Alarmado el Gobierno de Méjico ante los propósitos de adquirir a Tejas,

revelados por el de Washington, y pensando sin duda en que dichos

propósitos tenían su antecedente en el hecho de que aquel Estado tuviera

en lo social y en lo económico más conexiones con los Estados Unidos que

con la República azteca, en 1830 prohibió la entrada de nuevos colonos

americanos, canceló las concesiones de terrenos otorgadas a ciudadanos

de los Estados Unidos y estableció una tarifa de aduana para los

productos procedentes de la Unión, que hasta entonces no devengaban

derechos de importación. Estas medidas, y la de abolir la esclavitud,

adoptada el año anterior, causaron gran disgusto entre los

norteamericanos residentes en el país, quienes al tomar la resolución de

no dar la libertad a sus esclavos, se colocaron, de hecho, en una

situación revolucionaria.

La abolición de la esclavitud en Méjico impresionó grandemente al

elemento residente en los estados del Sur de la República

norteamericana, empeñados en mantener aquella odiosa institución. Se

daban cuenta los esclavistas de que no les convenía quedar colocados,

como ahora lo estaban, entre territorios antiesclavistas; y de esa

preocupación nació después en dichos elementos la idea de separar a

Tejas de la confederación mejicana.

Más les interesaba a los esclavistas que Tejas fuera anexado a los

Estados Unidos, que no que se convirtiera en una República

independiente. Anexándola a los Estados Unidos, era fácil convertirla en

uno o en varios Estados, y era para los del Sur de vital interés la

entrada de nuevos estados esclavistas, a fin de contar con mayoría en el

Congreso. Una ligera reseña sobre el estado de ese asunto en aquella

época, nos lo habrá de explicar.

En los estados del Norte no hubo dificultad para hacer desaparecer la

esclavitud, pero en los del Sur, dedicados a cultivos extensivos,

principalmente el del algodón, resultaba muy apreciado el trabajo de los

negros esclavos. De hecho se había establecido una especie de equilibrio

político, entre unos y otros estados, a fin de que ninguno de los dos

grupos llegara a ejercer un completo predominio.

Cuando se trató de formar el Estado de Maine, se opusieron los del Sur,

dado que los votos de ese nuevo estado, en el Congreso, daban mayoría a

los contrarios de la esclavitud. Debido a eso los esclavistas se

opusieron a la admisión del nuevo estado, a menos que Missouri, que

había de ser esclavista, no fuese también admitido como otro estado. La

cuestión conmovió a todo el país, y al fin, a manera de transacción, se

adoptó el famoso "compromiso de Missouri", que consistió en aceptar el

paralelo 36° 30' como línea divisoria entre los estados esclavistas y

los antiesclavistas. Este "compromiso" se adoptó en 1820; pero si se

recuerda que en 1803 había sido comprada la Louisiana, y si por otra

parte se observa la configuración que tenía ésta, se verá que era mucho

mayor la parte de la misma situada al norte de dicho paralelo, que la

colocada al sur de él. Al norte de esa línea había una extensión de

964,667 millas cuadradas, mientras que la del sur era tan sólo de

224,667.

Había, pues, más campo para formar estados antiesclavistas que

esclavistas; de aquí que la anexión de Tejas fuera de gran interés para

estos últimos.

No por esto se ha de entender, ha dicho Roosevelt, que el único factor

que influyó para la separación de Tejas de la confederación mejicana,

fué la gestión de los esclavistas. Tanto como este factor influyó en ese

suceso el afán desmedido por adquirir nuevas tierras, que ha

caracterizado siempre a los habitantes del Oeste, quienes juzgaron como

un estorbo a sus propósitos y planes, primero, la ocupación del valle

del Mississippi por los franceses, y después la de los territorios que

baña el río Grande por los descendientes de los españoles. Pero hay aún,

agrega después, un argumento mucho más trascendente y en presencia del

cual cede el interés de todos los demás: la lucha entre las dos razas y

la imposibilidad de que los mejicanos, que eran incapaces de gobernarse

por sí mismos, pudieran gobernar a otro pueblo.

Desde 1833 Méjico era presa de una revolución. La nación toda, incluso

Tejas, estaba sumida en el mayor desorden. En 1835 el general Santa

Anna, Presidente de la República, pudo abatir la revolución en todo el

país, menos en Tejas. Los revolucionarios, en aquel entonces, no

aspiraban a la independencia. Abogaban solamente porque el Estado

tuviera los fueros reconocidos por la Constitución federal de 1824 y

suprimidos por el gobierno militarista y centralizador de Santa Anna.

Así lo proclamó la convención que en 17 de octubre de 1835 se reunió en

San Felipe de Austin. Si en aquellos momentos el Gobierno de Méjico

hubiera sabido o podido desenvolver una política prudente y justa en los

asuntos de Tejas, probablemente las cosas no habrían llegado donde

llegaron.

En el mes de marzo del año 1836 se reúne una nueva Convención en

New-Washington. De los cincuenta y ocho miembros que la formaron, sólo

había tres mejicanos; los demás eran anglo-americanos. Esta vez se

declaró la independencia y se adoptó una Constitución, por la que se

previno la organización del gobierno. Se formaron tres poderes: el

Ejecutivo, que sería ejercido por un Presidente, el Legislativo, que

habría de residir en dos Cámaras, y el Judicial. Se abolieron los

privilegios y los títulos de nobleza y se adoptó la "common law" inglesa

como base del derecho privado. Por esta Constitución, además, se

autorizaba la esclavitud y se prohibía la entrada de los negros libres.

El general Santa Anna, poniéndose al frente de un ejército, fué a

combatir a los revolucionarios, quienes recibían recursos, en armas y

hombres, de diversas poblaciones de los Estados Unidos. Al principio la

suerte fué favorable a los mejicanos, pero después les volvió la

espalda; y atrocidades como el fusilamiento de todos los prisioneros

hechos en "El Álamo", sólo sirvieron para aumentar el ardor bélico de

los tejanos.

En 27 de abril del propio año libróse en San Jacinto la batalla decisiva

de la guerra. El ejército mejicano fué completamente derrotado,

figurando entre los prisioneros, hechos por los tejanos, el propio

general Santa Anna. En esa fecha se puede decir que quedó decidida la

suerte de Tejas, perdida ya por siempre para Méjico. El día 14 de mayo

se suscribió el tratado de Velasco en el que no sólo se puso fin a la

contienda, sino que se reconoció por el Presidente Santa Anna la

independencia de Tejas. Esta última estipulación, por sugestión de Santa

Anna, se debía mantener en secreto. Quizás porque no quería que la

nación tuviera conocimiento de ella, hasta tanto él estuviera de regreso

en la capital y pudiera tomar medidas que evitaran que al conocerse

semejante noticia produjera tan mal efecto que lo derribaran del poder;

quizás porque pensaba burlarse del tratado después que recobrara su

libertad. El Congreso de Méjico se enteró del tratado; rechazó lo hecho

por Santa Anna y mandó continuar la guerra.

Apenas suscrito el tratado de Velasco, Burnett, Presidente de Tejas, se

dirigió públicamente al pueblo de los Estados Unidos pidiéndole el

reconocimiento de la nueva República. Esta apelación fué acogida por los

estados esclavistas, los que a su vez se dirigieron al Congreso

excitándolo a que hiciera dicho reconocimiento. Aparentemente no se

trataba más que de un acto de la soberanía nacional: el reconocimiento

de un nuevo estado; pero en el fondo, y era esto lo más importante,

tratábase de una nueva batalla que pretendían librar los esclavistas. El

"compromiso de Missouri", dice el escritor Edmund J. Carpenter, fué el

primer episodio de la gran controversia esclavista; el reconocimiento de

Tejas iba a ser el segundo.

En el Senado se inició un extenso debate sobre el asunto, en el que se

distinguieron, entre otros, Daniel Webster, Walker y Porter. El tono de

los discursos revela que por parte de casi todos había la mejor voluntad

hacia la nueva República, pero que se temía, por no haberla reconocido

Méjico, que al darse ese paso se rompieran las relaciones con esta

nación. El Comité de asuntos exteriores del Senado, al que fueron

enviadas para su dictamen todas las peticiones relacionadas con el

reconocimiento de Tejas, propuso a dicho alto Cuerpo, en 20 de junio de

1836, una resolución que fué aprobada y que era algo así como un compás

de espera, según se ve en su parte dispositiva, que rezaba así:

Se resuelve declarar que los Estados Unidos reconocerán la

independencia de Tejas tan pronto como se obtengan informes de que

en dicho país se ha establecido un gobierno de carácter civil,

capaz de cumplir con los deberes y obligaciones inherentes a las

naciones independientes.

En 21 de diciembre de 1836, el Presidente, en un mensaje especial, dió

cuenta al Congreso de la información que le había suministrado Henry M.

