NICARAGUA

La República de Nicaragua ha sido una de las más turbulentas del

Continente. A pesar de la dictadura a que la sometió el Presidente

Zelaya desde 1894 hasta 1910, en los diez últimos años ocurrieron diez y

seis revoluciones.

Las ansias dictatoriales de Zelaya no se satisfacían con la tiranía a

que sometió a su país: pretendió dominar también en los destinos de

Honduras; y temerosas las Repúblicas de Guatemala y Salvador del grado a

que pudiera llegar dicha preponderancia, se aprestaron a entorpecer

aquellos planes acudiendo a la guerra y a ese efecto iniciaron los

oportunos preparativos. En 1907, cuando parecía inminente una

conflagración en Centro América, intervienen el Presidente Roosevelt y

el Presidente Díaz de Méjico y logran que las cinco naciones de esta

parte del Continente, sometan sus querellas a una conferencia que se

acordó tuviera efecto en Washington en el mes de noviembre.

Reunióse dicha conferencia y en ella se acordó establecer un tribunal de

justicia internacional compuesto de cinco miembros, uno por cada nación,

encargado de resolver cuantas contiendas y conflictos se suscitaran

entre ellas. Las esperanzas que se cifraron en esta institución, pronto

se vieron desvanecidas: Zelaya persistió en su antigua conducta,

alentando los movimientos revolucionarios en las otras repúblicas.

En octubre del año 1909, estalla una revolución contra Zelaya, promovida

por los elementos pertenecientes al Partido Conservador y apenas

iniciada, algunas prominentes personalidades de Nicaragua y Honduras,

reclaman del Gobierno de Washington que intervenga para poner fin al

conflicto. La Cancillería Norteamericana, fué sorda en los primeros

momentos a tales instancias, pero no tardó en ocurrir un incidente que

la obligó a abandonar su actitud de pasividad o indiferencia: nos

referimos al fusilamiento, por las autoridades adictas a Zelaya, de dos

americanos acusados de haber tomado parte principal en la revolución.

Con motivo de este suceso, en primero de diciembre el Secretario Knox

hizo entrega de una nota al Encargado de Negocios de Nicaragua, en la

que no se limitó a protestar del mismo, sino que hizo estas

consideraciones: que Zelaya, no conforme con haber suprimido en su país

las instituciones republicanas, con haber amordazado la opinión pública

y con haber reducido a prisión a los que eran contrarios a su política,

en su afán de mezclarse en los asuntos de las otras Repúblicas, había

llegado a ser el germen del perpetuo estado de intranquilidad en que

éstas vivían, y terminaba afirmando que la revolución estaba apoyada por

la mayoría del pueblo nicaragüense, la que era, ostensiblemente,

contraria a Zelaya.

No se necesitó de otra cosa para dar al traste con la tiranía de Zelaya.

Convencido éste de la imposibilidad de mantenerse en el poder contra la

voluntad del Gobierno de Washington, se decidió a abandonarlo, dejándolo

en manos del Dr. Madriz, uno de sus partidarios; y como éste no fuese

reconocido por los Estados Unidos, vióse a su vez también en el caso de

dejar la presidencia, triunfando entonces la revolución, que elevó a ese

puesto a uno de sus caudillos, el Sr. Adolfo Díaz. A partir de este

hecho, se fué acentuando la intervención de los Estados Unidos en los

asuntos de Nicaragua, en la forma que vamos a ver.

En 6 de junio del año 1911, celebraron los Estados Unidos un tratado con

dicha república, por el cual esta última debía quedar bajo la

supervisión financiera de aquélla, debiendo garantizar con sus Aduanas,

el reintegro de las cantidades que habrían de adelantar unos banqueros

norteamericanos para solucionar las dificultades económicas que

existían, quedando facultado el Presidente de los Estados Unidos para

nombrar los recaudadores. Este Tratado fué aprobado por el Senado de

Nicaragua, pero no le cupo la misma suerte en el de los Estados Unidos.

Díjose entonces que había sido otorgado por los gobernantes que eran

producto de la revolución, en recompensa de la ayuda prestada por los

Estados Unidos para derribar a Zelaya, pero que en realidad, quienes

resultaban beneficiados eran los banqueros prestamistas, a cuyo

servicio, por lo visto, se habían puesto los funcionarios del

Departamento de Estado.

