Los días que apresurado
Quieres hora apresurar
Un tiempo te ha de pesar
Que hayan tan presto llegado.
Los días que transcurrieron hasta el domingo en que Inés había
prometido a don Juan de Vargas verse con él a la hora de la oración en
el Carmen de Valladolid, caminaron para el impaciente amante con una
lentitud insoportable.
Todas las tardes su paseo, sin preceder deliberación, era hacia el
lugar de la cita, y en él su ocupación calcular hasta por minutos
el tiempo que debía transcurrir hasta el deseado instante. Triste
condición la del hombre que con ridícula inconsecuencia desea abreviar
el curso de su corta vida por acelerar tal época de placer que acaso
nunca llega.
Cinco días mortales se pasaron hasta que amaneció el domingo señalado.
Don Juan oyó misa en el Carmen, paseó hasta la hora de comer por sus
inmediaciones, y por la tarde volvió también al mismo paraje.
La oración sonó: en lo que menos pensó Vargas fue en rezar. Recorrió
con la vista la larga extensión del Campo Grande, que así se llama
el paraje en que se halla en Valladolid el convento del Carmen; pero
aunque en él vio diferentes personas, ninguna se acercó al punto
convenido en largo tiempo.
Por fin, dos hombres embozados hasta los ojos, y dejando ver por debajo
de las capas cada uno una espada de tremenda longitud, se dirigieron al
pórtico del convento con aire, aunque resuelto, cauteloso.
Don Juan los miró un momento; pero preocupado con la idea de ver venir
a Inés, apenas paró la atención en aquellos dos hombres. Por su parte
los embozados parece que tampoco hicieron reparo en él, y dieron
vuelta a aquellos alrededores registrándolos escrupulosamente, con el
objeto sin duda de buscar en ellos a alguna persona, o de asegurarse de
que ninguna había oculta. Terminado este examen, que fue de bastante
duración, uno de ellos se acercó a Vargas, que también iba embozado, y
sin saludarle, ni andar en más ceremonias, le dijo:
—Amigo, háganos el gusto de despejar el campo, que habemos menester
estar solos.
El hermano del marqués, impaciente con la tardanza de su amada,
contrariado además con la importuna llegada de aquellos hombres, y poco
acostumbrado a verse tratar con tan poca cortesía, sintió impulsos de
responder a estocadas a tan grosera intimación; pero reflexionando que
empeñar entonces una querella era lo mismo que imposibilitarse de ver a
Inés, se contuvo, no sin trabajo, y respondió con aparente flema:
—Caballeros, un negocio de importancia me impide darles gusto por
ahora. Tal vez me convendría a mí también estar solo; mas por amor de
la paz me convendré a que vuesas mercedes estén aquí también.
Iba el que dio principio a esta conversación a responder no sabemos
qué, cuando el otro embozado, que hasta entonces había permanecido a
alguna distancia, acercándose precipitadamente a su compañero, le dijo:
—O el oído me engaña, o ese hombre es don Juan de Vargas, y a fe que me
alegrara.
—Alegraos, pues, replicó el amante de Inés mostrándole el rostro a
descubierto, que yo soy en persona.
—¿Qué vais a hacer? —exclamó el que primero había hablado de los dos.
—Lo veréis —respondió el segundo; y separándose de él, y dirigiéndose
a don Juan, continuó diciendo—: Si no ando errado, señor don Juan, vos
amáis a una mujer que tiene por nombre el de Inés.
Toda la sangre de Vargas se inflamó al oír tal interpelación. El que
entonces le hablaba, ni era Espinosa, ni fray Miguel, y solo ellos dos
y su criado Pedro tenían algún indicio de sus amores. ¿Cómo, pues,
aquel desconocido se mostraba tan al corriente de ellos?
«Es un rival —dijo para sí—; solo un rival, y rival favorecido, puede
saber que yo amo a Inés».
El raciocinio no era muy exacto; pero de tal modo se le asentó en la
cabeza a don Juan aquella idea que, desde luego, se resolvió a reñir
con aquel hombre, y así le contestó con sobrado desabrimiento:
—Señor mío, no estoy acostumbrado a dar cuenta de mis pensamientos al
primer impertinente que tiene la osadía de venir a interrogarme; y
así, si no queréis llevar respuesta de que os pese, iros norabuena, y
dejadme en paz.