Morfit acerca de la situación de Tejas; aconsejando, al mismo tiempo,

que no se hiciera el reconocimiento de la independencia. Después de

hacer alusión a que los Estados Unidos habían adoptado por sistema no

reconocer la independencia de ninguna colonia, hasta que su separación

no fuese un hecho sin disputa, se extendía en estas consideraciones:

Median circunstancias, en las relaciones entre los dos países, que

exigen que en este caso seamos más cautos que en ningún otro. Tejas

ha sido reclamado como parte de nuestro territorio, y aun en

nuestros tiempos muchos de nuestros conciudadanos siguen pensando

en que debe integrarlo. Gran número de sus habitantes son

emigrantes de nuestro país, hablan nuestra lengua, profesan

nuestros principios políticos y religiosos y están unidos a muchos

conciudadanos nuestros por lazos de parentesco y amistad; y, sobre

todo, es sabido que el pueblo de ese país ha establecido un

gobierno a semejanza del nuestro, y que después de vuestra última

sesión ha resuelto pedirnos, tan pronto reconozcamos la

independencia, su admisión como un Estado de la Unión. Esta última

circunstancia, por su delicadeza y gravedad, tiene que preocuparnos

grandemente. Tejas nos pide que reconozcamos la independencia, y

sabemos que ese reconocimiento es el antecedente de la anexión.

Debemos, pues, proceder con gran cautela, a fin de que no se piense

que si reconocemos los derechos de nuestros vecinos es con miras

interesadas.

La prudencia parece dictar, por consiguiente, que seamos cautos y

que sostengamos nuestra actual actitud, hasta que Méjico mismo, o

alguna de las grandes potencias, reconozca el nuevo gobierno, o al

menos hasta que el transcurso del tiempo o el curso de los

acontecimientos hayan demostrado evidentemente la habilidad del

pueblo de ese país para mantener su soberanía independiente y

conservar el gobierno por él establecido.

Si observamos esta conducta, ninguno de los contendientes tendrá

derecho a quejarse. Si la seguimos, continuaremos observando

nuestra tradicional política, esa que nos ha dado respeto e

influencia en el exterior y completa confianza en casa.

Poco tiempo después, o sea en 18 de enero de 1837, el Presidente Jackson

remitió al Senado copia de una carta que desde su prisión en Columbia,

Tejas, le había dirigido en 4 de julio de 1836 el general Santa Anna, y

de su contestación de 4 de septiembre.

El general Santa Anna decía en dicha carta que a pesar de su convenio

con los tejanos, según el cual él debía regresar a Méjico, desde donde

podía hacer que se respetaran las estipulaciones que había celebrado, se

le mantenía en prisión; y que mientras tanto el Gobierno de Méjico,

ignorante de lo que pasaba, había resuelto continuar la guerra; y le

pedía a Jackson que promediara, que les hiciera ver a los tejanos el

deber en que estaban de dejarlo regresar a Méjico, en la seguridad de

que si esto se hacía habían de terminar los horrores de la guerra.

Consistían las estipulaciones aludidas, y que no se expresaba cuáles

eran, en el reconocimiento, que había hecho Santa Anna en el tratado de

Velasco, de la independencia de Tejas, que se debía mantener en secreto

hasta tanto que él estuviera de regreso en Méjico.

El Presidente Jackson hubo de contestar al general Santa Anna que en

cualquier circunstancia le sería muy grato evitar una guerra, pero que

su gobierno había sido notificado por el de Méjico de que mientras él se

encontrara prisionero, de sus actos no se podía derivar compromiso

alguno para los mejicanos.

Por esta misma época el Presidente Jackson envió a la frontera tejana al

general Gaines, a fin de evitar las incursiones de los indios. Esto no

era más que un pretexto, dice el escritor Edmund J. Carpenter, antes

citado en su obra _El Avance Americano_; en realidad esa medida se

adoptó de acuerdo con el general Houston, que había sucedido a Burnett

en la Presidencia de la República Tejana. El Ministro de Méjico en

Washington, Eduardo Gorostiza, protestó de tal medida, pidiendo se

retiraran de las fronteras las fuerzas del general Gaines; y como fuera

rechazada esta petición, tanto por este hecho como por el de que

públicamente se alistaran hombres en Nueva Orleans para engrosar las

filas tejanas, dicho Ministro hubo de retirarse.

En los mismos días en que ocurría en Washington este incidente

diplomático, se desarrollaba en Méjico otro de la misma naturaleza entre

el Gobierno de dicha República y Powhatan Ellis, Encargado de Negocios

de los Estados Unidos, y el cual, al producir el mismo resultado que

aquél--la retirada del representante diplomático--, hizo que se

completara de esa manera la ruptura de las relaciones entre los dos

países. Tratábase de ciertas reclamaciones relativas a perjuicios

causados a varios ciudadanos de los Estados Unidos, en sus personas e

intereses, de que se hacía responsable al Gobierno de Méjico, y acerca

de los cuales éste, por lo visto, no quería tratar.

El Presidente Jackson se refirió a este asunto en un Mensaje que dirigió

al Congreso en 6 de febrero de 1837. Pidió por dicho documento que se

votara una ley autorizando las represalias y facultándolo para usar de

la marina de guerra, a fin de hacer valer las reclamaciones, por la

fuerza, en el caso de que el Gobierno de Méjico no conviniera en

someterlas a un arbitraje.

Cuando estas noticias sobre la ruptura de las reclamaciones diplomáticas

con Méjico llegaron a conocimiento del Congreso, produjeron el efecto de

excitar a los esclavistas, partidarios como eran del reconocimiento de

la independencia de Tejas. En el mismo mes a que nos acabamos de referir

presentóse una moción en la Cámara de Representantes concediendo un

crédito con que atender a los gastos de un representante diplomático en

Tejas. Dicha moción fué defendida vigorosamente por Bynum, de Carolina

del Norte, y por otros Representantes, y atacada por John Quincy Adams y

Samuel Hoar, de Massachusetts, quienes expresaron, entre otras cosas,

que la finalidad que se perseguía no era la de reconocer la

independencia, sino la de llegar después a la anexión; que no se podía

sostener que Méjico no se pudiera reponer de sus quebrantos y

restablecer su autoridad en Tejas, y que la facultad de reconocer los

nuevos estados era de la incumbencia del Poder Ejecutivo. Esta fué la

fórmula que en definitiva se adoptó: en 28 de febrero se aprobó una

moción facultando al Presidente para hacer el reconocimiento, y el 3 de

marzo el general Jackson envió al Senado el nombramiento de Alcee la

Branche como Encargado de Negocios en la República de Tejas. Al día

siguiente Jackson debía cesar en su elevado cargo; quiso, sin duda, que

dicho reconocimiento fuera obra de su gobierno.

Pasó algún tiempo, y como el Gobierno de Méjico no pudo restablecer su

autoridad en Tejas, a los tres años de aquella fecha los Gobiernos de

Inglaterra, Francia, Bélgica y Holanda ya habían reconocido la nueva

República.

No quedaría completa esta relación si no nos refiriéramos, antes de

seguir adelante, a la verdadera posición del Presidente Jackson ante el

conflicto tejano. Si examinamos su actuación según lo que rezan los

documentos oficiales, se ve que se redujo a observar la más estricta

neutralidad; pero si tenemos en cuenta otros antecedentes, que

trascendieron al dominio público, se echa de ver que su conducta no

guardaba relación con sus palabras: que mientras en mensajes y

manifiestos proclamaba la neutralidad, indirectamente era un colaborador

decidido de los revolucionarios tejanos.

Ningún testimonio más elocuente que el del propio Jackson. Varios años

después de haber abandonado la Presidencia, en una carta dirigida a

William B. Lewis le decía: "Después de la batalla de "San Jacinto", puse

todo mi empeño en que se reconociera la independencia de Tejas, como

medio de admitirla después en la Unión, pero las maquinaciones de Adams

me impidieron realizar ese propósito."

Los escritores norteamericanos que se ocupan en estos asuntos, convienen

en que el envío del general Gaines a la frontera no tuvo justificación,

que las demandas formuladas al Gobierno de Méjico, por medio del

Encargado de Negocios Powhatan Ellis, no fueron más que un ardid para

provocar una guerra; y en que de haberlo podido impedir las autoridades,

no se hubiera dado el caso de que en los puertos del Sur se equiparan

las expediciones destinadas a auxiliar a la revolución.

