LA OCUPACIÓN DE TERRITORIOS CONTIGUOS

(A)

(1783) ÁREA COMPRENDIDA ENTRE LOS MONTES ALLEGHANIES Y EL RÍO

MISSISSIPPI.

A principios del siglo XVIII, el extenso territorio que hoy ocupa la

República norteamericana formaba tres distintas colonias: una española,

otra francesa y otra inglesa. Esta última ocupaba un área muy reducida

en proporción a las otras dos. No era más que una faja de territorio que

corría desde el río Penobscot, en Maine, hasta el cabo Romano en la

Carolina del Sur, y desde el Atlántico hasta la cordillera de los

Alleghanies. Sin embargo, con el andar de los tiempos, la colonia

inglesa primero, los Estados Unidos después, uniendo la acción social a

la política, lograron terminar con las dominaciones europeas y agregaron

a su territorio el área inmensa de sus colonias.

Comenzó la expansión de los Estados Unidos antes de que los

norteamericanos alcanzaran la independencia. Esta manifestación,

aparentemente paradójica, no lo es. Los primeros pasos del proceso

expansionista se dieron a principios del siglo XVIII por los colonos

virginianos directamente, sin recibir el apoyo moral ni el auxilio

material de la corona británica; y a fines de este mismo siglo, esos

esfuerzos, que aún no habían desmayado, resultaron coetáneos con los que

hicieron los colonos por alcanzar la independencia.

El territorio de las trece colonias primitivas tenía tan sólo 341,752

millas cuadradas, y el que se le asignó a los Estados Unidos por el

Tratado de París de 3 de septiembre de 1783, que puso término a la

guerra de independencia, abarcaba además otra área de 488,248 millas,

comprendida entre los Alleghanies y el río Mississippi. Los delegados de

las colonias insistieron con razón en que ese territorio pertenecía a la

nueva República, porque había sido adquirido merced al esfuerzo de los

colonos.

Vamos a examinar los hechos en que se fundaron los delegados

norteamericanos para reclamar un territorio mayor que el que

correspondía a las colonias.

Pretendieron siempre los colonos ingleses que los dominios británicos se

extendían por el oeste hasta el río Mississippi; y los franceses, por su

parte, dueños entonces del Canadá, alegaban que era de ellos el

territorio que limitaban los ríos Mississippi y Ohio y los grandes

lagos, o séase el que hoy ocupan los estados de Ohio, Indiana, Illinois,

Michigan, Wisconsin y parte de Pensylvania, y que hacia el oeste de los

Alleghanies, tan sólo pertenecía a Inglaterra el territorio situado al

sur del río Ohio, es decir, lo que hoy forman los estados de Kentucky,

Tennessee y parte de Virginia.

En 1718, Alexander Spottswood, Gobernador de Virginia, cruzó al frente

de una expedición la cordillera de los Alleghanies. Iba a explorar; iba

como quien va a tomar posesión de algo de que se es dueño y se quiere

conocer. No llegó más que hasta el río Shenandoah, y no produjo la

expedición ninguna consecuencia, como no fuera la de instituirse una

orden que se denominó "Tramontana" y con la que Spottswood quiso

condecorar a sus acompañantes en recuerdo de su viaje. Así y todo, los

escritores consideran siempre a Spottswood, como al que dió el primer

paso en el camino de la expansión.

A mediados del mismo siglo, en tiempos de otro Gobernador de Virginia,

Robert Dinwiddie, se ponen en conflicto los intereses de los colonos

ingleses con los de los franceses por la posesión del territorio situado

al norte del río Ohio. Mientras la pretensión de los virginianos no se

tradujo en hechos, el asunto carecía de interés. Tratábase de una

inmensidad de territorio, inexplorado, habitado tan sólo por tribus

indias. Pero he aquí que Dinwiddie, siguiendo el sistema de colonización

a que tan aficionados fueron los ingleses, le otorga a una Compañía que

se formó entre virginianos, y que se denominó de "Ohio", el derecho al

disfrute de dicho territorio y manda a construir un fuerte en la orilla

del río de ese nombre; y que los franceses, que de esto se enteran, le

hacen saber a dicho Gobernador que no les permitirán a los virginianos

explotar ese territorio; y ya tenemos en conflicto, por primera vez, a

los norteamericanos por la posesión de terrenos contiguos a los suyos.

El Gobernador Dinwiddie quiso conocer cuál era la actitud de los

franceses en este asunto; cuáles eran sus verdaderas aspiraciones acerca

del discutido territorio situado al norte del río Ohio, y decidió enviar

un comisionado que se entrevistara con las autoridades francesas y se

hiciera cargo de sus pretensiones. Para desempeñar tan difícil encargo

se comisionó a un joven perteneciente a una ilustre familia de Virginia,

cuyo nombre excelso habría de llenar después una de las páginas más

grandes de la historia de la humanidad, y que con esa aventura se inició

en la vida pública de su país: George Washington.

A fines del año 1753, Washington salió de Virginia y, dirigiéndose hacia

el Norte, venciendo obstáculos y distancias inconcebibles, llegó hasta

las inmediaciones del lago Erie, entrevistándose en el fuerte Le Baeuf

con el jefe de las fuerzas francesas, Gardeur de Saint Pierre. Este lo

colmó de atenciones; pero le hizo presente, para que así lo hiciera

saber al Gobernador de Virginia, que si los colonos ingleses no

evacuaban la parte norte del río Ohio, se vería compelido a expulsarlos

por la fuerza. Al conocer Dinwiddie esa actitud, reclamó auxilios de

Inglaterra; pero esta nación ni siquiera prestó oídos a la petición.

A pesar de esta actitud de la Corona Británica, los virginianos

decidieron pelear. En 2 de abril del año 1754, Washington, con el grado

de Teniente Coronel y al frente de dos compañías, se dirigió al Norte.

La suerte le fué adversa: en 4 de julio de ese año tuvo que rendirse a

los franceses en el fuerte "Necesidad".

Inglaterra hasta entonces no había dado pruebas de preocuparse de las

luchas de sus colonos con los franceses; pero esta vez se preocupó, por

el sesgo que llevaban estos asuntos, y envió a América al general

Braddock al frente de algunos refuerzos. Braddock, con las fuerzas

traídas de Inglaterra y con otras americanas, inició en el verano del

año 1755 una nueva campaña; pero el éxito sonrió otra vez a las armas

francesas.

Al año siguiente comienza la guerra de los siete años, y tuvo ésta por

escenario no sólo a Europa, sino también los campos de América. El

territorio hasta entonces disputado, el situado al norte del río Ohio,

fué el teatro de la lucha. Al principio la suerte fué adversa a los

ingleses, pero como se enviara desde Inglaterra un contingente de 50,000

hombres, el éxito se cambió para esta nación; y desde el año 1759, con

la toma de los fuertes Niágara y Ticonderoga, quedó decidido el triunfo

de la campaña.

Con el tratado de París, de 10 de febrero de 1763, dió término la guerra

de los siete años; y al quedar resueltos definitivamente los destinos de

Francia en América, con la cesión que hizo del Canadá en favor de

Inglaterra, quedó decidida también la suerte de los terrenos del norte

del río Ohio, es decir, el conflicto que desde mediados del siglo armó

en guerra a los virginianos.

La Gran Bretaña, al quedar en posesión del territorio que nos ocupa,

cometió una injusticia. En vez de agregarle a Virginia el referido

territorio, ya que por su posesión tanto había combatido esta colonia,

lo puso bajo la dependencia del Canadá. Los virginianos no pudieron

decir, sin embargo, que habían perdido el tiempo. Su esfuerzo no fué

infructuoso: consiguieron adiestrarse en las artes de la guerra, y esa

práctica había de resultarles de gran provecho pocos años después,

cuando estalló la insurrección de las colonias.

Expuesta ya, a grandes rasgos, la acción de los colonos ingleses en el

territorio situado al norte del río Ohio, antes de la independencia,

ocupémonos ahora del situado al sur de dicho río, es decir, del que

forma el área que hoy tienen los Estados de Kentucky y Tennessee.

Los franceses no les negaron nunca a los ingleses su derecho a ese

territorio. Disputaron siempre la dominación del territorio del norte

del río Ohio, pero los del Sur los consideraron siempre como de la

pertenencia de Inglaterra, y para esta nación formaban parte de

Virginia.

