XLII

Ya pareció Maese Reparos; y ¿cómo pudiera faltar? Con motivo de la

inauguración del Teatro para los niños, hay quien advierte que los

niños están mejor en el campo que en el teatro. ¿De veras? ¿Creen

ustedes que yo lo había puesto en duda por un momento? Sólo que...

¿Campo en Madrid y en invierno? Yo sólo creía que, dado el egoísmo de

ciertos padres, incapaces de privarse de un espectáculo impropio de

niños y capaces de llevarlos al teatro, lo mismo á un terrible drama

con su buen adulterio, que á una comedia de malas costumbres, que á una

chulería del género chico, donde nada bueno pueden oir los muchachos,

siempre sería preferible que existiera un teatro en que, aunque por

sistema no se moralice, nada se oiga al menos que pueda manchar, esta

es la palabra, el espíritu de los niños.

No es que yo considere ese teatro como remedio de todos los males;

supongamos que es un mal menor: ya será algo. Pero, francamente, de eso

á que unos cuantos señores, á quienes nunca se les ocurrió protestar

por ver á los niños en otros teatros, nos vengan ahora con la monserga

del campo y del aire puro, á propósito del Teatro para los niños, hay

la distancia del criticarlo todo al hacer algo, aunque sea poco. Yo

no me considero un héroe ni un bienhechor de la humanidad por haber

patrocinado ese teatro, pero tampoco es para que se me considere como

un malhechor. Con menos trabajo y menos entusiasmo, un par de piezas

sicalípticas me dejarían más en limpio. ¡Bello país! ¡Cuántas veces

hubiera uno emigrado si no hubiera uno aprendido á despreciar desde muy

joven!

* * * * *

¡Vaya si está vidriosa nuestra moralidad! La gente se ha indignado

mucho con un torero que fué ídolo de una tarde--¡cómo le gustan á

Madrid los ídolos de un día!--por creerle culpable del suicidio de una

señorita mejicana. Nunca he creído en el poder de seducción de los

hombres, que, por lo regular, siempre predican á convencidas; pero en

este caso, y según referencias, mucho menos. La señorita había mostrado

grandes deseos de conocer al torero; la señorita aceptó una invitación

para asistir á una juerga, y la señorita... se llamó después á engaño.

¡Caramba con la señorita!

Siempre es bueno recordar aquellos versos del maestro Tirso de Molina:

«Yo aseguro,

si como echa á galeras la justicia

los forzados, echara las forzadas...

que hubiera menos, y esas más honradas.»

* * * * *

El que ha ido bien despachado en las oraciones fúnebres ha sido el rey

Leopoldo de Bélgica. Si por historia puede tenerse el juicio apasionado

de los contemporáneos, no ha sido tardío para él el fallo de la

historia.

Y ¿por qué tanto rigor? Por enamorado. ¡Bah! Hubo muchos grandes

reyes que lo fueron mucho más y con mayor escándalo. ¿Por explotador

del Congo? ¡Ah! ¿Será Inglaterra la que pueda arrojarle la primera

piedra? ¿Por administrador prudente de su capital? Pues qué, ¿no hemos

censurado mil veces á los reyes pródigos y dilapidadores? ¿En qué

quedamos? El papel de rey se va poniendo muy difícil. Lo cierto es

que Bélgica ha prosperado bajo su reinado en industria, en comercio,

en arte, y que el buen Leopoldo no merecía tanta severidad de los

contemporáneos. Por fortuna, la historia tiene sus modas, y ya se sabe

que cada cinco años las grandes figuras pasan á ser insignificantes,

y viceversa. Hoy es moda presentar á Nerón como un monstruo, y mañana

como á un excelente hombre. Un día escribe Voltaire su «Pucelle

d'Orleans» con regocijo de todos, y á la vuelta de unos años se la

canoniza. Todos hemos conocido estas alternativas de la historia con

Don Pedro el Cruel, con Felipe II, con Isabel la Católica y otras

grandes figuras, tan pronto admirables como despreciadas. En algo

han de entretenerse los historiadores. Siempre hay nuevos documentos

para la historia. Es natural. Pregunten ustedes por cualquiera de sus

más íntimos amigos á su portero, á su criado, á otros amigos, á sus

acreedores, etc. ¡Verán ustedes qué distintas versiones de su vida y

costumbres! Somos una serie de imágenes falsas y ridículas, como las

múltiples fotografías de una vista cinematográfica. El pasar rápido por

una luz poderosa es lo que puede darnos unidad y verosimilitud. ¡El

cielo depare á los grandes hombres un buen manipulador!

De Sobremesa; crónicas, Segunda Parte (de 5) · 第 50 / 51 题