—Esa arrogancia podrá convenir con vuestros criados, pero no con los
que cuando menos son tanto como vos.
—Si en efecto sois caballero —replicó Vargas lleno de ira—, yo os
responderé como conviene.
Y al acabar estas palabras echó mano a la espada. No anduvo perezoso su
contrario, pues empuñó la suya diciendo:
—A esto quería yo venir a parar.
—Hubiéraislo dicho desde luego, y ahorráramos palabras —repuso don Juan
ya riñendo.
Su enemigo, para pelear, hubo de desembozarse y dejar ver un rostro
de hombre en extremo blanco. El cabello era rubio y rizado, los ojos
azules, y la fisonomía, aunque podía pasar por bella, sin embargo
carecía de viveza y gracia.
Vargas reñía con serenidad, pero airado; su antagonista con valor,
pero sin gran vehemencia. Ambos eran jóvenes, robustos, y diestros, al
parecer, en el manejo de las armas.
El embozado que primero habló, aunque daba de cuando en cuando algunas
muestras de descontento por lo que presenciaba, permaneció inmóvil en
su puesto, hasta que después de dos minutos de pelea, su compañero,
estrechado vivísimamente por Vargas, empezó a perder terreno. Entonces
sin consideración alguna sacó también su espada y cerró con don Juan.
Este, viéndose de repente con dos enemigos en vez de uno, se sorprendió
algún tanto, y dio lugar a que su nuevo adversario le hiriese, aunque
levemente, en la mano izquierda. Empero, al ver correr su sangre
tan alevosamente derramada, la ira le dio nuevas fuerzas, y echando
prontamente mano a la daga, de que hasta allí desdeñó de hacer uso, se
dio tan buena maña que no solo mantuvo a suficiente distancia de su
cuerpo los aceros de sus enemigos, sino que tuvo la fortuna de desarmar
al que provocó la riña, haciendo saltar su espada a más de cuarenta
pasos.
Pero aquel triunfo hubo de serle funesto, pues el desarmado, furioso
con el desmán que le sucedía, corrió en busca de su arma, y volviendo
con ella iba a atacar a Vargas por un costado, esperando que, ocupado
en combatir con su compañero, no lo echaría de ver. Engañose en esto.
El hermano del marqués no era novicio en las armas, y como más de una
vez se había visto en Flandes en lances cuando menos tan apurados
como aquel, conservaba la misma serenidad que si estuviera sentado
a la mesa de su hermano. Calculando con razón que de hombres que
peleaban dos contra uno todo lo malo podía esperarlo, no perdió de
vista al desarmado, y observando su marcha le conoció la intención.
Reconociendo, pues, el terreno con una rápida ojeada, empezó a
retirarse con tanto acierto, que en un instante se halló con las
espaldas guardadas por el convento, y su enemigo vio frustrarse la
esperanza de acabar con él traidoramente.
La pérfida conducta de aquellos dos hombres se avenía muy mal con el
valor con que peleaban, porque en realidad lo hacían como hombres
decididos, y que no empezaban entonces a manejar la espada.
Más de siete minutos duró aquella lucha desigual; en ella recibió don
Juan la herida de que hemos hablado, y sus dos enemigos no se hallaban
mejor parados, pues el rostro de uno estaba cubierto de sangre, y el
otro recibió una estocada en un muslo.
Sea por las heridas, sea por cansancio, ambos se retiraron
simultáneamente al cabo de este tiempo como a unos seis pasos de
Vargas, y este, demasiado fatigado para perseguirlos, aprovechó con
gusto aquella ocasión de recobrar sus fuerzas.
Los tres con las puntas de las espadas apoyando en tierra, respirando
apenas, y con la vista clavada en el enemigo, hubieran parecido
estatuas si la sangre que corría por sus vestidos no demostrara que
eran hombres.
Es probable que la pelea se hubiera renovado, y tal vez terminado con
fatal éxito para Vargas, si a poco de hallarse los tres actores de
aquella escena en la disposición que hemos dicho, no apareciera entre
ellos una mujer, cubierta con un manto negro, pero que a pesar de él
conoció desde luego Vargas por Inés.