La ocupación de ese territorio por Virginia, puede citarse como un

ejemplo de que la expansión norteamericana fué, más bien que obra de la

acción política del gobierno, un producto o un resultado de la actividad

individual. En Virginia, el eje de la organización social estaba

constituído, por así decirlo, por los propietarios rurales; y estimando

éstos que ya los terrenos de dicha colonia resultaban insuficientes para

sus cultivos, se fueron extendiendo poco a poco hacia el Oeste. El

cultivo, del tabaco especialmente, requería nuevas tierras. La

iniciativa individual comenzó, pues, la expansión, antes que la

actividad política. Tuvo tal importancia la actividad privada, que una

de las compañías formadas para la explotación de las nuevas tierras, la

llamada de "Los propietarios de la Colonia de Transilvania", instituyó

un gobierno propio formado por los colonos; gobierno que fué suprimido

después por el de Virginia, pero cuando ya su Cámara había tenido tiempo

de votar seis leyes.

A medida que los nuevos territorios iban ganando en importancia, fué

arraigando en sus moradores el propósito de que los mismos fueran algo

más que una simple posesión de Virginia; y cuando esa idea estuvo firme

en las conciencias, el pueblo, reunido en convención en 7 de junio de

1778, designó dos Delegados que se dirigieron a Williamsburg, capital de

Virginia, para pedir su incorporación a esta colonia como un nuevo

Condado dentro de la misma. Llegaron dichos Delegados cuando la Asamblea

de Virginia declaraba su independencia de Inglaterra; pero obtuvieron su

objeto: seis meses después, el tan citado territorio formaba un nuevo

Condado.

La revolución, por la fuerza de las armas, consagró para las colonias el

dominio del territorio situado al norte del río Ohio. El joven

virginiano George Rogers Clark, al frente de un ejército, sostuvo dos

admirables campañas durante los años 1778 y 1779, que culminaron con la

rendición del coronel Hamilton, jefe de las fuerzas inglesas en

Vicennes, quedando toda la región en poder de los revolucionarios.

Expuestos ya los esfuerzos de los colonos norteamericanos por adquirir y

dominar la región situada entre los Alleghanies y el río Mississippi,

réstanos referirnos a la actividad de los comisionados de la paz, en

1783, a fin de asegurarla definitivamente, para la nueva nacionalidad.

Cuando se trató de ese asunto en las conferencias de París, con tal

tesón defendieron los delegados norteamericanos la aspiración de la

nueva República, de que el río Mississippi señalara su lindero

occidental, que los ingleses se allanaron, aunque de mal grado, a dicha

petición. Pero inesperadamente surgió un serio obstáculo: el Gobierno de

Luis XVI se opuso a que el dominio de ese territorio pasara a los

Estados Unidos.

Francia y España en aquel entonces marchaban de perfecto acuerdo, y Luis

XVI aspiraba a que Inglaterra conservara el dominio del territorio

situado al norte del río Ohio y España el situado al sur de dicho río.

Los Delegados americanos se veían en un trance apurado. El Congreso de

los Estados Unidos, creyendo en la buena fe y en la amistad de Francia,

así como en la espontaneidad del auxilio que le había prestado a los

revolucionarios, había encargado a dichos delegados que tomaran por

Consejero al rey de Francia. Con efecto, por un acuerdo adoptado por el

Congreso en 8 de junio de 1781, se les confería a los delegados esta

instrucción:

Deben Uds. tener muy al corriente de cuanto ocurra en las

conferencias a los Ministros de nuestro generoso aliado el rey de

Francia; no deben dar ningún paso, ni convenir nada, sin su

consentimiento; han de inspirarse en sus consejos y opiniones.

¿Cómo se explica tan difícil situación? ¿Qué significaba que mientras

los ingleses no oponían obstáculos a la aspiración de darle a la nueva

República la extensión reclamada por sus delegados, se viniera a colocar

frente a esa aspiración el Gobierno de Francia, su gran amigo y aliado?

Vamos a explicarlo. En primer lugar, la amistad de Francia hacia los

revolucionarios no fué nunca tan espontánea como éstos se la imaginaban.

Los ayudaban, no por otra cosa que por el deseo de perjudicar a

Inglaterra, entonces su enemiga y rival; y hasta tal punto es esto

cierto, que Turgot, uno de los ministros de Luis XVI, en un caso declaró

que a la larga a Francia no le convenía que en la lucha entre Inglaterra

y sus revueltas colonias triunfara aquélla, porque entonces retiraría de

éstas y traería al Continente el contingente de tropas que en ellas

combatía. El mismo Luis XVI y sus ministros, en más de una ocasión

significaron que aun cuando ayudaban a los revolucionarios, no por

simpatía, sino porque esta ayuda redundaba en daño de Inglaterra, no por

eso dejaban de experimentar ciertos escrúpulos, pues era un mal ejemplo

que un monarca auxiliara ostensiblemente la formación de una República

democrática.

Francia sabía lo que quería al oponerse a las pretensiones de los

delegados americanos:

Vió con mirada profética, dice el insigne escritor norteamericano

Willis Fletcher Johnson, que el acceso de los americanos al río

Mississippi habría de significar en lo futuro el control de éstos

sobre dicho río, y en definitiva su completo predominio sobre el

hemisferio occidental.

Tenía además otra mira: vislumbraba que cedido a España el territorio

situado al sur del río Ohio, dicho territorio, en fecha próxima,

llegaría a ser suyo, dado su predominio en los asuntos de esta monarquía

con la que marchaba en completa inteligencia.

Ya veía en lo futuro, dice el referido autor, el Tratado de San

Ildefonso.

Para conseguir su propósito, la diplomacia francesa ponía en juego toda

su habilidad. Le hacía ver a los delegados ingleses que los americanos

tenían que seguir sus consejos; y nada mejor, por otro lado, para

excitar la codicia de aquéllos, que halagarlos con la adquisición de

todo el territorio situado al norte del río Ohio. Les decía que se

hicieran fuertes, y al propio tiempo les hacía ver que en sus manos

estaba vencer la resistencia de los norteamericanos.

Los comisionados americanos, John Adams, John Hay y Benjamín Franklin,

dándose cuenta de que al conferirles el Congreso sus instrucciones, éste

no conocía cuál era la verdadera disposición y cuáles eran los

propósitos del Gobierno de Francia, no tuvieron inconveniente en

desobedecer dichas instrucciones. Franklin tenía sus escrúpulos, pero

Hay se los supo desvanecer. Como decía Adams, esa desobediencia los

llenaba de gloria.

Los ingleses se allanaron a la petición de los americanos; y una vez

firmado el Tratado, fué éste llevado para su ratificación al Congreso,

que sin duda se felicitó de que los comisionados hubiesen desobedecido

sus instrucciones. De esta manera las trece colonias, al obtener su

independencia, consagraron la adquisición de un territorio aun mayor que

su área. Las colonias, como antes dijimos, contaban con 341,752 millas

cuadradas, y el terreno que además se les reconocía contaba 488,248

millas.

El estudio del régimen a que fué sometido ese territorio es del mayor

interés. Los estados de New York, Connecticut, las dos Carolinas,

Virginia y Georgia, se habían distribuído el área de esa región; y

primeramente New York, y sucesivamente los otros estados fueron cediendo

la que se habían agregado, al Gobierno de la Confederación. Este hecho,

la conversión de esta región, que dejaba de pertenecer a determinados

estados para ser del dominio común, tuvo para la confederación, en el

orden moral, una importancia trascendental, de la que quizás la nación

misma no se dió cuenta, dice Willis Fletcher Johnson.

La idea, dice, de que tan enorme propiedad era del dominio de

todos, fué un fuerte lazo de unión que hizo sentir, quizás más que

ningún otro, la fuerza y la conveniencia de mantenerse unidos.

Fué, dice el historiador John Fiske, la primera cuestión en que estuvo

interesado todo el pueblo después que hubo obtenido su independencia.

Establecida la nueva nacionalidad, era necesario proveer de alguna

manera al Gobierno de la región situada al norte del río Ohio, o sea,

como antes dijimos, la que hoy ocupan los cinco grandes estados de Ohio,

Illinois, Michigan, Indiana y Wisconsin. A tal objeto se promulgó, en 13

de julio de 1787, la famosa "Ordenanza para el gobierno del territorio

de los Estados Unidos, situado al noroeste del río Ohio", y se puede

decir que el Congreso, al confeccionarla, se colocó a la altura del

genio político de los norteamericanos. Con razón se ha considerado esa

Ordenanza, junto con la Declaración de Independencia y la Constitución,

como los grandes monumentos del Derecho Constitucional de los Estados

Unidos.

