, de donde le habían echado, no había recibido sino
honestos y amistosos favores, en pago de los cuales, y fuese por lo que
fuese, acababan de recibir ambas mujeres un agravio sangriento, para el
cual se creía él obligado de hallar satisfacción. Exaltado por estas
cavilaciones, se decidió don Paco a ir a ver a su hija, a explicarle con
franqueza y lealtad lo que había pasado y a pedirle cuentas de su
maligna conducta.
De mucho valor tenía que revestirse para atreverse a dar aquel paso.
Doña Inés, con su severidad y su tiesura, casi le infundía miedo; pero
le venció la vergüenza, hizo cuanto pudo para apartarlo de sí, y se
dirigió, con todos los bríos que pudo recoger y acumular en su ánimo, a
casa de la señora doña Inés López Roldán, a quien sabía él que hallaría
sola a la hora de la siesta.
En casa de doña Inés se comía entonces a las dos de la tarde. Don
Alvaro, cuando no estaba en el campo, se acostaba en seguida, y como
comía bastante y bebía más del exquisito vino que se cría por allí, y
que es mejor que el de Jerez, con perdón sea dicho, se tendía en su cama
y estaba roncando hasta las cuatro o las cinco de la tarde.
A los niños se los llevaban Serafina, el ama, y Calvete al otro extremo
de la casa, donde no molestaban con su ruido. Doña Inés se quedaba
entonces sola en su estrado o en su despacho, ya haciendo cuentas, ya
entregada a sus oraciones, ya leyendo algún libro de devoción o de
historia.
El cacique don Andrés y otros personajes importantes del lugar no venían
de visita o de tertulia sino por la noche. Las malas lenguas pueden
decir cuanto se les antoja, los mal pensados pueden suponer las mayores
diabluras; pero lo cierto es que doña Inés era recatadísima y, o bien
tenía razón el padre Anselmo y era una Lucrecia cristiana, o bien sabía,
con prodigioso artificio, practicar aquel famoso precepto que dice: «Si
no eres casta, sé cauta.» De aquí que doña Inés pudiese erguir muy alta
la frente y calificar de brutal y grosera calumnia la más leve
insinuación que contra su honestidad se atreviese a hacer algún
deslenguado.
Muy entretenida se hallaba entonces leyendo la vida de Santo Domingo,
porque a causa de la función de iglesia no había leído aquel día muy de
mañana el _Año cristiano_, como tenía de costumbre, cuando entró
Serafina a anunciar que don Paco llegaba a visitarla. Don Paco tenía
entrada franca en aquella casa; pero Serafina le anunció para tener
prevenida a su ama. Apenas transcurrió un minuto entre el anuncio y la
entrada de don Paco diciendo buenos días.
--Buenos días dé Dios a usted, señor padre--dijo doña Inés, levantándose
de la silla, acudiendo respetuosamente a su padre para besarle la mano y
convidándole a sentarse, como se sentó, en un sillón, frente a ella.
--Dichosos los ojos que ven a usted--prosiguió doña Inés--. Hace no sé
cuántas semanas que no pone usted los pies aquí. ¿Qué negocios le traen
a usted tan ocupado? ¿Qué le ha caído a usted que hacer que no le deja
siquiera una hora o dos libres por la noche para venir a mi tertulia,
verme y darme el gusto de que yo le vea, echar algunas manos de tresillo
o tener un rato de agradable conversación con el padre Anselmo y con los
demás señores que honran mi casa con su presencia?
Estas cariñosas quejas parecían todas sin intención y como nacidas del
filial afecto; pero al mismo tiempo era un cruel interrogatorio, que
turbó a don Paco, y al que tuvo que hacer un esfuerzo para contestar. De
nada valía el disimulo. Era menester contestar con franqueza, y don
Paco, armándose de valor, contestó de esta suerte;
--Tienes razón en quejarte, hija mía. Hace tiempo que no vengo a tu
tertulia, ¿qué quieres? Acaso han sido chocheces, extravagancias de
viejo; pero yo había tomado la maña de ir a otra tertulia más modesta y
menos elegante que la tuya, y que, sin embargo, lo confieso, tenía para
mí singular atractivo.