La pastelera de Madrigal, que no esperaba hallar en aquel sitio a don
Juan cubierto de sangre, y en disposición tan hostil, dio muestra de su
sorpresa y sentimiento con un profundo suspiro, que fue el que advirtió
de su presencia a su amante y a sus dos enemigos.
—Señor don Juan, ¿qué es esto, que es esto? —preguntó Inés.
—Esto es, señora —dijo el provocador de Vargas, sin dar lugar a que
este respondiese—, esto es un efecto de vuestra acertada elección.
—Decid más bien —replicó la morena con dignidad y fuerza—, de vuestra
inconcebible imprudencia, de vuestra ridícula obstinación, por no decir
otra cosa.
—Podéis gloriaros, Inés —exclamó don Juan—, de tener un amante en
ese hombre digno de figurar en una banda de salteadores. Mirad el
denuedo con que esos hombres han tirado la espada contra uno solo; y es
lástima, en verdad, que no hayáis presenciado el valor con que trataban
de asesinarme por la espalda.
La acusación era demasiado cierta, y en el fondo de sus corazones
era imposible que los embozados dejaran de conocer su justicia; pero
hallándose una mujer presente no les pareció decoroso convenir en ella,
y así el que primero riñó contestó lleno de ira real o aparente:
—Mentís como un bellaco.
—Miserable —gritó don Juan—, yo castigaré tu imprudencia.
Y diciendo y haciendo acometió con no vista furia a su enemigo, quien
no dejó de defenderse bizarramente. Su compañero, que como ya se ha
visto, nada tenía de escrupuloso, iba también a tomar parte en la
pelea; mas Inés, advirtiéndolo con tiempo, se arrojó sobre él tan de
improviso, que le arrancó la espada de las manos, y separándose algún
tanto le presentó la punta de su propio acero a dos dedos del pecho,
diéndole:
—Cobarde, por la vida del rey te juro que te atravieso si das un paso
más. No, en mi presencia no asesinaréis a un caballero. Pelee en hora
buena con uno, ya que tan locos sois que buscáis vuestra perdición y la
nuestra, pero con dos no será mientras yo pueda impedirlo.
Entre tanto peleaba Vargas con singular denuedo, y su enemigo no se
defendía con menos. Mas como ambos estaban ya cansados, apenas tiraban
golpe peligroso, y si lo hacían, no encontraban dificultad en pararse
recíprocamente.
A poco de haberse empezado este nuevo combate Inés, que en medio de su
singular posición conservaba una admirable serenidad, exclamó:
—La justicia, caballeros, la justicia.
Los que reñían suspendieron su combate, y el desarmado, volviendo atrás
la cabeza, vio en efecto que ya a la mitad de la distancia que media
entre el convento del Carmen y la calle de Santiago se percibía a la
luz de una gran linterna que traían un grupo de siete a ocho personas
que probablemente habrían oído el ruido de las espadas, según la prisa
con que caminaban.
—La justicia es —repitió aquel hombre—; huyamos.
—Señor don Juan —dijo el otro—, ya veis que por ahora no es posible
terminar este asunto; yo buscaré ocasión en que podamos hacerlo sin
temor de ser interrumpidos.
—Y entonces —respondió Vargas con amarga ironía—, procurad llevar otros
dos o tres amigos, por si no bastareis solo.
No replicó a esto aquel hombre, ya por no tener qué, ya, y es lo
más cierto, porque los de la linterna se acercaban tan de prisa que
no daban lugar a ello. Lo que hizo, pues, fue envainar su espada, y
seguido por su compañero echó a andar con bastante celeridad a pesar de
su herida.
Inés, llegándose a su amante, le dijo:
—Don Juan, las apariencias me condenan, pero cuando las circunstancias
lo permitan yo os haré ver mi inocencia; por ahora me es fuerza
retirarme.
Mientras la pastelera hablaba así, los que huían, advirtiendo que no
los seguían, hicieron alto, y uno de ellos volviendo la cabeza dijo en
voz alta:
—Vamos, señora.
Obedeció Inés, y don Juan despechado exclamó:
—Seguidlos, señora, seguidlos, que ya yo quedo satisfecho de vuestro
amor.
