XVII

Juanita se dejó caer desmadejada en un sillón de brazos. Juana paseaba,

yendo y volviendo a largos pasos en su salita, como leona en su jaula.

--¡Habráse visto--exclamaba--mayor descoco! ¡Vaya... las mantesonas, las

pu...ercas! Pues si durase aún la prohibición de seda, ¿cuál de ellas la

llevaría sin contrabando? Mejores hidalgas y ricashembras nos dé Dios.

De seda y muy de seda iban las dos hijas del escribano, pero «aunque la

mona se vista de seda, mona se queda». Son más feas que noche de

truenos. ¿Y de dónde han sacado su hidalguía? Quizá no sabremos que son

hijas de la Frasquita, a quien Dios haya perdonado. Era viuda del

cagarrache del molino de Don Andrés cuando la pretendió y la tomó por

mujer el escribano. ¿Y por qué la tomó por mujer? Para remediarse,

porque ella había allegado bastante dinero con un gran corral de

gallinas, y más aún con su habilidad para aviar pollos. Aunque iba a la

chita callando y no gastaba pito, la llamaban la _gabacha_. ¡Qué tacto

en aquellos dedos verdugos! A escape entrecogía ella como con alicates

lo que andaba buscando a tientas en los pobres animalitos, y los dejaba

aviados por docenas, sin que se le desgraciase ninguno en la operación.

Luego los cebada y ponía gordísimos y los vendía muy caros. Yo

preguntaría al padre Anselmo si oficio tan cruel es propio de

ricashembras.

Juanita se recobró pronto de su momentáneo abatimiento, y dijo:

--Mira, mamá, no me hables de las hijas del escribano. No las quiero

mal. Si me miraban con descaro y con susto, fue de puro tontas.

--Pues, hija mía, no sé de qué habían de asustarse. En la menor no se

reparaba, porque es tan chiquituela y consumida, que parece un gusarapo;

pero la mayor bien llamativa estaba. Vestida de colorado y tan gorda,

parecía un tomate enorme con patas. Y luego, ¡qué desvergüenza! Durante

toda la misa estuvo su novio a la vera de ella, todavía de judío, como

había figurado en la procesión. ¡Buena hidalguía está la de Pepito, el

hijo del albardonero! En vez de mercarle traje tan costoso, su padre

debió hacerle una albarda, que no le vendría mal. Aunque ha vuelto de

Granada licenciado en leyes, sigue tan burro como se fue, salvo que

rebuzna en latín y larga las coces ajustadas a Derecho. Pero, en fin, tú

tienes razón. No debemos quejarnos de ellos. Debemos despreciarlos. El

arrastrado del padre Anselmo tiene la culpa de todo.

--No maldigas del padre--replicó Juanita--. Es un bendito, espejo de

santidad. Mucho de lo que dijo en el sermón era juicioso. Y si incurrió

en exageraciones, bien sé yo por qué. La Reina Católica prohibiría sin

duda la seda porque en su tiempo se entenderían las cosas de muy otra

manera que en el día, y además porque la seda costaría entonces un ojo

de la cara y arruinaría al país. En fin, yo no sé por qué prohibió la

reina la seda. Acaso no sea verdad que la prohibiese. Pero si lo es o no

lo es, ¿a mí qué me importa? Yo no me quejo de la reina ni del cura. De

quien me quejo es de aquella embustera gazmoña de doña Inés, que es la

que ha armado contra mí todo este gatuperio. Ella me las pagará. ¡Voto a

Cristo que me las pagará!

Y levantándose entonces de la silla se dirigió hacia su madre con los

ojos echando chispas, y haciendo la cruz como para persignarse, dijo

solemnemente:

--Por esta cruz lo juro: yo me vengaré. Ella se acordará de mi durante

toda su asquerosa vida o me han de borrar el nombre que tengo.

--Sí, hija mía--repuso Juana--, véngate, véngate. Nada más natural y

razonable, pero sin hacer ninguna barrabasada. Y, sobre todo, no jures,

que es pecado mortal. Véngate sin juramento; con cachaza y mala

intención.

--Pierde cuidado. No me faltará cachaza. He de disimular más y he de ser

más hipocritona que esa indina. Mala intención es lo que no tengo; mi

intención siempre será buena.

Al llegar a este punto de su interesante diálogo, ambas interlocutoras

oyeron en la calle terrible estruendo de voces, silbidos y carreras. Se

asomaron a la ventana y miraron por la celosía. Apenas tuvieron tiempo

de ver pasar atropellada muchedumbre de gente, y una vaca brava, atada a

una larga y recia soga, de la que tiraban catorce o quince mozos de los

más robustos y ágiles. Otros mozos aguijoneaban y enfurecían a la vaca,

apaleándola con las chivatas y punzándola por detrás con pitacos o

bohordos de pita.

No siguieron mirando las Juanas lo que ocurría en la calle, porque más

conmovedor espectáculo se ofreció de repente a sus ojos dentro de la

sala misma. Apareció don Paco, a quien la criada había abierto la

puerta, con una gran pelota colorada entre los brazos. Pronto

reconocieron en aquella pelota a la hija mayor del escribano, que venía

desmayada y con acardenalado y gordo chichón en la frente. Las mejillas

y las narices las traía embadurnadas en una sustancia amarilla y

pegajosa a la que las moscas acudían. Al pronto dio no poco que

sospechar tal sustancia, pero luego se supo que eran yemas

despachurradas.

