. . . . ¿Y su frente
Pudo orlar impudente
La vil posteridad con lauros de oro?
(Quintana: _Oda a Padilla_).
Don Juan de Austria, hijo natural del emperador Carlos V, primer rey de
su nombre en España, tuvo fuera también de matrimonio, en una señora
madrileña, dos hijas, de las cuales una era la señora doña Ana, monja
profesa en el monasterio de Santa María la Real de la villa de Madrigal.
La misma política estrecha, mezquina y tiránica que jamás concedió al
vencedor de Lepanto las prerrogativas de infante de España, que impidió
siempre los distintos enlaces que se le ofrecían a aquel príncipe,
verdaderamente grande, y que por último abrevió acaso sus días en
medio de la juventud y de la gloria de que en Flandes se estaba
cubriendo, esa misma hizo monja a doña Ana.
Bien conocía el malogrado héroe el carácter suspicaz, sombrío y cruel
de su hermano, y la prueba de ello es que tuvo siempre oculta la
existencia de sus hijas, hasta que en la hora de la muerte confió aquel
secreto a su digno amigo el duque de Parma Alejandro Farnesio, capitán
insigne, príncipe magnánimo, y sobre todo modelo de los caballeros de
su siglo.
Imposible hubiera sido ocultar a Felipe II que su hermano dejaba dos
hijas, por razones que, sobre ser muy obvias, serían harto prolijas
de explicar; hízoselo, pues, saber Farnesio, recomendándoselas en
su nombre, y en el del difunto príncipe. La conducta del rey fue en
aquella ocasión precisamente la misma que había sido la de don Juan
de Austria. Recibió la noticia con agrado, acogió a las huérfanas con
hipócrita habilidad, y al poner su mano sobre sus cabezas, como para
bendecirlas, puede asegurarse que impuso sobre el cuello de aquellas
dos inocentes el yugo de hierro que había de agobiarlas toda su vida.
Cobarde, como su padre valiente; cruel, como aquel generoso; y
fanático, como religioso era Carlos, ningún crimen arredraba a Felipe
cuando se trataba de su seguridad, de su venganza, o de los mal
entendidos intereses de su religión.
Parricida en el príncipe don Carlos, fatricida en don Juan de Austria,
¿qué podía esperarse que hiciese con sus sobrinas?
Relativamente hablando, su conducta con ellas fue excelente, pues se
limitó a sepultar a ambas en el claustro, contentándose con extinguir
así la descendencia de un hombre que aun muerto le causaba celos.
Por lo demás, la señora doña Ana había recibido la promesa de ser
prelada de su monasterio, y entre tanto vivía en él con la posible
independencia. En vez de estar reducida como las demás religiosas a una
sola celda, tenía una habitación espaciosa y decorosamente amueblada.
Concediósela un locutorio aparte para dar audiencia en él; conservó
el tratamiento de excelencia, y sus obligaciones se limitaron a la
asistencia al coro, y aun de esta se podía dispensar siempre que le
acomadaba. Dos religiosas profesas, ambas nobles de nacimiento, servían
inmediatamente a su persona, y otras varias legas desempeñaban los
oficios mecánicos de su obligación. En una palabra, sus grillos se
doraron con esmero, mas no por eso dejaron de ser grillos.
La figura de la señora doña Ana era como la de la mayor parte de
las hembras de la casa de Austria, más bien imponente que bella,
más agradecida que afable; pero no así su carácter, verdaderamente
angelical.
Educada por su madre en el mayor recogimiento, y habituada a una vida
monótona y silenciosa, de la cual salió para entrar en el claustro, su
espíritu había tomado cierta tendencia a la meditación, que, dejándose
ver en su rostro, hacía muy a menudo parecer que estaba en éxtasis.
No hallando en el momento de desenvolverse la sensibilidad en su
corazón objeto en que emplearla, naturalmente recayó toda ella en su
madre y en sus augustos parientes; pero esto no bastaba. La juventud
buscaba siempre un objeto ideal, no siendo suficiente la imperfección
de los que le rodean a satisfacer sus inmensos deseos. Para los que
viven en libertad se encarga el amor de realizar estas ilusiones, y
las realiza en efecto, si bien suele pagarse la corta felicidad que
proporciona con amargos desengaños; pero la infeliz religiosa, ¿qué
recurso tiene? La devoción.
Cuando esta es sincera, cuando no se limita a prácticas ridículamente
supersticiosas, sino que va acompañada de una fe pura, de una
conciencia tranquila y un corazón sencillo, ¡dichoso el que la ejerce!