No se desanimó el Presidente Taft por el fracaso del Tratado en la Alta

Cámara. Arguyendo que los Estados Unidos tenían el compromiso moral de

mantener la paz en Centro América, e imitando la conducta que siguió

Roosevelt cuando en 1905 el Senado aplazó por tiempo indefinido la

discusión del Tratado con Santo Domingo, se decidió a nombrar por su

cuenta el Recaudador de las Aduanas, que debía retener los fondos

aplicables al pago de la deuda extranjera.

A fines de año, el general Mena, que desempeñaba la cartera de la

Guerra, inicia una revolución. El presidente Díaz sintiéndose impotente

para dominar el movimiento, recurrió al Gobierno de Washington y éste se

apresuró a brindarle el auxilio pedido. Bajo las órdenes del Almirante

Southerland desembarcaron fuerzas en Corinto, las que después de ocupar

las principales ciudades y de hacerse cargo de garantizar el tráfico por

los ferrocarriles, y como para que no quedaran dudas de que apoyaban

resueltamente a las autoridades constituídas, tomaron parte en las

operaciones militares, capturando a algunos jefes rebeldes; visto lo

cual por los otros y convencidos de la inutilidad de su esfuerzo, se

acogieron a la legalidad, terminando la revolución. Como recuerdo de

estos tristes sucesos, desde entonces se encuentra en la capital,

custodiando la legación norteamericana, un destacamento formado por cien

hombres de la infantería de marina de los Estados Unidos.

Por esta misma época el gobierno de Nicaragua, de acuerdo con el de

Washington, nombró una comisión de reclamaciones que debía conocer y

juzgar de todas las que habían sido establecidas contra aquella

república por nacionales y extranjeros y la que integraron tres

miembros, uno que designaron los Estados Unidos y que fungió de

Presidente, otro nombrado por el gobierno nicaragüense y un tercero

designado por este último gobierno a propuesta del de Washington. A

fines del año 1912 esta comisión dió principio a su labor.

Poco a poco la influencia norteamericana fué dominando la vida

financiera de la República. En 1912 el gobierno nicaragüense celebró un

contrato con dos firmas de la banca de New York, por el cual éstas le

hicieron unos anticipos de dinero, comprometiéndose además a rehabilitar

el sistema monetario del país, sobre la base de destruir el papel moneda

y adoptar el patrón oro. Algún tiempo después los propios banqueros

celebraron un nuevo convenio con Nicaragua, esta vez con la sanción del

Secretario de Estado de los Estados Unidos. Según esta convención, los

aludidos banqueros adquirieron el cincuenta por ciento de las acciones

del "Ferrocarril del Pacífico" y del "Banco Nacional de Nicaragua";

debiendo estar dirigidas estas instituciones por un Comité integrado

por tres personas nombradas, dos de ellas, por el Secretario de Hacienda

de Nicaragua y la tercera por el Secretario de Estado de los Estados

Unidos. Los propios bancos neoyorkinos adquirieron el derecho de nombrar

el Colector de las Aduanas.

Juzgó el Presidente Taft que una ingerencia de carácter financiero

exclusivamente, no era suficiente a los fines perseguidos por el

Gobierno de Washington y enterado de que una compañía alemana dedicada

al comercio de plátanos en Costa Rica, realizaba gestiones cerca del

gobierno nicaragüense con objeto de obtener una concesión para la

construcción de un canal por el río San Juan, desde el Lago Grande hasta

el Atlántico, le dió instrucciones al Secretario Knox a fin de que

celebrara un Tratado que afirmara preferentemente la posición de los

Estados Unidos en aquella parte de la América.

Cumplió Knox el encargo. Según los términos del Tratado que estipuló,

los Estados Unidos adquirieron el derecho exclusivo de construir un

canal por el territorio de Nicaragua, una base naval en el golfo de

Fonseca y en arrendamiento, por el término de noventa y nueve años, las

islas "Maíz Grande" y "Maíz Chico", situadas en el mar Caribe; debiendo

pagar los Estados Unidos por todas estas concesiones $1,000.000. En 26

de febrero de 1913 fué sometido este tratado a la aprobación del Senado,

pero a los pocos días cesó Taft, sin que dicho alto cuerpo hubiera

llegado a votarlo.

El Presidente Wilson, que sucedió a Taft, fué más allá que éste.