Carpenter, en su obra antes citada, al referirse al Mensaje presidencial

de 21 de diciembre de 1836, cuyos párrafos más esenciales antes

transcribimos, y al aludir a la neutralidad que según dicho Mensaje

debían guardar los Estados Unidos a fin de no provocar el enojo de

Méjico, hace este comentario:

Aparentemente, según dicho Mensaje, el Gobierno tenía el propósito

de proceder con verdadera cautela en el asunto de la independencia

de Tejas. No se le quería causar ofensa alguna al Gobierno de

Méjico, pero en el Norte se pensaba por todo el mundo,

especialmente por los antiesclavistas, que las palabras del

Presidente no eran sinceras. En primer lugar, una gran parte de la

población de Tejas estaba formada por emigrantes del Sur de los

Estados Unidos, y con este elemento se había formado casi todo el

ejército tejano. En Nueva Orleans se reclutaban hombres

públicamente para dicho Ejército, sin que las autoridades

realizaran el menor esfuerzo para impedirlo; y, sobre todo, se

sabía hasta la saciedad que la verdadera causa de la revolución

tejana reconocía su origen en el hecho de que el Gobierno mejicano

había decretado la abolición de la esclavitud.

Hechas estas breves indicaciones acerca de la verdadera actuación de

Jackson en los asuntos tejanos, sigamos nuestra relación en el punto en

que la dejamos: en el momento en que dicho Presidente reconocía la

independencia de Tejas, la víspera de cesar en su cargo, en el que había

de sustituirlo quien era de esperar que, por haber sido un colaborador

de su Gobierno, habría de seguir su misma conducta política: Martin Van

Buren.

Apenas reconocida la independencia de Tejas, su legislatura facultó al

Presidente de la República para gestionar su admisión en la Unión; y

habiendo recibido instrucciones en tal sentido Menucan Hunt, Ministro

Plenipotenciario en Washington, este funcionario depositó una nota en la

Secretaría de Estado, en 4 de agosto de 1837, formulando aquella

pretensión. Transcurrió todo el mes de agosto sin que por la Secretaría

de Estado se hiciera público el asunto, ni se tomara decisión alguna. En

4 de septiembre el Presidente convoca al Congreso a una sesión especial

para tratar de diversos asuntos, y nada dice acerca de éste; pero, ya

reunidas las Cámaras, John Quincy Adams, representante por

Massachusetts, en 13 de ese mes interesó que por el Presidente de la

República se informara acerca de si el Gobierno de Tejas había propuesto

la anexión, y, en caso afirmativo, lo que se hubiere contestado.

Apoyó Adams su petición con un discurso en el que sostuvo que sólo el

pueblo de los Estados Unidos directamente, de una parte, y el de Tejas,

de la otra, podían resolver lo de la anexión, y que ésta constituía un

problema tan grave, que una gran parte de la opinión prefería que se

disolviera la Unión antes de que se consumara ese hecho. Por estos

mismos días se reunieron las legislaturas de ocho Estados, declarándose

también contrarias a la anexión; y en vista, sin duda, de todo esto,

antes de que transcurriera el citado mes, el Secretario de Estado, John

Forsyth, le contestaba al diplomático tejano que ni la proposición en

cuestión, ni ninguna otra por su estilo, sería tomada en consideración

mientras no cesara el estado de guerra existente entre Méjico y Tejas.

Este incidente, al poner sobre el tapete la cuestión de Tejas, produjo

el efecto de despertar las iniciativas de los esclavistas. Si hubo

Estados que se significaron contra la anexión, en cambio otros, como los

de Tennessee, Alabama, Mississippi y Carolina del Sur, abogaron por

dicha solución. John C. Calhoun figuraba como leader de los

anexionistas. Desde mayo del año anterior, es decir, a raíz de la

batalla de San Jacinto, había declarado que los Estados del Sur

necesitaban a Tejas indispensablemente, como único medio de no ser

aniquilados por los del Norte. Ahora se mostraba más radical aun: hay

que escoger, decía, entre la anexión o la secesión.

Los esclavistas echaron sobre Adams la responsabilidad de que el

territorio de Tejas no perteneciera a los Estados Unidos. Dicho

territorio, decían, por haber formado parte siempre de la provincia

española de la Louisiana, fué adquirido en 1803, cuando Jefferson compró

dicha provincia; pero había sido devuelto a España en 1819, en el

tratado de la Florida, efectuado bajo la dirección de Adams, al fijar a

los Estados Unidos como límite por el Oeste el río Sabina. Suponían que

Adams, al proceder de esa manera, se había inspirado en el propósito de

impedir, por ese medio, que se formaran nuevos estados esclavistas; e

invocaban el testimonio de Erving, Ministro que había sido en Madrid

cuando se negociaba el tratado de la Florida, y que había declarado que

si esas negociaciones se hubieran concluído en aquella Capital, o, por

mejor decir, donde se iniciaron, y no hubiesen sido llevadas después a

Washington, donde fueron concluídas, España hubiera convenido en el

dominio de los Estados Unidos sobre Tejas, desde el momento en que él

hubo conseguido que se reconociera el río Grande como lindero.

Es por esto por lo que los anexionistas adoptaron como lema la palabra

"reanexión"; pero lema, dice Roosevelt, que no era más que el barniz de

derecho con que querían cubrir sus pretensiones. Tenemos que

reanexarnos, decían, el territorio que es nuestro y de que nos ha

privado la maldad de un estadista del Norte. Se olvidaban los acusadores

de Adams de que, según dijimos antes, siendo éste Presidente de la

República había iniciado gestiones para obtener de Méjico la cesión de

Tejas, y que anteriormente, como Secretario de Estado, en la época de la

presidencia de Monroe, quiso demandarle a España el reconocimiento del

dominio de los Estados Unidos, oponiéndose sus compañeros de Gabinete, y

el propio Monroe, a que se formulara semejante pretensión.

No se arredró el insigne ex Presidente ante las imputaciones de sus

adversarios. En junio de 1838 presentó en la Cámara de Representantes la

siguiente moción:

Se resuelve que la facultad de anexar a esta Unión un estado

independiente, no está delegada por la Constitución en el Congreso,

ni en ningún otro Departamento del Gobierno, sino que es privativa

del pueblo; y que cualquier tentativa del Congreso para realizar la

anexión de la República de Tejas, ya se intente efectuarla por

medio de una ley o por medio de un Tratado, ha de constituir una

usurpación de poder, un acto ilegal y nulo, que el pueblo libre de

la Unión tendrá el derecho de resistirla y el deber de anularla.

Adams, en defensa de esta moción, pronunció un discurso que por su

resonancia, por el efecto que produjo, se puede decir que hizo época,

hasta el punto de que en tres años, hasta que expiró el mandato de Van

Buren, no se volvió a hablar de la anexión. Sus adversarios han negado

tal cosa, atribuyendo este hecho al propósito, que se hizo Van Buren, de

no darle oídos a nada que se relacionase con la anexión de Tejas,

mientras entre ésta y Méjico existiera un estado de guerra.

En 4 de marzo de 1841, ocupó la Presidencia de la República William

Henry Harrison. Dados sus antecedentes, su amistad personal e

identificación política con Adams, se pensó que no cambiaría de aspecto

la cuestión tejana; pero al mes de ocupar el cargo lo arrebató la

muerte, y fué sustituído por John Tyler, virginiano y de ideas opuestas

a las suyas. Procedía Tyler, políticamente, de elementos que se habían

significado como esclavistas genuinos, y se recordaba que siendo Senador

había sostenido que el Congreso carecía de atribuciones para prohibir la

esclavitud en ningún territorio. Todo esto presagiaba que no había de

transcurrir mucho tiempo antes de que se agitara la opinión y se

planteara de nuevo la anexión de Tejas. La ocasión era propicia para que

los esclavistas, cuyas aspiraciones habían estado dormidas, pero no

muertas, se pusieran de nuevo en actividad. Hemos de ver que así

ocurrió; que los esclavistas supieron aprovechar la oportunidad que con

la muerte de Harrison les deparaba el destino.

Al abrirse el Congreso en diciembre de dicho año, se dió cuenta con las

solicitudes de varios estados del Sur, que nuevamente venían a reclamar

de los poderes federales que se realizara la anexión. Por estos mismos

días se equipaba en Santa Fe, por cuenta del Gobierno de Tejas, una

importante expedición, sin que el de los Estados Unidos tomara medidas

para evitarlo, a pesar de que los soldados habían sido reclutados

públicamente; y en estos mismos días, también, dispuso Tyler que se

activase la ejecución de un tratado celebrado desde hacía años entre los

Estados Unidos y Tejas, fijando el lindero de los dos países. Al darle

cuenta al Congreso, en su mensaje de 7 de diciembre, de haber concluído

dicho Tratado, la comisión nombrada por las dos naciones aludía en

términos tan lisonjeros a la República de Tejas, que al leerlo se

sospechaba que tales afectos nacían de algún propósito.

