IX

Voz de temores...--El exceso del mal.--Los odios.--Los políticos de

oficio y la Revolución de arriba.--Nuestra dedicatoria.--El todo

por el todo.

Muy fundados son los temores de España ante el gran problema que tienen

que resolver sus hijos con la mayor urgencia.

Muchos, con infantil candidez, han venido creyendo, que cuando llegaran

las cosas públicas al exceso del mal, entonces vendría el remedio

impuesto por la dura ley de la necesidad.

Ahora conocerán, que de los males sólo Dios puede tomar ocasión para

superarlos con la abundancia de bienes: el mal, por su naturaleza,

produce el mal, como la corrupción insectos inmundos.

Mal, muy mal llegó España á encontrarse al principio del siglo; peor

después cuando perdió sus grandes colonias en América, y en la península

adquiere ardor bélico la división de los españoles; y acabadas las

primeras guerras civiles, confiaron muchos en que la paz nos daría

alguna bienandanza; pero una revolución insensata abrió las puertas del

abismo para derramar sobre España innumerables plagas, que han sido,

como los gérmenes de las que ahora lamentamos, sin consuelo ni alivio.

Todavía, nadie lo dude, podemos estar peor y llegar á ser fácil presa de

nuestros implacables enemigos, si al torrente de las calamidades que nos

arrastra, no oponemos el remedio que está á nuestro arbitrio, cegando

con valor las fuentes del mal con el bien en pro de la nación.

* * * * *

Hay males más terribles para un pueblo que la pérdida de sus bienes y de

una parte de su territorio y la muerte de millares de sus hijos, y esos

males son los odios de unos ciudadanos contra otros por las diversas

ideas y sentimientos que dominan en los ánimos y que se manifiestan en

las grandes crísis.

Hemos visto con inmenso dolor á algunos españoles, formar sectas y

asociaciones que han hecho traición á nuestra patria, y cuando sus

corifeos principales debían, por lo menos, estar avergonzados y

retirados de la vida pública llorando sus crímenes, se presentan audaces

á provocar á las víctimas de su iniquidad, excitando los odios contra

los inocentes.

Nadie podía creer que los Moraytas y Blasco Ibáñez, pidieran los

decretos de la Revolución en los tiempos de _la Regeneración_.

¿Cómo no ha de temer España que el odio enconado de sus hijos sea un

impedimento gravísimo para restañar sus heridas?

* * * * *

Llamamos políticos de oficio, á todos los que por ambición, deseo de

lucro ó de aura popular, se dedican á la política: éstos son enemigos de

la autoridad que ellos no ejercen, del pueblo que avasallan para

dominarlo, y tienen por contrarios á todos los de su oficio que no los

favorecen ó no reconocen su jefatura ó partido.

Son, por lo general, excépticos, presuntuosos y tan audaces como lo

requiere la profesión. Para salvar las apariencias, proponen algo y

prometen más, y como todos no pueden á la vez explotar á la nación, han

inventado el turno de los partidos y ese convencionalismo político, que

es la mentira menos dañosa de sus falsos principios y procedimientos

corruptores.

¿Y creen algunos que esta clase de hombres podrán hacer un cambio

radical en el régimen del Estado, ó una revolución desde arriba?

Sueñan despiertos todos los que esperan algún eficaz remedio á nuestras

desgracias, procurado por semejantes políticos.

«El Sr. Silvela, ha dicho un escritor, ve claramente la necesidad de una

revolución, pero no la siente, ni en todo caso acierta á encontrarle la

embocadura.»

Si esto puede decirse, con verdad, del prohombre de la selección y

regeneración ¿qué se puede esperar de los demás?

Los liberales jamás echarán por tierra su obra: ellos no confesarán sus

errores, ni renunciarán á la centralización, ni suprimirán esos

organismos, que, como las diputaciones provinciales no sirven más que

para el fraude; ellos continuarán con el sufragio, sabiendo que es

mentira y tendrán caciques, aunque sea una barbaridad.

* * * * *

Algunos de nuestros lectores, amigos de la claridad y enemigos de la

confusión, dirían al empezar este libro: ¿por qué lo dedicará su autor á

la Marina y al Ejército?

¿No es nuestra Marina la que ha perdido tantos buques sin causar apenas

daño á los enemigos?

Nuestro ejército ¿ha conseguido algunas victorias?

¿Cómo á una Marina que sumergió sus barcos, y á un Ejército que ha

entregado virgen la plaza más fuerte del Nuevo Mundo, se les hacen

laudables dedicatorias?

Además, el conde de las Almenas ha dicho: que había que subir al cuello

muchas fajas; y los tribunales de honor han expulsado á algunos como

indignos de llevar el uniforme militar, y sin duda quedan otros que

faltaron á sus deberes, descuidando á los soldados y no defendiendo sus

puestos con la diligencia y el valor necesarios.

¿Por qué, pues, se dedican obras á los que tan mal parados se hallan, y

no han hecho todo lo posible para salvar á la patria?

Nosotros no hemos dedicado nuestro trabajo á los culpables, que son una

excepción, sino á la Marina y al Ejército que se han sacrificado en el

cumplimiento de sus deberes y que han sido víctimas de la pésima

dirección de los políticos y de las malas artes de la política.

Dedicamos nuestro trabajo al Ejército y á la Marina, porque cuando

debieron sublevarse, han dado el ejemplo de la mayor disciplina, con el

cual, y con la expiación sufrida, han reparado las faltas de otros

tiempos; y como clases sujetas á una ley rigurosa, podrán, siendo fieles

á ella y á los intereses de España, contribuir poderosamente á su

regeneración.

Apesar de todas las teorías de libertad, de progreso y de civilización,

ó más bien por las mismas, la fuerza pública es hoy un elemento

importante en las sociedades, porque ella, bien dirigida y empleada,

tiene el objeto inmediato de conservar el orden y de hacer entrar al

mundo en razón, ya que de la razón prescinde.

Lo diremos sin rodeos: España no puede regenerarse sin que el Ejército y

la Marina deshagan la obra que con su ayuda se levantó; pues los

políticos de oficio, ni se arrepienten, ni se enmiendan, ni tienen

valor, ni fuerza moral para regenerarnos.

* * * * *

Las naciones más civilizadas conservan su preponderancia, no abandonando

sus tradiciones y apoyándose en la fuerza: tienen del pasado el espíritu

nacional, y del presente los adelantos del siglo.

No se censura á Rusia porque siga en el cisma, ni á Turquía por que no

haya abolido la falsa leyenda del Alcorán, ni Alemania porque siga el

luteranismo, y sus sectas Inglaterra, y á España se le ha hecho por su

fe la guerra más despiadada por propios y extraños.

Todos los que han combatido nuestra fe con el pretexto de la libertad y

del progreso han sido los primeros enemigos de España, y hoy pueden ver

el fruto de su obra nefanda, y la necesidad que tiene nuestra patria de

salvarse, cueste lo que cueste.

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La voz de España contra todos sus enemigos · 第 11 / 25 题