CAPÍTULO I.

Quietismo.--_Fiebres termométricas_.--_D. Francisco_.--Una carta

y una visita.--Proyectos de viaje.--El _Sorsogon_.--Fisonomía

del capitán.--Cubierta del _Sorsogon_.--Faenas de levar.--En

marcha.--Bandera de saludo.--Bahía de Manila.--Naig.--Bataan.--Primer

almuerzo.--Luís.--Monomanía francesa.--Dos mestizas y un

fraile.--Razas.--Gustos y aficiones.--_El puerto y la isla_.--Cavite

y San Roque.--Enriqueta y Matilde.--Costas de Tayabas.--La oración

de la tarde.--Francés y vicol.--Fuegos artificiales.--Discreteos.--El

cementerio protestante.--Promesa.--Sueño.--¡Fondo!--Tierra de Albay.

Son las cuatro de la tarde del tres de Octubre de 1879 ... 37°

marca el centígrado, y doscientas y pico de muertes acusa la fúnebre

estadística de la última semana, siendo originadas en su mayor parte

por una fiebre que los médicos llaman no sé cómo, ni me importa, pero

que yo le doy el nombre de _fiebres termométricas_, pues be observado

que en casa donde un doctor _aplica_ un termómetro, hay una baja

en la vida, un pedazo de mármol menos en los talleres de Rodoreda,

y una página más en los registros trienales de _Paco_.

El _alquiler_ de cualquiera de los cuartos de los tres pisos que tiene

la _barriada_ de mi respetable _Sr. D. Francisco_, exige un pago

adelantado de tres años; si al cabo de ese tiempo no se renueva el

inquilinato, se hace el desahucio á golpe de piqueta, sin que nadie

tenga derecho á quejarse, puesto que el _casero_, por _boca_ de la

_Gaceta_, tiene la magnanimidad de conceder un plazo de veinte días.

¿Por qué se llamará _Paco_ al campo-santo? Pregunta es esta á la que

jamás han podido darme contestación.

Mientras hago estas observaciones, espanto los mosquitos, rompo el

varillaje de un paypay y empapo de sudor dos pañuelos.

Ha pasado un cuarto de hora y el calor es insoportable.

Mi _bata_, que para ser un completo caballero solo le falta haber

nacido en una cuna más alta, me alarga una carta, cuyo contenido me

anuncia una espera en la visita de un amigo.

Del recibo de la carta al taconeo de mi amigo medió una hora larga,

hora que no puedo datar en mi diario de trabajo, pues la despilfarré

con la prodigalidad propia de un millonario, ó de un escéptico de

veinte años.

Mi amigo, que se anunció con un resoplido digno de mejores

pulmones--pues el pobre no los tiene muy sanos--tomó sillón y alientos.

--¿Has recibido mi carta?

--Sí.

--¿Presumes á qué vengo?

--No.

--Pues vamos al grano. ¿Quieres acompañarme á un viaje?

--¿Por mar ó por tierra?

--Por mar.

--Pero ¡hombre! tú estás empecatado. Es la época de los baguios. _El

Comercio_ no duerme por observar las burbujas del Pasig, _La Oceanía_

mira de reojo á su vecino de enfrente, y el _Diario_ profetiza,

por boca de no sé quién, que el tifón está poco menos que soplando

en los aldabones de la puerta de Santa Lucía, y piensas en viajitos

por mar. Vaya, vaya, tú estas malo y tratas de contagiarme.

--Pero, en fin, ¿me acompañas ó no?

--Te lo diré cuando contestes á varias preguntas: ¿Adonde vamos,

ó mejor dicho, adonde piensas que vayamos?

--Vamos--dijo mi amigo con todo el entusiasmo de un _touriste_

de pura raza--á la cuna del _abacá_, á la tierra de los volcanes, á

dormir dos noches á la falda del Mayon, á pisar la boca de su cráter,

á ser posible; á Albay, en fin.

--¿Quién manda el vapor? Pues presumo no pensarás en barco de vela.

--El barco se llama _Sorsogon_ y lo manda X. Conque ¿te decides ó no?

--Te repito que cuando contestes á todas mis preguntas lo haré á la

tuya. Deseo saber de dónde es el capitán, su edad, estado, carácter,

circunstancias de su mujer, sí es casado, si tiene suegra, hijos,

fortuna y....