En marzo del año 1842, el Ministro de Tejas en Washington se entrevista

con Daniel Webster, Secretario de Estado, y le trata de la anexión de su

país. Webster se negó a entrar en negociaciones, entre otras razones

porque estaba convencido de que si se celebraba el Tratado, el Senado

habría de rechazarlo. No parecía Webster muy decidido por la anexión; no

era el hombre que podía ayudar a Tyler en el propósito de realizarlo,

siendo este motivo una de las causas de que abandonara la Secretaría de

Estado, lo que ocurrió en mayo de 1843.

A Webster lo sustituyó Upshur, de Virginia, muy conocido como

esclavista. Apenas ocupó la Secretaría de Estado, se dedicó con ahinco a

estudiar el problema de la anexión de Tejas. Por esta época se presentó

un nuevo aspecto en este asunto, que sirvió para que los esclavistas

redoblaran sus energías. Inglaterra quería mezclarse en los asuntos de

la nueva República, a fin de que ésta suprimiera la esclavitud; y,

aprovechando la circunstancia de que la situación financiera del

Gobierno tejano era deplorable, lo halagaba ofreciéndole facilidades

para salir de la crisis. Había, pues, que darse prisa, supuesto que el

peligro era grave: la supresión de la esclavitud en Tejas podía

quebrantar el mantenimiento de esta institución en los estados del Sur.

Francia había unido sus esfuerzos a los de Inglaterra, y los gobiernos

de éstas dos naciones habían conseguido que entre Méjico y Tejas cesaran

las hostilidades, que se firmara un armisticio. Era fácil, además, que

se firmara la paz definitiva.

Upshur se apresuró: no convenía que Méjico y Tejas hicieran la paz; y,

decidido a no demorar la anexión por más tiempo, en 16 de octubre del

año a que nos venimos refiriendo la propuso con toda formalidad a Van

Zand, representante diplomático de Tejas en Washington, sin que le

preocuparan, en lo más mínimo, las protestas que formuló Juan Almonte,

Ministro plenipotenciario de Méjico. Al llegar a conocimiento del

general Houston, Presidente de Tejas, la proposición de la anexión,

pensó, acertadamente, que si la tomaba en cuenta, que si iniciaba las

negociaciones, el gobierno de Méjico seguramente habría de reanudar las

hostilidades; y ante este temor preguntó al Gobierno de Washington si en

caso de una agresión por parte de aquella República, se podría contar

con el apoyo de los Estados Unidos, mientras el tratado de anexión

estuviera pendiente de aprobación. Upshur no se atrevió a contestar;

pero Murphi, agente diplomático de los Estados Unidos en Tejas, dió por

su cuenta una contestación afirmativa; aseguró que en caso de que Méjico

pretendiera realizar una invasión, se podía contar, para repelerla, con

las fuerzas de los Estados Unidos; y tan en serio se tomó Houston esta

contestación, que al serle sometido el armisticio con Méjico, concluído

en esos días, hubo de rechazarlo.

En esa situación, en 17 de enero de 1844 muere Upshur a bordo de la

fragata _Princeton_, por consecuencia de la explosión de un cañón; y

John Nelson, Procurador General, que interinamente se hace cargo de la

Secretaría de Estado, adopta una actitud inexplicable: le dice a Murphi,

por una parte, que se ha excedido al hacer su ofrecimiento, supuesto que

el Presidente, sin la autorización del Congreso, no puede emplear la

marina y el ejército contra una nación amiga, y por otra, que el Poder

Ejecutivo

no tenía inconveniente en concentrar una escuadra en el golfo de

Méjico y un contingente militar en la frontera, en defensa de los

habitantes de Tejas y de su territorio.

Rápidamente se fueron precipitando las cosas. En 29 de marzo ocupó la

Secretaría de Estado John C. Calhoun, quien había figurado siempre como

uno de los directores de la tendencia esclavista, y que declaró, al

ocupar su cargo, que no llevaba al mismo otro fin que el de realizar la

anexión, y que lo renunciaría una vez obtenida ésta. Al día siguiente

llegó a Washington Henderson, el delegado tejano que debía negociar el

tratado de anexión. Calhoun no tuvo inconveniente en ratificar las

manifestaciones de Murphi y de Nelson acerca del envío de fuerzas que

defendiesen a Tejas en caso de una agresión mientras se ratificaba el

tratado; sin que lo preocupase el hecho de que con semejante medida, que

en cierto modo equivalía a una declaración de guerra, se invadieran las

atribuciones del Congreso. El día 12 de abril se suscribió el Tratado y

diez días después fué enviado al Senado por medio de un mensaje.

La causa de que se perdieran diez días en este trámite, en un asunto a

que se le había impreso tanta celeridad, obedeció a un hecho que los

norteamericanos, celosos de su Historia, no hubieran querido que hubiese

ocurrido. Demoró Calhoun de intento el envío del mensaje; quiso que el

Senado conociera al propio tiempo, y se impresionara con ella, la

respuesta dada por él al despacho de Lord Aberdeen, Primer Ministro

inglés, en que se exponía que uno de los propósitos que llevaba la Gran

Bretaña al mediar con Méjico en el asunto de Tejas, era el de obtener la

abolición de la esclavitud en este país. Decía Calhoun en su

contestación, que fué dada a Lord Aberdeen en 18 de abril, que en vista

de dicha actitud del Gobierno inglés, el de Washington se había

apresurado a suscribir el tratado de anexión, con objeto de que no se

realizaran aquellos propósitos, ya que en ello estaban empeñadas la paz

y la seguridad de los Estados Unidos.

Esa contestación, ha dicho el profesor Von Holst, era algo así como una

proclama elevando la esclavitud a institución nacional, ya que se

exponía la Unión a los riesgos de una guerra sólo por defenderla. Por su

parte el notable escritor Carl Schurz se expresa en estos términos:

Los Estados Unidos, al anexarse a Tejas, corrían los riesgos de una

guerra, y lo hacían nada más que por defender y mantener la

esclavitud. Ese fué el verdadero móvil de la conducta del

Presidente y del Secretario de Estado; en semejante posición

colocaron estos señores ante el mundo a la gran República

Americana.

Nada de esto, sin embargo, nada acerca de que fuera el mantenimiento de

la esclavitud el verdadero móvil de la anexión, se decía en el Mensaje

antes citado, dirigido al Senado, acompañando el tratado de anexión. Se

hablaba de que el territorio tejano había sido cedido a los Estados

Unidos por el tratado del año 1803; de que la población de Tejas, por su

origen, por sus antecedentes y hábitos, era homogénea a la de los

Estados Unidos; de que la anexión habría de reportar beneficios

positivos a los intereses de la Unión, y, últimamente, de que dicha

solución sólo interesaba a Tejas, que era un Estado independiente, y a

los Estados Unidos; pero ni una palabra acerca de la conveniencia de

favorecer los intereses esclavistas.

A pesar de los esfuerzos del Gobierno y de los esclavistas para que el

Senado aprobara el tratado, después de varias semanas de

deliberaciones, en la sesión del día 8 de junio fué rechazado por 35

votos contra 16; lo que se debió, en parte, al fuerte espíritu

antiesclavista que dominaba, y en parte al temor de provocar una guerra

con Méjico.

No se arredró Tyler ante la decisión del Senado. Interesado en realizar

la anexión, en cualquier forma, ya no quería reparar en los medios, aun

cuando éstos no fueran lícitos. Dos días después de la resolución de

aquel Cuerpo, se dirigió por un Mensaje a la Cámara de Representantes

sugiriéndole a ésta la conveniencia de que el Congreso acudiera a

cualquier otro procedimiento, a fin de realizar la anexión. Ese otro

procedimiento no podía ser más que el de una Resolución Conjunta. En

realidad, a lo que se aspiraba era a burlar la necesidad de la

concurrencia de las dos terceras partes de los miembros que formaban el

Senado. Se trataba de un tratado, y éstos, según la Constitución,

necesitan para su aprobación el asentimiento de las dos terceras partes

de los senadores, y con la _joint resolution_ se evitaba la necesidad de

ese quórum extraordinario; bastaba la mayoría simple u ordinaria. Desde

luego que se infringía la Constitución, que se apelaba a un

procedimiento inadecuado; pero los esclavistas pensarían, sin duda, que

el fin justificaba los medios.

Apenas leído el Mensaje en la Cámara de Representantes, inicióse un

intenso debate sobre el mismo, es decir, sobre la legalidad del

procedimiento de acudir a una _joint resolution_. Stephen A. Douglas, de

Illinois, y Charles J. Ingersoll, de Pennsylvania, sostenían la

afirmativa, rebatiéndoles Robert C. Winthrop, de Massachusetts. A pesar

de los esfuerzos de los esclavistas, terminó la legislatura sin que se

acordase nada.