Juzgando que la acción de los Estados Unidos no se debía limitar, como

lo había entendido su antecesor, a garantizar la situación de los

Estados Unidos en Centro América desde el punto de vista geográfico o

estratégico, sino que se debía encaminar a obtener un mayor predominio

político, apenas ocupó la Presidencia le dió instrucciones a su vez a su

Secretario de Estado, William J. Bryan, para que conviniera un nuevo

tratado, en el que reproduciéndose las cláusulas del anterior, se

consignasen además las disposiciones de la enmienda Platt.

El Secretario Bryan cumplió dicho encargo y en julio del antes citado

año, fué sometido a la aprobación del Senado un nuevo Tratado, que era

el tercero de los proyectados, y en el cual, después de reproducirse las

cláusulas del último a que nos acabamos de referir, se copiaron los

mismos preceptos de la enmienda Platt, que hacen pesar a los Estados

Unidos en los destinos políticos de Cuba. Nicaragua no podría celebrar

ningún Tratado, por el cual otra potencia menoscabara su independencia y

obtuviera jurisdicción sobre alguna porción de su territorio; no

contraería ninguna deuda para el pago de cuyos intereses y

amortizaciones resultaran inadecuados los ingresos ordinarios de la

nación y se le reconocía, al Gobierno de los Estados Unidos, el derecho

de intervenir para preservar la independencia y mantener un gobierno

adecuado.

Apenas se conocieron los términos de este Tratado, se suscitó contra su

aprobación, por parte de las otras repúblicas Centroamericanas, una viva

oposición. Vieron éstas en dicha convención, un protectorado que habría

de amenazar en el futuro sus respectivas soberanías y que habría de

constituir un obstáculo al proyecto, siempre anhelado, de reunirlas a

todas en una confederación. En el Senado de los Estados Unidos, el

proyecto encontró también oposición. Se dijo allí que el propósito que

perseguían sus autores era en realidad el de proteger a los banqueros

que tenían negocios con el Gobierno de Nicaragua, y desanimado el

Presidente Wilson ante tantos obstáculos, desistió de gestionar su

aprobación.

Al año siguiente, sin embargo, la opinión en los Estados Unidos vió las

cosas bajo un aspecto distinto. La guerra europea, cuyas consecuencias

se desconocían, hizo comprender, dice el escritor H. H. Powers, que la

seguridad de la nación se habría de ver amenazada seriamente, en el caso

de que Nicaragua le concediera a otra potencia el derecho de construir

un canal por su territorio. Fué esta consideración, la que movió al

Presidente Wilson a iniciar nuevas negociaciones a fin de recabar, para

los Estados Unidos, el derecho de construir el referido canal; sin

preocuparse ahora, sin duda para no malograr aquel propósito, de recabar

el derecho de intervención en los asuntos políticos y financieros de la

referida república.

Dichas negociaciones tuvieron efecto en la ciudad de Washington entre el

Secretario de Estado William Jennings Bryan y el Ministro acreditado,

por Nicaragua, Emilio Chamorro, los que dieron cima a sus tareas,

suscribiendo el Tratado de 3 de agosto de 1914. Según esta Convención,

que no fué más que una reproducción del tratado proyectado por Taft a

principios del año 1913, los Estados Unidos adquirieron a perpetuidad el

derecho exclusivo de construir un canal interoceánico, por la vía del

río San Juan y el gran lago de Nicaragua, o por cualquiera otra vía,

adquiriendo también, en arrendamiento, por un término de noventa y nueve

años, prorrogables a otros tantos años, las islas del mar Caribe,

conocidas por "Maíz Grande" y "Maíz Chico", así como un lugar en el

golfo de Fonseca, destinado a base naval; debiendo los Estados Unidos, a

cambio de tales concesiones, satisfacer a Nicaragua la suma de

$3,000.000 que se destinarían a la reducción de la deuda pública.

Costa Rica, Honduras y el Salvador, se opusieron a la ratificación de

este Tratado. Costa Rica adujo sus derechos en el río San Juan, e invocó

además la imposibilidad en que se encontraba el Gobierno de Nicaragua

para concertar tal contrato, sin su anuencia, a virtud del Tratado sobre

límites celebrado entre las dos repúblicas desde 15 de abril de 1858.