--Quién es el sastre que lo viste y qué come, ¿no es verdad? Ni que

esto fuera una oficina de policía ó una expendeduría de pasaportes. Ya

estoy acostumbrado á tus genialidades, y como quiera que conozco

perfectamente al capitán, puedo decirte es andaluz, joven, de buen

humor, casado, su mujer es guapa y lo hace completamente feliz; tiene

un chiquitín muy mono, algunos miles de pesos y no conoció á su suegra.

--¿Cuándo sale el vapor?

--El sábado cinco á las nueve de la mañana.

--¡Quico!--grite á mi criado.--Ten todo listo para embarcarnos el

sábado de madrugada.

--¿Luego vienes? ¿Luego no tienes miedo á los baguios?

--¡Baguios! Baguios montando un buen barco mandado por un capitán

inteligente, y por ende andaluz y joven, y rico, y con mujer guapa,

y con hijos, y feliz, y sin suegra, no hay temor; yo no tengo nada de

eso, su vida responde de la mía, de modo que _él cuidado_; por otra

parte, me seduce este viaje, pues estoy aburrido de Manila y deseo

conocer los pueblos bicoles. Toca esos cinco, y hasta el sábado á

bordo del _Sorsogon_.

Mi amigo se marchó, yo me vestí y....

* * * * *

Han pasado dos días. Son las siete de la mañana y nos encontramos sobre

la cubierta del _Sorsogon_. Un prolongado silbido pone en movimiento

cadenas, cuerdas y motones.

El complemento de la humana actividad, lo representa el acto de

levar un barco. Todo se mueve, todo cruge, todo rechina. El ancla

desgarra con sus dientes el lecho de algas en que ha dormido, el

carbón chisporrotea en las parrillas dando aliento á los pulmones

de acero de la caldera, los engranajes se ajustan, las dobles poleas

hacen alarde de su potencia, las burdas, cabos y calabrotes, prueban

su elasticidad, las cadenas hieren la cubierta, y en medio de toda

aquella vida y de aquel movimiento en que nada está quieto, el barco

se columpia libre de toda traba, combinando las palas de la hélice en

el fondo de las aguas espirales remolinos que llevan á la superficie

entrelazadas ondulaciones en las que se tejen las filigranas de espuma

que deja en pos de sí la bullente estela.

El _Sorsogon_, que obedece las riendas de su timón con una precisión

matemática, dobla el malecón del Sur plegando su bandera de saludos,

con la que ha dado un cariñoso adiós al _Marqués del Duero_, una de

las más hermosas naves de la Marina española.

De la bandera que saluda en lo alto de un trinquete á la que flamea en

lo elevado de un muro, encuentro la misma diferencia que en el pañuelo

que absorbe una lágrima al que reprime una sonrisa. El muro acusa

confianza, su enseña define una patria; la nave indica un peligro, su

bandera constantemente escribe en sus pliegues un desconsolador adiós

de despedida. El primero, es la quietud, la segunda, el errante viajero

que termina sus días ó en la inhospitalaria playa que sepulta sus

despojos, ó en las embravecidas ondas que en vertiginoso remolino lo

llevan á dormir el sueño eterno á sus misteriosos lechos de coral....

El _Sorsogon_ navega á toda máquina por la extensa bahía.

Manila se achica, se contrae, se confunde, y por último, al aclararse

las costas de Cavite, solo una faja de bruma señala en el horizonte

el lugar de partida. Después, solo el anteojo percibe cual blanca

gaviota posada sobre un copo de espuma, el torreón del faro: más tarde,

la espuma se funde en el Océano, la gaviota desaparece en los mundos

de la luz, la bruma se disuelve en los cielos, y al borrarse en la

retina la última línea de la ciudad murada, se abre un nuevo registro

en los misterios de los recuerdos.

A la banda de babor tenemos las costas de Naig; á estribor las agrestes

sierras de Bataan, y á proa la isla del Corregidor.

Once campanadas resonaron en la cámara, y tres golpes fueron picados

en la campana del castillo de proa.

El almuerzo estaba servido.

