Habiendo conmovido la reciente contienda mundial todos los principios y
problemas de interés para los pueblos, en unos casos durante la guerra,
en otros cuando la paz se concertó, no era posible que la doctrina de
Monroe, que se refiere a la política de todo un continente, dejase, si
no de ser afectada, de pasar al menos por uno de los períodos más
críticos de su historia. Expondremos en breves palabras lo ocurrido a
este respecto.
Tan pronto como los Estados Unidos figuraron entre los beligerantes, el
Presidente Wilson expuso ciertas ideas, que produjeron el efecto de que
en él se fijase la mirada del mundo entero; hizo concebir la esperanza
de que bajo su inspiración se habría de concertar la paz, en tales
términos, que dicha guerra fuese la última. La paz, decía Wilson, no
debe de ser de retazos y remiendos, producto de la rivalidad egoísta de
los gobiernos: se debe establecer un nuevo orden internacional, por
acuerdo de todas las naciones, y merced al cual, haciéndose el derecho
más eficaz que la fuerza, imponga el respeto a todas las naciones, lo
mismo a las fuertes que a las débiles. Llegado el momento en que cesaron
las hostilidades, los Estados Unidos exigieron, como precio de su
colaboración en la contienda, según expresión de un escritor, que se
concertara la paz a base de aquellos principios, respondiendo a tal
iniciativa el Pacto de la Liga de las Naciones. La esencia de esta
Convención está contenida en su art. 10, por el cual se obligaron las
partes signatarias a respetar y mantener, contra toda agresión exterior,
la integridad territorial y la independencia política de todos los
miembros de la Liga. A tenor de este principio, decía el Presidente
Wilson, la doctrina de Monroe se hace universal, se le ofrece a todos
los pueblos la garantía que le otorga a los de la América dicha
doctrina.
Pero cuando el ilustre estadista dió su primer viaje a los Estados
Unidos mientras se celebraban las conferencias de Versalles, se dió
cuenta de que existía en dicha República el temor de que la aprobación
de la Liga, al suponer la adopción de una política más amplia y general
que la que envuelve la doctrina de Monroe, impusiera la renuncia a
mantener esta última. No parecía discreto que se aventurase la
existencia de un principio que tanto significaba para los
norteamericanos, en aras de una alianza cuyo éxito no se podía asegurar.
El Presidente Wilson creyó que daba satisfacción cumplida a la opinión,
insertando la cláusula contenida en el art. 21 del Pacto de la Liga de
las Naciones y a tenor de la cual, ninguna de las estipulaciones
contenidas en el convenio, se consideraría como incompatible con la
doctrina de Monroe.
Los adversarios del Presidente estimaron que esta declaración no era
suficiente. El Partido Republicano, por boca de sus leaders en el
Senado, se manifestó contrario, decididamente, a que los Estados Unidos
figurasen en la Liga de las Naciones y a virtud de esta oposición, al
someterse a dicho alto cuerpo el Tratado de Paz, no alcanzó los
sufragios necesarios para ser aprobado.
Así las cosas, sobreviene la última campaña presidencial y uno de los
puntos de divergencia entre los Partidos fué el relativo a la
aprobación del Tratado. Por ella estaban los demócratas, que querían
hacer buena la labor de Wilson, mientras que los republicanos la
combatían con denuedo. Triunfantes estos últimos, se han limitado a
declarar que existe un estado de paz con Alemania y Austria Hungría.
Fieles al viejo principio del "aislamiento" han preferido hacer la paz
en esa forma, antes de entrar en pactos y alianzas con las naciones del
otro hemisferio.