Y yo me preguntaba: «¿Por dónde voy a empezar?»

De ella, yo no veía, no oía, no sentía nada... Me parecía estar

completamente solo en aquella obscuridad.

Solamente cuando cruzábamos el bosque y la luz de los faroles del

carruaje, al reflejarse sobre los troncos húmedos de los árboles,

enviaba cierta claridad al interior, pude distinguirla acurrucada,

hundida, en el rincón opuesto al mío; se habría dicho que trataba de

romper el obstáculo para tirarse a la carretera.

¡Dios mío! ¡Pobre criatura! Acababa de abandonar todo lo que hasta

entonces había sido su universo, su vida... Y su porvenir era un viejo,

que, hacía apenas una hora, estaba ebrio.

¡Voto a!... ¡y qué vergüenza tenía yo!

Sin embargo, es necesario que le hable:

--Yolanda...

No me responde.

--¿Me tienes miedo?

--Sí.

--¿Quieres darme la mano?

--Sí.

--¿Dónde está?

--Aquí.

Siento una cosa blanca que me roza suavemente. Me apodero de ella, la

tomo, la aprieto.

¡Pobre criatura! ¡pobre criatura!

Y de repente, me siento presa... de un «santo ardor» diría, si quisiera

ser patético... En fin, en medio de mi aflicción, encuentro palabras

hermosas, cálidas, para tranquilizarla.

--Mira, Yolanda--le digo;--tú eres ahora mi mujer. Lo que está hecho,

está hecho, y tú misma lo has querido así. Pero no temas que llegue a

importunarte yo con mis muecas amorosas o con mis exigencias. Tú tienes

en mí un amigo verdadero, un amigo _paternal_, si esta palabra te

inspira más confianza... porque no pienso disimular que tengo muchos más

años que tú. Si estás afligida y sientes la necesidad de llorar, échate

en mis brazos; en ninguna otra parte podrás descansar más

tranquilamente. Refúgiate siempre en mí... aun cuando te figures que yo

soy el enemigo contra el cual necesitas protección.

Estaba bien dicho, ¿no es cierto? Era porque la piedad y el buen deseo

me inspiraban.

--¡Qué pobre diablo era yo! ¡Como si un poco de juventud no valiera mil

veces más que la piedad más tierna!

Pero el efecto de mis palabras fue tan violento e inesperado que llegué

a asustarme. De repente ella sale de su rincón y me besa locamente a

través de su velo, murmurando entre sollozos:

--¡Perdóname, perdóname, querido, querido amigo!

La escena del cenador vuelve de improviso a mis ojos, recuerdo haberme

sentido desconcertado entonces por una frase análoga.

--Pero ¿qué es--digo,--qué es lo que tengo que perdonarte?

Ella no responde, se acurruca otra vez en su rincón y ya no vuelve a

despegar los labios... La lluvia ha cesado, pero el viento ruge por

entre las junturas de la portezuela; de pronto, un relámpago... e

instantáneamente un retumbo. Los caballos dan un salto hacia la zanja.

Grito:

--¡Firmes las riendas, Juan!

Naturalmente, él no me oye; pero los caballos no se mueven ya, porque

los puños de Juan son de hierro. Nunca he tenido un cochero mejor... El

cañonazo no había sido más que una señal; luego, la cosa es por todas

partes, a la derecha, a la izquierda; no se ven más que techos

incendiados, haces de fuego, torres chispeantes, y el parque se ilumina

con una hermosa claridad verde... En una palabra, mi viejo Ilgenstein se

ha convertido en un verdadero castillo encantado.

Me estremezco de alegría al pensar que voy a mostrar a Yolanda su nueva

morada bajo una gloria semejante. Y esta alegría se la debo a Lotario, a

mi querido muchacho... Tal vez le debo más todavía, por que la primera

impresión decide a veces de toda una existencia... ella se ha inclinado

hacia la ventanilla, y, al resplandor de los fuegos, veo sus ojos

animados por una curiosidad ávida, ansiosa.

--Todo esto es tuyo, hija mía--digo, buscando su mano.

Ella no me escucha; parece enteramente absorta en la belleza del

espectáculo.

Y en cuando llegamos al patio de entrada, una batahola ensordecedora se

alza a nuestro alrededor; gritos, detonaciones, tambores y trompetas. A

derecha, a izquierda, antorchas, hachones; y vemos rostros ennegrecidos

por el humo, con ojos brillantes y bocas abiertas.

--¡Hurra! ¡Viva el señor barón! ¡viva la señora baronesa! ¡Hurra!