La Ordenanza abrazaba cuatro materias: consignaba disposiciones para el

gobierno del territorio; les otorgaba derechos individuales a sus

moradores; establecía ciertos requisitos mediante los cuales dicha

región se podía convertir en Estado, y últimamente prohibía en ella la

esclavitud.

Con respecto al gobierno, se disponía que éste habría de radicar en un

Gobernador; un Secretario y tres jueces designados por la Confederación;

una Legislatura con amplias facultades, compuesta por una Asamblea

General de elección popular, y otra Cámara, compuesta de cinco miembros,

designada por el Congreso de la Confederación de entre una propuesta de

diez personas formada por la Asamblea. Los habitantes del territorio

debían contribuir con determinada suma a los gastos de la

Confederación, pero la Legislatura era la encargada de asignar y

distribuir los ingresos.

Se reconoció a los habitantes el Habeas Corpus, el derecho de propiedad,

el de ser juzgados por un jurado y, en fin, todas las garantías que

constituyen la esencia de la libertad individual en los anglosajones.

Acerca de la formación de nuevos Estados, se proveía que éstos habrían

de ser no menos de tres, ni más de cinco, y se daban facilidades para

dicha formación. Bastaba con que en una región existiera una comunidad

compuesta de sesenta mil habitantes; que se diera su constitución, y que

estableciera su gobierno; eso sí, era necesario que éste fuese

republicano y no estuviera en contradicción con los intereses

fundamentales de la Confederación.

No es posible pedir mayor sabiduría, ni mayor consecuencia que la que

demostró el Congreso de la Confederación para con el principio del

gobierno propio al calor del cual habían surgido los Estados Unidos. Por

primera vez se dió ante el mundo el ejemplo de que un Estado,

espontáneamente, al adquirir por expansión un territorio, les ofreciera

a los habitantes del mismo el gobierno propio.

Diez y seis años después de promulgada la Ordenanza, Ohio era admitido

como Estado, y antes de que transcurriera la primera mitad del siglo

pasado, fueron reconocidos los otros cuatro.

(B)

(1803) LOUISIANA.

En 1803, es decir, a los veinte años de constituída la República

norteamericana, se vió duplicada su extensión territorial con la compra,

a Francia, de la Louisiana, compuesta de 883,072 millas cuadradas. Basta

decir, para darnos cuenta de lo que abarca tan dilatada extensión, que

dentro de la misma cabrían las superficies de Francia, Alemania,

Austria-Hungría y España. Las causas de la adquisición de ese

territorio, y su destino dentro de la Unión, va a ser ahora objeto de

estas líneas.

Apenas obtenida la independencia, la colonización de Kentucky y de

Tennessee había obtenido proporciones inconcebibles; hasta el punto de

que, antes de que terminara el siglo XVIII, ya esas dos regiones habían

sido proclamadas como Estados. La inmigración hacia ellas, que había

tomado gran auge, ya no se conformaba con llegar hasta el río

Mississippi, que era su límite occidental, sino que después de

atravesarlo, hubo de extenderse por la otra banda. En pleno territorio

español se habían establecido varios millares de colonos americanos

dedicados al cultivo de la tierra, con la ventaja, para ellos, de no

estar sometidos a gobierno alguno, pues la soberanía española, en gran

parte de tan dilatada extensión, era más bien nominal que efectiva. En

San Luis, en Nuevo Madrid, en Santa Genoveva, en las principales

poblaciones de la Louisiana, había un gran número de americanos.

Con tales antecedentes, fácilmente se comprenderá que para el desarrollo

de la nueva nación, para el crecimiento de su comercio y de su

industria, en aquella época en que no había ferrocarriles, ni buenos

caminos, había de ser de excepcional importancia la facilidad en la

navegación del río Mississippi; y que para los norteamericanos tenía que

entrañar honda gravedad el hecho de que se pusiera inconvenientes a

dicha navegación. Eso fué lo que hizo España, torpemente inspirada.

El río Mississippi, en la última parte de su curso, corría por

territorio español: por un lado bañaba la Louisiana y por otro la

Florida Occidental; y España, ya predispuesta, pues siempre vió a los

anglosajones en América con gran recelo, por creer que ella debía ser la

única dueña de los destinos del Continente, como se enterara de cierta

cláusula secreta del Tratado de París, de 1783, entre los Estados Unidos

e Inglaterra, que la afectaba, al año siguiente puso serios obstáculos a

la navegación del río.

Por la cláusula de dicho Tratado que tanto alarmó a España, se convenía,

al fijar el límite meridional de los Estados Unidos con la Florida

Occidental, que, en el caso de que ésta pasara al dominio de Inglaterra,

ese límite se correría hacia el Norte; y más al Sur, como en unas cien

millas, en el caso de que permaneciera en poder de España. Este

territorio, de tan problemático destino, llamábase Yazoo.

No hay que decir que al interrumpirse la navegación del río, los

intereses norteamericanos, perjudicados por tal medida, reclamaron

protección de manera imperiosa. Thomas Amis, comerciante de la Carolina

del Norte, que había fletado una embarcación con productos que debían

salir al Océano, vió éstos confiscados y él reducido a prisión por las

autoridades españolas; y como este caso se repitiera, toda la nación

pidió que se exigiera la libre navegación por el río.

Los habitantes del Estado de Kentucky, a quienes interesaba tanto como a

los que más la navegación del río, extremaron la nota de la protesta.

Dirigidos por George Rogers Clark se armaron en pie de guerra,

amenazando con separarse de la Unión si ésta no podía conseguir que

triunfara su petición. Todo el Estado se aprestó a la lucha: o se

conseguía la libre navegación del río, o Kentucky se declaraba separado

de la Unión. Los gobernantes españoles de Nueva Orleans, por su parte,

avivaban el fuego diciéndole al oído a los kentuckianos que, si se

declaraban independientes, España les reconocía el derecho a la libre

navegación del río.

George Washington, a la sazón Presidente de la República, juzgó que ese

asunto se debía gestionar y resolver de una vez en la misma España, y a

tal objeto, en 1795, envió a Thomas Pinckney, como Ministro a dicha

nación, con terminantes instrucciones. Pinckney, puesto al habla con el

Príncipe de la Paz, el famoso ministro español, ventiló las diferencias

entre las dos naciones, y los esfuerzos de dichos diplomáticos

culminaron en el Tratado de 20 de octubre de 1795.

Dicho tratado constituyó un verdadero triunfo para la diplomacia

norteamericana. Se les reconoció a los Estados Unidos el lindero con la

Florida, que se había fijado en el Tratado de París, quedando, por

tanto, en poder de la nueva nación el territorio de Yazoo, cuya posesión

era objeto de tantos recelos, y se les reconocía además a los americanos

el derecho de depositar sus mercancías en Nueva Orleans, durante tres

años, pasados los cuales se podía escoger ese lugar, u otro, para dicho

depósito. Con esto quedó calmada la agitación en Kentucky, y el

desasosiego en todos los demás estados bañados por el río Mississippi y

su afluente el río Ohio.

No pasó mucho tiempo sin que el interés del pueblo americano volviera a

concentrarse en los asuntos de Louisiana. No habían transcurrido más que

cinco años de haberse firmado el Tratado de Madrid, antes citado, de 20

de octubre de 1795, cuando se firmó el de San Ildefonso, de 1º de

octubre de 1800, por el que España transfería a Francia el dominio de

dicha provincia. ¿Por qué se hizo esa cesión? España tuvo una razón:

temerosa del auge e importancia que día por día iba cobrando la Unión,

pensó que el río Mississippi era una frontera muy endeble, y que mejor

convenía a sus intereses retirarse a sus posesiones de Méjico y colocar

entre ella y los Estados Unidos a una gran potencia europea, que fuera

capaz de oponer resistencia a la expansión de la gran República. Además,

España quería adquirir una provincia en la península italiana, y

Napoleón estaba en condiciones de cederla a cambio de la Louisiana.