--¡Válgame Dios, señor padre! Lo había oído decir, pero no lo había
querido creer hasta que lo oigo de su boca. Extraño me parece que una
persona de la posición, de la gravedad y de los conocimientos de usted
se deleite rebajándose y dando conversación, durante horas enteras, a
dos mujeres tan ordinarias y tan poco edificantes como las Juanas; pero
más extraño es todavía que no sea la conversación de usted y su tertulia
con ellas solas, sino que haya usted tenido casi siempre por contertulio
a Antoñuelo, el hijo del herrador, el más pillete y el más zafio de
todos los mozos de este lugar. ¡Singular tertulia! ¡Buen par de parejas
estaban ustedes! La verdad..., yo no sabía qué decir cuando me hablaban
de esto. Aseguraban unos que Antoñuelo es el novio, o sabe Dios qué, de
la Juanita, y le endosaban a usted a la Juana. Otros afirmaban que usted
pretendía a Juanita; pero entonces, ¿en qué se empleaba, qué papel hacía
el celebérrimo Antoñuelo? ¿Eran ustedes rivales? Confiese usted que ha
sido una locura, un disparate, lo que ha estado usted haciendo. No niego
yo que la Juanita es guapa, aunque más que de honrada mocita tiene
trazas de desaforada marimacho o de desenfrenada potranca. Pero aunque
fuese Juanita la propia diosa Venus, debía usted (perdóneme, señor
padre, si se lo digo, por el interés y el amor que me inspira), debía
usted no avillanarse yendo a diario a su casa. Pecado y vicio sería ir
allí solo y como favorecido vencedor; pero ir en competencia con
Antoñuelo, francamente, yo no acierto a calificarlo. Lo mejor que se
puede decir es que ha sido un delirio. Vuelva usted en su juicio; deje
de visitar a esas mujeres, y todos trataremos en el pueblo de hacer
olvidar que usted las ha visitado pretendiendo a una de ellas, hasta
ahora tal vez en balde. Si ha pecado sólo con la intención, no por eso
es menor el pecado. Al contrario, ya que no para las personas piadosas y
timoratas, para gente vulgar y profana es pecado más feo. No se ofenda
usted si me atrevo a declararlo, con harto dolor lo declaro: la
ridiculez le acompaña.
Casi todo el valor de que se había armado don Paco a fin de hablar a su
hija y de quejarse de su conducta, cayó derribado a los pies de la
señora de Roldán. Sus contundentes razones abrumaban a su padre como una
lluvia de acicalados chuzos, cuyas puntas se le clavaban en el corazón.
Mirando todo por el lado poético, se explicaba satisfactoriamente:
Juanita era el recato, la virtud, el talento y la modestia en persona.
Era, además, hermosa como una ideal virgen espartana, como la propia
Diana Cazadora, rica en salud y gallardía; esbelta, fuerte y ágil; con
todos los atractivos de la más casta, limpia y juvenil hermosura. Si
Antoñuelo, que era un perdido, iba allí y trataba con la mayor
familiaridad a Juanita, esto consistía en que Antoñuelo se había criado
con ella desde la infancia; en que ella le miraba y candorosamente le
quería como a un hermano, y en que procuraba evitar que se extravíase y
cayese en el precipicio.
La propia madre de Juanita, aunque había tenido en su mocedad lo que
llaman en aquellos lugares un tropiezo, estaba-ya purificada por la vida
ejemplar que había hecho después y por el honroso trabajo con que había
logrado sustentarse y criar y conservar el fruto de sus desventurados
amores. Todo esto y más podía valer como respuesta a las observaciones
de doña Inés. Pero lo cierto era que, despojado el caso de este tinte
poético, y tal como el prosaico vulgo podía entenderlo, doña Inés tenía
razón que le sobraba. Para la generalidad de los habitantes de
Villalegre, Juanita no era más que la mozuela del cántaro, la hija
ilegítima de Juana la Larga, la chica que había corrido y jugado con los
pilletes en medio de las calles hasta la edad de nueve o diez años, y la
que después había conservado una sospechosa e íntima amistad con
Antoñuelo, el cual pasaba entre todos por un tunante de la peor especie.