--¡Y un pataleo! ¡y una de gorras al aire!... Los bandidos se han vuelto

locos.

Entonces, pienso: «Ella verá, por lo menos, que no se ha casado con un

hombre malo. Puesto que mis gentes me quieren...» Y, dispuesto a la

emoción, como está uno siempre en circunstancias así, las lágrimas

asoman a mis ojos.

Cuando el carruaje se detiene, reconozco a Lotario en el grupo que

forman los administradores del dominio. Salto y lo estrecho entre mis

brazos:

--¡Hijo mío! ¡mi querido hijo!

Habría querido besarle las manos, en mi agradecimiento.

Al hacer bajar a mi mujer del landó, veo al idiota del administrador en

jefe que se apronta para echarnos un discurso sobre la lluvia y el

viento.

--¡En nombre del cielo, Baumann, lo disculpo!--le digo.

Y llevo derechamente a la casa a mi joven esposa.

Allí nos esperaban los criados, con el ama de llaves a la cabeza. Hacen

sus reverencias y se ríen solapadamente; pero Yolanda avanza, con los

ojos fijos, por en medio de ellos.

Entonces me asalta el miedo al pensar en lo que va a pasar.

«No debería haber dejado que mi hermana se fuese», me digo; y,

dirigiendo a mi alrededor miradas desconsoladas, descubro a Lotario en

la puerta, en vías de irse. Corro a él, le tomo las manos y le digo:

--No hay que escabullirse ahora. Después de toda esta agitación, vamos a

beber juntos alguna cosa caliente. Consientes, ¿no es verdad?

Se pone color de púrpura, pero lo llevo adonde está Yolanda, a quien

están sacándole el sombrero y la capa.

--Ruégale tú también que se quede--le digo; merece bien una taza de te.

--Se lo ruego--murmura ella sin levantar los ojos.

El hace un saludo correcto y se retuerce el bigote.

Después llevo a Yolanda al comedor, a través de los aposentos

brillantemente iluminados. No mira a ninguna parte, y parece no ver

todos los esplendores que se han preparado para ella. Dos o tres veces

vacila y se apoya fuertemente en mi brazo, y otras tantas veces me doy

vuelta yo para ver si, por lo menos, está allí Lotario todavía.

¡Alabado sea Dios!... está ahí todavía.

En el comedor bulle el samovar, de acuerdo con las órdenes que di a mi

hermana antes de su partida.

«Si la mandara buscar--me dije,--un coche al galope a Krakowitz, otro a

Gorowen, y estaría aquí dentro de una hora.»

Pero no; viejo imbécil como soy, tendría vergüenza de confesar mi

turbación... Y además, ¿no tengo aquí a Lotario, al que puedo recurrir

en mi aflicción?...

Gracias a Dios, está ahí todavía.

--Siéntense, muchachos--digo, mientras me esfuerzo por adoptar un tono

desenvuelto.

Señores, me parece que estoy allí todavía; el mantel blanco, con la fina

porcelana de Sajonia y la vieja vajilla de plata; arriba de nuestras

cabezas, la araña de cobre; y bajo su luz viva, a mi derecha, _ella_,

pálida, rígida, con ojos entornados de sonámbula; a mi izquierda, _él_,

con sus cabellos negros y espesos, sus mejillas morenas, su arruga

sombría en la frente y sus miradas fijas en el mantel... Y, como se me

ocurre la idea de que está fastidiado por ser el tercero en una noche de

bodas, y temo que se quiera ir, lo tomo afectuosamente por los dos

hombros y le agradezco el martirio que se ha impuesto por mí.

--Míralo bien, Yolanda--digo;--porque, como esta noche, muchas otras

veces hemos de estar juntos y hemos de alegrarnos de ello.

Ella se inclina lentamente y cierra los ojos del todo... ¡Pobre

criatura! ¡pobre criatura!... Y la angustia me corta casi la

respiración.

Entonces les grito:

--¡Un poco de alegría, hijos míos! Lotario, cuéntanos, pues, algunas de

tus calaveradas. Vamos, ¿tienes cigarros?... ¿no?... Espera, voy a

traerte.

Y, turbado siempre, me precipito a la pieza donde tengo mis provisiones

de fumador; me parece que la punta encendida de un cigarro va a mejorar

la situación.

Pero, al volver, con mi caja debajo del brazo, veo por la puerta que ha

quedado abierta... ¡Ah señores! veo una cosa que me hiela la sangre en

las venas...