En ella encuentra refugio y esperanza, consuelo y remedio para todas
las calamidades de la vida.
Doña Ana, pues, era devota, sinceramente devota; y si bien tenía todas
las supersticiones que pocos dejaban de tener en España en aquel siglo,
había por lo menos en lo íntimo de su corazón un fondo inagotable de
piedad, y aun de tolerancia, virtud verdaderamente rara en la época en
que vivió.
Sin embargo, a pesar de toda su devoción, de haber estado en su mano
decidir sobre su suerte, no hubiera seguramente tomado el hábito. La
naturaleza la había hecho más para madre de familia que para religiosa,
y ella misma lo conocía. La vista de un niño producía en aquella señora
una sensación difícil de explicar. Sin que la reflexión bastase a
impedirlo, suspiraba, contemplando cuán sin culpa ni voluntad se
veía obligada a renunciar hasta a su esperanza de recibir nunca las
inocentes caricias de que veía colmadas por sus hijos a otras mujeres.
Entonces hubiera querido haber debido el ser a un oscuro jornalero, y
ser dueña de su persona, más bien que ser hija de un príncipe de la
ilustre casa de Austria, a tanta costa.
Por más esfuerzos que hagan la superstición y el fanatismo para
violentar la naturaleza, su voz se dejará siempre oír en el fondo de
nuestros corazones; y las desdichadas víctimas de las instituciones de
los hombres, luchando entre la fuerza de sus propios sentimientos y
los horrores en que una educación viciosa les ha imbuido, vivieron en
perpetua y espantosa agonía.
¿No es ya tiempo de que desaparezcan de las naciones cultas tan
monstruosos abusos?
Tales eran las disposiciones y situación de doña Ana cuando fray
Miguel, nombrado vicario de su monasterio y su confesor, se presentó en
Madrigal.
Uno y otro tardaron poco en hacerse justicia respetuosamente, y de aquí
resultó entre ambos la más estrecha y sincera amistad.
Fray Miguel amaba a doña Ana como un padre a su hija, y no podía menos
de ser así porque aquella señora había heredado todas las excelentes
cualidades del infeliz príncipe a quien debía el ser.
Poco tardaron en no tener secretos el uno con el otro. El vicario supo
de mano de doña Ana lo que sobre sus sentimientos hemos dicho ya; y la
noble religiosa recibió la confianza de las pocas que atormentaban a
fray Miguel, y de que aún no hemos hablado.
Ya hemos dicho que el vicario de Santa María, antes de serlo, había
sido confesor del rey don Sebastián de Portugal, y todo el mundo sabe
que este monarca, habiendo hecho, contra el dictamen de todos sus
consejeros, o al menos de los más hábiles, una expedición a África,
desapareció en una batalla que dio delante de Tánger, en la cual fueron
los cristianos completamente derrotados, sin ser posible encontrar el
cadáver del rey entre los demás, ni saber su paradero.
El cardenal don Enrique ocupó entonces el trono de Portugal, y habiendo
muerto sin sucesión, a pesar de haber obtenido del papa dispensa de sus
votos para casarse, le sucedió en la corona Felipe II, en virtud de sus
derechos, apoyados en un ejército que, a las órdenes del duque de Alba,
derrotó a don Antonio, prior de Crato, príncipe que los portugueses
hubieran preferido con razón al rey de España.
Pero a pesar de que todo esto sucedía, suponiéndose como cierta la
muerte del rey don Sebastián, no faltaban en Portugal personas que
creyesen que aún existía. Y esto no solo entre el vulgo, sino en las
clases más elevadas del Estado.
En el número de los que seguían esta opinión se hallaba fray Miguel,
fundándola en la circunstancia positiva de que no había uno solo de los
que habían escapado con vida de la batalla que dijese que había visto
morir al rey, y sí alguno que aseguraba que se había retirado herido
gravemente con dirección a la costa.
Además, durante el corto reinado de don Enrique corrieron distintas
veces rumores de que don Sebastián se había presentado ya en un punto
ya en otro de la costa, siendo de observar que tanto el rey cardenal
como Felipe II, cada uno en su tiempo, castigaron con la mayor
severidad no solo al que decía haber visto en vida al don Sebastián,
sino aun a aquellos que se limitaban a opinar que era posible que no
hubiese muerto.