De aquí el desairado y mal papel que una persona de los años, de la
seriedad y la importancia de don Paco no podía menos de hacer en
apariencia, o bien siendo rival de Antoñuelo, o bien de acuerdo con él
para cortejar a la madre uno y a la hija el otro. Reponiéndose, no
obstante, de la consternación que el tremendo discurso de doña Inés le
había causado, y por lo mismo que ella con su feroz acometida le
acorralaba y, como suele decirse, le ponía entre la espada y la pared,
don Paco habló, al fin, con energía, y dijo de esta suerte:
--La gente podrá decir lo que le dé la gana. Yo me río de la gente,
porque lo que dice es injusto. Tal vez me acusen las apariencias. En
realidad, no hay culpa, ni falta, ni desdoro en lo que he hecho. Mi
yerno será un señor muy noble, pero yo no lo soy, y al tratarme con los
plebeyos, me trato con mis iguales. Sólo se puede exigir de mí que sean
decentes las personas que trato, y no hay el menor motivo para afirmar
que las Juanas no lo sean. La vista y la conversación de Juanita me
deleitaban, y por eso he estado yendo a casa de Juanita todas las
noches. Soy mayor que tú en edad, saber y gobierno. Sé lo que me hago.
No necesito de guía. No quiero ni debo aguantar tus sermones. Me basta
con aguantar el que nos ha echado hoy el padre Anselmo, inocente tal
vez, pero que tú y otras mujeres envidiosas habéis envenenado con
vuestra malicia.
--¡Dios mío!--interrumpió doña Inés--. ¡Esto solo me faltaba: que llegue
la ceguedad de usted hasta suponer que yo envidio a esa hija... de su
madre! Lo ocurrido es muy natural; la desvergonzada mozuela se ha
encajado en la iglesia, no vestida humildemente, según su clase, sino
con el lujo escandaloso de las mujeres cortesanas que bullen en las
grandes ciudades y que son la perdición de los hombres. ¿De dónde ha
salido el traje que llevaba puesto? Aquí nadie lo ignora. Era regalo de
usted.
--No he de negar yo que era regalo mío. Ella lo aceptó por no
desairarme; pero como me ha dado en cambio prenda de más valor, nadie
puede decir que se viste a mi costa. Juanita se viste bien o mal con lo
que gana trabajando de modo honrado y lícito, y no estando vigentes en
el día la pragmática contra la seda ni ningunas otras leyes suntuarias,
no sólo de seda, sino de oro y de perlas puede vestirse Juanita si tiene
dinero para comprar el vestido y si se le antoja engalanarse con él.
--Si el respeto que a usted debo no anudase mí lengua--replicó doña
Inés--, me atrevería a decir que está usted loco de atar. ¿Cómo defender
el escándalo, la campanada que ha dado esa chica, transformada de
repente en princesa, como en los cuentos de hadas? Tiene chiste el que
le haya dado a usted la levita. Ya se la cobrará con usura. Las puntadas
de ella y las morcillas y longanizas que sabe hacer su madre no bastan
para costear levitas a los caballeros, y para seguir emperejilándose con
ricos trajes y mantillas de madroños, como dicen que en Madrid van a los
toros las damas de alto copete y las majas de rumbo. El día menos
pensado, no sólo para ir tan pomposas, sino para comer, faltará dinero a
las Juanas, y entonces acudirán a usted y a otros a fin de retenerle, y
como no podrán dar en cambio levitas, harto sabe el diablo lo que darán,
sí ya no lo han dado.
--Ni han dado ni darán lo que no debe darse--exclamó don Paco, perdiendo
ya los estribos--. Lo que yo te aseguro es que si Juanita quiere darme
su mano, yo la aceptaré gustoso, y tú tendrás que respetarla como madre.
--¡Jesús, María y José!, respetar yo a ese arrapiezo.... Se me caería la
cara de vergüenza si hiciera usted semejante disparate.
--Pues sólo de Juanita depende que no lo haga. Y como no es posible, sin
que nos peleemos, continuar esta conversación, me voy y te dejo. Adiós,
hija.
--Señor padre, vaya usted con Dios y El le ilumine para que no continúe
usted desatinando tan lastimosamente.
Don Paco salió con precipitación y muy enojado de casa de su hija, y no
quedó ella menos furiosa.