La presentación oficial á bordo se hace siempre en la primera

comida. Al tomar posesión de un barco, cada cual se ocupa en arreglar

su camarote, y en los pequeños detalles que trae en pos de sí la

instalación en un nuevo domicilio, por más que esté reducido á un

cajón de dos metros en cuadro.

En la primera comida á bordo no se descuida ningún perfil por parte

de los viajeros. Luego más tarde entra la confianza y con ella el

desaliño; pero lo que es la entrada primera en el comedor de un barco

es irreprochable. _Ellas_ se rodean de todos los pequeños detalles

de la coquetería, estrenando, por supuesto, el indispensable traje

de viaje. Antes de ponerse en marcha tienen que anunciarlo á las

amigas, y al anunciarlo es preciso enseñar unas cuantas varas de

tela cortadas y cosidas con arreglo al último figurín. El traje de

viaje es tan indispensable como el de boda. Decir á una joven ó vieja

que _encienda_ la antorcha de himeneo sin recubrir previamente su

cuerpo con trapos nuevos y de seguro no da _chispas_: anunciarle un

viajito, que tenga siquiera un trayecto de una veintena de millas y

no le presentéis antes un muestrario, y no hay viaje posible. Para

una mujer _en viaje_, su verdadero pasaporte es una factura pagada

ó no pagada de una tienda de modas.

Parapetado tras una tripuda botella de lo tinto, y haciendo boca con

media libra de salchichón, esperaba pasar una escrupulosa revista á

cuanto se pusiese al alcance de mi vista.

Puesto que entre personas de tono, lo primero es la presentación, voy

á ir presentando á mis bellas lectoras, y digo lectoras porque ellas

son siempre más curiosas que ellos, los bocetos de mis compañeros

á bordo. Seis blancas servilletas oprimidas en otros tantos aros de

marfil, se ven sobre la mesa. Tres son las desconocidas ó desconocidos

que me toca bosquejar, pues en cuanto al capitán y á mi amigo,

ya los han visto ustedes, siquiera haya sido á la ligera. En el

boceto del capitán poco tengo que añadir. ¿Quién de mis lectoras no

conoce á un andaluz joven, buen mozo, bullanguero y galante? De seguro

todas. Por lo tanto, al capitán ya lo conocemos. En cuanto á mi amigo,

completaremos el cuadro con cuatro brochazos. Se llama Luís, tiene 26

años, es rubio, alto, delgado, viste á la francesa, come á la francesa,

piensa á la francesa, y no es francés porque su madre tuvo la debilidad

de aligerar su carga en cierto lugarejo del prosáico garbanzo y de

la judía, que Luís jamás nombra porque cree es poco francés.

Luís se llama literato; pero conoce más á Balzac que á Cervantes,

tararea música, pero á buen seguro que no podrá recordar un _aire_

de Barbieri más siempre una _cancionette_ de Ofembach. La revolución

francesa, las jornadas del imperio y las encrucijadas de la _Commune_

las recorre sin tropezar; en cambio da sendos traspiés al entrar

en el campamento de Santa Fe ó al pasear los campos de Almansa y de

Bailén. A nuestras góticas catedrales y á nuestros moriscos palacios

les encuentra el defecto de que al pié de sus muros se alce la albahaca

silvestre y el agreste tomillo, circunstancias poco en consonancia

con los monumentos franceses.

Luís, no tocándole la cuerda del _chic_, el _esprit_ y el _confort_,

es un perfecto hombre en su juicio; pero en cuanto se traspasa el

tabique de los Pirineos, enristra la lanza de Don Quijote y demuestra

que en todos los siglos nacen andantes caballeros. Luís tiene todas

las condiciones para ser feliz, y sin embargo, no lo es. Continuamente

le atormenta la idea de que no le planchan los cuellos á la francesa,

y la de que no toquen los barcos de las mensajerías en Manila. La

probabilidad de tenerse que ir en un barco español y el ponerse un

cuello planchado con _morisqueta_ le hacen completamente desgraciado.

En el tiempo que he invertido en dar los anteriores brochazos, han

ocupado sus respectivos sitios dos mestizas, una vestida de saya

y otra á la europea, y al lado de aquellas un anciano y reverendo

padre franciscano.