En un cucurucho, que le había feriado el novio, las llevaba doña

Nicolasita, y no se rompió las narices porque al caer dio con ellas

sobre las yemas.

Embelesada con la conversación de su novio, que iba a su lado, con la

carátula en la cabeza como montera y casi tan majo como ella, y seguida

de su padre y de su hermanita, habían estado todos en la plaza, donde

Pepito se había despilfarrado feriando los dulces. Allí se habían

olvidado por completo de que formaba parte del programa de los regocijos

y festejos con que se celebraba el día del Santo, un toro de cuerda, que

entonces fue vaca, como hemos dicho.

Al pasar un grupo por la calle donde ambas Juanas vivían, oyeron de

repente el alboroto y vieron el tropel de los que huían de la vaca, y

hasta entonces no recordaron el peligro a que se habían expuesto.

El escribano, sin pensar en sus hijas, con frac y todo, se subió por los

hierros de una reja y logró ponerse en salvo. La hermanita menor, que

era muy ligera, tal vez por ser tan ruin y enjuta de carnes, se subió

también a otra reja, donde parecía un mico.

El novio estuvo muy caballeroso y quiso imitar a Edgardo, el héroe de la

novela de Walter Scott, _Lucía de Lammermoor_, que él había leído; pero

la vaca no entendía de heroicidades y le derribó al suelo, dándole un

empellón con el testuz. Por fortuna, la vaca no le hizo daño ni caso,

porque sólo llamaba su atención y la atraía poderosamente aquella masa

redonda y colorada que corría delante de ella agitando mucho las faldas.

Como la calle estaba cubierta de gayomba y de juncia y con muchas gotas

de cera que habían caído al pasar la procesión, el piso resbalaba

demasiado. No es, pues, de extrañar que resbalase doña Nicolasita y

diese en el suelo de hocicos. Gracias a las dos libras de yemas que se

interpusieron entre su cara y las piedras no se despampanó la pobre.

Sólo se hizo en la frente el chichón ya mencionado. Su terror fue

inmenso y causa de su desmayo. Allá, en su fantasía febricitante, creyó

sentir el cuerno que penetraba traidoramente en sus delicadísimas

carnes, ya por un lado, ya por otro; y como por el terror, y antes que

sobreviniese el soponcio, le dio la pataleta, agitaba la falda roja y

llamaba al toro, o digamos a la vaca, que se le venía encima.

La fuerza de los mozos que la detuvieron tirando de la cuerda impidió

que hubiese aquel día un desastre y que la función acabase en tragedia.

Don Paco, que venía por allí para visitar a sus amigas, al ver desmayada

a doña Nicolasita, la levantó en sus brazos y se refugió en casa de

ellas.

Cuando ambas se enteraron de lo sucedido, olvidando el enojo, cumplieron

piadosamente con las leyes de la hospitalidad. Hicieron volver de su

desmayo a la víctima de la vaca, aplicando a sus narices vinagre muy

fuerte; con el mismo vinagre aguado le pusieron compresas en el chichón

y se lo vendaron con un pañuelo blanco, de suerte que doña Nicolasita

parecía un Cupido. Y, por último, le lavaron la cara y le quitaron la

costra y churretes de yemas.

Don Paco auxilió en todo esto a las dos caritativas mujeres.

El escribano, Pepito y la hermana menor recobrados ya del susto,

vinieron a la puerta a llamar a doña Nicolasita, la cual, restablecida

también, salió en busca de ellos, sin dar ocasión ni tiempo a que

entrasen.

Tal vez pudo creerse que esta precipitación en la partida y el no entrar

en la casa los otros había sido de puro avergonzado; pero como doña

Nicolasita no dio las gracias sino de un modo muy seco, y Juana y

Juanita estaban escamadas, ambas lo atribuyeron a desdén y a estúpido

recelo de rebajarse y contaminarse en el trato de ellas.

Más amostazada entonces que nunca Juana la Larga, aprovechándose de un

momento en que Juanita había subido a su cuarto, habló a don Paco de

esta manera:

--Señor don Paco, de sobra habrá visto usted la afrenta que nos han

hecho. Su hija de usted, mi señora doña Inés, tiene la culpa de todo. Se

le figura que le tenemos a usted engatusado, y que le queremos chupar y

le chupamos los parneses. Harto sabe usted que eso no es verdad. Mi niña

aceptó el corte de vestido y algún que otro regalo; pero los hemos

pagado, si no con creces, en lo justo. La levita que lleva usted puesta

bien vale la seda que mi hija ha lucido hoy y que tanto jaleo ha

causado. Nosotras queremos mucho a usted, como buenas amigas; pero no le

queremos tanto para que por usted nos sacrifiquemos; si seguimos

recibiéndole nos tendrán por unas perdidas, y hasta serán capaces de

echarnos del lugar. A Juanita le divierte mucho la conversación de

usted; pero yo no quiero conversación que a nada conduce y que nos puede

salir muy cara. Conque, con pena lo digo, y sin pensamiento de

ofenderle, transponga usted, y no vuelva a parecer por esta casa, al

menos hasta que cambien las circunstancias, sí es que cambian algún día,

y sí no cambian, no parezca usted nunca.

Don Paco se compungió y se aturdió al oír este discurso y no acertó a

dar contestación. Algo tartamudeaba; pero la resuelta Juana no le dejaba

decir palabra. Le empujó hacia la puerta y le echó a la calle antes que

volviese su hija.

Juanita La Larga · 第 20 / 50 题