Mientras tanto, fuera del Congreso, se iniciaba un movimiento que fué el

último y decisivo esfuerzo de los esclavistas para anexar a Tejas. Hasta

este momento se puede decir que partidarios y adversarios de la anexión

no habían llevado sus aspiraciones a determinado partido político: unos

y otros pertenecían, indistintamente, a una u otra agrupación; pero en

la campaña presidencial efectuada el año de 1844, a que nos venimos

refiriendo, se deslindaron los campos entre demócratas y "_whigs_".

La convención nacional de los _whigs_, reunida en Baltimore en 1º de

mayo, designó candidato a la Presidencia al ilustre Henry Clay, quien

días antes había escrito una carta afirmando que si bien los Estados

Unidos habían adquirido a Tejas por el tratado de 1803, la habían

perdido después por el de 1819; que hacer la anexión era provocar una

guerra con Méjico y romper el equilibrio entre los estados esclavistas y

los antiesclavistas.

Los demócratas por su parte, al reunir su convención en 27 del mismo

mes, hicieron algo más que proclamar a un candidato simpatizador con sus

ideas: aprobaron una moción recomendando la "reanexión" de Tejas y la

reocupación de Oregon. El candidato de los demócratas, James K. Polk,

era poco menos que desconocido, hasta el punto de que se puso en boga la

frase: "¿Quién diablos es Polk?"; pero, en cambio, se adoptó un

estribillo en la campaña, a manera de lema, más interesante y

significativo que la figura del candidato presidencial: "Tejas o la

desunión".

Había gran diferencia entre uno y otro candidato. Clay, dice Roosevelt,

estaba sostenido por los mejores elementos del país; mientras que Polk

tenía sus mantenedores entre los esclavistas y entre esa clase de

políticos viciosos y corrompidos de las grandes ciudades del Norte y de

Nueva Orleans. Las probabilidades de la victoria estaban de parte de

Henry Clay; pero éste, mal aconsejado, dió un paso que, según se dice,

le arrebató la victoria. Ocurrió que en el Sur, donde predominaban los

esclavistas, como se viera Clay muy combatido por sus ideas contrarias a

la anexión de Tejas, expuestas en la carta antes citada, y le pidieran

algunos amigos de Alabama que hiciera alguna manifestación que atenuara

aquel mal efecto, no tuvo inconveniente en declarar que él,

personalmente, no era contrario a la anexión; que, antes al contrario,

la vería con gusto siempre que se pudiera realizar sin deshonor, sin

guerra y en términos justos y equitativos. Esta contradicción entre lo

dicho antes y lo que se decía ahora, sin duda que debilitó a Clay ante

la opinión, que vió en él, dice Schurz, a un político de la clase

corriente, de los que no tienen otro principio que el de su

conveniencia. Semejantes declaraciones, agrega, lo debilitaron donde

estaba fuerte y no le dieron más fuerza donde estaba débil.

La elección de Polk significaba que se habría de realizar la anexión;

pero ésta se verificó antes de lo que se esperaba, antes de que aquél

inaugurase su período presidencial. ¿A qué se debió esto? A lo

siguiente: Tyler había aspirado a la designación o "postulación"; pero

los demócratas, su partido, lo desairaron; y un tanto despechado, no

queriendo que otro se llevara la gloria por él tan acariciada de

realizar la anexión, puso en juego todas sus influencias para que ésta

se consumara antes de abandonar su cargo. En 3 de diciembre dirigió un

Mensaje al Congreso, exponiendo que supuesto que el país se había

significado por la anexión, no se la debía demorar por más tiempo.

Moviéronse sus amigos en las Cámaras y recabaron de éstas la aprobación

de la _joint resolution_, tan deseada por los esclavistas. En 1º de

marzo fué aprobada por Tyler, que tres días después había de cesar en su

elevado cargo.

Mientras estas cosas ocurrían en los Estados Unidos, los gobiernos de la

Gran Bretaña y de Francia, interesados, como antes vimos, en que entre

Méjico y Tejas cesara el estado de guerra, habían conseguido que la

primera de estas dos Repúblicas suscribiera la paz, a condición de que

la última se comprometiera a no anexarse nunca a otra nación. Se había

redactado el oportuno tratado y éste había obtenido ya la sanción del

Gobierno mejicano. Faltaba la de Tejas.

En 16 de junio del año 1845 debía reunirse el Congreso tejano. Podía

optar entre la paz ofrecida por Méjico y la anexión a los Estados

Unidos. Decidióse por esto último; y, habiendo ratificado el pueblo,

directamente, esa decisión, por medio de un plebiscito celebrado el día

4 de julio del propio año, se adoptó después la constitución local, por

la que se debía regir como nuevo Estado de la Unión.

En 29 de diciembre el Congreso de los Estados Unidos acordó admitir el

"Estado de Tejas", en las mismas condiciones que los demás. La República

norteamericana no sólo aumentaba el número de las comunidades políticas

que la formaban, sino que ensanchaba notablemente su extensión

territorial. El área que nuevamente se adquiría tenía una extensión de

371,063 millas cuadradas; algo así como la superficie de la antigua

monarquía Austro-Húngara, Italia y Suiza unidas.

(E)

(1848) ALTA CALIFORNIA Y NUEVO MÉJICO.

Tan pronto como fué sancionada la _joint resolution_ por la que se

aprobó la anexión de Tejas, el Ministro de Méjico en Washington pidió

sus credenciales y se retiró, quedando rotas, de esa manera, las

relaciones entre las dos naciones. Este detalle, por lo visto, preocupó

bien poco a los hombres que en aquel entonces dirigían los destinos de

los Estados Unidos. Es que la esclavitud, dice Mc. Laughlin, había hecho

en el país el efecto de un veneno. Parecía natural que después de la

adquisición del territorio tejano, el Gobierno permaneciera tranquilo,

preocupado en reanudar sus relaciones con el de Méjico; pero no fué así;

hemos de ver ahora que ambicionó un plan que suponía un verdadero

despojo. Se pretendió que el límite entre Tejas y Méjico no lo

constituyera el río "Nueces", como hasta entonces, sino que se quiso

llevar dicho límite más al Sur, hasta el río "Grande", en perjuicio

desde luego de la República Mejicana, que contaba como parte de su

territorio la extensión situada entre dichos dos ríos. Vamos a referir

cómo desenvolvió el Presidente Polk su plan de conquista.

En 30 de julio del año 1845, el general Taylor recibió órdenes de cruzar

el río "Nueces", al frente de cuatro mil hombres, e invadir el

territorio situado entre este río y el "Grande", aunque sin aproximarse

a los destacamentos del ejército mejicano situados en la margen

septentrional de este último. Taylor cumplió esa orden; pero apenas

había cruzado el río "Nueces", y encontrándose acampado en Corpus

Christi, fué instruído de que en el caso de que los mejicanos cruzaran

el río "Grande", debía rechazarlos y ocupar la ciudad de Matamoros. Al

mismo tiempo que se comunicaban estas órdenes al Ejército, se disponía

que dos escuadras, una en el Pacífico y otra en el Atlántico, se

aproximaran a las costas de Méjico.

Estos preparativos bélicos no eran todavía el comienzo de la campaña de

conquista; no tenían más finalidad que la de impresionar al pueblo y al

gobierno mejicanos, para de esa manera crearle un ambiente, propicio a

un arreglo, a un representante que se pretendía enviar a la capital de

Méjico. Pensaba el gobierno del Presidente Polk que si la diplomacia

podía actuar con eficacia, era preferible confiar a ella sus propósitos,

antes que a las armas. Animado de estos deseos, en septiembre el

Secretario de Estado, Buchanan, inquirió del Gobierno de Méjico si

estaba dispuesto a recibir a un enviado de los Estados Unidos, con

plenos poderes para arreglar las cuestiones pendientes entre los dos

gobiernos; y como se obtuviera una contestación favorable, se nombró

para desempeñar ese encargo a John Slidell, quien partió inmediatamente

para su destino. No se reducía la misión de Slidell a obtener que se

fijara el río "Grande" como límite de las dos naciones; eran más

extensas ahora las pretensiones de los Estados Unidos. Se debía

gestionar la cesión de Nuevo Méjico y de la California, a cambio de

recibir el Gobierno de Méjico una indemnización de $25,000.000, y a

cambio, también, de que el Gobierno de los Estados Unidos renunciara al

cobro de unas indemnizaciones pendientes. Un encargo más llevaba

Slidell: debía realizar ciertas averiguaciones para saber cuál sería la

actuación de las potencias europeas, caso de que se rompiesen las

hostilidades.