El almuerzo era servido sobre cubierta, gracias á la amabilidad del

capitán. Un doble toldo nos preservaba del sol, mas no de las brisas

marinas que acariciaban los festones de la lona y de la potente luz

de los trópicos que descomponía sus rayos en las talladas copas.

Las dos mestizas comían y callaban, el capitán servía, el fraile se

reservaba, Luís mascullaba el prosáico español cocido, y un servidor de

ustedes espiaba la ocasión para tomar un buen punto de luz que llenase

por completo á mis modelos. Sobre la paleta tenía combinadas dos tintas

desde que principié á analizar á las dos mestizas que comían frente

á mí. Es imposible contemplar en criatura humana unos ojos más negros

y aterciopelados, cual los que tenía delante, un pelo más en armonía

con los ojos, y unos dientes más en contraposición con el color del

pelo. Las dos mestizas indudablemente eran hermanas y no diré gemelas,

pues á simple vista se notaba entre ambas una desproporción de edades,

que si no llegaba á la suposición de que fuesen madre é hija, en

cambio completaba la de que eran hermanas. En sus fisonomías había

rasgos salientes y notablemente acentuados, que denunciaban la unión

de la raza europea con la raza india. La mestiza que lleva en sus

venas una sola gota de sangre china, jamás puede confundirse ni con la

cuarterona ni con la mestiza de india y europeo. Es imposible encontrar

en las razas humanas una fuerza de atracción como la que se nota en la

china y japonesa. Que haya unión de chino y europea ó viceversa, y de

seguro los hijos son chinos; que la haya de india con chino y la prole

es china y siempre china, no dándose ni aun el caso del salto atrás,

pues tan chino es el biznieto de chino como el tataranieto, por más

que este nazca en Europa y no se conozca en la familia el más leve

recuerdo del Celeste Imperio. Los ojos chinos no los corrige ni las

conjunciones de sangre, ni el bisturí del operador, ni los cosméticos

del tocador. La hija de mestiza europea y de padre europeo, ó sea la

cuarterona, también se distingue y se define perfectamente, no dando

lugar á que se confunda con la mestiza pura de india y europeo. Esta

última es morena, sus ojos por lo regular son negros, su nariz algo

deprimida, su pelo largo y de gruesa hebra y sus labios ligeramente

abultados. El rasgo característico que define á la cuarterona de la

mestiza, es que esta última conserva en toda su pureza las tradiciones

de su airoso y pintoresco traje. La saya suelta, la diminuta chinela,

la bordada piña, el alto _pusod_, la aplastada peineta y los pequeños

aretes, constituyen su atavió, que jamás deja, á no ser que la

Epístola de San Pablo se encargue de modificar trajes y costumbres,

cosa que suele acontecer, casándose con europeo. En este caso, una

de dos: ó el europeo se hace indio ó la india se hace europea; y

digo india, pues que las costumbres de la mestiza por regla general,

son las mismas de su madre. Las impresiones, hábitos y costumbres de

la infancia no se borran con facilidad; así que la morisqueta, el

lechón, el pequeño _buyito_, el _lancape_, el petate en el suelo,

el cigarrillo á hurtadillas, el pelo suelto y la decidida afición

al _poto_, á la _bibinca_, al _sotanjú_, á la _manga verde_ y al

_gulamán_ es muy difícil hacerlas olvidar: en cuanto á que dejen

de coser sentadas sobre el petate y á que hablen castellano con sus

criadas, eso es imposible. En cambio en la cuarterona es muy común

encontrar tipos que no solamente no usan chinelas, sino que aun dentro

de casa están oprimidas con el corsé y las botitas; cuarteronas que

dicen no hablan tagalo, ni comen lechón ni morisqueta y que tienen

cama en alto, suscripción á _La Moda Elegante_, batas encañonadas,

pendientes largos y escote cuadrado. En reserva les diré á ustedes

que con mucho sigilo me dijo en una ocasión una india que servía á una

mestiza cuarterona, que ó pesar de todo cuando decía su ama, de cuando

en cuando mascaba un chiquirritín _buyito_ y saboreaba un cigarrillo;

pero que siempre lo hacía teniendo cerca el cepillo de los dientes y

el agua perfumada. En cuanto al lechón--me dijo la doméstica--que solía

comerlo, pero pura y exclusivamente por no _desairar_ á alguna amiga.