Aunque hubiera querido la morena replicar no se lo permitieron sus
impacientes compañeros, que asiéndola cada uno por un brazo tardaron
poco en desaparecer a la vista de Vargas, gracias a la oscuridad de la
noche.
Un momento después los de la linterna, haciendo alto como a unos
veinte pasos de nuestro caballero, que apoyando la espalda a los muros
del convento, y con la espada en la mano, permaneció inmóvil, dieron
el acostumbrado grito:
—¿Quién va a la ronda?
—Un hombre solo, un caballero —respondió don Juan.
Animados con esta respuesta, los ministros de justicia, que tales eran
en efecto, se acercaron a don Juan, y formaron círculo en rededor de él.
—La espada —dijo ya entonces el que capitaneaba aquella gente, y por el
traje parecía magistrado.
—¿Y quién me la pide? —preguntó Vargas.
—El rey nuestro señor (aquí el juez, sus ministros y Vargas se
descubrieron la cabeza respetuosamente), y en su nombre don Rodrigo
Santillana, su alcalde del crimen en la real chancillería de Valladolid.
—Tomad, pues, señor alcalde, aunque ignoro la causa por que se me pide.
—Vuestro nombre y profesión.
—Don Juan de Vargas, caballero y capitán de caballos, hermano del
marqués de ***, para serviros.
—Tomad vuestra espada, señor caballero, que de persona de tan honrado
linaje no es de sospechar acción villana, y seguidme si os place.
Recibió don Juan su espada, y tomó con el alcalde la vuelta para
Valladolid. En el tránsito le dijo don Rodrigo que habiendo salido
aquella noche a hacer su ronda, y entrando en el Campo Grande, le llamó
la atención oír hacia el Carmen ruido de espadas, y que como aquel era
el paraje en que a tales horas salían los caballeros irritados, había
acudido a él, deseoso de evitar, como era su obligación, cualquier
desgracia. Don Juan contestó que él había acudido allí para cierta
cita, y que sobreviniendo impensadamente dos desconocidos, y queriendo
arrojarle del sitio con brutal grosería, negándose él a hacerlo, le
acometieron ambos, hiriéndole, como se deja ver; que habiendo advertido
uno de sus enemigos que se aproximaba la justicia, y avisádoselo al
otro, echaron ambos a huir; y que él, no teniendo motivo para hacerlo,
permaneció firme allí hasta la llegada de la ronda. Por último, Vargas
concluyó protestando que estaba pronto a seguir a don Rodrigo a la
prisión, si a ella quería llevarle, pero que no le parecía justo se
atropellase a un hombre principal por haber defendido su vida contra
dos asesinos.
Don Rodrigo Santillana, que era un buen magistrado, pero muy cortesano
y ambicioso, aprovechó con gusto aquella ocasión de adquirir la
poderosa protección de la familia de los Vargas, aunque bien conocía
que era a expensas de lo que la justicia exigía, pues al cabo a don
Juan se le había hallado a deshoras y casi en despoblado con la espada
en la mano ensangrentada, y herido además. Su deber era retenerlo en
prisión hasta averiguar su inocencia; su interés le aconsejaba creer en
ella desde luego, y este, como sucede con frecuencia en tales casos,
triunfó entonces también.
El alcalde, pues, dio desde luego entero crédito a cuanto don Juan
le dijo, y excusándose humildemente de haberse visto precisado a
tratarlo al principio con poca cortesía, no solo le declaró que estaba
libre, sino que quiso acompañarle, y le acompañó en efecto con toda su
ronda hasta la puerta de la casa de su hermano el marqués. Verdad es
que en esto último se encerraba también el designio de cerciorarse de
que don Juan era realmente la persona que había dicho ser, lo que vio
confirmado plenamente con el respeto con que los criados le recibieron.
Finalmente, Vargas y Santillana se despidieron los mejores amigos del
mundo, y con la promesa de volverse a ver muy presto. El primero se
retiró a devorar sus penas en el silencio de su estancia, y el segundo
a buscar con sus ministros en las calles de Valladolid algún plebeyo
descarriado en quien compensar con el rigor la indulgencia excesiva que
había usado con el noble capitán de caballos.
[Ilustración]