Al presentarle Slidell sus credenciales al general Herrera, Presidente

de Méjico, vióse que no era un comisionado especial para arreglar las

diferencias entre los dos países, sino un funcionario de carácter

permanente, un Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario; y

como se estaba en la inteligencia de que aquél habría de ser su

carácter, y no éste, dado que estaban rotas las relaciones entre los dos

países, el Gobierno se negó a recibirlo; y encontrábase haciendo

gestiones el diplomático norteamericano para ser admitido, cuando un

movimiento revolucionario depuso a Herrera y elevó a la presidencia a

Paredes. Negóse también el nuevo Presidente a recibir a Slidell, y

perdida ya por éste toda esperanza de ser admitido, en 21 de marzo de

1846, regresó a los Estados Unidos.

Al enterarse el Presidente Polk de la ineficacia de la actuación

diplomática, le dió órdenes a Taylor de que avanzara; y antes de que

hubiera transcurrido el mes antes citado, las fuerzas al mando de este

General se habían aproximado a la ciudad de Matamoros, emplazando tan

cerca de la plaza sus baterías, que la dominaban perfectamente. Al mismo

tiempo la escuadra bloqueaba la boca del río Grande, a fin de impedir

que por esta vía recibieran recursos y alimentos los habitantes de dicha

ciudad. De hecho los Estados Unidos iniciaban la guerra, y

comprendiéndolo así el Presidente Paredes, en 23 de abril publicó un

manifiesto declarando que frente a la actitud de la vecina República,

Méjico no tenía otro camino que el de responder a la guerra con la

guerra, y que ya había dispuesto que el General en Jefe de la división

de la frontera del Norte hostilizara al enemigo.

El 24 de abril tiene lugar la primera escaramuza. Una fuerza mejicana se

encontró con un destacamento de dragones americanos y le hizo 16

muertos. Este era el pretexto que el Gobierno de Polk necesitaba para

romper las hostilidades de manera oficial. El día 9 de mayo llegó a

Washington la noticia de dicho combate, y el día 11 el Presidente se

dirigió al Congreso para que éste, reconociendo la existencia de un

estado de guerra, proveyera lo conducente a facilitar al Ejecutivo

hombres y recursos. Achacábase en ese documento la responsabilidad de la

guerra al Gobierno de Méjico.

Después de reiteradas amenazas--se decía--Méjico ha roto nuestra

frontera invadiendo el territorio de los Estados Unidos y

derramando sangre americana en nuestro suelo; por otra parte,

también ha declarado su gobierno que las hostilidades han comenzado

y que las dos naciones se encuentran en guerra. Ante estos hechos,

ocurridos a pesar de nuestros esfuerzos por evitarlos, nos exigen

el deber y el patriotismo que reivindiquemos con toda energía el

honor, los derechos y los intereses de nuestro país.

No nos extrañan las palabras de Polk. No recordamos que en ningún caso

la nación agresora, en una guerra injusta, no haya tratado de eludir la

responsabilidad de su conducta.

El propio día 11 la Cámara de Representantes declaró, sin que hubiera

debate, que existía el estado de guerra, y además autorizó al Presidente

para alistar 50,000 hombres y para disponer de un crédito hasta de

$10,000.000. Sólo catorce representantes votaron en contra del "bill",

figurando entre éstos John Quincy Adams. Al día siguiente fué aprobado

en el Senado por cuarenta votos contra dos.

No pasó mucho tiempo antes de que el propio Presidente Polk se encargara

de decir, de manera encubierta, pero indudable, que la guerra que se

estaba haciendo era de conquista. En 8 de agosto del año que acabamos de

citar, envió un Mensaje al Congreso: empezaba diciendo que lo que se

ventilaba en la guerra era una cuestión de límites entre las dos

Repúblicas, y que se le debía autorizar para disponer hasta de

$2,000.000 a fin de pagarle a Méjico, en justa compensación, "cualquier

concesión que tuviera que hacer"; y terminaba recordando que cuando el

Gobierno estuvo en negociaciones para adquirir primero la Louisiana y

después la Florida, se había autorizado al Presidente para disponer de

determinadas sumas de dinero. ¿A qué otro cosa que a la compra de

territorios mejicanos se podía aludir por el Presidente al hablar de

retribuirle a Méjico "las concesiones que hiciera"?

El Congreso se dió cuenta de que el Presidente se había referido a la

posibilidad de que se compraran territorios mejicanos. Lo prueba el

hecho de que con motivo del "bill" que se presentó en la Cámara de

Representantes, concediendo el crédito pedido, introdujo una enmienda el

Representante David Wilmot, de Pensylvania, prohibiendo la esclavitud en

"el territorio que se adquiriera de Méjico". El "bill", con la enmienda,

fué aprobado en la Cámara, pero fracasó en el Senado; y tan necesario lo

estimaba el Presidente, que en su Mensaje anual de 8 de diciembre volvió

a insistir en que se le otorgara el crédito en cuestión.

Con motivo de esta petición se inició un debate en el Senado, que duró

varios días, pudiéndose apreciar que el Norte y el Sur estaban más

separados que nunca. La famosa enmienda de Wilmot prohibiendo la

esclavitud "en los territorios que se adquirieran en Méjico", fué

reproducida, combatiéndola el senador Colquitt, de Georgia, en un

violento discurso. Daniel Webster, por su parte, pidió se declarase que

los Estados Unidos no hacían la guerra para ensanchar sus linderos a

costa de Méjico, y que sólo aspiraban a que esta nación se prestara a

tener un arreglo sobre sus límites. John C. Calhoun presentó otra moción

pidiendo se declarara que "la aprobación de cualquier ley que directa o

indirectamente privase a los ciudadanos de cualquier estado de la Unión

del derecho de emigrar con sus propiedades a cualquier territorio de los

Estados Unidos, sería considerada como una violación de la

Constitución". Thomas H. Benton combatió esta moción, y por cierto que

al hacerlo no tuvo inconveniente en declarar que el principal

responsable ante la historia, de la guerra, era Calhoun. Al fin, después

de tanta discusión, se autorizó al Presidente para disponer de un

crédito de $3,000.000.

Mientras estas cosas ocurrían en Washington, la campaña se desenvolvía

en forma bien desdichada para Méjico. Los diversos ejércitos que

invadieron el territorio mejicano no encontraron la resistencia que era

de esperar se les hiciera. Debióse esto a que ni aun en situación tan

angustiosa los partidos supieron darse una tregua en sus eternas

rivalidades; el patriotismo no se pudo imponer al espíritu partidarista,

y de ahí que la mayor parte de los Estados se mostraran "poco menos que

indiferentes" ante el invasor, según nos dice el historiador Jerónimo

Becker.

El ejército mandado por Taylor, después de derrotar a los mejicanos en

Palo Alto y en Resaca de Guerrero, se apoderó de Matamoros y otra

fuerza mandada por el general Scott puso sitio a Veracruz, logrando que

la plaza capitulara, tras un tremendo bombardeo, en 27 de febrero de

1847. Otros lugares, como Nuevo Méjico y California, fueron ocupados sin

resistencia.

Tantos contratiempos sirvieron de pretexto no para que el país

reaccionase, sino para que un nuevo movimiento revolucionario arrojara

de la presidencia a Paredes y colocara de nuevo en su lugar a Santa

Anna. Este, poniéndose al frente de un ejército, trató de cortarle el

paso al general Scott, que se dirigía sobre la capital; pero, derrotados

los mejicanos en Cerro Gordo, Puebla y Churubusco, en 14 de septiembre,

tras un corto armisticio, penetraron los invasores en aquélla.

En 22 de noviembre del año 1847, a que nos venimos refiriendo, los

mejicanos pidieron la paz. Las dos naciones nombraron sus comisionados;

se iniciaron las negociaciones en Guadalupe Hidalgo, y en 2 de febrero

del año siguiente se firmó el tratado que lleva el nombre de esta

ciudad.

Por este tratado se fijó como lindero entre los Estados Unidos y Méjico,

el río Grande, por una parte; por otra, el Gila, afluente del Colorado,

y últimamente la línea divisoria entre las dos Californias. En

compensación, Méjico recibiría $15,000.000. De esta manera se anexaban

los Estados Unidos todo el territorio de la Alta California y de Nuevo

México, con una extensión superficial de 522,568 millas cuadradas.

Dentro de esa área se formaron después los estados de California, Nevada

y Utah y parte de Wyoming, Colorado, Arizona y Nuevo Méjico.

(F)

(1846) OREGON.