Con arreglo á los anteriores apuntes, no nos cabe duda que nuestras

dos desconocidas son mestizas de pura raza: el traje de la mayor hace

suponer que es casada, y casada con europeo.

Durante los primeros platos que se sirvieron no tomaron parte en

la conversación.

Miraban y comían con el embarazo propio de quien sabe es

observado. Varias veces que la hermana menor alzó los ojos, encontró

frente á frente los míos, que procuraban investigar lo que se albergaba

tras aquellas negrísimas pupilas. El fondo de todo abismo es negro. Los

ojos de la primera mujer que pecó no sé de qué color serían, pero

los de la primera que obligó á pecar, de seguro eran negros.

Habiendo notado que por momentos se cubría de palidez el rostro de la

más joven, no pude menos de interrogarla; su hermana se fijó un ella

y repitió mi pregunta, con las circunstancias de hacerla más familiar

y concluirla con un nombre.--¿Qué tienes, Enriqueta?--Nada,--replicó

la interrogada,--sin duda un poco de mareo.--Vamos,--continuó

aquella,--está visto que no puedes embarcarte ni en un bote; y es

extraño; pues figúrense ustedes,--añadió dirigiéndose á nosotros,--que

está bien acostumbrada á la mar, pues ella es del Puerto y yo de

la Isla.

--¡Caramelo!--dije en mi interior,--pues menudo chasco me he llevado,

yo que creía habérmelas con dos hijas de este extremo Oriente y me

encuentro de manos á boca con Cádiz y San Fernando disfrazados de

saya y _candonga_.

--Bien, pero esta señorita se embarcaría en ferrocarril.

--¡Cá! No señor--replicó aquella con la mayor naturalidad,--siempre

nos hemos embarcado en _baroto_ ó en _parao_.

--Pero, señora, ni en Cádiz ni en San Fernando hay barotos, ni menos

_paraos_.

--Pero sí en Cavite y en San Roque.

--¡Ah! vamos, con que esta señorita es de San Roque y V. de Cavite.

--Cabal, ella del Puerto y yo de la Isla.

Entonces recordé que las caviteñas se llaman andaluzas, conociendo

á Cavite por el nombre de la Isla y á San Roque por el del Puerto,

siendo tan _marineras_ y tan resaladísimas las dichosas niñas, que

en una ocasión una de aquellas, que veía que á un chiquillo lo iba á

tirar el caballo que montaba, le gritó:--_¡Fondea,_ muchacho, _fondea_!

El mareo de Enriqueta debió ir en aumento, pues antes de concluir la

comida se levantó, diciéndole á su hermana:--Acompáñame, Matilde.

Enriqueta y Matilde, pues ya sabemos sus nombres, abandonaron la mesa,

quedando solamente el sexo fuerte.

El almuerzo terminó, y siguiendo la añeja costumbre, el fraile se

despidió de nosotros para buscar una tranquila y cómoda digestión en

unas horas de siesta. En la ligera conversación que tuvimos durante el

café, supe que aquel reverendo padre hacia la friolera de cuarenta y

siete años que arribó á estas playas. Mientras saboreó el café habló

largamente con su criado, quien en su larga práctica de quince años

que estaba á su servicio, debía conocerle perfectamente sus gustos

y necesidades. Siento no poder trasladar ni una sílaba de lo que

se dijeron, pues lo hicieron en bicol, única forma de entenderse,

pues el criado no conocía ni una sola palabra de las que forman la

rica y armoniosa lengua castellana.

Sentados en cómodos sillones de bejuco y aspirando, sino el aroma,

por lo menos el humo de un segundo habano, quedamos sobre cubierta,

Luís, el capitán y mi persona. Se habló del viaje, de las costas que

íbamos perdiendo en los horizontes y de varios episodios de abordo,

quedando, por último, en silencio, aletargados de esa dulce somnolencia

á que predispone un buen almuerzo, una temperatura agradable y una

retorcida hoja de Cagayan.

Las horas de la tarde fueron anunciándose una á una en los golpes

del bronce, dados por el vigilante guarda de proa.

A las cinco se sirvió la comida.

Las mestizas no se presentaron.

La mar se había rizado á las caricias de un fresco Noroeste.