Por otra parte Napoleón, en sus delirios de grandeza y de dominación, se

sentía halagado con la idea de poseer en América un vasto imperio

colonial. Ya soñaba no sólo con la posesión de la Louisiana, sino en

fomentar desde ella una insurrección del elemento francés residente en

el Canadá, la cual, al triunfar, le daría de nuevo a Francia el dominio

de tan vasto territorio.

El tratado de San Ildefonso se debía mantener en secreto. Se quería

esperar a que las guerras del viejo Continente le dieran una tregua a

Napoleón que le permitiera enviar un contingente que ocupara la nueva

provincia; y mientras tanto ésta seguiría gobernada por las autoridades

españolas. España no consignó los límites de la Louisiana; transfirió su

territorio sin expresar linderos; pero de lo que sí se preocupó--y esto

se consignó en una cláusula--fué de exigirle a Francia el compromiso de

que en ningún caso la transferiría a otra nación: debía conservar su

dominio para siempre; lo que prueba que fué el temor a que la expansión

norteamericana tocara sus confines lo que la llevó a ceder tan valiosa

posesión.

Hasta la primavera del año 1802 no se enteraron en los Estados Unidos de

la existencia del tratado de San Ildefonso. Honda preocupación produjo

ese hecho. No era lo mismo tener por vecina a una nación arruinada y

decadente, como era España, que a Francia, cuyos alardes de fuerza

traían inquieta a Europa desde hacía tiempo. Además, no se sabía qué

sesgo tomaría ante este cambio la batallona cuestión de la navegación

del río Mississippi, y se temía también que la América--dada la

importancia de las colonias inglesas y españolas, y ahora de la

francesa--se convirtiera en un nuevo centro de las eternas rivalidades,

cuestiones e intrigas de las cancillerías europeas. En 18 de abril de

dicho año, el Presidente de la República, Thomas Jefferson, le escribía

sobre este suceso a Robert R. Livingston, Ministro en París, y lo

lamentaba expresándose así:

La cesión que ha hecho España a Francia, de la Louisiana y de las

Floridas, ha causado en los Estados Unidos un verdadero disgusto,

pues afecta de manera directa a todas nuestras relaciones

políticas. Hay en el mundo un lugar, que tanto nos interesa poseer,

que cualquiera otra nación que lo disfrute tiene que ser,

naturalmente, nuestra enemiga. Ese lugar es Nueva Orleans. La

producción de las tres octavas partes de nuestro territorio tiene

que pasar por allí antes de ir al mercado, con la particularidad de

que esas tres octavas partes de nuestro territorio son tan ricas y

fértiles, que sostienen a más de la mitad de nuestra población y

rinden más de la mitad del valor de nuestros cultivos. De ahí que,

al colocarse Francia en esa puerta, veamos en su actitud un acto de

desafío, y dudo que las dos naciones puedan seguir manteniendo

buenas relaciones.

A pesar del malestar que produjo la noticia de la cesión de la

Louisiana, el asunto quizás no habría tenido más consecuencia que el

disgusto y el mal efecto que produjo, de no haber precipitado los

sucesos una medida imprudente de Morales, Intendente de Nueva Orleans.

En 16 de octubre de 1802, dicho funcionario revocó la orden por la cual

los comerciantes americanos podían depositar las mercancías que

descendieran por el Mississippi, en Nueva Orleans. Según se ha dicho,

Morales procedía por su cuenta; sin que hubiera recibido instrucciones

en tal sentido del rey de España, ni del Gobierno de Francia. Sea ello

lo que fuere, es lo cierto que la medida exasperó los ánimos. En los

Estados fronterizos con los ríos Mississippi y Ohio no se hablaba más

que de ir a la guerra; y la nación, que ya tenía el convencimiento de

que le era indispensable obtener lo de la libre navegación, ahora se

hizo el propósito de tomar alguna acción que produjera el resultado de

dominar y controlar, en forma segura, tan importante vía.

El recuerdo de los perjuicios que había causado en alta mar la marina de

guerra francesa al comercio norteamericano, contribuía a aumentar la

inquietud; y, sobre todo, sabiéndose que la nación, más temprano o más

tarde, tendría que librar una batalla para asegurar de manera eficaz la

navegación del río, se quería dejar resuelto este asunto de manera

definitiva.

La excitación pública culminó en una verdadera exaltación cuando se

conocieron los motivos que tuvo el Intendente Morales para revocar la

disposición sobre el depósito de las mercancías en Nueva Orleans. En 28

de octubre, William C. Claiborne, Gobernador del territorio de

Mississippi, le dirigió una comunicación a Manuel de Salcedo,

Gobernador General de la Louisiana, inquiriendo los motivos por los

cuales se había adoptado semejante resolución, y en 15 del mes siguiente

le contestó explicando esos motivos. Le decía en la contestación que no

era él, sino el Intendente, quien en uso de las facultades que tenía en

materia de comercio y navegación--y las que eran ajenas a las

suyas--había dictado la medida, la cual se había fundado, en primer

lugar, en el hecho de haber transcurrido con exceso los tres años que se

fijaron en el Tratado de 1795, y durante los cuales los americanos

podían depositar sus mercancías en Nueva Orleans; y después, en que a la

sombra del derecho de depósito de los norteamericanos, se cometían

irregularidades y fraudes en alto grado perjudiciales a los intereses

del estado español.

Esa correspondencia fué remitida a la Cámara de Representantes--que la

había pedido al Presidente de la República--en 28 de diciembre, y en los

primeros días del mes de enero del año siguiente dicho cuerpo legislador

adoptó la siguiente moción:

Se declara que esta Cámara se ha enterado con verdadero asombro de

las medidas tomadas por determinadas autoridades españolas de Nueva

Orleans y que dificultan la navegación del río Mississippi, la que

había sido garantizada a los Estados Unidos por medio de formales

estipulaciones; y que de acuerdo con la política de prudencia y de

humanidad que debe guiar a los pueblos libres, y de la que siempre

han sido devotos los Estados Unidos, se confía en que el Ejecutivo

sabrá velar por los derechos de la nación, que han sido

desconocidos, no por Su Majestad Católica, sino más bien por

determinados funcionarios españoles; debiendo manifestar el

inquebrantable propósito de mantener los derechos de navegación y

comercio en el río Mississippi, tal como lo tienen establecido los

Tratados vigentes.

El Presidente Jefferson era partidario de solucionar esta cuestión por

medios pacíficos; confiaba en la diplomacia y atribuía el ardor bélico

que dominaba la nación a maquinaciones de sus adversarios, los

federalistas, para halagar a los habitantes de los estados occidentales,

cuyos sufragios se deseaba obtener para las futuras elecciones.

Este cargo era infundado. Los federalistas en este caso no hacían más

que seguir las inspiraciones de la más grande de sus figuras, el ilustre

Alexander Hamilton; pues así como Jefferson representaba los ideales

democráticos de su pueblo, Hamilton encarnaba la idea de la expansión,

del engrandecimiento de la nación.

Las ideas de Hamilton sobre el destino de su país estaban condensadas en

estas palabras de _El Federalista_: "Tener un verdadero ascendiente en

los asuntos americanos". Desde el Congreso de la Confederación había

pedido que se declarase que la navegación del río Mississippi era un

derecho esencial de la nación, y siendo miembro del Gabinete del

Presidente Washington, había dicho también que la libertad de navegar

por dicho río era indispensable para la unidad del país. En 1798 y en

1799, en varias ocasiones, dijo algo más: manifestó que los Estados

Unidos debían adquirir todo el Continente Septentrional, menos Canadá,

pero incluyendo desde luego Louisiana y las Floridas. Su verdadero

ideal, lo que ambicionaba, era que su patria se engrandeciera y dominara

en el Norte, y que las diversas colonias de la América meridional se

constituyeran en Repúblicas, unidas a los Estados Unidos por los lazos

de la amistad y de la gratitud.

Una particularidad ofrece este asunto, y es la de que Hamilton, que tan

esencial juzgaba el derecho a la navegación del río Mississippi, no

creía que los Estados Unidos podían hacer valer sus peticiones en el

campo del derecho internacional. A su juicio, desde el punto de vista

jurídico, España podía disponer las medidas que juzgase oportunas; pero

era tan necesario a los Estados Unidos el disfrute de las ventajas de la

navegación, que era justo no sólo imponerlo, sino apoderarse de la

Louisiana como medio de garantizar dicho disfrute. Jefferson, por el

contrario, creía que había un derecho natural a la navegación del río,

cualquiera que fuese la nación que poseyera sus márgenes; y quizás por

esta razón, quizás por la convicción que abrigaba de que estaba el

derecho de su parte, fué por lo que siempre confió en la posibilidad de

un arreglo sin llegar a la guerra.