El tratado de Gante, celebrado a fines del mes de diciembre de 1814,

puso fin a la guerra entre la Gran Bretaña y los Estados Unidos,

iniciada en 18 de junio de 1812. Pero apenas suscrito ese Tratado, una

nueva cuestión puso en pugna los intereses de las dos naciones: nos

referimos a la discusión sobre el mejor derecho a ocupar el territorio

de Oregon, limitado al Norte por el paralelo 54° 40', al Sur por

California, al Este por las Montañas Rocallosas y al Oeste por el

Océano Pacífico. Antes de que se originara esa discusión, habían

visitado dicho territorio arriesgados exploradores españoles, ingleses,

rusos y franceses, pero ninguna de las expediciones había realizado una

verdadera ocupación. España, por su carácter de nación descubridora,

parecía estar asistida de mejor derecho a poseer el Oregon, pero en

realidad nunca le reconoció importancia a esa posesión. Con tales

antecedentes, ¿cuáles podían ser los títulos de los Estados Unidos y de

la Gran Bretaña para ejercer semejante dominación? Vamos a examinarlos.

Los títulos de los norteamericanos eran éstos: 1º El viaje de la

"Columbia", embarcación mandada por el capitán Robert Gray, que con

fines comerciales llegó en 1792 a las costas de Oregon, navegando y

remontando después un caudaloso río, hasta entonces desconocido, que fué

bautizado con el nombre de aquella embarcación; tomando además los

expedicionarios posesión del país en nombre de los Estados Unidos. 2º El

viaje de Meriwether Lewis y William Clark, enviados en 1803 por el

presidente Jefferson--a quien no se ocultaba la necesidad de que la

nación tuviera un frente al Océano Pacífico--y los que después de

atravesar la cordillera de las Rocallosas llegaron hasta el nacimiento

del río "Columbia", navegando éste hasta el Pacífico; suministrando a su

regreso preciosos datos y antecedentes sobre el país. 3º La compra a

Francia de la Louisiana; por estar comprendido Oregon en los términos de

la cesión de dicho territorio, no obstante la aparente vaguedad de

aquéllos. Y 4º El hecho de que la ciudad de Astoria, fundada y habitada

por ciudadanos norteamericanos, y que había sido ocupada por los

ingleses durante la guerra de 1812, hubiese sido devuelta a los Estados

Unidos en cumplimiento de la cláusula del Tratado de Gante, según la

cual las dos naciones se debían devolver las posesiones que

respectivamente se hubiesen arrebatado.

Frente a esos títulos, invocaba la Gran Bretaña los diversos viajes de

sus navegantes a Oregon, algunos anteriores al del capitán Gray; y,

especialmente, los aprovechamientos que realizaba en dicha región la

"Hudson Bay Company", empresa fundada desde 1670 y a la que el Gobierno

Británico había otorgado el monopolio en el comercio de las pieles,

desde Montreal hasta la isla de Vancouver.

En 1818, las dos naciones concertaron un modus vivendi. Por el tratado

de este año, en que se fijó el paralelo 49 como límite al Este de las

montañas Rocallosas, entre los Estados Unidos y el Canadá, se convino al

mismo tiempo, con respecto al territorio de Oregon, que durante diez

años habría de estar abierto a la colonización de los dos países, sin

que esto alterase las respectivas posiciones de los reclamantes, esto

es: los derechos de que creían estar asistidos al pretender el dominio

de dicha región.

Al año siguiente de suscrito este Tratado, se concertó el de la Florida,

a que antes nos hemos referido, y de sus términos hicieron derivar los

norteamericanos un nuevo título a su pretensión. Por este Tratado, según

se recordará, no sólo fué cedida la Florida a los Estados Unidos, sino

que quedaron fijados de manera definitiva, según su artículo tercero,

los límites entre la Louisiana y las posesiones españolas situadas al

Oeste, quedando comprendido, como parte de ésta, el territorio que nos

ocupa.

Había otra nación, que creía también tener derecho a explotar el

territorio de Oregon: Rusia. En junio de 1799 el Emperador Pablo le

otorgó a una Compañía formada por rusos el privilegio exclusivo de hacer

el comercio en las islas Aleucianas y costas inmediatas, y como esta

Compañía pretendiera, algunos años después, instalar un Establecimiento

en la bahía de Bodega, situada al Norte del sitio en que hoy está

emplazada la ciudad de San Francisco, en 22 de julio de 1823 el

Secretario de Estado, John Quincy Adams, protestó por medio de una nota,

diciendo que los Estados Unidos no habían de consentir nuevas

colonizaciones en la América y la que se recordará fué uno de los

antecedentes de la doctrina de Monroe. A consecuencia de esta protesta,

en 17 de abril del año siguiente, se concertó en San Petersburgo un

tratado entre los Estados Unidos y Rusia, por el cual este Imperio

renunció a todo derecho y soberanía sobre los territorios situados al

Sur del paralelo 54° 50' y a su vez por otro tratado suscrito entre

Rusia y la Gran Bretaña, en 28 de febrero de 1825, la primera reiteró

esa renuncia y obtuvo de la segunda que se le reconociera el derecho a

una estrecha faja de territorio, a lo largo de la costa, desde el Océano

Artico hasta el mencionado paralelo.

Quedaban pues en manos de los Estados Unidos y de la Gran Bretaña, los

destinos de Oregon. La situación no llevaba trazas de variar, y en 6 de

agosto de 1827 las dos naciones suscriben un tratado, prorrogando

indefinidamente el concertado en 1818; pudiendo cualquiera de las dos

partes darlo por terminado, mediante aviso a la otra con un año de

anticipación. Permanecía pues el país abierto a la colonización de las

dos naciones, sin restricciones de ninguna clase.

En la lucha entre las dos colonizaciones, indudablemente que la

norteamericana habría de llevar y llevaba sobre la inglesa la mejor

parte. Los ciudadanos de los Estados Unidos que se dirigían a Oregon, se

iban a establecer, a fijar su residencia; con lo cual está visto que

dicha región habría de llegar a ser el asiento de una comunidad de

norteamericanos; mientras que por parte de los ingleses no había más

actividad que la de la "Hudson Bay Company." Los ingleses iban pues de

tránsito, a obtener del país los mayores rendimientos y a retirarse

después. Eran "aves de paso", podríamos decir, recordando la frase de un

insigne cubano, dicha en memorable ocasión.

Así y todo, por el año 1838, la "Hudson Bay Company" daba señales de una

actividad tan absorbente, que el Senador Linn propuso en el Alto Cuerpo

de que formaba parte que se pusiese término al tratado y que el Ejército

de los Estados Unidos ocupara el país. Nada acordó el Senado; mostró la

mayor indiferencia y en ella permaneció también cuando, en enero del año

1839, dió lectura Linn a un escrito que suscribían los norteamericanos

residentes en Oregon, demandando el reconocimiento y la protección de

los Estados Unidos y en el que decían que si éstos lograban establecer

en dicho país un gobierno adecuado a la protección de vidas y haciendas,

éste no tardaría en asombrar al mundo por sus riquezas, atrayendo un

gran número de inmigrantes; pero que mientras esto no se hiciera, no

pasaría de ser lo que era, "un refugio para los renegados de la

civilización".

Indudablemente que para el gobierno no constituía motivo de preocupación

la adquisición de Oregon. A los esfuerzos realizados por Linn en el

Senado y a que nos acabamos de referir, siguieron otros en diciembre de

1839 y en enero de 1841, pero en estas ocasiones dicho congresista no

fué más afortunado que en las anteriores. Al suscribirse el Tratado

llamado de Aushburton, entre la Gran Bretaña y los Estados Unidos, por

el que se resolvió una cuestión de linderos entre el estado de Maine y

las provincias inglesas adyacentes, así como otros asuntos de menor

cuantía, con poco trabajo se hubiera podido dejar resuelta la cuestión

de Oregon, pero ni siquiera se intentó el esfuerzo. Hay que tener en

cuenta que en aquel entonces ocupaba la Secretaría de Estado Daniel

Webster y que probablemente los mismos intereses que lo impulsaban a

favorecer la anexión de los territorios situados al Sur de la línea del

"compromiso de Missouri", le exigían que se opusiera a la adquisición de

los que estaban situados al Norte de dicha línea.

El senador Linn volvió a las andadas. En diciembre del año 1842 propuso

que la soberanía de los Estados Unidos se hiciera extensiva al

territorio de Oregon. Esta vez fué más afortunado. En 3 de febrero de

1843, después de un debate en que intervinieron Benton, Choate y

Calhoun, fué aprobada dicha resolución. No tuvo ésta la misma suerte en

el otro Cuerpo colegislador. La Cámara, en 16 del propio mes, acordó

rechazarla, de acuerdo con el informe que emitiera la Comisión de

Relaciones Exteriores.

