VERDADERA SIGNIFICACIÓN DE LA DOCTRINA DE MONROE.

Los hechos que han sido objeto de los capítulos anteriores, en los que

se ha expuesto cómo surgió la Doctrina de Monroe y cómo se la ha

aplicado, evidencian, sin lugar a dudas, que nació y vive dicha doctrina

por el interés y para la seguridad de la República Norteamericana. Así

se reconoce en el Mensaje de Monroe; así se consigna en despachos

oficiales, según se ha visto; así lo han proclamado los tratadistas y

escritores que han estudiado esta materia.

Desde los mismos días de la fundación de la República Norteamericana,

sus estadistas se dieron cuenta de que el bienestar, la paz y la

seguridad de la nación iban a depender, en gran parte, de que los otros

territorios de la América no fueran campo de la colonización o de la

expansión europea; y en verdad que no se equivocaron. Si las naciones de

Europa hubieran hecho a la América teatro de su expansión y de sus

luchas, por lo pronto los Estados Unidos se hubieran visto obligados a

perder su estructura de nación eminentemente industrial y comercial,

para convertirse en potencia militarista. "Nos hubiéramos visto

obligados--como dijo Olney en su famosa nota a Lord Salisbury--a

armarnos hasta los dientes; y al tener que ingresar nuestra juventud en

la Marina o en el Ejército, la habríamos distraído de las industrias de

la paz, suprimiendo, en gran parte, nuestra poderosa energía

productora."

Por lo demás, los principios en que se inspiró la Doctrina de Monroe no

encierran ninguna novedad. Guardan cierta analogía con aquellos que

constituyen el sistema político de Europa, que se ha denominado

"Equilibrio Político", y según el cual la fuerza entre los Estados se

debe contrabalancear, evitando que uno de ellos se engrandezca en forma

tan excesiva que constituya una amenaza para la seguridad y los derechos

de los otros.

El "equilibrio europeo" surgió como una reacción contra la política

agresiva iniciada por Luis XIV; y aunque unas veces se ha roto, y otras

ha sufrido múltiples vicisitudes, las naciones de Europa han puesto

siempre gran empeño en mantenerlo; hasta el punto de que al distribuirse

entre ellas, durante el siglo pasado, algunos territorios de Africa, de

Asia y de Oceanía, o al llevar a otros sus "esferas de influencia", se

han tenido en cuenta, para contrabalancearlas, las fuerzas que mantienen

dicho equilibrio.

Eso mismo se quiso evitar con la Doctrina de Monroe. La seguridad y la

paz de los Estados Unidos quedaban garantizadas si se impedía que las

grandes potencias europeas convirtieran el suelo americano en nuevo

elemento que aumentara sus fuerzas y que acrecentara sus rivalidades.

Pero, obsérvese esta diferencia: mientras el "equilibrio europeo" no

tiene más finalidad que la de la propia conveniencia de las naciones que

lo mantienen--que no han tenido escrúpulo en recurrir, cuando lo han

juzgado preciso, nada menos que a la represión de toda aspiración

democrática, como hizo la Santa Alianza en 1815--, la Doctrina de Monroe

ha podido promover ajenos intereses; ha podido producir el efecto de

mantener la independencia de otros Estados, que por sí solos quizás no

hubieran podido defender el gobierno propio.

Esta manifestación nuestra será tal vez acogida con gesto de desdén o de

desagrado por los escritores, nacidos en otros pueblos de nuestra habla,

que se indignan ante quienes, observando la realidad sin prejuicios ni

apasionamientos, reconocen los grandes beneficios que de la Doctrina de

Monroe han derivado las Repúblicas hispanoamericanas. Nada más que

empeñándose en cerrar los ojos a la realidad, puede ésta ser

desconocida. Si los casos en que el Gobierno de Washington ha detenido

la acción de las naciones europeas seducidas por las riquezas de los

territorios de América, de que se encuentran muchos ejemplos en el

capítulo precedente, no le pareciese a dichos escritores una

demostración elocuente de nuestra afirmación, les aconsejamos que

aparten la vista de este Continente y la fijen en Africa o en Asia, y

observen lo que han hecho los europeos en estas partes del mundo,

durante el siglo pasado especialmente.