Una vez solamente en mi vida había recibido un golpe parecido. Era

entonces un joven coracero, todavía, y una noche, al entrar en casa,

encuentro un telegrama con estas simples palabras: «Tu padre acaba de

morir.»

¿Qué fue lo que vi, señores?

Mis dos jóvenes seguían sentados en sus sillas, tal cómo yo los había

dejado; pero sus miradas aparecían fundidas, por decirlo así, una en la

otra, con una expresión de ardor, de demencia, de desesperación, que yo

no habría creído humanamente posible: eran dos llamas que se lanzaban

una al encuentro de la otra.

¡Lucido estaba yo! ¿no es cierto?

Todavía no era ella mi mujer, y ya mi amigo, mi hijo preferido, me

engañaba con ella... El adulterio se instalaba en el hogar antes mismo

que el matrimonio estuviera consumado.

Todo mi porvenir: una vida de sospechas, de recelos, de tinieblas, de

ridículo, de días sombríos y de noches de insomnio, se desarrolló a mis

ojos, ante aquella sola mirada, como un mapa geográfico.

¿Qué hacer, señores? Lo más sencillo habría sido tomarla a ella de la

mano y decirle a él:

--Es tuya, y no tengo ya derechos sobre ella.

Pero pónganse ustedes en mi lugar. Una mirada es una cosa tan

impalpable, tan imposible de probar... podían negarla, riéndose... Sí...

hasta podría ser también que, en realidad, yo me hubiera equivocado.

Y, mientras me hacía estas reflexiones, sus miradas seguían mezclándose,

olvidados ambos de todo lo que los rodeaba.

Y, cuando entré, no bajaron siquiera los párpados, sino que los dos se

volvieron hacia mí, sorprendidos y contrariados; parecían preguntarse:

«¿Por qué nos perturba este viejo, este extraño?»

Tuve ganas de ponerme a chillar como un animal cuando lo degüellan. Me

dominé, y ofrecí mis cigarros; pero tenía prisa por concluir, empezaba a

verlo todo rojo, y dije a Lotario:

--Deberías retirarte, hijo mío; ya es hora.

El se levanta penosamente y me tiende una mano helada; hace a ella, con

los talones juntos, su saludo más militar, y se dirige hacia la puerta.

Entonces oigo un grito, un grito... que me atraviesa hasta la médula de

los huesos... ¿Y qué es lo que veo?

Mi mujer, mi reciente esposa, se ha echado a los pies de Lotario, lo

retiene por la ropa, gritando:

--¡No tienes que matarte! ¡no tienes que matarte!

Ya ven, señores... toda una catástrofe... Durante un segundo, me quedé

como aplastado por el golpe; pero inmediatamente tomé al joven por el

cuello:

--¡Alto, hijo mío!--dije,--¡basta de farsas!

Y, asiéndolo siempre por el cuello, lo llevo otra vez a su sitio;

después, cierro las puertas y levanto a mi mujer, que solloza

convulsivamente, tendida sobre el piso. Ella consigue apoderarse de mis

manos y las besa, murmurando entre gemidos:

--No lo dejes salir. Quiere matarse... quiere matarse...

--¿Y por qué quieres matarte, hijo mío?--pregunto.--Si tienes sobre ella

derechos más antiguos que los míos ¿por qué no los has hecho valer? ¿Por

qué has engañado a tu mejor amigo?

El se aprieta la frente con los puños y no dice una palabra.

La cólera me arrebata al fin, y digo:

--¡Habla, o te pego como a un perro!

--¡Pega!--me dice;--lo tengo bien merecido...

--Merecido o no, vas a responderme.

Y entonces, en medio de las lágrimas, de los remordimientos, de las

súplicas de ambos, oigo toda la bonita historia.

Algunos años antes se habían encontrado en el bosque, y desde entonces

se amaban, en silencio y sin esperanza, como conviene a hijos de

familias enemigas.

Los Montescos y los Capuletos...

--¿Se habían declarado ustedes su amor?

--No... pero se habían besado.

--¡Ah!... ¿y después?

Después, él se había ido de guarnición a Berlín, y ninguno de los dos

había vuelto a tener noticias del otro; no se atrevían a desafiar el

peligro de escribirse, y, por otra parte, ninguno conocía positivamente

los sentimientos del otro.

En eso había ocurrido la muerte del viejo Pütz, y habían comenzado mis

tentativas de reconciliación.

Desde el momento de mi primera aparición en Krakowitz, Yolanda había

formado el proyecto de tomarme por confidente de su amor: esperaba tener

así noticias de Lotario, por mi intermedio. Pero ¡ay! yo había

interpretado mal sus tiernas miradas, y había tomado para mí el papel de

enamorado...