Tres semanas después de haber rechazado la Cámara el citado proyecto de

resolución, llegaba a Washington, procedente de Oregon, el Dr. Marcus

Whitman, misionero norteamericano enviado a aquel país desde el año 1834

por la iglesia metodista y quien habiéndose enterado, cuando se

negociaba el Tratado de Aushburton, de que se proyectaba cederlo a la

Gran Bretaña, se decidió a ir a la capital de la República con ánimo de

convencer a todos de que los Estados Unidos no debían abandonar sus

derechos sobre tan rico país. El viaje del Dr. Whitman revela lo que

puede una voluntad enérgica puesta al servicio de una causa. Había que

salvar una distancia de cuatro mil millas, cruzando territorios

inexplorados, habitados por indios, sin vías de comunicación y cuando

comenzaba el invierno. Nada de eso lo detuvo: "sé que arriesgo la

vida--decía al emprender su viaje--pero ésta vale bien poco al lado de

lo que significa salvar este país para los Estados Unidos."

Cuando Whitman llegó a Washington, se enteró de que ya el Tratado se

había firmado, pero que en éste no se resolvía nada acerca de Oregon.

Dióse entonces a la tarea de impresionar los ánimos en favor del país, e

indudablemente que consiguió su propósito. Celebró entrevistas con el

Presidente y con algunos Secretarios y legisladores y a todos les

arrancó la promesa de que Oregon no sería abandonado por los Estados

Unidos en manos de Inglaterra. En el verano del mismo año, emprendió su

viaje de retorno, llevando un crecido número de familias inmigrantes.

Al año siguiente, al iniciarse la campaña presidencial, los demócratas

consignaron entre los puntos de su programa de gobierno la ocupación de

Oregon, lo que demuestra que la visita de Whitman había producido una

reacción en la opinión pública en favor de la adquisición de dicho

territorio. Fué en esa misma campaña en la que, según se recordará, los

demócratas ofrecieron al país la "reanexión de Tejas". Con respecto a

sus propósitos sobre Oregon, se adoptó esta frase o estribillo, repetida

en todos los actos de propaganda: "fifty-four forty or fight"; es decir,

o se llegaba hasta el paralelo 54° 40', límite Norte de Oregon, o de lo

contrario habría guerra.

Obtenido el triunfo por el Partido Demócrata, los miembros

pertenecientes al mismo en la Cámara, queriendo hacer buenas las

promesas hechas, en febrero de 1845 aprobaron un _bill_ por el que se

disponía que el gobierno ocupase a Oregon. Pero en este _bill_ se

proveía, además, que en el nuevo territorio se habría de prohibir la

esclavitud, y como este extremo no agradase a la mayoría en el Senado,

el proyecto "quedó sobre la mesa", en dicha alta Cámara,

indefinidamente. Por su parte el Presidente Polk, candidato triunfante

por dicho partido, una vez electo, no dió muestras de tener interés en

que se activase el asunto de Oregon. Limitóse la Secretaría de Estado a

continuar con calma las negociaciones iniciadas desde enero de 1844,

entre dicho centro y Richard Pakenham, Enviado por el Gobierno de la

Gran Bretaña con ese objeto. En estas negociaciones Inglaterra había

exteriorizado su aspiración, que no era otra que la de llegar hasta la

ribera Norte del río Columbia.

En 16 de abril de 1846 el Congreso, tras dilatadas discusiones, en que

se mantuvieron puntos de vista muy diversos, aprobó una resolución

conjunta, en cuyo preámbulo se decía que era necesario resolver de una

vez la cuestión de Oregon, tanto porque a este país no le convenía el

estado de incertidumbre en que se encontraba, sometido a dos

jurisdicciones, lo que era causa de continuos conflictos, cuanto porque

semejante situación era un obstáculo para la buena inteligencia entre la

Gran Bretaña y los Estados Unidos. Su parte dispositiva rezaba así:

Se resuelve por el Senado y la Cámara de Representantes de los

Estados Unidos de América, reunidos en Congreso, autorizar al

Presidente de los Estados Unidos, para que cuando lo juzgue

discreto, le haga saber al gobierno de la Gran Bretaña, de acuerdo

con lo dispuesto en el artículo 2º del tratado de 6 de agosto de

1827, que esta convención debe quedar sin efecto.

Como se ve, el Congreso echaba sobre los hombros del Presidente la

responsabilidad del asunto, y comprendiendo Polk que estaba obligado a

actuar de manera eficaz, decidióse a acelerar las negociaciones

iniciadas.

Dos meses después enviaba al Senado un proyecto de tratado, resultado de

las negociaciones con el Enviado de la Gran Bretaña, pero que aún no

había sido suscrito y por el cual se fijaba el paralelo 49 como la línea

divisoria entre las dos naciones. Esto rompía los precedentes. Los

tratados siempre habían sido enviados al Senado para su ratificación,

después de suscritos, pero nunca habían sido elevados en consulta antes

de ser firmados. Esta nueva práctica obedecía, dice Willis Fletcher

Johnson, a que estando Polk comprometido con el país a que el límite

Norte del tan discutido territorio habría de llegar hasta el paralelo

54° 40' y no hasta el 49°, lo que reducía el área a que creían tener

derecho los Estados Unidos, no quería asumir, por sí solo, la

responsabilidad de su traición. Con efecto, Polk no ya en la campaña

política que lo llevó a la presidencia, sino en su discurso de cuatro de

marzo de 1845, al inaugurar ésta, había dicho: "nuestro título a todo el

territorio de Oregon es claro e indiscutible."

Poco esfuerzo costó, sin embargo, que el Senado mostrase su conformidad

con el Tratado. A los demócratas, que eran amigos del Presidente,

decididos a aprobarlo, sumáronse los whigs.

Realmente la opinión del país no era unánime en este asunto. Si había

quienes creían que los Estados Unidos debían ocupar todo el territorio

de Oregon, había también quienes opinaban que esa ocupación debía llegar

solamente hasta el paralelo 49° y hasta había quienes pensaban que los

Estados Unidos debían renunciar a todo derecho en dicho territorio. Si

no era, pues, unánime la opinión del país y si la fijación del paralelo

49º equivalía a transigir el asunto asignándole una parte del territorio

a los Estados Unidos y otra a la Gran Bretaña, se explica que el Senado,

deseoso ya de solucionar este asunto, mostrase su conformidad con el

Tratado. Tal acuerdo se adoptó en 18 de junio, y el 17 del mes siguiente

se canjeaban las ratificaciones en Londres.

En el área del territorio adquirido por los Estados Unidos en esta forma

y compuesta de 288.859 millas cuadradas, erigiéronse después los Estados

de Oregon, Washington e Idaho y parte de los de Montana y Wyoming.

(G)

(1854) (EL VALLE DE MESILLA).

Poco después de suscrito el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, a que antes

nos hemos referido, surgieron de nuevo algunas dificultades entre el

gobierno de los Estados Unidos y el de Méjico, originadas por cierta

incertidumbre acerca de cuál era la verdadera línea divisoria entre el

Estado de Chihuahua y el territorio de Nuevo Méjico. Tratábase de

determinar a cuál de las dos naciones pertenecía un área de 45.535

millas cuadradas dentro de la cual estaba situado el Valle de Mesilla,

famoso por la feracidad de sus tierras y por sus ricas minas de plata.

En 1851, puestos de acuerdo los dos gobiernos, designan una comisión

formada por miembros de una y otra parte, que trasladándose al

territorio objeto de la disputa, debía estudiar el asunto y emitir

dictamen; pero el trabajo de esta comisión resultó estéril. En el seno

de los mismos comisionados norteamericanos ocurrieron desavenencias, se

mantuvieron puntos de vista diversos, y el resultado fué que dicha

comisión dió por terminados sus trabajos, sin que los mismos hubieran

dado resultado.

No se detuvo el gobierno de Washington ante esta dificultad. Apenas

ocupó Pierce la presidencia, el año de 1853, nombró a James Gadsden

Ministro en Méjico y le dió instrucciones para solucionar el asunto de

la diferencia de linderos. Apenas se inició Gadsden en el desempeño de

sus funciones, dedicóse con ahinco a gestionar la solución de la

cuestión pendiente y al fin culminaron sus esfuerzos en un tratado que

suscribió con el gobierno mejicano, en trece de diciembre de dicho año.

A tenor de esta convención, el territorio objeto de la disputa pasaba al

dominio de los Estados Unidos, recibiendo Méjico en compensación la

cantidad de $20,000.000.00. En 10 de febrero de 1854, el Presidente

envió dicho tratado al Senado con la recomendación de que fuera aprobado

siempre que se introdujeran en el mismo algunas modificaciones, entre

otras, la de reducir a $15,000.000.00 el importe de la indemnización que

se debía pagar.

En 25 de abril el Senado aprobó el Tratado, reduciéndose el importe de

la indemnización a $10,000.000.00 y aceptada esta modificación por el

Gobierno de Méjico, quedó realizada la adquisición del nuevo territorio;

que después, por acta del Congreso de 4 de agosto del propio año, fué

incorporado al territorio de Nuevo Méjico.

La Política de los Estados Unidos en el Continente Americano · 第 27 / 76 题