En Africa no existen más Estados independientes que Marruecos, Abisinia,

Liberia y El Congo, con una extensión superficial de 3,736.600

kilómetros cuadrados y unos 38,000.000 de habitantes; mientras que las

colonias europeas ocupan un área de unos 26,000.000 de kilómetros, con

una población de más de 110,000.000 de habitantes; y con respecto al

Asia, de los 825,000.000 de habitantes que la pueblan, según datos que

tenemos a la vista, 430,000.000 habitan en los Estados independientes y

los 395,000.000 restantes, en las posesiones extranjeras. Nada ha

podido, pues, detener la expansión de las naciones de Europa en las

otras partes del mundo; y ofreciendo, como ofrece, la América mayores

riquezas que aquellos continentes y, en consecuencia, mayores

alicientes, cabe preguntar: ¿qué cosa hubiera impedido a dichas naciones

repartirse la América en la forma en que se repartieron el Asia y el

Africa? ¿Qué otra fuerza, qué otro principio, de no ser el que encierra

la Doctrina de Monroe, ha podido detener la ambición de las naciones

europeas? Confesamos que no los conocemos; pero estamos seguros de que

no se han detenido por falta de deseos ni de recursos.

CONTRIBUYÓ A DARLE POPULARIDAD Y FUERZA, LA CIRCUNSTANCIA DE QUE

DEFENDIERA EL PRINCIPIO DEL GOBIERNO PROPIO.

No porque la Doctrina de Monroe haya sido promulgada por exigirla la

conveniencia de la nación norteamericana, podemos encogernos de hombros

ante quienes nos hablen de gratitud hacia los Estados Unidos, aduciendo

que los beneficios alcanzados por estas Repúblicas los han obtenido de

rechazo; pero no porque esa fuera la intención del Gobierno de los

Estados Unidos. No; cuando el Presidente Monroe envió al Congreso su

famoso Mensaje, concurrieron determinadas circunstancias que provocan

nuestra gratitud hacia el pueblo norteamericano. Veamos en lo que nos

fundamos para hacer esta afirmación. En los tiempos en que se promulgó

dicha Doctrina, los Estados Unidos estaban muy lejos de ser un factor

importante en los destinos del mundo; pero la sagacidad de los

estadistas de aquella época, anticipándose a los acontecimientos, quiso

asegurar el porvenir de la nación evitando que los territorios de

América fueran objeto de la expansión de Europa. Aquellos hombres vieron

las cosas con claridad: se inspiraron en los grandes intereses de los

Estados Unidos, más importantes para el futuro que por el momento. Pero

el pueblo, que por lo regular sabe sentir, más bien que pensar, no se

deslumbró tanto por ese aspecto, que se podía escapar a su vista, como

por este otro que lo atrajo y sedujo: la Doctrina iba a defender, desde

aquel momento, el principio del gobierno propio en los pueblos del

continente americano; principio por el cual los norteamericanos acababan

de luchar y del que iban a ser en lo adelante los más esforzados

defensores.

A ese sentimiento, a esa simpatía del pueblo por la causa del gobierno

propio, de la que constituyen buena prueba las propias Repúblicas de

Hispanoamérica--simpatía que no se supo disimular durante las luchas de

Italia, de Grecia, de Hungría, y de otras nacionalidades que no son

americanas, por la libertad--, se debe, en gran parte, la popularidad de

la Doctrina; que ha arraigado tan hondamente en la conciencia pública,

como algo vinculado en la vida misma de la nación, que un escritor ha

podido decir que la devoción de los norteamericanos hacia ella es algo

así como un "fetichismo".

EL MANTENIMIENTO DE LA DOCTRINA DE MONROE ES SIEMPRE DE ACTUALIDAD PARA

LOS ESTADOS UNIDOS.

No fué la idea de la defensa del principio del gobierno propio la única

que le dió popularidad a la Doctrina de Monroe. Ya antes vimos que

surgió dicha Doctrina dentro del ambiente de opinión según el cual los

dos continentes eran cosas completamente distintas, separados idealmente

por una línea trazada en el Océano, y que de ese orden de ideas surgió

la doctrina de "las dos esferas", de la cual la de Monroe, en cierto

modo, no era más que una aplicación. Se pensaba entonces que si la

Providencia había formado dos mundos diferentes, en los que se

gobernaban los hombres por principios y sistemas distintos, los del uno

no podían mezclarse en el gobierno ni en las cosas del otro.