Los balances cada vez más sensibles avivaron la comida, que fué

servida en la cámara.

Cuando subimos sobre cubierta se desvanecía en los horizontes

del Poniente la luminosa transparencia del día, yendo poco á poco

borrándose los contornos de los monstruosos grupos que dibujan en

las nubes los últimos destellos del sol.

A la tenue y melancólica luz del crepúsculo divisamos á la banda de

babor una cenicienta faja. Eran las costas de Tayabas. Sobre aquellos

picachos de eterna verdura fijaba mi vista con la misma insistencia con

que lo hace el que trata de reconocer á larga distancia las facciones

de un sér querido.

La campana de proa anunció la oración.

La marinería cesó en sus faenas, reinó el silencio y la plegaria

alzó su vuelo á otros mundos. La mía fué un recuerdo para los seres

queridos que habitan aquella lejana tierra que iba perdiéndose entre

los crespones de la noche. El nombre de Tayabas arrancará siempre

una vibración á nuestra alma.

Concluída la oración nos dimos las buenas noches, siguiendo las

legendarias costumbres de nuestros abuelos, cubrimos nuestras cabezas

y tomamos asiento al abrigo de la camareta del timón.

En una de las discusiones que se suscitaron, Luís, siguiendo su

eterna manía, trató de convencer al Padre de que el guingón que se

fabricaba en Francia aventajaba en mucho al que producen los telares

de Barcelona; el buen Padre que no conocía Francia, ni su guingón,

que era español rancio y por ende castellano viejo, que se levantaba

invariablemente á las cinco, comía la prosaica olla con mucho azafrán,

sobra de jamón y falta de huesos, á las doce, que la monumental jícara

de espeso chocolate le era tan necesaria al cuerpo á las cinco, como

necesarios para la guarda de su regla los maitines á las doce, oía sin

pestañear á mi buen amigo Luís, sonriendo maliciosamente. En el curso

de la conversación, Luís mezclaba no pocas palabras francesas. El

Padre tenía constantemente detrás de su sillón á su criado, quien

encendía más de una caja de fósforos para cada tabaco que fumaba su

amo. Siempre que este dirigía la palabra á aquel lo hacía en bicol,

de modo que como el abuso del francés en Luís era muy frecuente y

los fósforos en el doméstico no lo eran menos, puede asegurarse que

la lengua española estaba en minoría. En un momento en que Luís se

separó de nosotros, no pudo por menos de decirme el Padre:--Pero,

diga V., ¿por qué no quita á su amigo ese vicio de hablar en otra

lengua que la nuestra?--En aquel momento cortó la interrogación la

centésima vez que se le apagaba el tabaco, volvió la cabeza y en

perfecto bicol sostuvo una conversación con su criado, conversación

que sin duda debió versar sobre lo incombustible de la hoja, ó

lo combustible del fósforo, pues tan pronto señalaba la escueta

caja como estrujaba la mascada colilla que para llegar á tal estado

había pasado por la llama de cien palitos.--Con que decía V. Padre,

cuando se le apagó el cigarro, por qué no procuraba quitar á Luís el

resabio de hablar francés con españoles, pues es muy sencillo--le

dije muy bajito--porque todos tenemos nuestra correspondiente viga

en el ojo, viendo la paja en el ajeno; la viga de Luís es el francés,

la viga de V. es el bicol. Quince años dice que le sirve ese criado,

pues bien, en ese tiempo él debía hablar español y no V. bicol. Esta

razón le debió parecer tan fuerte que se sonrió, sacó de la manga otro

tabaco, y ... en efecto, pidió en bicol á su criado el primer fósforo,

inaugurándose la segunda parte de fuegos artificiales.

Veinticinco Säkerhets-Tandstikor, que es como si dijéramos veinticinco

émulos de Cascante habían rozado el amorfo betún de la caja cuando

sonaron las diez en el reloj de la cámara. Políticamente dimos las

buenas noches, y en efecto, buena la fué para mí, pues no tardé en

quedarme dormido el tiempo que invertí en contar unos cien golpes de

la hélice, golpes que entre sueños los asemejaba yo á otras tantas

pulsaciones de aquel monstruo de hierro, en cuyas entrañas dormía

con la tranquilidad del que jamás había roto un plato.

