Voz de temores...--El exceso del mal.--Los odios.--Los políticos de
oficio y la Revolución de arriba.--Nuestra dedicatoria.--El todo
por el todo.
Muy fundados son los temores de España ante el gran problema que tienen
que resolver sus hijos con la mayor urgencia.
Muchos, con infantil candidez, han venido creyendo, que cuando llegaran
las cosas públicas al exceso del mal, entonces vendría el remedio
impuesto por la dura ley de la necesidad.
Ahora conocerán, que de los males sólo Dios puede tomar ocasión para
superarlos con la abundancia de bienes: el mal, por su naturaleza,
produce el mal, como la corrupción insectos inmundos.
Mal, muy mal llegó España á encontrarse al principio del siglo; peor
después cuando perdió sus grandes colonias en América, y en la península
adquiere ardor bélico la división de los españoles; y acabadas las
primeras guerras civiles, confiaron muchos en que la paz nos daría
alguna bienandanza; pero una revolución insensata abrió las puertas del
abismo para derramar sobre España innumerables plagas, que han sido,
como los gérmenes de las que ahora lamentamos, sin consuelo ni alivio.
Todavía, nadie lo dude, podemos estar peor y llegar á ser fácil presa de
nuestros implacables enemigos, si al torrente de las calamidades que nos
arrastra, no oponemos el remedio que está á nuestro arbitrio, cegando
con valor las fuentes del mal con el bien en pro de la nación.
* * * * *
Hay males más terribles para un pueblo que la pérdida de sus bienes y de
una parte de su territorio y la muerte de millares de sus hijos, y esos
males son los odios de unos ciudadanos contra otros por las diversas
ideas y sentimientos que dominan en los ánimos y que se manifiestan en
las grandes crísis.
Hemos visto con inmenso dolor á algunos españoles, formar sectas y
asociaciones que han hecho traición á nuestra patria, y cuando sus
corifeos principales debían, por lo menos, estar avergonzados y
retirados de la vida pública llorando sus crímenes, se presentan audaces
á provocar á las víctimas de su iniquidad, excitando los odios contra
los inocentes.
Nadie podía creer que los Moraytas y Blasco Ibáñez, pidieran los
decretos de la Revolución en los tiempos de _la Regeneración_.
¿Cómo no ha de temer España que el odio enconado de sus hijos sea un
impedimento gravísimo para restañar sus heridas?
* * * * *
Llamamos políticos de oficio, á todos los que por ambición, deseo de
lucro ó de aura popular, se dedican á la política: éstos son enemigos de
la autoridad que ellos no ejercen, del pueblo que avasallan para
dominarlo, y tienen por contrarios á todos los de su oficio que no los
favorecen ó no reconocen su jefatura ó partido.
Son, por lo general, excépticos, presuntuosos y tan audaces como lo
requiere la profesión. Para salvar las apariencias, proponen algo y
prometen más, y como todos no pueden á la vez explotar á la nación, han
inventado el turno de los partidos y ese convencionalismo político, que
es la mentira menos dañosa de sus falsos principios y procedimientos
corruptores.
¿Y creen algunos que esta clase de hombres podrán hacer un cambio
radical en el régimen del Estado, ó una revolución desde arriba?
Sueñan despiertos todos los que esperan algún eficaz remedio á nuestras
desgracias, procurado por semejantes políticos.
«El Sr. Silvela, ha dicho un escritor, ve claramente la necesidad de una
revolución, pero no la siente, ni en todo caso acierta á encontrarle la
embocadura.»
Si esto puede decirse, con verdad, del prohombre de la selección y
regeneración ¿qué se puede esperar de los demás?
Los liberales jamás echarán por tierra su obra: ellos no confesarán sus
errores, ni renunciarán á la centralización, ni suprimirán esos
organismos, que, como las diputaciones provinciales no sirven más que
para el fraude; ellos continuarán con el sufragio, sabiendo que es
mentira y tendrán caciques, aunque sea una barbaridad.
* * * * *
Algunos de nuestros lectores, amigos de la claridad y enemigos de la
confusión, dirían al empezar este libro: ¿por qué lo dedicará su autor á
la Marina y al Ejército?
¿No es nuestra Marina la que ha perdido tantos buques sin causar apenas
daño á los enemigos?
Nuestro ejército ¿ha conseguido algunas victorias?
¿Cómo á una Marina que sumergió sus barcos, y á un Ejército que ha
entregado virgen la plaza más fuerte del Nuevo Mundo, se les hacen
laudables dedicatorias?
Además, el conde de las Almenas ha dicho: que había que subir al cuello
muchas fajas; y los tribunales de honor han expulsado á algunos como
indignos de llevar el uniforme militar, y sin duda quedan otros que
faltaron á sus deberes, descuidando á los soldados y no defendiendo sus
puestos con la diligencia y el valor necesarios.
¿Por qué, pues, se dedican obras á los que tan mal parados se hallan, y
no han hecho todo lo posible para salvar á la patria?
Nosotros no hemos dedicado nuestro trabajo á los culpables, que son una
excepción, sino á la Marina y al Ejército que se han sacrificado en el
cumplimiento de sus deberes y que han sido víctimas de la pésima
dirección de los políticos y de las malas artes de la política.
Dedicamos nuestro trabajo al Ejército y á la Marina, porque cuando
debieron sublevarse, han dado el ejemplo de la mayor disciplina, con el
cual, y con la expiación sufrida, han reparado las faltas de otros
tiempos; y como clases sujetas á una ley rigurosa, podrán, siendo fieles
á ella y á los intereses de España, contribuir poderosamente á su
regeneración.
Apesar de todas las teorías de libertad, de progreso y de civilización,
ó más bien por las mismas, la fuerza pública es hoy un elemento
importante en las sociedades, porque ella, bien dirigida y empleada,
tiene el objeto inmediato de conservar el orden y de hacer entrar al
mundo en razón, ya que de la razón prescinde.
Lo diremos sin rodeos: España no puede regenerarse sin que el Ejército y
la Marina deshagan la obra que con su ayuda se levantó; pues los
políticos de oficio, ni se arrepienten, ni se enmiendan, ni tienen
valor, ni fuerza moral para regenerarnos.
* * * * *
Las naciones más civilizadas conservan su preponderancia, no abandonando
sus tradiciones y apoyándose en la fuerza: tienen del pasado el espíritu
nacional, y del presente los adelantos del siglo.
No se censura á Rusia porque siga en el cisma, ni á Turquía por que no
haya abolido la falsa leyenda del Alcorán, ni Alemania porque siga el
luteranismo, y sus sectas Inglaterra, y á España se le ha hecho por su
fe la guerra más despiadada por propios y extraños.
Todos los que han combatido nuestra fe con el pretexto de la libertad y
del progreso han sido los primeros enemigos de España, y hoy pueden ver
el fruto de su obra nefanda, y la necesidad que tiene nuestra patria de
salvarse, cueste lo que cueste.
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