Ya ese estado de opinión pasó a la historia. Poco a poco el tiempo ha

ido borrando la línea que separaba los dos continentes, y hasta el

gobierno popular, que se creyó era patrimonio de los gobiernos de

América, está más caracterizado en algunas monarquías de Europa, que en

muchas repúblicas de nuestro Continente. Los Estados Unidos, dice el

Profesor Coolidge, están más cerca, en todos los órdenes, de Europa que

de la América del Sur; y nadie puede negar que guarda más semejanza un

norteamericano con un inglés, con un alemán, con un francés o con un

ruso, que con un mejicano, un peruano o un brasileño. Es lo singular que

no es Europa la que ha borrado esa línea, mezclándose en los asuntos de

América: es la nación norteamericana (es decir la misma que discurrió lo

de "las dos esferas") la que ha tomado acción en muchos asuntos del

viejo continente. En 1885, los Estados Unidos toman parte en la

conferencia de Berlín, en la que se acordó fundar el estado libre del

Congo; en 1898 ocupan a Hawai, por una causa, y por otra distinta a las

Filipinas; y poco tiempo después toman una participación directa en los

asuntos de China; en 1906, al tomar parte en la Conferencia de

Algeciras, intervienen en los asuntos de Marruecos, y hasta han mediado

en los que son genuinamente europeos: la Secretaría de Estado protestó

contra los atropellos de que fueron víctimas los judíos en Rumania, y

protestó también, ante el Gobierno de Rusia, por los asesinatos

cometidos en Kishinew.

El hecho de que el progreso en el orden comercial, en el político y en

el científico, el cosmopolitismo, en una palabra, nos haya llevado y nos

siga conduciendo de manera lenta, pero segura, al acercamiento de los

dos continentes, ha impresionado a muchos escritores hasta el punto de

que llegan a decir que no se explican por qué razón, cuando tal

acercamiento ocurre, los Estados Unidos se aferran en el mantenimiento

de la Doctrina de Monroe, hija, si cabe la expresión, de la de "las dos

esferas" o del "aislamiento", ya tan caduca.

Todo esto tiene una explicación, que se deriva de lo que antes, en este

mismo capítulo, hemos dicho: la Doctrina de Monroe se enunció por y para

la conveniencia de los Estados Unidos; y aunque los pueblos de Europa se

asemejen en muchos de sus aspectos a los de América y se acerquen a los

mismos, en muchos órdenes, ese acercamiento no podrá nunca revestir la

forma de dominación de aquéllos sobre éstos, porque, desde el momento en

que tal cosa ocurriese, los Estados Unidos perderían la posición

privilegiada que ocupan en el mundo.

En esto precisamente estriba el mérito grande de los estadistas que

concibieron la Doctrina de Monroe. Dando muestras de gran sagacidad, de

verdadera perspicacia, la idearon para que rigiera en todos los tiempos,

a despecho de que variaran, como han variado, las circunstancias que los

decidieron a establecerla. Ya la "Santa Alianza" desapareció; pero han

surgido después, y no han desaparecido, otros peligros. Los enormes

armamentos de las potencias europeas y su ambición desmedida de

establecer nuevas colonias, han sido un peligro constante que los

Estados Unidos no han perdido de vista; y hasta los mismos malos

gobiernos de algunas Repúblicas americanas, en sus cuestiones y enredos

con las cancillerías europeas, originadas muchas de esas cuestiones por

litigios derivados de las célebres "concesiones" de explotaciones de

minas, tierras, ferrocarriles, etc., a extranjeros, se han encargado de

darle una constante actualidad a la "doctrina" que nos ocupa.

A los que piensan y dicen que ya América nada tiene que temer de Europa,

les aconsejamos que observen el ejemplo de Asia y de Africa, a que antes

nos referimos.

La Política de los Estados Unidos en el Continente Americano · 第 43 / 76 题