Honduras y el Salvador alegaron, que el establecimiento de una base

naval en el golfo de Fonseca, por bañar éste parte de sus respectivos

territorios, violaba sus derechos de condueños sobre dichas aguas, amén

de constituir una amenaza para su seguridad y de entrañar una infracción

del Tratado de 20 de diciembre de 1907 celebrado en Washington por la

Conferencia de la Paz Centroamericana, por iniciativa de los Estados

Unidos y de Méjico y por el que se previó que toda disposición o medida

susceptible de alterar la organización constitucional de cualquiera de

las cinco repúblicas, se consideraría como una amenaza para la paz de

las otras, ya que la posición que se le reconocía por Nicaragua a los

Estados Unidos era tan prominente, que quedaba en manos de éstos, la

soberanía y el orden constitucional de aquella República. No obstante

estas protestas, el Comité de Relaciones Exteriores del Senado aconsejó

la ratificación y ésta tuvo efecto, en dicha Alta Cámara, en 18 de

febrero de 1916, aunque con la siguiente declaración o reserva, con la

cual creyeron los senadores que habrían de disuadir los escrúpulos de

las naciones Centroamericanas:

Entiéndese que al aconsejar y consentir en la ratificación de dicha

convención así enmendada, tal consejo y consentimiento se dan en la

inteligencia de que ha de expresarse como parte del instrumento de

ratificación, que nada en dicha convención lleva en mira afectar

cualquier derecho existente de ninguno de los referidos Estados.

A pesar de que el Tratado a que nos acabamos de referir no contiene

cláusula alguna por la cual se le otorgue al gobierno de los Estados

Unidos la facultad de intervenir en materia de finanzas, de orden

público y de sanidad, no por eso se deja de sentir la influencia de los

Estados Unidos, la que paulatinamente ha ido invadiéndolo todo. Ya desde

antes, la Hacienda pública estaba controlada, según hemos visto, por

unos banqueros neoyorkinos; las tropas de la poderosa República han

desembarcado cada vez que ha sido necesario mantener el orden y para que

se vea hasta dónde ha llegado esa ingerencia, basta con que refiramos

que en las elecciones de 1916, en la que se disputaban la Presidencia

cinco candidatos, el Ministro de los Estados Unidos tuvo a bien declarar

que debían ser excluidos de la contienda los que hubiesen tenido alguna

conexión con el gobierno de Zelaya o hubieran conspirado contra el

Gobierno de Adolfo Díaz, declaración, que al producir el efecto de

descartar a cuatro aspirantes, le dió el triunfo a Emiliano Chamorro,

que contaba con las simpatías del Gobierno de Washington.

Esa conducta fué rectificada después, con motivo de sucesos posteriores,

por la administración del Presidente Wilson. Este, a mediados del año de

1920, hizo, por medio del Ministro en Managua, una declaración

significativa, al menos en la apariencia, de un cambio en la política

seguida en los asuntos nicaragüenses. He aquí dicha declaración:

Representantes de los diferentes partidos políticos de Nicaragua

han hecho repetidas indagaciones en el Departamento de Estado con

el fin de saber si ciertas personas mencionadas serían gratas al

Gobierno de Washington como candidatos a la Presidencia. Para

evitar equivocaciones con referencia a la situación, mi gobierno me

autoriza para declarar que la cuestión de candidaturas para la

Presidencia de Nicaragua, es una cuestión para ser decidida por el

pueblo de Nicaragua en la plena y libre expresión de la opinión

pública.

Las relaciones excepcionalmente estrechas que existen entre

Nicaragua y los Estados Unidos crean en el Gobierno y el pueblo de

los Estados Unidos un profundo y permanente interés en que la

elección presidencial en Nicaragua sea conducida en el más alto

plano, asegurando a todos los sufragantes legales, no sólo la

libertad de opinión, sino la cabal constancia de esa opinión en los

resultados finales.

El Gobierno de los Estados Unidos no ha expresado opinión en cuanto

a las personas que han sido mencionadas como candidatos para la

Presidencia. Su solo interés consiste en que las próximas

elecciones sean caracterizadas por la mayor honradez y libertad;

que se haga un fiel escrutinio de la votación y que el candidato

que reciba el mayor número de votos populares sea declarado el

Presidente electo de Nicaragua.

(F)

La Política de los Estados Unidos en el Continente Americano · 第 72 / 76 题