Si la historia de Felipe no ofreciese en cada una de sus páginas mil
pruebas de su hipocresía, su conducta en esta ocasión bastaría solo a
destruir la cualidad de eminentemente religioso con que sus parciales
han querido honrarle. Un hombre timorato cualquiera da a cada uno lo
que legítimamente le pertenece; y cuando las circunstancias le hacen
dueño de un objeto al cual pueda parecer dudoso su dominio, no descansa
hasta aclararlo, porque prefiere la tranquilidad de su conciencia a
cuantos tesoros encierran las entrañas de la tierra.
Tal vez se dirá que en política hay ocasiones en que los principios de
la estricta justicia deben plegarse a las circunstancias del momento,
y que acaso de una pequeña infracción de ellos, en perjuicio de uno o
de algunos particulares, resultan bienes infinitamente superiores a
la masa. Esto se ha dicho hace muchos siglos, se dice en el nuestro,
y se dirá en los futuros, siempre que los gobiernos quieren, o por
malicia o por ignorancia, infringir los pactos sociales, que tácitos o
expresos existen en todas las naciones, inclusa la Turquía, donde lo es
el Alcorán; pero como no porque todos digan una cosa por eso es buena,
habrán de permitirnos que les digamos humildemente nuestra triste
opinión, y es que en general jamás de una mala acción resulta un bien;
que si tal vez a primera vista aparece así, es indudable que, examinada
la cosa a fondo y despacio, se hallará que no es lo que parece; y por
último, que al mismo resultado, aun suponiéndolo bueno, se hubiera
podido llegar sin cometer el crimen, con un poco más de paciencia y de
trabajo.
De cualquiera modo, Felipe procedió siempre con su severidad
característica contra todos los sebastianistas, y era igual el placer
que su corazón de tigre recibía viendo quemar vivo al infeliz que acaso
cantó por distracción
¿Si ha venido o no ha venido
El Mesías prometido?
No ha venido,
o se mudó de camisa un sábado, o tuvo la desdicha de no nacer
aficionado a la carne de cerdo, que al que era bastante osado para
decir que su penúltimo rey acaso aún viviría.
No conocíamos en aquella época los españoles la sutil invención de la
policía, mas en cambio teníamos la Inquisición, que no le va en zaga, y
aun le lleva ventajas, y no pocas.
Gracias a las luces del siglo, la policía encuentra pocos delatores
fuera de la clase abyecta de la sociedad, y aun en ella se avergüenzan
los hombres de ser ministros de tal institución.
Por el contrario, el difunto Santo Oficio, desde el monarca hasta su
último vasallo, contaba con otros tantos servidores. Las personas
reales se honraban llevando un hacecito de leña para freír algún
desventurado hereje; una junta de sus calificadores decidió de la
suerte del príncipe de Asturias don Carlos.
Los grandes de España ansiaban verse alguaciles mayores, y desempeñar
otros oficios del nefando tribunal.
La cruz verde de familiar deshonraba el pecho de un número considerable
de nobles y funcionarios públicos.
En una palabra, no parece sino que eclesiásticos y seculares, nobles
y plebeyos, toda la nación, en fin, quiso hacerse cómplice de los
millares de asesinatos jurídicos cometidos por la Inquisición, al paso
que la mayor afrenta que hoy puede hacérsele a un hombre es llamarle
_esbirro_.
Fray Miguel, después de haber sufrido valerosamente la más cruel de las
persecuciones, y llevado con resignación la reclusión en que se le tuvo
algunos años, aprendió a ser cauto. Cesó de hablar de su malogrado rey,
e interpretándose su silencio como prueba de hallarse convencido de la
muerte de don Sebastián, lograron sus valedores, no sin trabajo, que
se le pusiera en libertad y se le agraciase con el vicariato de Santa
María, destino, a la verdad, poco apetecible para un provincial, pero
preferible siempre a un encierro.
Allí, como hemos dicho, encontró a la señora doña Ana, y se interesó
por ella vivamente tan luego como llegó a conocer sus excelentes
prendas.
La hija de don Juan de Austria se consideraba, con razón, como víctima
de la política de su tío el rey, y así fray Miguel llevaba en el mero
hecho de ser perseguido por el mismo una gran recomendación para ella.
Las conversaciones entre el portugués proscrito y la religiosa versaban
constantemente sobre dos solos puntos: la gloria y desgracia del
vencedor de Lepanto, y la aciaga batalla de Tánger.