En manos del Presidente, y en las de la mayoría con que contaba en el

Congreso, estaba la solución definitiva del problema. Los federalistas

presentaron diversas proposiciones, que por considerarlas exageradas y

un tanto comprometedoras fueron desechadas, y en definitiva se adoptó la

que fué presentada por S. Smith, Representante por Maryland. Nada se

decía en dicha proposición sobre el asunto de que se trataba. Se juzgó

discreto limitarse a autorizar al Presidente de la República para gastar

hasta la cantidad de dos millones de pesos en las atenciones que se

originaran.

A pesar de los términos de esta proposición, el Congreso, pocas semanas

después, autorizó el alistamiento de ochenta mil voluntarios; y el

propio Presidente no descuidó un detalle en los preparativos para la

guerra, pues creía indispensable llegar a ella si fracasaban las

negociaciones que se proponía iniciar. Jefferson no tenía otro propósito

que el de obtener garantías, "que aseguraran los derechos e intereses de

los Estados Unidos con respecto a la navegación del Mississippi y al

territorio bañado por su ribera oriental". Así lo hizo constar en su

Mensaje al Senado el 11 de enero de 1803. Para lograr esa finalidad,

juzgó que lo más conveniente era comprar a Francia la parte situada al

Este de la margen de dicho río, y a España la llamada Florida

Occidental, ya que entre ésta y la Louisiana corría el Mississippi en la

última parte de su curso. En ese sentido le confirió instrucciones a

Robert R. Livingston, Ministro en París, y a Charles Pinckney, que lo

era en Madrid. Además se nombró a James Monroe Enviado Extraordinario y

Ministro Plenipotenciario, a fin de que actuara de acuerdo con aquellos

dos.

No creían los comisionados que les fuera fácil conseguir sus propósitos,

pues aunque la posesión de un sitio en la desembocadura del río

Mississippi para depositar las mercancías, y la adquisición, además, de

parte de la Florida Occidental, representaba muy poco para Francia,

había llegado a noticias de aquéllos que Napoleón, en su afán de abatir

el poder de Inglaterra, pensaba formar en América un imperio colonial

más vasto e importante que el Canadá.

El asombro de los comisionados, por esos motivos, llegó al colmo cuando,

entrados ya en negociaciones con Napoleón y con los Ministros Talleyrand

y Marqués de Marbois, y sin que los primeros hubieran revelado otra cosa

que los propósitos contenidos en las instrucciones recibidas del

Presidente Jefferson, súbita e inesperadamente el propio Napoleón les

propuso la venta de toda la Louisiana en quince millones de pesos. Una

ojeada a la posición internacional de Francia en aquellos críticos

momentos nos explica tan repentina determinación. Vamos a darle la

palabra al escritor americano Willis Fletcher Johnson, que la describe

en estos términos:

Si la paz de Amiens hubiese durado más tiempo, Napoleón hubiera

podido realizar sus ambiciosos planes; pero al cesar esa paz,

Inglaterra y Austria se colocan de nuevo frente a Francia e inician

una campaña que sólo había de terminar con lo que terminó: con el

desastre de Waterloo. La flota inglesa constituía un insuperable

obstáculo para enviar un ejército a la Louisiana. Al propio

tiempo, el reciente desastre de la campaña de Haití, restaba

alientos a una empresa de esa clase. Los agentes secretos

aseguraban que la única manera de resistir la invasión de los

norteamericanos, que ya parecía inminente, como lo demostraba el

reciente alistamiento de ochenta mil voluntarios, consistía en

enviar a aquellas regiones un fuerte ejército; sin que pareciera

suficiente el de veinticinco mil hombres que se estaba preparando.

Además, todos los recursos de Francia resultaban escasos para

luchar en su propio territorio. Agréguese a esto que Napoleón

necesitaba dinero, y que le convenía granjearse la amistad de los

norteamericanos a fin de evitar que algún día llegaran a ser

aliados de Inglaterra.

Los comisionados norteamericanos no estaban facultados para tanto; no se

había previsto el caso de que se les propusiera la venta de toda la

Louisiana. Su misión se reducía a asegurar de modo efectivo la

navegación del río, adquiriendo parte del territorio inmediato a sus

márgenes; y aunque nunca pensaron en que fuera la venta de toda la

Louisiana la solución del problema, no titubearon en aceptarla; sin que

se pusieran a discurrir en si podían gastar quince millones en lo que se

les autorizó para emplear sólo dos millones.

Todo se hizo rápidamente. El 12 de abril de 1803 había llegado Monroe a

París, y el día 30 de ese mismo mes, él y Livingston por parte del

Gobierno de los Estados Unidos, y el Marqués de Marbois por parte del de

Francia, estipulaban la venta.

Obsérvese una coincidencia: estos comisionados, como los de la paz en

1803, infringían las instrucciones recibidas del Gobierno; infracción

que había de producir el resultado, en esta oportunidad como en aquélla,

de doblar el área de la Nación.

Fué de esta manera como los Estados Unidos adquirieron el vasto

territorio que hoy está distribuído entre los estados de Louisiana,

Arkansas, Missouri, Nebraska, Iowa, Dakota del Norte, Dakota del Sur,

gran parte de Minnesota, Wyoming, Colorado, Kansas y Oklahoma, y una

parte también de Mississippi, Alabama y Montana.

Apenas suscrito el Tratado, fué remitido al Presidente Jefferson;

dirigiéndose después Monroe a Londres, donde debía desempeñar el cargo

de Ministro. La impresión que produjo el Tratado, apenas fué conocido en

los círculos oficiales de Washington, sobre todo entre los amigos del

Gobierno, fué de sorpresa y de júbilo; pero, pasados los primeros

momentos, le asaltó al Presidente una preocupación: pensó que la

Constitución no facultaba al Ejecutivo ni al Senado para anexar a la

Unión parte alguna de territorio extranjero. Jefferson era, según la

denominación entonces en boga, un "construccionista"; y, para éstos, al

Gobierno le estaban vedadas aquellas facultades que no le estuvieran

atribuídas expresamente.

Pensó Jefferson, para salir del trance, en la conveniencia de añadirle

una enmienda a la Constitución, por la que se facultase al Presidente y

al Senado para celebrar tratados de anexión; pero su Gabinete lo

disuadió de ese propósito, entre otras razones por la de que el Tratado

debía quedar ratificado dentro de seis meses, y en plazo tan apremiante

no era posible pensar en la reforma constitucional. Se decidió, pues, a

darle su curso al asunto, y en 18 de julio convocó al Congreso a sesión

extraordinaria para el día 17 de octubre. No expresó el objeto de dicha

convocatoria; se limitó a consignar que habría de tratar de asuntos de

gran interés para la nación. Llegado el día de la reunión, dirigió dos

Mensajes, uno al Senado, sometiéndole el Tratado para su ratificación, y

otro a los dos cuerpos sugiriéndoles la necesidad de promulgar

determinadas leyes, una vez obtenida dicha ratificación.

Dos días después de la fecha en que se reunió el Congreso, el Senado

ratificó el Tratado por una votación de 24 contra 7; y pasados otros dos

días, el Presidente se dirigió de nuevo al Congreso recomendándole que

adoptara la legislación procedente sobre el orden de cosas que creaba la

adquisición de la Louisiana. Fueron varias las proposiciones presentadas

por los legisladores amigos del gobierno: una declarando bien hecha la

compra, otra disponiendo medidas para el gobierno del nuevo territorio,

otra autorizando una emisión de bonos para amortizar la deuda contraída

con motivo del pago a Francia del importe de la compra, y otras de

índole parecida. A todas esas proposiciones fueron opuestos los

federales, dirigidos por Griswold, Representante por Connecticut, e

inspirados no en otra cosa que en la política partidarista. ¡Curiosos

vaivenes de la política! Los federales, cuyo jefe Hamilton era el

prototipo de los expansionistas, ahora eran opuestos a la adquisición de

la Louisiana, y el mismo Jefferson resultaba el más ardiente defensor de

los planes que antes había censurado en aquél.