El acceso de furor de su querido papá le había hecho ver que ya no tenía

nada que esperar; y, en su desolación, había resuelto aprovechar el

único medio de aproximarse, por lo menos, a su amado.

--No era muy bonito eso, corazón--le digo.

--¡Sufría tanto lejos de él!--me responde, como si esa explicación

pudiera ser satisfactoria.

--Perfectamente... no había más que hacer. Pero tú, hijo mío, ¿por qué

no te has acercado a mí y me has dicho: «Tío, yo la amo... ella me

ama... de modo que déjala estar?»

--Yo no sabía si ella me amaba--responde.

--¡Cada vez más lindo! Son ustedes dos inocentes; dos corderos...

¡Completamente!... ¿Y cuándo, pues, lo han puesto todo en claro?

--Esta tarde, mientras tú dormías.

Y me contaron la cosa: después de la comida, en un solo apretón de

manos, habían sentido todo el horror de su situación, y, no encontrando

otra salida, habían resuelto morir aquella misma noche.

--¡Cómo! ¿tú también?

En lugar de responder, ella saca del bolsillo un frasquito de aspecto

enteramente divertido, con su cabeza de muerto sobre el rótulo.

--¿Qué hay ahí dentro?

--Ácido prúsico.

--¡Diantre! ¿Y de dónde lo has sacado?

Un joven farmacéutico, del que había recibido lecciones de baile, y al

que había trastornado la cabeza, le había hecho una vez ese encantador

regalo...

--¿Y te ibas a beber eso, perra?

Ella me miró con sus grandes ojos resueltos e inclinó dos o tres veces

la cabeza... Comprendí muy bien, y sentí un calofrío... ¡por un poco

más, aquélla habría sido una linda noche de bodas!

--Pero ahora, ¿qué voy a hacer yo con ustedes dos?

--¡Sálvanos!... ¡ayúdanos!... ¡ten piedad de nosotros!

Se han arrojado a mis pies y me lamen las manos. Ahora bien: como

ustedes saben, señores, yo soy un buen muchacho; esa es mi profesión...

Encontré, pues, un medio de anular cuanto antes mi matrimonio frustrado.

Juan recibió orden de enganchar; y, un cuarto de hora más tarde, llevaba

a mi desposada de doce horas a Gorowen, al lado de mi hermana, bajo la

égida de quien debía permanecer hasta que el divorcio hubiera sido

concedido; por nada del mundo quería volver ella a la casa de su

padre...

Lotario me preguntó con toda candidez si no podía acompañarnos.

--¡Lárgate de aquí cuanto antes, mocoso!--le dije.

Sé mostrarme severo cuando es menester, señores...

Cuando volví a casa, el reloj marcaba las cinco... Ya no podía más de

cansancio; las piernas se me entraban en el cuerpo.

Todo estaba en silencio. Antes de partir, había mandado a mi gente que

se acostara. Al atravesar el vestíbulo, donde ardían las luces todavía,

vi una puerta rodeada de guirnaldas. Daba al famoso dormitorio cuya

entrada me había prohibido mi hermana, a fin de que tuviera una gran

sorpresa el día de mis bodas.

Abrí por curiosidad, y mis miradas se hundieron en una verdadera capilla

ardiente, de la que se desprendían perfumes desconocidos... Colgaduras

por todas partes, alfombras... una lámpara de iglesia pendía del cielo

raso... y, allá, en el fondo, sobre un estrado, se alzaba una especie de

catafalco, con adornos dorados y un cubrepiés de seda...

¿Y allí dentro era donde habría tenido que dormir yo?

¡Brrr!... hice, cerrando la puerta y escapando tan rápidamente como me

lo permitían mis cansadas piernas.

Y, una vez en mi aposento encendí mi buena y hermosa lámpara de trabajo,

que me sonreía como el sol.

Ahí estaba, arrimada contra la pared, mi vieja cama estrecha, con sus

montantes rojos, su jergón gris y su piel de ciervo raída... ¡Ah

señores! ¡qué consuelo sentí al verla!

Me quité las ropas, tomé un buen cigarro... Me metí entre las

cobijas... y me puse a leer un capítulo apasionante de la guerra

francoalemana...

Y puedo asegurar a ustedes, señores, que nunca en mi vida he dormido

mejor que en mi noche de bodas.

El molino silencioso; Las bodas de Yolanda · 第 43 / 48 题