Insensiblemente, las opiniones del vicario sobre esta última materia
fueron inculcándose en doña Ana, de modo que a muy poco tiempo llegó
a ser tanto o más celosa sebastianista que él mismo. Si fray Miguel
hacía una penitencia, una oferta cualquiera a un santo para lograr por
su mediación la deseada vuelta de su rey, doña Ana no solo le imitaba,
sino que en ocasiones llegaba a sobrepujarle en celo. Una rica lámpara
de plata ardía de continuo en el coro alto de su monasterio, ante una
imagen de nuestra Señora, en muestra del ardiente deseo que la hija
de don Juan de Austria tenía de ver restituido a su trono al rey don
Sebastián. Jamás oraba sin dirigir al cielo repetidas súplicas con el
mismo fin; y, en resumen, su pensamiento dominante, único más bien, era
el del regreso de aquel malhadado príncipe a su país.
Pero la verdad nos obliga a decir que, además de la compasión que las
desgracias del rey de Portugal inspiraban al sensible corazón de la
augusta religiosa, y del cariño que le profesaba por ser hijo de la
princesa doña Juana, hermana predilecta de su padre, había un motivo,
tal vez más poderoso, para que doña Ana se interesase tanto en que don
Sebastián viniese y volviese a reinar.
Era este motivo la persuasión en que se hallaba, gracias a los
continuos y repetidos esfuerzos que para ello hizo fray Miguel, de que
en el caso de verificarse lo que tanto deseaba, y de contribuir aquella
señora tan eficazmente como pensaba hacerlo al restablecimiento de la
independencia de Portugal, don Sebastián obtendría del sumo pontífice
que dispensaría a la señora doña Ana de sus votos, y se uniría a ella
con el lazo del matrimonio.
Preciso es confesar que el vicario, en esta ocasión, prescindió un
poco de su carácter habitualmente candoroso, y fue político en toda
la extensión de la palabra, ofreciendo a la vista de la reclusa una
perspectiva tan halagüeña que no podía menos de obligarla a entrar en
sus planes, y prometiendo más acaso de lo que hubiera podido cumplir
aun cuando don Sebastián no hubiese en efecto muerto y pudiera
recobrar su corona, ambas cosas por lo menos harto problemáticas.
Pero háblesele a un amante de estrechar entre sus brazos a la que ama;
a un prisionero de la libertad: por más incierto, por más peligroso, y
acaso imposible, que al indiferente parezca conseguir lo uno o lo otro,
a los interesados no les parece nunca que ofrece la menor dificultad,
y apenas tocando la barrera de diamante que el destino opone a sus
deseos, creen en ella.
Tal fue el caso de la señora doña Ana. A las primeras insinuaciones
que el vicario la hizo sobre la materia, su fantasía se inflamó. Aquel
corazón, a quien jamás la idea del amor se había presentado sino
asociada con la del crimen, pudo, en fin, conseguir la esperanza de
amar un día sin delito, y de amar a un guerrero esforzado, célebre por
su valor y sus desgracias, y rey en fin.
Recobrar de una vez la libertad, sus derechos de mujer, la clase en
que su ilustre nacimiento la colocó, salir de la estrechez del claustro
al esplendor del trono, y sacudir las cadenas de Felipe, eran para
doña Ana consecuencias inmediatas y precisas de la aparición de don
Sebastián.
¿Qué mucho que con tales esperanzas no dejase en sosiego a un solo
santo del cielo para conseguir se realizasen?
Sin embargo, empezó por oponer algunas resistencias al proyecto del
matrimonio, y como fray Miguel, conociendo que aquello solo era por
el bien parecer, insistiese sin cesar en ello, acabó por convenir en
que se prestaría, _aunque con repugnancia, a los deseos de su augusto
primo, y a las órdenes del santo padre_.
Conformidad admirable, tanto más cuanto su augusto primo probablemente
no existía, y el _santo padre_ en lo que menos pensaba era en sacarla
de su monasterio.
Además de la señora doña Ana, contaba fray Miguel en el monasterio
con el amor de casi todas las religiosas, a quienes su vida austera
y penitente había inspirado una veneración sin límites; y desde que
se hallaba en Madrigal había vuelto a anudar algunas relaciones en
Portugal con la mayor cautela y tan buena maña, que logró sustraer su
correspondencia a la vigilancia de los agentes de Felipe.
Valiose para ello de un médico portugués establecido en el mismo
Madrigal, de quien en lo sucesivo tendremos ocasión de hablar.
Este era el estado de fray Miguel y la señora doña Ana cuando don Juan
de Vargas se presentó en Madrigal por la vez primera.
[Ilustración]