Así y todo, a pesar del marcado sabor político de la discusión, ésta se

mantuvo a gran altura; los debates tuvieron una trascendencia

extraordinaria, agitándose por vez primera algunas de las cuestiones que

aun en este siglo dividen el parecer de los estadistas y mueven la

opinión pública.

John Quincy Adams, a la sazón Senador por Massachusetts, dijo que el

Tratado envolvía una verdadera infracción de la Constitución. Se dijo

por otros que no estaban claros los títulos por los cuales Francia había

adquirido la Louisiana; a lo que se contestó que el hecho de que aquella

nación la vendiera, y el de que las propias autoridades españolas de

Nueva Orleans, al recibir las protestas con motivo de los obstáculos

sobre la navegación del río, hubieran contestado que ya no eran ellas,

sino el Gobierno de Francia el llamado a resolverlas, eran prueba de que

Su Majestad Católica había transferido su dominio; y se apuntó también

lo significativo que resultaba el hecho de que los federales, antes tan

dispuestos a tomar a Nueva Orleans por medio de las armas, ahora

pusieran reparos a los papeles del nuevo territorio. Se dijo también que

el Presidente y el Senado se habían excedido; que la Constitución no

facultaba al Gobierno de los Estados Unidos para adquirir nuevos

territorios; a lo que se contestó que si en la declaración de

independencia se había estipulado que la Unión, como Estado soberano, se

colocaba en las condiciones de los otros que también lo eran, era

indudable que podía hacer todo lo que a éstos les estaba permitido,

incluso adquirir nuevos territorios; lo que, por lo demás, podía

entenderse como una derivación de la facultad de hacer Tratados y de la

de declarar la guerra.

Apelaron también los impugnadores de la venta al recuerdo del nacimiento

de la Unión, a que había surgido a virtud de un pacto o de una

convención, para sostener que siendo su origen contractual, no se la

podía hacer extensiva a territorios ajenos a la Confederación; pero se

adujo en contra de este argumento el precedente del territorio que no

estaba comprendido dentro del área de las primitivas colonias, a que nos

referimos antes, y cuya adquisición consagró el Tratado de París (3 de

septiembre de 1783).

No quedó por ser examinado un solo aspecto del problema. Se denunció

como una infracción constitucional la circunstancia de que el Tratado

les otorgara a los barcos franceses y españoles, en Nueva Orleans,

determinadas ventajas de que no disfrutaban en los Estados de la Unión.

Se habló de la mucha distancia que separaba la Louisiana de la capital

de la nación; de que el pueblo era de otra raza; de que gran parte de la

población de los primitivos Estados era posible que abandonara su

antigua residencia en busca de nuevas tierras, lo que habría de redundar

en perjuicio de aquéllos; de que España era opuesta al Tratado, lo que a

la larga traería serias desavenencias con dicha nación; de que la Unión

iba a tener que distraer todo un ejército en la vigilancia y custodia

del nuevo territorio; y se habló también, por último, de este aspecto

que con seguridad tuvo que ejercer más impresión que ninguno otro en los

jeffersonianos, ya que éstos se consideraban como los voceros de la

democracia: ¿con qué derecho se disponía de la suerte de un país, sin el

consentimiento de sus moradores?

Indudablemente que el principio según el cual los poderes de todo

gobierno no debían tener otra base que no fuera la del consentimiento de

los gobernados, y al que con tanta brillantez se había referido el

propio Jefferson al redactar la declaración de independencia, sufría

ahora un paréntesis. El día 30 de noviembre de 1803, en la casa del

Cabildo de Nueva Orleans, el Marqués de Casa Calvo y don Manuel Salcedo,

a nombre del rey de España, transferían la Louisiana, en medio de

ceremonias rodeadas de mucho aparato y esplendor, al Gobierno del Primer

Cónsul, representado en aquel acto por Pedro Clemente Laussat; y con el

mismo ceremonial, el día 20 del mes siguiente, era transferido el

dominio de la Louisiana al Gobierno de los Estados Unidos, representado

por W. C. Claiborne, Gobernador de Mississippi; sin que en ninguno de

esos dos actos tuvieran los habitantes de la vieja provincia española

otro carácter que el de meros espectadores.

Pero el principio en cuestión no tardó en resplandecer de nuevo y en

brillar con toda intensidad. Véase, si no, lo ocurrido con el gobierno

de Louisiana en los nueve años que transcurrieron desde 1803 hasta 1812,

fecha en que parte del territorio fué admitida como un Estado de la

Unión. Nada más digno de admiración que el estudio de las cuatro fases

por que atravesó el gobierno de la nueva región durante dichos nueve

años. Obsérvese dicho proceso, y se verá que cada nueva etapa significó

un paso de avance hacia el principio del gobierno propio.

Con efecto, al verificarse la cesión en 1803, el Congreso dejó en manos

del Presidente cuanto se refería al Gobierno de la Louisiana, y dicho

funcionario nombró un Gobernador con las facultades de que durante la

soberanía española estuvieron investidos el Gobernador General y el

Intendente, y un Comandante Militar, los dos con omnímodas facultades.

Este gobierno duró pocos meses: ante las protestas de los comerciantes y

de las personas más influyentes de Nueva Orleans, el Congreso de la

Unión votó una ley dividiendo la antigua provincia en dos partes, una al

sur, con categoría de "Territorio", que se denominó de Orleans, y otra

al Norte, que se llamó Louisiana y que no había de ser más que un

"Distrito". El territorio de Louisiana se regiría por un Gobernador y

trece consejeros designados por el Presidente; y como este sistema de

gobierno tampoco agradara a los habitantes del territorio de Orleans, ni

a los del Distrito de Louisiana, ante las nuevas protestas, en enero de

1805 el Congreso resolvió elevar el citado distrito de Louisiana a la

categoría de "Territorio" y otorgarle a Orleans una Cámara de origen

popular, con promesa de ser admitido como Estado cuando contara sesenta

mil habitantes libres; y como esto ocurrió en 1812, en este año dicho

territorio fué reconocido como Estado, con el nombre de Louisiana.

Un detalle de la discusión, en el Congreso, sobre la admisión del nuevo

Estado, evidenció que los principios democráticos continuaban animando

el espíritu de los hombres que ostentaban los poderes públicos. Una

parte del Congreso, inspirada en principios conservadores, veía con

desconfianza y recelos la formación de nuevos estados; temía que éstos

hicieran prevalecer dentro de la confederación ideas y principios que no

fueran los que habían caracterizado a la Unión de los trece Estados

primitivos. El Representante Josiah Quincy estaba entre los disgustados

con la admisión de Louisiana; y como en el calor de su oposición llegara

a hablar de que la formación de un nuevo Estado facultaba a los antiguos

para separarse de la Unión, fué llamado al orden por el Presidente de la

Cámara, quien dijo que no podía consentir que públicamente se hablara

del derecho de secesión. De este requerimiento apeló Quincy ante la

Cámara, y ésta, por una mayoría de 56 votos contra 53, declaró que era

lícito referirse al derecho de secesión e invocarlo.

De esa manera quedó reconocido, por la Cámara de Representantes, que por

lo menos era lícito discutir el derecho de secesión.

(C)

(1819) FLORIDA.

Si la adquisición de la Louisiana significó, por una parte, la doble

extensión territorial de los Estados Unidos, por otro lado trajo, como

consecuencia, nuevos motivos de inquietud para la nación. Tenía ésta un

frente al Atlántico y otro al Golfo de Méjico, y era motivo de

preocupación que la continuidad de las costas se viera interrumpida en

la Florida, pues aunque por el momento no existía ningún peligro

inminente, ¿quién podía asegurar que no se presentaría en lo futuro?

¿Quién podía afirmar que España, sometida entonces a tantas calamidades,

no se pudiera ver en el trance de tener que ceder esa posición, de grado

o por fuerza, a otra potencia europea?