Aquí vendrían bien dos líneas de puntos suspensivos, ó el obligado

cuentecito de duendes y aparecidos; pero como no se me _apareció_

nadie, ni soñé que me cogía un toro, ó cosa que lo valga, renuncio

á los puntitos y á soporíferas relaciones, limitándome á decir que

con la luz del alba de un nuevo día volví á la vida real, entrando

en el concurso social, como diría un aprendiz á _objetivo subjetivo_,

habiendo previamente cubierto mis calzoncillos con telas menos ligeras.

Salí de la cámara. La mar estaba tan perfectamente dormida, cual

yo lo había estado dos horas antes. Una brisita impregnada de

puras emanaciones azoadas daban elasticidad y bienestar á todo el

cuerpo. Bienestar que en mí se aumentó al ver el inverosímil pié,

por lo pequeño, de Enriqueta, la que subía por la escalera de la

cubierta recogiendo ligeramente su saya de fuertes colores.

Con la confianza que da el vivir bajo un mismo techo, y la que presta

todo viajero, me acerqué á la mestiza, sirviéndome de introductor su

pasado mareo. Hablamos de varias cosas, indiferentes al principio,

acentuadas después, é intencionadas más tarde. Enriqueta tenía suelto

su rizado y hermoso pelo, este arrancó de mis labios la primera

palabra del arriesgado lenguaje de las personalidades. La mestiza

por lo general es muy susceptible, así que es difícil abordar esos

sabrosos discreteos en que entran en juego la galante frase, la

emboscada promesa y las incipientes sensaciones.

--Con tanto pelo como V. tiene no me extraña le duela la cabeza.

--Gracias por la lisonja,--contestó Enriqueta sonriendo, al par que

instintivamente jugaba con las espirales de uno de sus hermosos rizos.

--No hay lisonja alguna, pues presumo no aceptará como tal el que la

duela la cabeza.

--Antes de los dolores que solo son presuntivos se ha ocupado de

una abundancia que por mucha que sea, jamás creemos excesiva las

mujeres.--Esta contestación me hizo comprender que no solo tenía á

mi lado una mujer hermosa sino también una mujer discreta.

A las dos horas de conversación estoy completamente seguro que

Enriqueta lo estaba también de no haberse equivocado al conceptuarse

bonita, circunstancia que la sabe toda la que lo es, antes de que la

pongan el primer vestido largo, pero que las gusta comprobar siempre

que se presenta ocasión, no en la luna del espejo sino en la frase y

en los ojos del hombre con quien hablan. La mujer hasta los treinta

años, constantemente está alerta, á la primera palabra que se cruza

con un individuo del sexo opuesto, se pone en guardia; si no le agrada

contrae las cejas y su contestación fría y displicente le dice _atrás

paisano_, siguiendo imperturbable su camino; si por el contrario le

agrada, entonces el disimulo es imposible, en este caso procede una

proclama incendiaria y el motín es casi seguro.

La impertinente voz de Matilde llamando á su hermana cortó nuestra

conversación.

Hasta el almuerzo no volvió á salir Enriqueta de su camarote. Mientras

duró aquel se habló de distintas cosas, sin que pudiese reanudar la

conversación pendiente, pues no bien se sirvió el café se volvieron

á la cámara las dos mestizas.

Por la tarde tuve ocasión de acercarme á Enriqueta de quien supe

varios detalles de su vida. Aquella era mestiza inglesa, su padre

respetable comerciante escocés había heredado de sus mayores toda la

rigidez de los principios puritanos, en cuya doctrina hacia dos años

había bajado á la tumba, dejando á Enriqueta bajo la guarda de Matilde,

casada hacia algún tiempo con un comerciante español quien á la sazón

se encontraba en la provincia de Albay dedicado á su profesión.

Enriqueta varias veces había significado sentimiento por ausentarse

de Manila; traté de indagar la causa y á vuelta de algunos rodeos

supe que aquella iba todos los sábados al cementerio protestante,

en cuyo solitario recinto descansaban los restos de su padre, cuya

tumba tenía limpia de ramas y malezas el filial cuidado de Enriqueta,

quien me dijo que el pequeño enverjado que cierra el mausoleo estaba

recubierto de las rojas campanillas de las trepadoras enredaderas,

á cuya sombra se resguardaban gran número de macetas en las que se

criaban pintadas y caprichosas flores.