Había, además de esa causa de inquietud respecto a la seguridad exterior

de la Unión, otro motivo de malestar, atinente a la tranquilidad

interior. La Florida--en la que no existía una verdadera colonización, y

en la que España no había podido o no había querido establecer un

Gobierno con recursos suficientes para defender todos los

intereses--constituía el refugio de las tribus de indios "semínolas," de

instintos salvajes; y éstos, en sus continuas incursiones en el

territorio de la Unión, asolando cuanto a su paso encontraban, hicieron

nacer la zozobra en los ánimos. Agréguese a esto la resistencia pasiva

de España a determinar cuáles eran los verdaderos linderos de la

Louisiana, particular en que hicieron los Estados Unidos gran hincapié

porque quedase resuelto, apenas suscrito el Tratado de 30 de abril de

1803, y se explicará que en la vecina República se comenzara a acariciar

la idea de la anexión de la Florida.

Ciertas cartas escritas por Jefferson a significados políticos, cuando

aún no habían transcurrido cuatro meses de la fecha en que fué suscrito

aquel Tratado, nos revelan que el propio Presidente no se ocultaba para

decir que ambicionaba dicha adquisición. No hay más, les decía, que

esperar a que España se encuentre en guerra y ofrecerle dinero, con la

amenaza de que si no lo acepta recurriremos a la fuerza para ocupar la

Florida.

Los Estados Unidos pudieron, de una acometida, haber conquistado la

Florida; y sin embargo no lo hicieron. A pesar de aquellos propósitos; a

pesar de que era del dominio público la idea de que la seguridad y la

conveniencia de la nación exigían la posesión de la Florida, no

recurrieron a la violencia. Confiaron sus propósitos a la diplomacia, la

cual, como se ha de ver, produjo sus frutos. Hemos de ver, sin embargo,

que antes de que llegue el momento de que los Estados Unidos compren la

Florida por medio de un Tratado, en más de una ocasión el Gobierno de

Washington perturbó la posesión que ostentaba España; por más que a ello

le obligara el desgobierno reinante en la Florida.

Nada mejor, para conocer el proceso que culminó en la compra de la

Florida, que recurrir a los documentos oficiales.

En 20 de mayo de 1804, el Presidente, haciendo uso de una ley que

recientemente había votado el Congreso, declaró, por medio de una

proclama, que a los efectos del cobro de los derechos de aduana se había

establecido el "Distrito de Mobila", que comprendía el territorio que

corría desde la ribera occidental del río de ese nombre, hasta

Pascagoula. Contra esa medida estableció su protesta el Ministro español

en Washington, por entender que se trataba de un territorio sometido a

la dominación de España; mas aquel Gobierno no tomó en cuenta dicha

protesta.

En el Mensaje anual al Congreso, de 3 de diciembre de 1805, refirió el

Presidente de la República que las relaciones con España no eran lo

satisfactorias que se deseaba; que esta nación se negaba a solucionar

sus diferencias con los Estados Unidos, consignando además, entre otras

cosas, que constantemente se realizaban incursiones dentro de la

frontera americana, que causaban positivos daños y a las que no eran

ajenos los oficiales y soldados españoles. Tres días después, en un

Mensaje especial, el Presidente insiste sobre el mismo asunto,

exponiendo que a pesar de los esfuerzos del Ministro residente en

Madrid, a fin de solucionar la cuestión de los linderos de la Louisiana,

así como otras que estaban pendientes con España--gestiones en las

cuales había colaborado Monroe, que a ese objeto se dirigió expresamente

a esta nación--, nada se había obtenido, como no fuera la declaración de

que los Estados Unidos sólo tenían derecho, en el territorio situado en

la parte oriental del Mississippi, a una estrecha faja de territorio

inmediato a este río.

Por el mes de febrero del año 1806, el Congreso acordó en secreto votar

un crédito de dos millones de pesos para la compra de la Florida; y a

fin de estudiar el asunto en Madrid, el Presidente nombró dos

Comisionados que no pudieron adelantar nada.

En el mensaje anual de 2 de diciembre de 1806, aludió el Presidente a

que una fuerza española había penetrado en el territorio de la Louisiana

y a que era necesario fortificar a Nueva Orleans y la desembocadura del

río a fin de evitar esos hechos; y en el de 27 de octubre de 1807 hizo

mención de un Decreto que acababa de dictar el rey Carlos IV, remedando

el que había dictado Napoleón en 21 de noviembre de 1806, y por el que

les resultaba imposible mantener su comercio a los que fueran neutrales

en los conflictos de Europa.

Pronto toman los acontecimientos un nuevo sesgo. En la parte de la

Florida Occidental, situada desde el río Amita hasta la Louisiana, se

había establecido un gran número de ciudadanos norteamericanos; y

reunidos éstos en 1810, cerca de Baton Rouge, resuelven no reconocer la

soberanía de España; y aunque en los primeros momentos acordaron

establecer un gobierno independiente, después recurrieron a los Estados

Unidos pidiendo la anexión.

Desde el mes de marzo del año anterior ocupaba James Madison la

presidencia de la República; y éste, en vista de esos sucesos, lanza una

proclama en 27 de octubre de 1810 ordenándole al Gobernador del

territorio de Nueva Orleans que ocupara, a nombre de los Estados Unidos,

todo el territorio situado entre el río Mississippi y el Perdido. Esta

orden estaba razonada. Se decía en ella que era bien sabido que ese

territorio siempre había formado parte de la colonia de la Louisiana, y

aunque España lo había retenido, los Estados Unidos no habían cesado de

reclamarlo; que si hasta entonces no se habían decidido a ocuparlo, era

porque siempre se pensó que España, convencida de la justicia de la

reclamación, no dejaría que las cosas llegaran hasta el punto de que el

Gobierno de Washington tuviera que proceder por su propia cuenta, y que

el nuevo orden de cosas creado en dicho territorio podía ser, por la

proximidad de éste a los Estados Unidos, altamente perjudicial a su

comercio y a sus intereses, supuesto que a los que quisieran violar las

leyes que prohibían la introducción de esclavos y las que establecían

impuestos de aduanas, había de resultarles fácil desenvolver sus

actividades desde aquellos lugares. En cumplimiento de dicha proclama, a

fines del año 1810 el Gobernador del territorio de Nueva Orleans,

William C. C. Claiborne, toma posesión no de todo el territorio

enclavado entre los ríos Mississippi y Perdido, sino de una parte del

mismo, o séase de la situada entre el primero de dichos ríos y el

llamado Perla; y al año siguiente, por orden del Presidente Madison, fué

fortificada esa región y agregada al territorio del Mississippi. Contra

esa ocupación protestaron los Gobiernos de España, Inglaterra y Francia,

por medio de sus diplomáticos acreditados en Washington.

Dada la comprometida situación de España frente a las guerras entre

Francia e Inglaterra, el Gobierno de los Estados Unidos temía, con

sobradas razones, que alguna de estas dos naciones ocupara la Florida. A

veces se le atribuían esos propósitos a una y a veces a otra, y a ese

estado de cosas, inquietante para la República americana, supuesto que

tenía que ser motivo de preocupación que tal cosa ocurriera, obedeció la

siguiente Resolución Conjunta, aprobada por el Congreso en 15 de enero

de 1811:

Teniendo en cuenta la situación especial por que atraviesan España

y sus provincias de América; y considerando que es del mayor

interés para los Estados Unidos, desde el punto de vista de su

seguridad, de su tranquilidad y de su comercio, el futuro destino

del territorio con que lindan por el Sur.

Se resuelve: que los Estados Unidos, dada la peculiaridad de las

actuales circunstancias, no pueden asistir, sino en medio de la

mayor inquietud, al hecho de que parte del antes referido

territorio pase a manos de otro poder; que se verán compelidos, si

lo requieren las circunstancias, a ocupar temporalmente dicho

territorio, por exigirlo así su seguridad, sin perjuicio de iniciar

después las oportunas negociaciones para tratar de su destino

ulterior.

Al mismo tiempo que se votaba esa Resolución Conjunta, se autorizaba al

Presidente de la República para ocupar todo o parte del territorio de la

Florida, siempre que existiera el temor de que lo pudiera ocupar una

nación extranjera, y para emplear con ese objeto la Marina y el Ejército

de los Estados Unidos.

Unos días después se presenta en el Congreso un _bill_ declarando que

los límites del territorio de Orleans llegaban hasta el río Perdido. Se

quería, sin duda, darle la sanción del Congreso a la acción del Poder

Ejecutivo; pero dicho _bill_ tropezó en la Cámara con una fuerte

oposición. Se dijo, por los adversarios del Gobierno, que esa medida

envolvía una violencia, y al fin se acordó que aquel lindero fuera

fijado en Iberville. Adoptado el _bill_ en esa forma, fué sancionado

por el Presidente en 20 de febrero de 1811.

No pasó mucho tiempo sin que el Gobierno de los Estados Unidos se viera

en la necesidad, por causas diversas, de mandar que sus fuerzas

penetrasen en la Florida. Los indios semínolas vivían y tenían su

refugio en la Florida, pero continuamente penetraban en el Estado de

Georgia y asesinaban, saqueaban las propiedades y cometían todo género

de depredaciones. El Gobierno de España no disponía de medios para

someterlos, ni para evitar tampoco que aquella región fuera un refugio

de los piratas y de todos los malhechores que se escapaban de los

Estados Unidos. En noviembre de 1812, la legislatura de Georgia resolvió

que era esencial para la seguridad del Estado ponerle un término a

semejante situación, y a principios del año siguiente el general Andrew

Jackson, al frente de un ejército, penetra en territorio español y les

da una batida a las tribus de los semínolas.

Poco tiempo después, a mediados del año 1814, el general Jackson penetró

nuevamente en territorio español. Con motivo de la guerra entre los

Estados Unidos e Inglaterra, iniciada en 1812, dicho general, nombrado

Jefe del Departamento del Sur, estableció su cuartel en Mobila; y como

llegara a sus noticias que en Pensacola había desembarcado un

contingente inglés, que había tomado dicha población como base de sus

operaciones, y que se estaba armando a las tribus de indios enemigas de

los Estados Unidos para combatir contra éstos, allí se dirigió Jackson,

sin esperar órdenes de su Gobierno. Con poco esfuerzo desalojó a los

ingleses, devolviéndoles la población, pocos días después, a los

españoles y regresando a Mobila.

Con motivo de la ocupación de la Florida Occidental, España había roto

sus relaciones con los Estados Unidos desde 1808. En 1815 las reanudó.

Nombrado Ministro en Washington don Luis de Onís, éste le dirigió al

Secretario de Estado, a nombre de su Gobierno, una petición que abarcaba

tres extremos: ante todo, previamente, debía ser devuelta a España la

Florida Occidental, sin lo cual no se continuarían las negociaciones; se

debía impedir que en Nueva Orleans se armaran expediciones que fueran a

auxiliar a los insurrectos mejicanos y en las que se afirmaba que

tomaban parte oficiales y soldados del ejército de los Estados Unidos, y

se debía impedir que en los puertos de la Unión penetraran barcos con

banderas de las revueltas colonias de la América del Sur.

James Monroe, Secretario de Estado, contestó esas peticiones por medio

de una comunicación de 15 de enero de 1816, la que después de hacer

relación a todas las cuestiones suscitadas entre las dos naciones desde

1802 y a que los Estados Unidos se habían esforzado por arreglarlas,

mientras que el Gobierno de Madrid no había querido abordar ninguna

solución, se expresaba en estos términos: rechazaba, desde luego, la

demanda sobre devolución de la Florida Occidental, como trámite previo

para entrar en las negociaciones; negaba la afirmación relativa a que

oficiales y soldados del ejército de los Estados Unidos estuviesen

ayudando a los revolucionarios mejicanos; y con respecto a la solicitud

de que no fueran admitidos en los puertos de la Unión barcos de las

colonias insurreccionadas de la América española, replicaba que según la

política de los Estados Unidos, la bandera de una nación, fuese cual

fuera, no era obstáculo para impedir la entrada de ninguna embarcación.

No es posible referir punto por punto estas negociaciones. Tendríamos

que extendernos más de lo que queremos. Basta consignar que antes de que

llegaran a su término, hubo que vencer grandes obstáculos; unas veces se

llevaban en Madrid y otras en Washington, y en más de una ocasión

estuvieron a punto de romperse. Al fin culminaron en el Tratado de 22 de

febrero de 1819. Por dicho tratado, el rey de España cedía a los Estados

Unidos todo el territorio situado al Este del río Mississippi, conocido

por la Florida Occidental y Oriental y recibía una indemnización de

$5,000.000. También se fijaban en dicho tratado los linderos, por el

Oeste, de la Louisiana; renunciaban las dos naciones a las reclamaciones

pendientes por daños a sus ciudadanos; se le concedía a los barcos

españoles, durante doce años, el derecho de entrar en "Pensacola" y en

"San Agustín" en las mismas condiciones que los americanos,

estipulándose, por último, que el nuevo territorio sería admitido como

Estado tan pronto como esto no resultara incompatible con la

Constitución federal.

A pesar de que el tratado prevenía que habría de ser ratificado dentro

de seis meses, pasaron cerca de dos años antes de que fuese aprobado por

las Cortes españolas. En San Agustín y en Pensacola, en 10 y 17 de julio

de 1821, respectivamente, tuvieron efecto las ceremonias del cambio de

soberanía. Fué de esa manera como los Estados Unidos agregaron a sus

adquisiciones territoriales una nueva área compuesta de 59,268 millas

cuadradas.

(D)

(1845) TEJAS.

El tratado de la Florida dió a la Louisiana por límite oriental el río

Sabina, con lo cual le reconoció a España su dominio sobre el territorio

de Tejas, que en lo político formaba parte de Méjico y que

posteriormente, al obtener el país azteca su independencia, fué erigido

en un Estado de la confederación. Cronológicamente, tiene el turno ahora

dicho territorio en el estudio del movimiento expansionista de los

Estados Unidos.

Los orígenes de la expansión norteamericana hacia Tejas se encuentran en

este caso, como en otros, en la iniciativa particular. Comenzó por la

ambición de gran parte de la población, principalmente la del Sur, de

obtener nuevos terrenos para su actividad productora. Cuando cesó en

Méjico la soberanía española, estaban establecidos en Tejas unos tres

mil norteamericanos y apenas ocurrido ese cambio político, los

"empresarios" de terrenos pusieron sus miras en dicho territorio. El

Gobierno mejicano, deseoso de que se poblase, no fué remiso en otorgar

concesiones de tierras. A la primera, hecha a Moisés Austin, de

Connecticut, para establecer una colonia de trescientas familias, y que

fué el fundador de la ciudad que lleva su nombre, siguieron otras muchas

otorgadas a ciudadanos de diversos estados de la Unión, especialmente

los del Sur. Bien pronto casi todo el territorio del Estado tejano fué

repartido entre norteamericanos; todo el que estaba ávido de correr

fortuna decidía ir allí. "Vaya a Tejas", llegó a ser la frase en boga,

según nos refiere Edwin E. Sparks, en su obra _La expansión social y

territorial del pueblo norteamericano_. A consecuencia de esa corriente

migratoria, en 1830 llegó a haber en dicho Estado más de 20,000

ciudadanos de la Unión.

La comunidad norteamericana, residente en Tejas, apenas formada, comenzó

a acariciar la idea de declararse independiente. Desde 1819, es decir,

desde antes de cesar la dominación española, un grupo numeroso,

dirigido por James Long, proclamó la libertad e independencia del país;

y, efectuado aquel cambio de soberanía, reunióse una convención en 1826,

que abogó por esa misma aspiración. Esas declaraciones, sin embargo, no

tuvieron la sanción de todos, ni verdadera trascendencia en los destinos

de Tejas.

El Gobierno de Washington, desde aquella época, pensó en la conveniencia

de la anexión de Tejas. En 1819, el Secretario de Estado, John Quincy

Adams, propuso en el Gabinete demandarle al gobierno de Madrid, con toda

formalidad, el dominio del territorio tejano, por pertenecerle a la

Louisiana todo el que corría hasta el río Bravo; pero, por razones de

diversa índole, el Presidente Monroe y los otros Secretarios no hubieron

de apoyar semejante determinación. Apenas ocupó Adams la presidencia,

dióle instrucciones a Poinsett, Ministro en Méjico, para comprar a

Tejas; pero dicho Ministro, después de explorar la situación, juzgó

oportuno no dar ese paso; y no bien cesó Adams y ocupó el cargo Jackson,

su Secretario de Estado, Van Buren, le dió instrucciones al propio

Ministro para que propusiera la compra del territorio tejano, situado

entre los ríos Sabina y Nueces, en $5,000.000.00. La oferta esta vez fué

hecha, declinándola el Gobierno mejicano.

La Política de los Estados Unidos en el Continente Americano · 第 26 / 76 题