--Siento no estar en Manila en esta ocasión,--dije cuando concluyó

Enriqueta de darme aquellos pormenores.

--¿Y por qué lo siente V.?--me replicó aquella.

--Lo siento porque quizás cuando V. vuelva á Manila encontrará secas

y mustias las flores, mientras que si yo estuviese allí las hallaría

cual las dejó.

--Mi ausencia será corta, pues mi cuñado trata de realizar su negocio,

y nos volveremos en seguida; entretanto he dejado bien gratificado al

guarda, con promesa de aumentar el premio, si á mi vuelta encuentro en

perfecto estado el pequeño jardín que sombrea los dorados caracteres

que señalan sobre el mármol el nombre de mi padre.

Enriqueta al pronunciar aquellas palabras se quedó callada, vagando

su mirada por el Océano en cuyo majestuoso desierto quizá evocaría su

querida memoria. Hay silencios que deben respetarse. Enriqueta por

largo tiempo no separó sus negrísimas pupilas de las azules ondas,

cuya movible superficie retrataba las cenicientas nubes que preceden

á la noche. Esta bien pronto nos envolvió con sus sombras.

--¿Conoce V. la provincia de Albay?--dijo Enriqueta rompiendo el

silencio.

--No, señora; es la primera vez que voy á ella, y lo hago como el

que nada busca ni desea.

--Ya deseará y buscará.

Yo no pude sondear toda la intención de aquellas palabras.

--¿Y piensa V. describir su viaje?--añadió Enriqueta.

--No pienso escribir una línea más. Todos los hombres nacemos con

una cruz que llevar y un calvario que recorrer, la cruz del escritor

es muy pesada y su calvario muy largo, así que creo imposible el que

vuelva á emprender tan espinoso camino.

--Creo haber oído ó leído no sé en donde, que la palabra imposible

no estaba en el diccionario español.

--Si V. la borra del mío, de seguro no estará--repliqué no con malicia

sino con ingenua seguridad.

--De modo que si yo borro esa palabra, no habrá imposible para V.;

pues bien,--me dijo con gran viveza,--queda borrada, escriba V.

--¿Lo manda V.?

--Si tuviera derecho para ello lo mandaría; Como no lo tengo solo

me limito á expresar un deseo.--Al decir esta última palabra, sin

duda creyendo había ido más allá de lo que se proponía, se levantó,

dándome las buenas noches, al par que me tendía una de sus manos.

--Puesto que V. me manda que escriba, escribiré--la dije, reteniéndola

un momento,--y es más, la prometo que el primer ejemplar de mi nuevo

libro será para V.

--No lo hará V.

--Juro que sí.

Al alejarse Enriqueta de mi lado experimenté un triste vacío dentro

de mi alma.

A los pocos momentos oí se cerraba su camarote.

Dormí aquella noche, pero no cual la anterior: soñé que Enriqueta y

yo arrancábamos juntos las gramas de la tumba de su padre.

* * * * *

Al amanecer del día 7 teníamos á la vista un extenso caserío.

El _Sorsogon_ disminuyó su marcha, evitando con grandes precauciones

los bajos de que estaban sembradas aquellas mares.

Una boya que se balanceaba á un tiro de pistola de un rústico

pantalán de madera se puso al alcance de las maniobras del barco y

... ¡fondo! gritó el capitán, confundiéndose él ruido de hierro de la

cadena, con el del bronce de dos campanas que tocaban en tierra. La

una se alzaba en el torreón de la iglesia, la otra en la puerta de

un almacén de depósito. La religión llamaba al cristiano, el trabajo

convocaba al obrero. Aquel pueblo se despertaba á la voz de la fe y

á la voz del trabajo. ¡¡Sacrosanto lenguaje, que hace feliz á todo

el que comprende!!....

Quico quedó en el encargo de recoger los equipajes. Luís y yo pusimos

el pie en la plancha; nos columpiamos dos minutos sobre las movibles

tablas del pantalán y pisamos tierra de Albay.

Estábamos en Legaspi.

Viajes por Filipinas: De Manila á Albay · 第 23 / 43 题